Entrevista La Poderío
Saray (Disidencia Serrana): “La bisexualidad está en un terreno de nadie; la gente no sabe dónde colocarte”
Saray Vera Espinosa (Casarabonela, 1998) se crio en una casa en el campo de la Sierra de las Nieves, en ese limbo donde una pertenece al pueblo pero al mismo tiempo no termina de vivir dentro de él. Vas y vienes. A los 19 años se fue a Madrid pensando que la ciudad era la respuesta: estudiar, respirar, encontrar mundo, salir de aquello que dolía. Con el tiempo descubrió que la pregunta era otra. Que irse no siempre cura. Que una puede dejar de ser del todo de su lugar de origen sin llegar a pertenecer del todo al lugar de destino. Que la vida cuir, como la vida rural, también se hace muchas veces en esa tierra de nadie.
Hoy forma parte de Disidencia Serrana, un colectivo cuir rural autogestionado nacido en El Burgo, un pueblo malagueño donde cada Semana Santa se quema el Judas en la plaza. Una fiesta religiosa con resto pagano, litúrgica y anclada en lo popular, donde la fe, la burla, la crítica y el fuego conviven sin pedir permiso. Un muñeco arde ante la mirada de una comunidad que ha decidido señalar a quienes dañan. Puede ser el patriarcado, pueden ser sus violencias, puede ser cualquier rostro del poder al que merece la pena darle forma para verlo arder. En ese fuego hay rabia encarnada, pero también algo antiguo y preciso: nombrar el mal, darle cuerpo y quemarlo delante de todos.
Algo de ese gesto dialoga con Disidencia Serrana, que acogerá su próximo festival-encuentro en junio para celebrar las diversidades y lo cuir en el pueblo. Para hacerlo posible han creado una iniciativa de mecenazgo (crowfunding) en GoFundMe con el que buscan cubrir gastos básicos de logística, materiales y, sobre todo, pagar dignamente a artistas, talleristas y personas invitadas.
Tienen claro que no quieren ser una copia pequeña del orgullo urbano, y tampoco una respuesta obediente al estereotipo de lo rural como atraso o expulsión. Más bien reivindican un orgullo con acento propio, hecho desde los códigos, los afectos, las contradicciones y las formas de estar de la Andalucía rural.
Conocimos a Saray en el CRUDI, el encuentro organizado por la revista Soberanía Alimentaria el pasado marzo en el rural gallego para conocer formas de organización de las disidencias, con la inspiración de Agrocuir. Habla del bullying, de crecer sin referentes, de descubrir la bisexualidad cuando esa palabra todavía no existía cerca, como quien lo hace hacia un mapa con distintas regiones.
¿Hay alguna certeza de volver a algún lugar fijo cuando la vida te zarandea en varias direcciones posibles? ¿Alguna ruta muestra el camino correcto? Lo que sí parece que queda es la soledad con sus dolores, o la felicidad con su creación, en ese lugar indeterminado al que una se aferra para poder, al fin, pertenecer.
En la historia de Saray, la bisexualidad, la Sierra de las Nieves y, por consiguiente, Disidencia Serrana comparten algo: se salen de lo previsto. No encajan del todo en lo que se espera de un pueblo, ni de una ciudad ni de una identidad cerrada.
Romper con los estereotipos sobre lo rural y lo urbano, salirnos del binarismos habituales repetidos hasta la saciedad nos perpetúa en un sinfín de pensamientos que se bloquean y que no nos narran desde la complejidad de habitar los lugares que no son nuestros. Encontrar espacios donde poder expresarse desde la herida y que te puedan acoger es el sentido que ve Saray para dejar de fugarse hacia un entorno urbano que no es tampoco el suyo. Preguntarse cómo quedarse en un territorio que te ha expulsado es lo que la ha llevado a colectivizar su rabia, en cómo arder y volver a nombrarse en común.
Eres del pueblo, pero te criaste en el campo. Ni dentro ni fuera del todo. ¿Cómo se vive ese lugar intermedio cuando eres adolescente?
Cuando vives en el campo no estás en una comunidad en específico: tienes que estar yendo al pueblo todo el rato. Eres del pueblo, pero no vives allí con la gente. Pasas mucho más tiempo sola y dependes de tus padres. Eso influye mucho en cómo te relacionas.
