Opinión
Monte Tropic: la historia oculta de la crisis entre Rabat y Madrid
A finales de 2019, las relaciones entre Marruecos y España comenzaron a atravesar una de sus crisis más profundas. El detonante fueron los proyectos de ley 37.17 y 38.17, destinados a delimitar por primera vez las fronteras marítimas de Marruecos con España y Mauritania, incluidas las aguas adyacentes al Sáhara Occidental, lo que implicaba posibles solapamientos con las aguas de las islas Canarias.
El ministro marroquí de Asuntos Exteriores, Nasser Bourita, declaró en una entrevista con el medio Medias24 que “el Reino de Marruecos tiene el derecho soberano a ampliar sus fronteras marítimas”. Añadió que “no existe ningún malentendido” y que, en virtud de las leyes propuestas, el Reino no pretendía “sobrepasar” los derechos de otros Estados, recordando que “los demás países delimitan su espacio marítimo sin pedir permiso”.
En enero de 2020, el Parlamento marroquí votó los dos proyectos de ley y la crisis comenzó a escalar entre Marruecos y España, especialmente con el Gobierno de Canarias, que consideró que Marruecos estaba “intentando anexionarse territorios de las islas Canarias y del Sáhara”, y calificó la iniciativa de “provocación”. La delimitación contemplaba las 12 millas náuticas del mar territorial, además de las 200 millas de la zona económica exclusiva y hasta 350 millas de plataforma continental.
Pero la verdadera historia detrás de esta crisis se encuentra en el fondo del mar.
Las delimitaciones reivindicadas por Marruecos alcanzaban el monte “Tropic”, un monte submarino rico en cobalto y telurio. Desde el punto de vista geológico, no se encuentra sobre la plataforma continental africana, sino que constituye una prolongación geológica relacionada con las islas Canarias, formadas por el mismo tipo de actividad volcánica que dio origen al archipiélago y que, con el paso del tiempo, quedó sumergida hasta alcanzar profundidades de alrededor de mil metros bajo el nivel del mar.
La riqueza mineral de este monte submarino ya era conocida por los británicos, que llevaron a cabo estudios científicos en la zona. Este contexto ayuda a entender el interés económico y estratégico que adquirieron las relaciones comerciales entre Marruecos y el Reino Unido tras la salida británica de la Unión Europea, el denominado Brexit.
El rey Mohamed VI insistió, en su discurso con motivo del 45º aniversario de la Marcha Verde, en la necesidad de “hacer fructificar el enorme potencial que encierra el espacio marítimo de Marruecos”
En aquella misma entrevista, Bourita reveló que la Marina Real marroquí había adquirido en 2018 un buque oceanográfico destinado al estudio del fondo marino y de la plataforma continental. Un dato que podía interpretarse como una señal del creciente interés de Marruecos por sus espacios marítimos y por los recursos que albergan.
Poco después, el rey Mohamed VI insistió, en su discurso con motivo del 45.º aniversario de la Marcha Verde, en la necesidad de “hacer fructificar el enorme potencial que encierra el espacio marítimo de Marruecos”, mediante el diálogo con España, a la que definió como “un país amigo”.
Entonces llegó la pandemia de la covid19
Marruecos no parecía haber olvidado el pulso mantenido con el Gobierno de Canarias y la cuestión migratoria terminó convirtiéndose en uno de los principales instrumentos de presión en la relación con España. En 2020, miles de personas partieron desde las costas del Sáhara Occidental rumbo al archipiélago canario. Según los datos del Ministerio del Interior español correspondientes a todo ese año —del 1 de enero al 31 de diciembre—, 23.023 migrantes en situación irregular llegaron a las islas, causando al archipiélago en una de las mayores crisis migratorias de su historia reciente.
Después llegó la famosa crisis de Ceuta, en mayo de 2021. Fue interpretada como un mensaje contundente de Marruecos a su vecino del norte: el enfado había alcanzado su punto máximo y los asuntos pendientes debían resolverse. En un solo día, alrededor de 10.000 personas entraron en Ceuta, en una crisis que se produjo en el contexto de la decisión española de acoger al líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, organización que reivindica la independencia del Sáhara Occidental respecto de Marruecos.
