Opinión
Coreografiar la política: ¿una danza entre instituciones y movimientos por el derecho a la vivienda?
Hace unos días, el ministro de Derechos Sociales, Pablo Bustinduy, lanzó una llamada que, en otras circunstancias, podría parecer un gesto menor: pidió ejercer la “máxima presión” social para salvar el Real Decreto que obliga a prorrogar los contratos de alquiler y limita al 2% la actualización anual de la renta.
Sabedor de que Junts y el PNV pueden tumbar la medida, Bustinduy busca un apoyo que trascienda la aritmética parlamentaria. Lo llamativo de su petición es que reconoce tácitamente una verdad incómoda: desde la institución solo no se puede. Algo falta, y ese algo es la potencia de un decir ciudadano, de una toma de palabra masiva, una manifestación pública.
¿Podría una movilización social forzar la opinión de algunos grupos políticos y salvar el decreto? En caso de que la resistencia fuese vencida y el decreto se aprobase, tal vez se abriese un horizonte posible de debate sobre el tema de la vivienda, más allá de estas medidas urgentes de contención.
¿Es posible una acción estratégica común? ¿Es posible tejer una acción realista en la complejidad donde nadie ocupe el “centro” o represente el “todo”, un acción astuta y diversa que ponga a jugar lo diferente y sea capaz de articulación sin “unidad”?
Fue en marzo de 2017, hace casi diez años, en pleno “asalto institucional”, cuando la activista e investigadora mexicana Raquel Gutiérrez vino a España y propuso en conversaciones informales con algunos activistas la imagen de la coreografía como inspiración posible para salir de los bloqueos en los que se estaba entonces (desde los movimientos sociales se experimentaba una sensación de “traición”, desde los nuevos partidos otra de “superación”).
Puso su propia vida como ejemplo. Contó que así se había “orquestado” su salida de la cárcel en 1997, como una acción coreográfica, donde diferentes actores “jugaron un papel” y presionaron juntos para conseguir un resultado. La metáfora de la coreografía evocaba así la posibilidad de actuar en la diferencia sin ceder soberanía ni hacer un bloque identitario, sin pedir al otro que dejara de ser lo que era, de estar donde estaba, sin tampoco creerse del todo el propio papel (lo importante es producir efectos, sin moralina, pura estrategia).
¿Qué es una coreografía?
En danza contemporánea, lejos de ser una secuencia cerrada de pasos, la coreografía es un proceso abierto de composición en el espacio-tiempo a través del cuerpo. Merce Cunningham, figura clave de la vanguardia del siglo XX, la concibió como una organización donde cada elemento (movimiento, música, escenografía) posee su propia lógica.
Autores más recientes, como André Lepecki o Bojana Cvejić, ven en ella un pensamiento crítico y político encarnado: coreografiar es organizar el movimiento para producir sentido, cuestionar discursos hegemónicos y construir subjetividades. El filósofo Jean-François Lyotard señaló por su parte, a partir de los experimentos de John Cage y Cunningham, que la danza puede producir un acontecimiento emocional cada vez singular, nunca el mismo, siempre diferente.
Tomando esta imagen de la coreografía para pensar articulaciones posibles entre instituciones y movimientos en la lucha por la vivienda, podemos extraer varias inspiraciones.
Primera: la coreografía no busca la fusión total, sino la sincronización desde diferentes realidades, cada una con sus propias lógicas.
Segunda: implica encarnar, hacer cuerpo, producir sentido, cuestionar inercias y crear conocimiento, gestando estrategias y reforzando lazos afectivos.
Tercera: se trata de producir un acontecimiento cada vez, rehacer la danza de forma permanente, sin confeccionar bloques unitarios donde el todo anule lo particular.
Cuarta: la coreografía puede ser instrumental y no serlo al mismo tiempo; es táctica sin comprometer los fines de cada agente, pero a la vez presupone un cambio en los imaginarios sobre la complejidad, la relación con el otro y el bien común.