Si pienso en mi infancia y adolescencia, tengo claro que lo que más me ha atravesado es, primero, una cuestión de clase, y segundo, haberme criado en la Andalucía rural. Es importante hablar de clase: no es lo mismo hablar de los pueblos de la Sierra de Madrid, donde la renta media triplica a la de los pueblos de la Sierra de las Nieves.
El negocio de mis padres y abuelos siempre ha sido la venta de plantas o frutas en los mercadillos y en la calle. Mis padres han trabajado siempre de lunes a domingo y yo empecé a trabajar en el mercadillo con 13 años. Abastecen a las señoras de distintos pueblos de la Serranía de Ronda de plantas, llenan sus patios y tienen una relación muy estrecha con ellas.
Cuando salí de casa con 19 años empecé a ver la visión que la gente tiene de Málaga, muy relacionada con la costa y el turismo. Me impresionó mucho, porque está muy alejada de las zonas rurales de Málaga. Yo vivía en un pueblo de clase obrera e iba a la playa con mis padres dos o tres días al año, cuando el trabajo y el tiempo nos dejaban respirar.
Mis abuelos no sabían leer ni escribir, se criaron en la Andalucía rural de la dictadura y empezaron a trabajar desde bien pequeños. Es un contexto muy diferente e invisibilizado.
Todo eso me ha marcado mucho. Siento mucho arraigo a mi territorio y muy fuertes mis raíces. Mi familia tiene mucha conexión con la tierra. Yo pienso en mi casa como hogar. Cuando hablo de la casa de mis padres, no digo “la casa de mis padres”, digo “mi casa”, aunque lleve sin vivir allí más de diez años.
En muchas vidas cuir rurales aparece la ciudad como promesa: Irse para poder respirar. Tú te fuiste a Madrid, pero luego dices que te cansaste de las ciudades. ¿Qué se rompe allí?
Me fui a Madrid con 19 años, con varias becas, idealizando mucho irme a vivir allí porque estaba harta de mi pueblo. Y luego me di cuenta de que estaba harta de las ciudades y de que quería volver a vivir en los pueblos.
Creo que cuando te vas de casa viene bien el espacio. Con el tiempo te das cuenta de que echas de menos tu casa y a tus padres.
También cuando eres adulta ves a tus padres de otra manera. Ya no son solo tu padre y tu madre, sino seres humanos. No es quitarles del lugar de padre y madre, sino entender que hicieron las cosas con las herramientas que tenían, en otra época y en otro contexto.
Y con lo rural pasa algo parecido. A veces necesitas irte para poder mirar el pueblo desde otro lugar. Pero irte no significa que la ciudad te lo resuelva todo. Siendo cuir en zonas urbanas también sufres violencias. Puedes tener tu círculo de gente cuir, claro, pero cuando en la adultez te das cuenta de que también puedes tener esos círculos en zonas rurales, dices: “Joé, pues a lo mejor las ciudades no me interesan tanto”.
¿Cómo recuerdas el momento en el que empiezas a darte cuenta de que eres bisexual?
Me di cuenta con 12 años, más o menos, y no salí del armario hasta los 15. Lo hice porque tenía una amiga de Málaga que abiertamente era bisexual. Si no, no creo que hubiera salido del armario hasta muchísimo más tarde.
En ese momento yo conocía al chico del pueblo que tenía pluma y al que llamaban “el maricón del pueblo”. A nadie más. Absolutamente a nadie más. Además, el internet de ese momento tampoco era como el de ahora: no había internet en casa. Me iba con un pendrive al camión de mi padre, con el portátil verde de la Junta de Andalucía. Ese era el internet que había.
Cuando mi amiga me dijo que era bi, me explotó la cabeza. Yo pensaba que, si me gustaba un hombre, no me podía gustar una mujer. Era como: o eres heterosexual o eres lesbiana. Y claro, la bisexualidad rompe eso.
Estuve dos años sin aceptarlo. Luego ya sí. Y cuando lo acepté fue como: “Pues yo soy bi, pues no me lo callo”. Al final, cuando sufres tanta violencia en la infancia, acabas muchos años siendo sumisa y eso te hace mucho daño. Entonces puedes seguir en ese rol de sumisión y caer en una parte más depresiva, o te vuelves superrebelde. Y eso es lo que les pasa a muchos adolescentes también.
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