Opinión
Ceuta y Melilla, rehenes de la geografía
La crisis generada en Ceuta por la entrada multitudinaria de personas migrantes, la mayoría a nado, a finales del pasado julio, ha vuelto a poner en primera línea mediática los temas de la inmigración irregular y la integridad territorial, cuestiones a menudo teñidas de demagogia, uso político partidista, exaltación patriótica y racismo.
Este tipo de incidentes, aunque de menor dimensión, se han producido con anterioridad en otras ocasiones, no sólo en Ceuta, sino también en Melilla. Recordemos mayo de 2021, cuando Marruecos permitió la entrada de 9.000 personas en las dos ciudades autónomas, o el 24 de junio de 2022, cuando en torno a 40 personas fueron asesinadas al intentar saltar la valla de Melilla.
En el análisis de las crisis reiteradas que afectan a estas dos ciudades de soberanía española se obvian a menudo los condicionantes geográficos, cuando es evidente que su localización espacial, su situación y su emplazamiento influyen decisivamente en todos los aspectos que afectan a su organización humana, tanto demográficos como sociales, económicos y políticos.
Desde esa perspectiva de análisis, Ceuta y Melilla son dos ciudades con características geográficas peculiares que las hacen únicas en el conjunto de las poblaciones del Estado español. En primer lugar, desde un punto de vista físico, la simple observación de un mapa nos indica que no están situadas en el continente europeo, sino en África del Norte, y que se encuentran casi completamente rodeadas de territorio marroquí, exceptuando una pequeña fachada costera mediterránea.
En cuanto a su extensión es de destacar su exigua superficie (18 km2 Ceuta y 12 km2 Melilla), muy inferior, por ejemplo, a la extensión del municipio de León (39 km2). En consecuencia, carecen de un hinterland con el que establecer relaciones de complementariedad, puesto que además están aisladas del entorno por una doble o triple valla de 10 metros de altura, con vías intermedias de seguridad y tecnologías de vigilancia avanzada, cuya finalidad es impedir la entrada de personas migrantes, algo que no siempre consiguen del todo.
Ceuta se encuentra en una posición estratégica clave, en el sur del estrecho de Gibraltar, uno de los choke points más importantes del mundo
La población de ambas ciudades se sitúa en torno a 85.000 habitantes cada una, repartidos casi al 50% entre los de origen magrebí, mayoritariamente musulmanes, y los de origen español peninsular, de tradición cristiana, con una ligera ventaja a favor de los primeros, cuyo predominio va in crescendo debido a su mayor tasa de fecundidad, a la inmigración procedente de Marruecos y a la creciente emigración de la población de origen peninsular.
Ampliando el foco a una escala más amplia, a nivel mundial, observamos que las dos urbes, especialmente Ceuta, se encuentran en una posición estratégica clave, en el sur del estrecho de Gibraltar, uno de los choke points más importantes del mundo, junto con los estrechos de Ormuz, Bab el-Mandeb o Malaca. Por él pasan 300 buques al día, lo que representa un 10% del tráfico marítimo mundial. El control de estos embudos es fundamental para asegurar las cadenas de suministro de las grandes potencias y el comercio marítimo internacional.
En nuestro planeta las masas continentales ocupan una gran extensión en el hemisferio norte (Eurasia y América del Norte) y, aunque estrechándose, se prolongan ampliamente hacia el sur, lo cual dificulta la navegación marítima en el sentido de los paralelos, obligando a largos trayectos contorneando África o América del Sur. Así pues, de Este a Oeste las rutas marítimas deben canalizarse a través de choke points naturales (como los estrechos marítimos mencionados más arriba) o artificiales (canal de Suez y canal de Panamá). Es evidente, pues, la importancia geoestratégica de estos cuellos de botella o puntos de estrangulamiento y el interés de las grandes potencias en su control.
Estos rasgos geográficos hacen de Ceuta y Melilla dos puntos conflictivos en los que entran en colisión intereses contrapuestos a diversas escalas: local, regional, internacional y mundial.
Quizá la manifestación más clara de esta posición conflictiva sea la derivada de la fuerte presión migratoria que soportan y que difícilmente pueden contener las líneas de fijación establecidas por la administración española. No hay por medio un mar que separe. La franja de fractura que supone el Mediterráneo entre un Norte opulento y un Sur empobrecido desaparece aquí sustituida por la valla que rodea estos dos enclaves del primer mundo en un entorno de pobreza y ausencia de expectativas para amplias capas de la población, especialmente las más jóvenes. Saltar la valla es la posibilidad que tienen más a mano muchos jóvenes marroquíes y de otros países africanos para huir de una situación que les resulta insoportable.
Para contener esa inmigración exterior la UE externaliza sus fronteras financiando al régimen marroquí, lo mismo que a otros regímenes de terceros países, como Turquía o Libia, para que sean ellos quienes frenen los flujos migratorios, generalmente con métodos que no serían aceptables en nuestras democráticas sociedades, que no obstante miran para otro lado mientras Marruecos nos hace el trabajo sucio en la lucha contra dos grandes peligros que amenazarían nuestra próspera comodidad: la inmigración y el yihadismo; pero, claro, ese trabajo Marruecos no lo hace gratis.