Quinta: aunque tenga un fuerte aroma posmoderno, no desestima los elementos clásicos (partidos, líderes, voceros, activistas, influencers), sino que busca extraer la máxima potencia de cada posición, sin moralizar ni jerarquizar.
Si todo el mundo odia a todo el mundo, si todo el mundo desconfía del otro, si todo el mundo cree tener la razón en exclusiva, entonces no pasará nada
En todo este proceso, sin duda es importante el resultado final (convalidar el decreto), pero la fuerza decisiva reside en el ecosistema afectivo de donde brota la acción conjunta. La coreografía social requiere un terreno a priori de conversaciones y afectos, de generosidad y apertura, una disposición a perder el control y a arriesgar lo propio en una acción más amplia.
Dicho claramente: si todo el mundo odia a todo el mundo, si todo el mundo desconfía del otro, si todo el mundo cree tener la razón en exclusiva, entonces no pasará nada. El ecosistema, las conversaciones, los afectos, son el terreno a priori, el humus previo, las condiciones de posibilidad donde todo lo demás puede brotar.
Flexibilidad e integración
La coreografía más experimental apuesta por la flexibilidad y la integración. Es un género no dogmático que integra y fusiona técnicas muy diversas y a menudo incorpora multimedia y otras disciplinas artísticas. De nuevo, siguiendo la analogía, se trata de intentar generar un proceso sociopolítico “no dogmático”, capaz de integrar y fusionar técnicas de movilización muy diversas, donde cada una puede tener su momento y su eficacia, interpelar a un público, producir un efecto.
Cuando no hay un coreógrafo único, la danza contemporánea habla de composición en tiempo real o “coreografía distribuida”. En política, eso significaría que ni las instituciones dictan el paso desde arriba ni las asambleas ignoran la viabilidad institucional por abajo. Se trata de componer juntos una secuencia de acciones coordinadas: manifestaciones, mesas de negociación, elaboración participativa de leyes, desobediencia civil legitimada.
Las instituciones, por un lado, con su cuerpo de acción normativa; los movimientos, por el otro, con su accionar callejero y autoorganizado. Desbordar la idea de “director de campaña” con ideas genialoides, restar importancia a la noción de “estratega-jefe”. Al contrario, volver a poner en el centro la “inteligencia colectiva”, la capacidad de improvisación, la escucha y atención al otro/a, a lo que pasa, a lo que nos requiere la situación, no sólo a nuestra identidad particular o al acrecentamiento de nuestra posición. Abrir la coreografía a la participación de cualquiera, al imprevisto.
La coreografía política es una acción realista, que “usa” lo que hay pero en un sentido diferente, abierta a la cooperación con otros y la construcción de algo común
Uno de los giros más fértiles de la reflexión coreográfica es recuperar el concepto de “técnicas del cuerpo” del antropólogo Marcel Mauss. Mauss nos enseñó que ningún movimiento es natural: caminar, nadar o bailar son construcciones sociales. La danza contemporánea trabaja sobre esa premisa, pero además descontextualiza gestos cotidianos para dotarlos de nueva significación estética y política.
No se trata de cambiar los gestos totalmente, sino de introducir en ellos un pequeño cambio, un matiz. Poner a trabajar los distintos lenguajes de otra manera, “hackear” el código desde su propio adentro (los abogados el código jurídico, los políticos el código político, etc.). La coreografía política es una acción realista, que “usa” lo que hay pero en un sentido diferente, abierta a la cooperación con otros y la construcción de algo común.
En nuestra analogía, el “cuerpo” no es solo el/la bailarín, sino el territorio habitado y los cuerpos del inquilinato. Los desahucios son movimientos forzados; las ocupaciones de bloques vacíos destinados a usos especulativos son reapropiaciones del espacio. La coreografía colectiva tiene como centro la experiencia encarnada de quien no puede pagar el alquiler. Se trata de activar la “verdad” de lo que la gente vive, de lo que late en sus palabras aunque “no sepa hablar”, de la capacidad de interpelación simbólica de los territorios, de las heridas comunes y las vidas dañadas.