Un año después, las relaciones diplomáticas habían cogido un buen rumbo. Rabat y Madrid normalizaron de nuevo sus relaciones, después de que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, anunciara un giro histórico de la posición de Madrid sobre el Sáhara Occidental. Ambos países parecían abrir una nueva página en sus relaciones.
Pero Pedro Sánchez terminó dilatando las soluciones
Pronto Rabat descubrió que aquellas promesas podían quedarse en palabras: ni la cuestión de las fronteras marítimas encontró una solución definitiva, ni Marruecos recuperó la gestión del espacio aéreo del Sáhara Occidental, que continúa bajo administración española, como antigua potencia colonial.
Así, el fuego siguió ardiendo bajo las cenizas hasta llegar a la tragedia de Ceuta de 2026.
Los días 30 y 31 de julio, la ciudad vivió el mayor flujo humano de su historia fronteriza reciente. Más de 80.000 migrantes en situación irregular entraron en una ciudad cuya superficie no supera los 20 kilómetros cuadrados, en una crisis que se convirtió en una de las más mortíferas registradas en su frontera y que dejó alrededor de 90 víctimas enterradas en los cementerios de la ciudad autónoma.
Para comprender qué se esconde bajo las aguas turbias que deja el flujo migratorio, y para entender la trayectoria oculta de la crisis diplomática entre Rabat y Madrid, hay que sumergirse más allá de la superficie de los acontecimientos: hasta las riquezas minerales que esconde el monte Tropic bajo el océano y hasta la disputa geopolítica que se desarrolla en torno a él.
¿Quién tiene derecho al fondo marino?, ¿quién puede explotar sus riquezas?, ¿y quién tiene capacidad para dibujar los límites de la influencia geopolítica en el Atlántico?
Allí, en el fondo del Atlántico, un antiguo volcán se eleva unos 3.200 metros desde las profundidades del océano, cuyo lecho se encuentra a unos 4.200 metros de profundidad, hasta detener su cima a aproximadamente mil metros bajo la superficie del mar. El monte, en sí mismo, no es más que una enorme masa rocosa sumergida. Pero el telurio, el cobalto y el níquel que albergan sus capas lo han convertido en uno de los puntos marítimos más sensibles de la región.
Sobre este monte submarino no se libra únicamente una batalla por las rocas, sino por el futuro: ¿quién tiene derecho al fondo marino?, ¿quién puede explotar sus riquezas?, ¿y quién tiene capacidad para dibujar los límites de la influencia geopolítica en el Atlántico?
Aquí, lo geológico se cruza con lo político; lo económico, con lo diplomático; y la migración, con la geografía estratégica. La disputa en torno al monte Tropic ha sido uno de los elementos que han alimentado las tensiones relacionadas con la delimitación de los espacios marítimos entre Marruecos y España, y el estatus jurídico y geopolítico de la zona continúa siendo objeto de controversia.
Desde esta perspectiva, los flujos migratorios que sacuden Ceuta y las islas Canarias pueden parecer simples oleadas humanas sobre la superficie del mar, mientras las profundidades revelan otro conflicto, mucho más silencioso, pero potencialmente más decisivo a la hora de redefinir la relación entre Rabat y Madrid, y quizá también con otras capitales europeas.
Lo que estalló en las fronteras en forma de seres humanos puede tener raíces mucho más profundas que las de una crisis migratoria pasajera: raíces que se hunden hasta el fondo del océano y se extienden hacia las fronteras de otros Estados y territorios, algunas de las cuales todavía esperan que sus mapas sean definitivamente trazados.
Ceuta, la ciudad de las paradojas
Ceuta es una ciudad en la que la geografía no se limita a describir los lugares: también les hace preguntas. Madrid quiere que Rabat vigile las fronteras de la ciudad, en el marco de esa política de externalización del control migratorio. Marruecos, por su parte, reclama la recuperación de una ciudad cuyos habitantes no quieren ser recuperados y que, de hecho, contemplan como una pesadilla. Y ahí aparece una de las grandes paradojas de Ceuta: quien reivindica la soberanía sobre un territorio acaba siendo llamado a proteger sus fronteras; y quien administra la ciudad depende, para defenderla, de la cooperación de quien disputa esa misma soberanía.
