El 42 % de los jóvenes afectados por la crisis de la vivienda presenta problemas de salud mental en España

Según el último informe conjunto de Oxfam Intermón, el Consejo de la Juventud de España (CJE) y Fad “Juventud sobre jóvenes, vivienda y salud mental”, nuestro país presenta una de las tasas de emancipación juvenil más tardías de Europa. La inestabilidad habitacional rampante genera una ausencia de expectativas de futuro, así como un aumento de la soledad no deseada entre la llamada “generación inquilina”.
Manifestación Vivienda 24 Mayo 2026 David Canales - 4
“La vivienda nos cuesta la vida” fue el reclamo de muchos jóvenes en la pasada manifestación por el derecho a la vivienda, el pasado 24 de mayo en Madrid. David Canales

La crisis de la vivienda se está cobrando la salud mental de los y las jóvenes españolas. El bienestar emocional ha caído vertiginosamente en los últimos años en proporción al auge de los precios de los alquileres, algo que llevan denunciando años los sindicatos de inquilinas de todo el Estado. Además, los datos avalan que no es posible disociar cuestiones materiales como las condiciones de habitabilidad y otras como la ansiedad, las expectativas de futuro o la soledad no deseada. Así lo refrenda el último informe de Oxfam Intermón junto con el Consejo de la Juventud de España -CJE- y Fad Juventud, Habitar la incertidumbre: vivienda, juventud y malestar estructural. El título ya recoge un apunte muy relevante: los problemas psicológicos que actualmente aquejan a la juventud tienen una base sistémica, vinculada a la precariedad residencial y laboral.

“Con frecuencia abordamos la salud mental como una cuestión individual, cuando los datos muestran con claridad el peso que tienen las condiciones de vida. La precariedad, la incertidumbre, la falta de autonomía o la sensación de que el futuro se aleja terminan dejando una huella profunda en el bienestar emocional de las personas jóvenes“, desliza Beatriz Martín Padura, directora general de Fad Juventud. En España, el 85% de las personas que viven de alquiler destina más del 30 % de los ingresos del hogar al pago de la vivienda. Sólo en la última década, los precios de los alquileres han subido un 77%, mientras que la renta disponible de los hogares solo lo ha hecho un 33%, aseguran. Esta situación se ha pronunciado tras la pandemia, con un mercado residencial cada día más tensionado.

Las cifras de emancipación juvenil caen en picado

El coste del alquiler, agregan, intensifica la vulnerabilidad social. En este sentido, los datos reflejan que la incidencia de mala salud mental de las personas de entre 16 y 34 años que destinan más del 50% de sus ingresos a la vivienda duplica la registrada entre quienes pagan menos del 30%. La vivienda es, por tanto, un factor de empobrecimiento para los jóvenes, uno de los rasgos estructurales del sistema residencial contemporáneo.

Por otro lado, la tasa de emancipación juvenil ha experimentado en los últimos años cifras preocupantes. La juventud cada vez se independiza a edades más tardías y lo hace en peores condiciones que sus padres: “Mientras que la tasa de emancipación del grupo de 30 a 34 años se mantiene relativamente estable a lo largo de las últimas décadas, la de los grupos de 16 a 29 años ha caído de forma sostenida hasta alcanzar en 2024 un mínimo histórico del 15,2%. Esto significa que más de 8 de cada 10 jóvenes menores de 30 años residen todavía en el hogar familiar por imposibilidad”, apuntan. Incluso una vez emancipados, muchos continúan necesitando ayuda económica para hacer frente a las rentas, concretamente un 30%, con una media de gasto de 466,7€ al mes que supera el 40% de su salario. No sólo precisan ese respaldo para llegar a fin de mes, también deben renunciar a gastos en educación, cultura, alimentación u ocio, para poder asumir estos costes tan elevados.

“Hay mucha gente joven que se independiza en pisos sin luz exterior, sin ascensor, sin aire acondicionado, calefacción...”: Andrea González Henry, presidenta del Consejo de la Juventud

Desde 2008, las cifras de emancipación han caído en picado en todo el país. La llamada “generación inquilina” tiene el peor dato de emancipación de la historia desde que existen registros. Somos el país de la Unión Europea, junto a Grecia e Italia, con una edad de emancipación media más tardía, también en condiciones de habitabilidad menos óptimas: “Hay mucha gente joven que se independiza en pisos sin luz exterior, sin ascensor, sin aire acondicionado, calefacción, etcétera”, explica a El Salto Andrea González Henry, presidenta del Consejo de la Juventud y coautora del informe.

Un dato a tener en cuenta es que en esta última cuestión existe un claro sesgo de género: las mujeres sufren este retraso en la independencia del hogar familiar con una intensidad mayor, de manera que el aumento de jóvenes no emancipados se da de forma más acusada en mujeres que en hombres por el impacto de las condiciones de acceso. El factor género también es relevante cuando hablamos del riesgo de empobrecimiento ya que entre las personas jóvenes que destinan más del 50% de los ingresos del hogar a la vivienda, el 66,8% son mujeres.