La coreografía no es experimentación sin preocupación por el resultado, sino que invoca y convoca otra eficacia, la que el antropólogo Claude Lévi-Strauss (en su investigación sobre chamanismo) llamó “eficacia simbólica”. Una eficacia que no pasa por dirigir o forzar los efectos, sino por redefinir las situaciones a partir de una intervención en el plano de los afectos. Por desbloquear los cuerpos a partir de palabras, gestos e imágenes con potencia de conmoción.
La “obra” tradicional es la que piensa en términos de objetos: a seducir, a convencer, a manipular algorítmicamente. La cuestión clave de una acción sociopolítica diferente es interpelar a los sujetos. A las capacidades de cada cual, a la inteligencia de cada cual, a lo mejor de cada cual. Siempre pasan cosas cuando alguien/algo despierta nuestra subjetividad, nuestras capacidades, nuestros afectos, cuando la acción habla a la “persona cualquiera” como protagonista de su propia vida. Hay mil ejemplos históricos de que esa otra eficacia existe, de que los débiles pueden activar una fuerza capaz de poner en jaque a los fuertes.
Nada está garantizado
Por último, ¿cuáles serían los límites de esta analogía? Identificamos al menos cuatro riesgos.
Primero, las asimetrías persistentes: las instituciones tienen policía, tribunales y recursos estables; el movimiento social vive de energía voluntaria y puede desgastarse. Como advirtió la coreógrafa Cristina Gómez, la horizontalidad coreográfica requiere un cuerpo entrenado para escuchar y ceder; sin entrenamiento, el más fuerte termina imponiendo su tempo.
Segundo, el riesgo de cooptación o burocratización: un movimiento social demasiado institucionalizado podría dejar de realizar acciones directas (okupaciones, protestas, huelgas) porque eso “queda mal” en la mesa de negociación.
Tercero, los ritmos temporales distintos: la política institucional baila en compases electorales y presupuestarios rígidos, mientras que el movimiento de inquilinos tiene urgencia (casi 60.000 hogares podrían perder su vivienda en los próximos meses si el decreto cae).
Cuarto, el cuerpo se fatiga: los activistas se agotan, pueden sufrir criminalización o “queme”; la institución sigue funcionando, pero el movimiento, si se agota, desaparece.
¿Podemos proponernos otras imágenes para pensar las articulaciones posibles entre fuerzas que no lo pueden todo solas, sino que se necesitan mutuamente?
Nada está garantizado, ni el éxito de la propia acción coreografiada, ni que en el futuro se pueda poner sobre la mesa el debate de la vivienda con mayor profundidad, siempre habría que seguir insistiendo, empujando.
Estos riesgos son reales, pero no deben llevarnos a rechazar la sugerencia. La cuestión es: ¿podemos proponernos otras imágenes para pensar las articulaciones posibles entre fuerzas que no lo pueden todo solas, sino que se necesitan mutuamente? ¿Pueden darse modos de cooperación en una acción conjunta sin cesión de soberanía o autonomía, sin reducción de las diferencias en una lógica de bloques o jerarquías?
Hoy en día tanto nuestras instituciones como los movimientos sociales parecen atrapados en repertorios fuertemente estandarizados. Componer una coreografía entre ambos mundos implicaría salirse de esas inercias, estar dispuesto a abrirse a un nuevo modo de relación. A organizar su tiempo y espacio de forma diferente. Abrir un diálogo sin miedo al desborde.
No hay respuestas cerradas, pero merece la pena en todo caso abrir la imaginación política. El derecho a la vivienda exigirá de cada quien la mayor de las audacias.
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