Es una de las muchas contradicciones que atraviesan Ceuta. Quizá, incluso, la contradicción de la que nacen todas las demás.
En la playa del Trampolín hay cientos de personas migrantes: magrebíes, yemeníes, sudaneses, palestinos y africanos subsaharianos. Hay adolescentes, jóvenes que apenas han dejado atrás la infancia y familias enteras. Han levantado tiendas improvisadas, extendido mantas, acumulado botellas y convertido la espera en una forma de vida, una espera sin respuesta. Desde lejos, parecen una sola masa humana. De cerca, cada persona carga con su propia historia.
Escucharlos es quizá la única manera de comprender lo que ha ocurrido y, sobre todo, la dimensión de la tragedia. No son invasores ni colonizadores. Son personas que buscan protección internacional, con un derecho al asilo que no debería medirse en función de su nacionalidad. Si algunos tienen más posibilidades de ser reconocidos como refugiados que otros, la explicación no está en la naturaleza de sus sufrimientos, sino en los prejuicios de una Europa que todavía clasifica las vidas según su procedencia.
Las personas migrantes no pueden convertirse en el recipiente en el que se vierten las crisis, las frustraciones y los fracasos de las políticas públicas
De lejos, es fácil dejarse arrastrar por el miedo y por los relatos que convierten al otro en una amenaza. De cerca, sin embargo, las certezas se vuelven más frágiles. Y, a veces, también más humanas, si es que todavía queda algo de humanidad en nuestra manera de mirar al otro.
No se puede borrar la tragedia de quienes llegaron a Ceuta. Pero tampoco se puede pedir a sus habitantes que actúen como si nada hubiera sucedido. El miedo no siempre es odio. A veces es simplemente el nombre que adopta la sensación de abandono cuando una sociedad siente que las instituciones la han dejado sola ante una realidad que no sabe cómo gestionar.
Y esta tampoco es, en esencia, una cuestión de las personas migrantes. Es una cuestión política. Una responsabilidad que corresponde, en primer lugar, al Gobierno de Madrid. Las personas migrantes no pueden convertirse en el recipiente en el que se vierten las crisis, las frustraciones y los fracasos de las políticas públicas.
En última instancia, Ceuta vuelve a poner de manifiesto una realidad antigua y, al mismo tiempo, renovada. La migración es allí, simultáneamente, una tragedia humana, una cuestión de seguridad, una herramienta de presión política y el síntoma visible de un problema más profundo de igualdad y de abandono institucional.
Los habitantes de Ceuta viven ese desequilibrio a plena luz del día. Lo ven, lo sufren y no pueden esconderlo. Pero convertirlo en un problema de las personas migrantes y solicitantes de asilo es confundir el síntoma con la enfermedad.
A miles de kilómetros del monte Tropic, pero mucho más cerca de la tragedia de Ceuta, permanecen los números escritos en las tumbas de las víctimas de los días 30 y 31 de julio. Son, y seguirán siendo, una vergüenza política para el régimen autoritario marroquí. En aquellas piedras no hay fotografías. Tampoco fechas de nacimiento. No hay palabras de despedida, ni epitafios, ni nombres. Solo números.
Y, sin embargo, en algún lugar, alguien los llamó por su nombre. Alguien conocía su voz, su sonrisa, su manera de caminar. Alguien sabía quiénes eran antes de convertirse en una cifra. Y quizá todavía haya alguien esperando volver a verlos, aferrado a una ausencia que todavía no ha aprendido a llamar muerte.
Tal vez el silencio más doloroso de Ceuta no sea el que envuelve su cementerio. Tal vez sea el silencio de dos países que han encontrado palabras de sobra para disputarse la soberanía, intercambiar acusaciones y alimentar sus respectivas batallas políticas, pero que no han encontrado una sola palabra para llorar a quienes murieron intentando huir de un país gobernado por una dictadura para alcanzar otro en el que el racismo se ha convertido, para demasiados, en una realidad insoportable.
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