“Vemos que se está dando una mayor infantilización de la gente joven sobre todo por la incapacidad de decidir el propio proyecto de vida. Cada vez la gente joven tiene menos poder de decisión sobre sus horizontes”, desliza González

La juventud, precisamente por este retraso en alquilar, cada vez tiene más dificultades para construir un proyecto propio de futuro o gozar de autonomía personal, algo que a menudo es fuente de frustración. El 87% de los emancipados comparte vivienda, normalmente no por decisión propia sino por falta de medios para asumir un alquiler en solitario. “Vemos que se está dando una mayor infantilización de la gente joven sobre todo por la incapacidad de decidir el propio proyecto de vida. Cada vez la gente joven tiene menos poder de decisión sobre sus horizontes. Incluso hay parejas que no dejan su relación porque ahora no pueden permitirse dejar de compartir el alquiler”, desliza González en esta línea.

Soledad no deseada y ausencia de horizontes de futuro proyectables

Estos datos conviven a su vez con otros que reflejan una sensación colectiva de soledad no deseada: La falta de recursos condiciona los vínculos, la vida social y la percepción de apoyo. Entre las personas jóvenes con carencia material severa, el 39,8% afirma sentir soledad no deseada con frecuencia, sostiene el análisis. La crisis de la vivienda se suma a otras que transcurren en paralelo y que son igualmente causantes de esta epidemia de soledad: “La crisis de cuidados contribuye a generar barreras en la interacción y conexión social, contribuyendo a la fragilidad en las relaciones y vínculos interpersonales”, desvela el texto.

Fruto de este escenario de inestabilidad, inseguridad vital e incertidumbre cronificadas numerosos jóvenes se muestran incapaces de planificarse a largo plazo. Muchos no saben donde vivirán de aquí a cinco años ni si podrán siquiera permanecer en la misma ciudad o el mismo barrio. Esa pérdida de autonomía sobre el propio devenir vital, indica el estudio, está íntimamente relacionada con mayores niveles de malestar emocional autopercibido. “Hemos pasado de un sistema en el que tú elegías dónde podías vivir a uno en el que tu casero elige dónde puedes residir y tienes que hacer un casting con tus compañeros de piso para que te acepten como inquilino”, destaca González. Este marco de imprevisibilidad hace que se demoren procesos vitales deseados como formar una familia con hijos, incluso realizar determinados estudios, ya que “la gente joven está decidiendo en base a lo que puede estudiar en su ciudad y lo que no”, precisa el informe.

La brecha de clase se ha ido ensanchado con creces a causa de esta inaccesibilidad de la vivienda. El acceso a la propiedad ya no está condicionado exclusivamente, indica el estudio, por las trayectorias laborales individuales, sino por los recursos económicos familiares y la posición socioeconómica de origen. Esto produce que las desigualdades sociales se hayan agudizado como nunca antes y que el mérito sea cada vez menos determinante a la hora de conseguir la posesión de una casa. En otras palabras, la juventud dependerá de tener una casa en herencia para poder disponer de cierta autonomía habitacional en los próximos años.

Julia García, coautora del informe y experta en desigualdades y juventud de Oxfam Intermón, explica a este medio que la vivienda “está funcionando como un nuevo eje de clase” ya que “el 72% de la juventud con más recursos considera que podrá recibir ayuda familiar para comprar una vivienda en el futuro mientras que esto se reduce al 40% entre las jóvenes que pertenecen a familias con menos posibilidades económicas”. Por tanto, añade, “ya vemos una diferencia de expectativas brutal y esto se extrapola directamente al bienestar emocional”.

Regulación de los alquileres, control de precios de las rentas

La paradoja que tiene lugar en este aspecto es que, quienes sufren más deterioro emocional debido a esta crisis y requieren por tanto atención psicológica, cada vez tienen menos acceso económico a ella. El estudio refleja que más de una de cada tres personas jóvenes de 16 a 24 años que ha tenido que renunciar a atención a la salud mental por motivos financieros tiene una mala salud mental autopercibida, en su mayoría mujeres.

“Somos la primera generación que sabe que va a vivir en un planeta peor, estamos pagando las consecuencias del cambio climático creado por otras generaciones”

La falta de intimidad en los pisos compartidos y la ansiedad que ocasiona no saber “en qué momento tu casero te va a subir el alquiler o te va a echar para vender el edificio” generan una sensación perenne de inquietud. Sumado a lo anterior, el contexto de incertidumbre climática tiene también un peso. “Somos la primera generación que sabe que va a vivir en un planeta peor, estamos pagando las consecuencias del cambio climático creado por otras generaciones”, argumenta González.

Algunas de las claves a las que el informe hace referencia para poner solución a esta coyuntura tienen que ver con intervenir el mercado de vivienda. Las políticas públicas que garanticen el acceso a un techo digno, combinadas con medidas de actuación inmediata en otros sectores sociales, deben también acompañar para “evitar prácticas especulativas y abusivas, hacer más asequibles los precios de alquileres o revisar la fiscalidad en el mercado del alquiler”, aseveran. Proponen asimismo fomentar modelos alternativos de habitabilidad “para ir más allá del binomio propietario-inquilino”, como ya ocurre con las cooperativas en cesión de uso. “Nos encontramos ante un problema que requiere multitud de medidas simultáneas, valientes y que vayan a la raíz del problema”, concluye García.

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