Salud laboral
Más de la mitad de auxiliares de ayuda a domicilio han sido víctimas de algún tipo de violencia en su trabajo

Un reciente estudio analiza los riesgos laborales de las Auxiliares de Ayuda a Domicilio (AAD) profundizando en los insuficientes mecanismos y formaciones para su prevención, el elevado consumo de psicofármacos, el alto índice de violencias sufridas y los riesgos psicosociales a los que se enfrenta este colectivo.
23 mar 2023 07:00

El cómo arrancó el estudio CuidémoNos. Auxiliares de Ayuda a Domicilio en España, 2022. Riesgos sociales y estado de salud, elaborado por el grupo de investigación POWAH en colaboración con el grupo GREMSAS, es relevante para entender la situación de las trabajadoras del Servicio de Ayuda al Domicilio (SAD), tanto a nivel de los riesgos que enfrentan en sus puestos de trabajo y sus malas condiciones laborales como en lo que se refiere a su certeza de que es urgente abordarlo. Estos investigadores de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), junto con ISTAS CC OO, lanzaron en plena pandemia una encuesta sobre las condiciones de trabajo y salud de las personas asalariadas. “Había una pregunta sobre pertenencia a una profesión de riesgo entre la que se podía elegir varias opciones, y desde la Plataforma Unitaria de Auxiliares SAD se pusieron en contacto con nosotros diciendo: ‘Oye, en esta lista de profesiones de riesgo falta una que es muy importante, que está invisibilizada y que es los servicios de ayuda a domicilio’”, arranca Sergio Salas, miembro del grupo de investigación POWAH y uno de los autores del informe.

Carmen Diego es auxiliar a domicilio desde hace más de tres décadas y trabajó codo con codo con los investigadores del informe, para cuya realización se elaboró una encuesta pero también se organizaron grupos de discusión de trabajadoras. “Hubo momentos muy emotivos porque podías reconocerte en compañeras rotas de tanta carga de trabajo, del bullying por parte de los superiores o del acoso sexual, porque este trabajo es muy solitario; si algo nos caracteriza es la soledad”, resume la trabajadora. Precisamente contra esta soledad empezaron a luchar en 2015, cuando comenzaron a hacer una agenda de contactos en un trabajo tremendamente feminizado y atomizado, que desembocó posteriormente en una Plataforma de Auxiliares de Ayuda a Domicilio (AAD) que en los últimos años se ha movilizado por sus derechos.

Carmen Diego, que también es portavoz de esta plataforma, resume los avances del colectivo en los últimos años: reuniones con ministerios, con diferentes grupos políticos, viajes a la Unión Europea, acampadas frente a instituciones, encuentros con la Ministra de Trabajo para exigir la evaluación de riesgos laborales. Estas citas se materializaron en la redacción de un decreto ley pendiente de aprobar por el Consejo de Ministros. En enero volvieron a reunirse con el Ministerio, salieron con buenas sensaciones. Pero empiezan a diluirse: “Hay un decreto hecho desde junio, ¿tan lejos queda el Ministerio de Trabajo del Consejo de Ministros?”.

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Prevención de riesgos

La falta de una correcta prevención de riesgos es, precisamente, uno de los principales problemas que enfrentan las AAD, y un aspecto en el que inciden los autores del informe. “La multiplicidad de lugares de trabajo, y especialmente el carácter privado de los domicilios donde realizan sus servicios, son elementos que en la práctica dificultan la evaluación de los riesgos a los que se exponen”. En este sentido, Salas recuerda que existe una legislación estatal que es de obligado cumplimiento por parte de los empleadores, e insiste en la idea de que “que en el caso de las AAD sean cuestiones más difíciles de controlar no significa que no se tenga que cumplir la ley; habrá que disponer de todos los recursos que sean necesarios para que ellas estén tan prevenidas como cualquier otro trabajador de cualquier otro sector económico”.

Solo la mitad de las trabajadoras de ayuda a domicilio asegura haber recibido un curso de formación de riesgos laborales en su actual puesto de trabajo

Del informe se concluye que solo en uno de cada cuatros casos las trabajadoras declaran saber que alguno de los domicilios en los que prestan sus servicios han sido evaluados alguna vez por un técnico de riesgos laborales, y solo la mitad de ellas mismas asegura haber recibido un curso de formación en prevención de riesgos laborales en su actual puestos de trabajo. Además, las encuestadas aseguran que escasean los medios técnicos (como grúas) para la realización de determinadas tareas.

