‘Iribarne’, la hilarante obra que le devuelve a Fraga el pasado que nunca consiguió borrar

Tras arrasar en las taquillas de Galicia, la obra de Esther F. Carrodeguas llega al Madrid que Manuel Fraga no logró conquistar para realizar 16 funciones en el Teatro Infanta Isabel que se alargarán hasta el 25 de julio.
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Anxo Outumuro, Mónica García, Jorge De Arcos, Lidia Veiga y Xurxo Cortázar o si se quiere, Manuel Fraga cinco veces. Foto de Geraldine Leloutre.

Dice Manuel Rivas en una extensa entrevista sobre la figura de Manuel Fraga que uno de sus trazos más característicos era su habilidad para la metamorfosis. De convencido franquista mutó a presunto demócrata y de furibundo españolista pasó a ser un galleguista más bien de gaita y queimada: su forma de ser español. De autorizar el fusilamiento para Julián Grimau y el garrote vil para Joaquín Delgado y Francisco Granado, a jugar al dominó con Fidel Castro entre tapas de pulpo. Era hábil para manejar el poder e infatigable en la carrera por dominarlo: “Tenía la condición de ser fuerte con los débiles y amable con los poderosos”. Rivas charla, en realidad, con la escritora Inma López Silva como parte del colosal proceso de investigación que la dramaturga Esther F. Carrodeguas ha llevado a cabo para dar a luz a Iribarne. Con cursiva y sin ella.

La primera: una obra de teatro hilarante que le da una patada en el lomo a la biografía oficial de Fraga y con la que miles de gallegos y gallegas ya —por fin— se han reído hasta la saciedad de un personaje cuyas políticas públicas todavía hoy siguen condicionando sus vidas. La segunda, sin cursiva: una nueva visión ampliamente documentada e irreverente sobre la vida de un personaje siniestro y camaleónico que quiso controlarlo todo y que, sería deshonesto negarlo, casi lo consigue. Del 8 al 25 de julio, Iribarne hará una secuencia maratoniana de 16 funciones en el Teatro Infanta Isabel de Madrid porque, no debiera sorprender a nadie, las decisiones políticas del Fraga franquista y del Fraga demócrata también condicionaron, profundamente y para siempre, la vida en lo que hoy conocemos como Reino de España. Al fin y al cabo, él mismo redactó buena parte de la Constitución.

Carrodeguas, que atiende a El Salto delante de una biblioteca en la que hay un anaquel dedicado en exclusiva a los libros sobre Fraga, explica que su madre a menudo lamenta que las obras que realizan desde su compañía, ButacaZero, siempre ocultan el impetuoso trabajo que hay detrás. Que la gente no es consciente de cómo se llega hasta ahí. Con Iribarne no le ocurrió lo mismo: “Fue una de las primeras cosas que me dijo, ‘por fin se ve el trabajo’”. Aunque eso es una anécdota, no lo es tanto la cantidad nada desdeñable de personas que le han hecho saber que han asistido dos, tres o incluso cuatro veces a ver la misma pieza en lugares diferentes. Una a solas o con amigos y al menos otra arrastrando a otros seres queridos.

Aunque la historia comienza con un garbanzo, con Fraga en condición de feto e incluso de niño apodado como ‘bastardo’, el recorrido narrativo es meteórico, pero no por ello deja de atravesar, sin dejarse ninguno, todos los meandros de la historia de España en los que Don Manuel tuvo algo que ver. La implantación de la férrea Ley de Prensa de 1966, la transformación del Estado en un polo turístico de sol y playa, la construcción de una de las mayores campañas internacionales de propaganda para tapar las miserias del dictador, la ponencia de la propia carta magna, la fundación del partido que hoy dirige uno de sus herederos y, sin duda, la ejecución de sus maniobras tras la Ley de Secretos Oficiales de 1968 que todavía hoy sigue vigente.

Sin embargo o quizá por eso mismo, una de las más claras premisas de Esther F. Carrodeguas y del director de la obra, Xavier Castiñeira, era intentar atraer a la historia de Fraga a la gente joven que, si lo recuerda, dice, “ya lo tiene en la cabeza como el abuelo Cebolleta y no como lo que realmente fue”. “Por eso también jugamos buscando una música como la que hizo Berto”, explica. Un espacio sonoro contemporáneo que mezcla música tradicional y electrónica y que hace que la obra galope a un ritmo que consigue que las tres horas que dura se esfumen sin apenas percibirlo.

Aunque el mérito de eso es, por supuesto, colectivo. Y ahí, sin duda, el trabajo de interpretación de Anxo Outumuro, Mónica García, Jorge De Arcos, Lidia Veiga y Xurxo Cortázar no solo es brillante y ha sido merecedor de varias menciones significativas, sino que es divertido hasta el extremo. Hay bofetadas para todos, no dejan a nadie en pie. Por supuesto para Franco, pero también desfilan por las tablas, en posiciones nada halagüeñas, Adolfo Suárez, Juan Carlos I, Felipe VI, su paisano Rouco Varela, Juan Luis Cebrián y por supuesto las mil caras de Iribarne. De la del brazo en alto gritando ‘viva España’ a la de las miles de gaitas en el Obradoiro entonando el himno gallego.

La obra desde luego consigue dar una respuesta dilatada a la pregunta que su banda sonora se hace en varias ocasiones: who the fuck is Iribarne? Esa imagen de hombre reformista y humilde —Julio Iglesias llegó a llamarle “honesto por ser pobre” mientras le firmaba un cheque de 300 millones de pesetas de dinero público— que la prensa que él mismo controlaba con mano de hierro se afanó en construir, era, para sorpresa de bastantes, un decorado que solamente la marea de dignidad humana que surgió tras el hundimiento del Prestige consiguió comenzar a romper. Carrodeguas y compañía han cogido con solvencia el testigo.

Es esa metamorfosis permanente, son esas mil caras del franquista reformado, quizá sea ese perfil de político intelectual, pero profundamente autoritario lo que impide a sus herederos reivindicarlo. O quizá sean las penas de muerte firmadas, quizá las docenas de fotos con Franco, puede que el cementerio nuclear más grande de España que inauguró en bañador o sus manos manchadas de chapapote. Hay muchas razones para que Alberto Núñez Feijóo se haya olvidado de él a pesar de habérselo dado todo y en bandeja o para que José María Aznar ya no le dedique espacio en sus ensayos.

La calle ya no es tuya, Manolo, si es que algún día lo fue.

Con f de facha
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