La presión migratoria constante sobre Ceuta y Melilla suele recrudecerse en momentos coyunturales relacionados con la política marroquí y el juego de sus bazas a nivel interno y en el tablero geopolítico internacional. El Reino de Marruecos no oculta su reclamación sobre Ceuta y Melilla y explota la realidad geográfica de las dos ciudades haciendo uso de la alarma migratoria para reforzar su aspiración irredentista a un “Gran Marruecos” que incluiría también el Sáhara Occidental (anexionado de facto gracias a la complicidad de Occidente), Mauritania y amplios territorios de Argelia y Mali.
En el plano geopolítico mundial Marruecos está plenamente alineado con Estados Unidos e Israel. Ya se comprobó con la Marcha Verde (1975) y la posterior colonización del Sáhara Occidental, en la que ha sido fundamental la colaboración tecnológica y militar de sus dos grandes aliados para la implantación del sistema de muros defensivos que garantizan la ocupación militar del territorio útil saharaui. Es muy reveladora la afición de esos tres regímenes a la construcción de muros.
La cooperación entre los tres Estados en materia militar, tecnológica y de seguridad es total. Como premio al reconocimiento de Israel por el Reino de Marruecos (Acuerdos de Abraham, 2020) Trump reconoció la marroquinidad del Sáhara Occidental. Por su parte, el gobierno español de Pedro Sánchez, quizá para asegurarse alguna garantía de control migratorio, se manifestó a favor de la propuesta marroquí de autonomía saharaui (por supuesto, dentro de Marruecos), rompiendo con la postura defendida tradicionalmente por el Estado español a favor de la autodeterminación del pueblo saharaui en sintonía con la legislación internacional. Parece que Mohamed VI juega bien sus cartas y sabe apoyarse en amigos poderosos.
Trump juega a la ambivalencia cuando ha puesto en cuestión la soberanía española de Ceuta y Melilla, mientras otras veces defiende “inequívocamente” su españolidad
Israel necesita aliados en el mundo árabe para enmascarar su política racista y genocida contra el pueblo palestino. Además, su situación geográfica en el extremo oriental del Mediterráneo, un mar cerrado, entorpece su salida hacia mares abiertos: la del océano Índico a través del mar Rojo es muy incierta, puesto que discurre por el estrecho de Bab El-Mandeb, controlado por los hutíes de Yemen, aliados de Irán y enemigos declarados del Estado sionista, mientras que la de Gibraltar está controlada en parte por España, un Estado con el que Israel no mantiene óptimas relaciones.
Un hijo de Netanyahu ha llegado incluso a animar a los musulmanes a liberar las “tierras ocupadas” de Ceuta, Melilla y otras posesiones españolas en el norte de África. El propio Trump juega a la ambivalencia cuando ha puesto en cuestión la soberanía española de Ceuta y Melilla, “situadas en territorio marroquí” mientras otras veces defiende “inequívocamente” su españolidad. Muy propio del personaje; para que no sepamos a qué atenernos, aunque lo que es evidente es la alianza estratégica privilegiada que une a Washington, Rabat y Tel Aviv, así como el interés prioritario que tiene para Estados Unidos el asegurarse el control de un cuello de botella de vital importancia como el estrecho de Gibraltar, eslabón fundamental de la cadena que enlaza Panamá, Suez, Bab El-Mandeb, Ormuz y Malaca.
Y en medio de todo este juego cruzado de intereses contrapuestos, instrumentalizados por Marruecos y criminalizados como “invasores” por una parte de la sociedad española, se encuentran tantísimas personas que, acuciadas por la necesidad y aspirando legítimamente a una vida mejor, se juegan la vida intentando alcanzar el paraíso europeo. Demasiadas mueren en el intento, ahogadas en el mar o por disparos de las fuerzas policiales marroquíes, pero nadie se acuerda de ellas. Ni siquiera conocemos el número exacto de los fallecidos, mucho menos su procedencia, sus nombres o sus historias personales.
Pero, claro, no son blancos ni europeos. Son un número anónimo de “otros” (¿70.000, 80.000?), seres deshumanizados o subhumanizados a los que “cazar” (Figaredo dixit) o expulsar sin miramientos, sin que su suerte perturbe nuestra apacible sobremesa ni el disfrute de las fiestas patronales de nuestro pueblo. Poca empatía muestra en general esta sociedad hacia esas personas a las que no reconocemos los mismos derechos que para nosotros exigimos.
Sin embargo, continuarán viniendo, ¡y, desgraciadamente, seguirán muriendo!, instrumentalizados por unos u otros poderes e intereses. No les queda otra. Un último impulso, un salto coordinado de la valla o varios centenares de metros a nado y, con suerte, podrán llegar a una tierra de promisión donde creen que les espera una vida decente, con la mínima dignidad a la que tienen derecho como seres humanos. La geografía y las decisiones de los poderosos les han puesto el cielo al alcance de la mano y no habrá prioridades patrióticas ni cuerpos uniformados y armados que les hagan renunciar a la esperanza.
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