Sobre el papel de las mutuas también hay puntos en común entre las trabajadoras. “Las mutuas no te atienden, la mayor parte de nuestras lesiones van a la seguridad social”, asegura Diego. “Cuando vas con algún malestar ocasionado en el trabajo, lo primero que te dice la mutua es que es por tu condición de mujer; lo segundo es que te preguntan es si tienes una vida sedentaria, y te dicen que si tienes una lesión es por eso, y si haces deporte, entonces es porque haces deporte. Solo ponen menos pegas en el caso de los accidentes in itinere, porque ahí hay evidencia clara”, mientras que en los domicilios es difícil de probar, expresa. 

Sin embargo, el informe de POWAH no solo se centra en las lesiones físicas, sino también en la salud mental. Para ello, desengrana los diferentes tipos de riesgos, tanto aquellos asociados a la realización de las tareas de cuidados como a los que vienen relacionados con la organización del trabajo. De los testimonios de las AAD desprendieron varias cosas: falta de apoyo por parte de sus superiores, falta de previsibilidad, indefinición de funciones, pocos incentivos en el trabajo, trabajo tremendamente solitario, exigencias cuantitativas, exigencias emocionales y doble presencia. Esto último se refiere a las exigencias simultáneas —los cuidados— tanto en el ámbito laboral como en el doméstico o familiar. “Atiendes a personas vulnerables, todos con un problema, y tú tienes que ir ahí a solucionarlos y darles positividad y seguridad. Te tragas tus emociones, y vas a otra casa y te las tragas. Y así hasta seis casas. Pero luego está la duplicidad de tu vida: puedes tener padres que son mayores, un marido que está enfermo o hijos que requieren atención. Y sigues con el cuidar, con la rutina”, describe Carmen Diego.

La salud mental de quienes cuidan

Bajo estas premisas, es fácil imaginar que el estado de salud de las auxiliares de ayuda a domicilio no es bueno. Pero no hay muchos datos que lo prueben, por eso para la Plataforma de AAD ha sido importante la investigación. “La idea era proveerles de un estudio riguroso que refleje sus condiciones laborales reales para que ellas cursen esa evidencia científica en sus reclamaciones”, tal y como resume Salas. En ella se desgrana la exposición de estas empleadas a riesgos psicosociales: la carga de trabajo excesiva y el ritmo elevado afectan a un 89% de las empleadas. Es lo que las empleadas definen como un “corre, corre, corre” constante y no exento de consecuencias: una trabajadora aseguró durante las entrevistas que las prisas por ir de un lugar a otro se materializó en un accidente de moto por el que estuvo tres meses de baja.

La sobrecarga laboral y el ritmo elevado afectan a un 89% de AAD, solo un 7% constata un apoyo social suficiente por parte de sus superiores y únicamente ese mismo porcentaje afirma que puede compaginar el trabajo con su vida fuera del mismo

La autonomía en el trabajo y las posibilidades de desarrollo percibidas en el puesto no son índices que salgan mucho mejor parados: solo dos de cada diez trabajadoras tienen la suficiente autonomía como para que no sea perjudicial para su salud. Únicamente un 7% constata un apoyo social suficiente por parte de sus superiores y se limita a la misma cifra el porcentaje de empleadas “que puede compaginar el trabajo con su vida fuera del mismo”, en alusión a esta doble presencia a la que se refería Carmen Diego. Estos índices son especialmente relevantes teniendo en cuenta que las AAD llevan tiempo denunciando que acostumbran a hacer tareas que no les corresponden —como labores de limpieza de la casa— sin que sus superiores medien para evitarlo, o arriesgándose al despido para contratar a otra persona “que ponga menos pegas”. Tal y como señala el estudio, “su profesión ha sido transformada de tal manera que ni la sociedad ni el propio usuario valoran el trabajo que realizan”.

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Además, denuncian ser ignoradas por parte de las empresas para configurar los Planes Individuales de Atención (PIA), a pesar de ser quienes realmente conocen al usuario. “Somos quienes les acompañan, quienes vemos su evolución y sus hábitos; los médicos nos lo dicen, que somos sus ojos en la casa porque las analíticas de estas personas, cuando les acompañamos bien, mejoran muchísimo...”, ejemplifica Diego. “Y a pesar de eso la profesión se ha mercantilizado y ya no son personas a lo que se atiende, son clientes; y nosotras somos números y no importa el servicio, solo cubrir expediente”, lamenta.

Al respecto de esta cuestión, en el informe se detectan diferencias entre aquellas empleadas que trabajan directamente para el sector público —una minoría— y quienes lo hacen para subcontratas, en el sentido de que las primeras referencian mejor situación en determinados aspectos. “Una de las cosas de las que denuncian era que el modelo de contratación por parte de la administración pública hace que las empresas privadas compitan”, introduce Salas. “Si es una subasta, la que presente la mejor oferta, por decirlo así, se la lleva; estas empresas subcontratadas compiten rebajando costes, entre ellos los costes laborales, y las que las que están en el último eslabón de la cadena son las trabajadoras del SAD, que son las que acaban pagando esta competición a la baja por los costes de contratación”, prosigue el sociólogo.

Violencias en el trabajo

Por si fuera poco, el colectivo de AAD es grupo de riesgo para las violencias de cualquier tipo. El 53% de las encuestadas para el estudio afirmó haber sufrido violencia verbal, el 11% violencia física y el 18% acoso sexual, la mayoría de las veces (40%, 9% y 13%, respectivamente) por parte de los usuarios del servicio, pero también refieren casos en los que han sido familiares del usuario, y en menor medida la violencia verbal o física también ha venido por parte de sus superiores e incluso algún compañero o compañera. Las trabajadoras de origen extranjero han sufrido en mayor medida todos estos tipos de violencia, siendo especialmente significativa la relativa al acoso sexual: 12% de empleadas españolas frente al 40% de empleadas migrantes.

El 53% de las encuestadas afirmó haber sufrido violencia verbal, el 11% violencia física y el 18% acoso sexual, la mayoría de las veces por parte de los usuarios, y de manera más acusada cuando la empleada es de origen migrante

Entre los testimonios recogidos en el informe, las trabajadoras racializadas hacen alusión a insultos, faltas de respeto o propuestas de servicios sexuales: “Por ser inmigrantes ya tenemos problemas. Y por ser mujer, pues ya tenemos problemas también. Porque cuando vamos a hacer un servicio a un señor ya mayor (...) Venga, que si te doy los 10 euros, o 20 (...) Y siempre tenemos que estar con lo mismo”. Carmen Diego vuelve a la cuestión de la baja valoración social del trabajo de las AAD para buscar la explicación de estos preocupantes índices de violencia. “Al ser un sector que está poco valorado desde los estamentos y las instituciones, con un salario bajo, la gente lo percibe como que eres nada, como que no tienes estudios, eres una ignorante, estás para limpiar culos”. 

Recurrir a pastillas

Las violencias de todo tipo, la soledad en el trabajo, la sensación de no llegar, la falta de conciliación, las jornadas partidas, la falta de apoyo por parte de superiores, la obligatoriedad de callar, que nadie tenga en cuenta su criterio, las dificultades añadidas si la empleada es migrante, la escasa coordinación con el resto de servicios que atiende al usuario, los accidentes y enfermedades laborales no reconocidas, la falta de autonomía... El día a día de las AAD es un polvorín, así que recurren a las pastillas para no explotar y para seguir produciendo.

“Tienes muchos dolores, tienes muchas lesiones que no están curadas, te conviertes en un robot”, resume Diego. “Tomas pastillas para quitarte el dolor, para poder dormir, para poder levantarte al día siguiente e ir a trabajar. No solo te tienes que tratar las lesiones físicas, también lo que es lo emocional, la desmotivación”, añade. Tres de cada diez AAD asegura sentir dolor muscular en los hombros, el cuello o las extremidades superiores de manera crónica; una de cada cuatro en la espalda o en las piernas. El 65% de las AAD experimentan el síndrome del burnout, sobre todo aquellas que llevan más años. 

Cuatro de cada diez AAD toman tranquilizantes y somníferos, ocho de cada diez antiinflamatorios no opioides, una de cada cuatro analgésicos opioides; en los tres casos es residual el porcentaje de las que aseguran que los motivos del consumo son ajenos al trabajo

“Lo primero por la mañana es el ibuprofeno para soportar los dolores en los hombros”, aseguraba una empleada migrante durante la elaboración del estudio. Otra aludía a numerosas bajas; primero por la rodilla, luego por la espalda, más tarde el brazo... Otra, una artrosis degenerativa en las cervicales y fibromialgia. Una cuarta referencia otros malestares: “¿Por qué tenemos depresión, por qué tenemos ansiedad, por qué tenemos crisis de falta de autoestima? Pues porque somos trabajadoras pobres, que no nos podemos permitir ni siquiera el lujo de ir al cine, así de sencillo”.

Cuatro de cada diez AAD encuestadas toman tranquilizantes y somníferos, ocho de cada diez antiinflamatorios no opioides, una de cada cuatro analgésicos opioides. En los tres casos, son pocas (menos del 5%) las que aseguran que los motivos del consumo son ajenos al trabajo. En este punto, Salas recuerda que el consumo de psicofármacos continuado tiene efectos importantes tanto a corto plazo —por ejemplo, accidentes— como a largo plazo —se incrementa el riesgo de demencia y otros problemas de salud—, y que los antiinflamatorios pueden afectar al aparato digestivo con gastritis, úlceras y hemorragias digestivas, así como a los riñones. 

Qué debe cambiar

El documento concluye con una serie de propuestas derivadas de las conclusiones de la investigación que se agrupan en seis medidas: municipalizar el servicio del SAD —las empleadas afirman que mejorarían sus condiciones laborales (horarios, salario y cumplimiento de la prevención de riesgos) y consecuentemente su salud—, realizar la evaluación de riesgos laborales en los domicilios particulares —por ejemplo, obteniendo un consentimiento firmado por parte de los usuarios para que se puedan implementar en el domicilio medidas de prevención de riesgos, o dotando a las trabajadoras de medios técnicos como grúas—, mejorar la coordinación del servicio SAD —facilitar la comunicación con coordinadores de la empresa, otras compañeras o trabajadoras sociales—, mejorar los registros de siniestralidad y enfermedades profesionales o de enfermedades relacionadas con el trabajo de las AAD —y la atención en las mutuas—, mejorar la acreditación y la formación continuada en prevención de riesgos —dotar de mayor calidad a cursos de formación y dar importancia a la acreditación— y prestigiar e informar a la población general del trabajo de las AAD.

“Todo el mundo puede pasar a ser dependiente dentro de una hora y lo que es seguro es que van a ser viejos, ¿qué quisieran encontrar para ellos entonces?”

Sobre esto último se detiene Carmen Diego, que cree que el país debería caminar hacia “un modelo nórdico que aborde los cuidados desde cero hasta que te mueres como una inversión, y no como un gasto” al tiempo que referencia el informe El cuarto pilar del Estado del Bienestar. ¿Y cómo se logra eso? Dándole a los cuidados la importancia que merecen. La auxiliar es honesta: no se percibe optimista con la situación del sector —“son muchos años remando y teniendo la sensación de que nos morimos en la orilla”—, pero también siente la necesidad “de volver a gritar: no pueden tener este sector en estas condiciones, los cuidados es una obligación de Estado, y como tal tiene que gestionarlo de forma directa y sacar fuera a estas empresas buitres, pensar que todo el mundo puede pasar a ser dependiente dentro de una hora y lo que es seguro es que van a ser viejos, ¿qué quisieran encontrar para ellos entonces?”.

A Carmen Diego le gusta su trabajo. “Es muy global, por algo se llama sociosanitario. Con una persona puedes lograr muchas cosas: la ayuda a domicilio se pensó para fomentar la independencia, la autonomía de la persona; retrasar al máximo posible su deterioro cognitivo y mejorar su calidad de vida y su estado anímico”. Pronto vio que era un trabajo que no se pagaba —social ni económicamente— como debería, pero ella tenía facturas, y al fin y al cabo mantiene una vocación. Se nota cuando hace mención a su “sueño”: “Que estemos en un país donde el cuarto pilar del bienestar, que son los cuidados, sean eso, otro pilar constitucional, con derechos constitucionales y laborales, un país justo donde lo público prime y en el que a los cuidados se les dé la importancia que tienen”.

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