Opinión
“Prioridad nacional”: mucho alambre de espino para tan poco jardín

Las derechas defienden la “prioridad nacional” para las sobras, que al banquete ya tienen invitados a sus extranjeros favoritos, la caterva financiera e imperial que todo lo devora, la transnacional del expolio, que solo se prioriza a sí misma.
Feijóo y Abascal FOTO
Feijóo y Abascal. Fotografía RTVE.
7 may 2026 07:40 | Actualizado: 7 may 2026 08:18

¡Ya está aquí, ya llegó la patrulla patriota!  Directamente reciclada del lepenismo francés que lleva dando la matraca con lo mismo desde los años ochenta, llegó la “prioridad nacional” de allende los Pirineos para insertarse en los pactos de gobierno entre el PP y Vox, enredar la agenda mediática y contaminar las conversaciones en los bares. Hay quienes solo se acuerdan de los servicios públicos o de la protección social para instrumentalizarlos en su narrativa racista. Lo de mejorarlos o dotarlos de recursos, eso nunca es prioritario.

Los mismos que alargan las listas de espera desfinanciando la sanidad pública,  luego suministran a la gente que desespera por el miedo a enfermar, el placebo de culpar a otros por necesitar que se les cuide en el territorio que no les toca, poniendo fronteras al derecho la vida, tachando de despilfarro la universalidad. Dicen que “no hay para todos”, pero para los accionistas de las empresas sanitarias que se arriman a chupar del maná de la externalización nunca falta. El discurso de la escasez es un conjuro para que las personas nativas acepten embrujadas el robo de lo común, mientras disputan con quienes llegaron después las últimas migajas.  

Esos que llamaron al ingreso mínimo vital paguita, quienes racanean rentas mínimas y ayudas de emergencia, quienes perpetúan una protección social ineficaz que deja a la mayoría en la intemperie, hacen ahora alharacas y aspavientos mientras pujan por poner a los españoles primero aunque solo sea para llegar al “casi nada”. A esos que dicen que el mejor sistema de protección social es el trabajo mientras combaten contra cualquier subida del salario mínimo, ahora les preocupa priorizar que sean los españoles quienes accedan a puestos de trabajo cuyas condiciones no parecen preocuparles tanto. 

Por eso insisten tanto en la migración, porque en su agenda nunca estará proteger a nadie de la explotación laboral o inmobiliaria, del vaciamiento de los servicios públicos, de los fondos de inversión que acuden a la llamada de forrarse a costa de la sanidad, la educación, las residencias, la vivienda o de cualquier necesidad social de la que se pueda extraer plusvalía si se tienen las relaciones adecuadas con el patriota adecuado, para eso nunca miran el pasaporte. 

Tanto en los ochenta como ahora, el sospechoso habitual de agravar la escasez y hacer la vida de las “personas de bien” incierta, es el de siempre, el “otro” convenientemente señalado. Y mientras con una mano, el poder apunta al forastero —o a quien se lee como tal— poniéndolo en el foco de cualquier problemática demasiado compleja o comprometida de explicar, con la otra empuña una motosierra con la que va mutilando la riqueza común, a veces con más discreción y otras con más descaro. Distintos formatos para el show neoliberal.

Para qué luchar para que todo el mundo viva mejor, pudiendo pelear para que otros sigan viviendo peor que yo

En el espectáculo neoliberal cabe mucha más gente que la ultraderecha. No son solo ellos quienes pretenden hackear el malestar de la gente ante el despojo, redirigiéndolo a quienes fueron despojados antes y erran por el mundo en busca de un mínimo acceso a la riqueza robada. También anda por ahí la socialdemocracia, jugando al chovinismo social —derechos sociales sí, pero para los nuestros— en esos países del Norte que señalan la migración como lo que pone en riesgo su estado de bienestar, pues una cosa es llegar a los países a trabajar barato, y otra cosa es pretender que se le atienda a una como si fuera una sueca, un danés, o una finlandesa más. 

Por eso cada vez más “progresistas” entregados al neoliberalismo, e incapaces de ofrecer ninguna alternativa a un sistema empobrecedor de mayorías, ninguna sacudida estructural al régimen de la desigualdad, repiten el mantra de “los nuestros primero”. Si la gente se focaliza en el orden de la cola, acaba por dejar en segundo plano lo que le espera al final. Un trucazo, vaya. Tampoco faltan precedentes locales “progresistas”, en esto de preservar los europeos jardines, de tanto advenedizo de la “jungla” que se nos quiere colar. 

La idea es abrigarse con el manto del sentido común de época, y conseguir que las masas no piensen en manifestarse por sus derechos, y empiecen a manifestarse contra los derechos de los otros. Qué jugada magistral: no os peleéis por mejorar la sanidad, mejorar la educación, reducir la desigualdad, mejor manifestaros contra quienes lo tienen más difícil, para que no dejen nunca de sufrir y errar. Para qué luchar para que todo el mundo viva mejor, pudiendo pelear para que otros sigan viviendo peor que yo. 

El chovinismo social a la española

Tiene guasa este chovinismo social de la derecha española, que —tomando elementos de la socialdemocracia racista o de esa extrema derecha populista que guiña un ojo a la clase obrera— se muestra como paladina de un estado de bienestar al que no ha dejado de atacar y pauperizar por décadas. Menudo chovinismo social de chichinabo, cuando lo social les parece comunismo y ya se sabe que ellos prefieren la libertad (de expolio). 

Dice el PP para que no le llamen racista, que lo prioritario no es la nacionalidad, si no el arraigo. Dice la RAE que la primera acepción de arraigo, es la “acción y efecto de arraigar”. Supongamos pues que el arraigo tenga que ver con poder permanecer en un lugar, en una casa, en un barrio. Si lo que le importa el PP es que la gente esté arraigada, quizás ayudaría priorizar esta cosa de la vivienda, garantizar que la gente puede quedarse en su barrio, en su ciudad, en su casa, sin que les expulsen los alquileres desorbitantes o la oleada turistificadora que anega los edificios. 

Parece que la prioridad nacional no aplica cuando se ceden las casas para el monocultivo turístico. Parece que la prioridad del arraigo no goza de tanta salud, cuando se permite la expulsión de los habitantes de los barrios, a medida que pujan por sus casas y sus calles, otros actores con mucho más poder adquisitivo. Ante el aroma cosmopolita del capital inmobiliario comprando medio país, defender el derecho al arraigo de las vecinas (nacionales o no) parece sonar a chiste buenista.  

Prioridad nacional, pide Vox, para acceder a unos servicios sociales que las políticas neoliberales que apoya están convirtiendo en migajas, y quiere ver a las clases empobrecidas disputárselas. Prioridad nacional para las sobras, que al banquete ya tienen invitados a sus extranjeros favoritos, la caterva financiera e imperial que todo lo devora, la transnacional del expolio, que solo se prioriza a sí misma. 

Priorizamos el arraigo, matiza el PP. Mientras el arraigo se convierte en un privilegio de clase, una suerte reservada a quienes son propietarios, y las masas se ven abocadas a buscarse un agujero cada vez más pequeño allá donde el desarraigado capital inmobiliario aún no haya acabado de apretar sus garras. Mientras el arraigo se prohíbe a miles de trabajadores migrantes, a quienes se deniega el padrón, a quienes no se alquila, a quienes se obliga a desplazarse por todo el país de temporada en temporada agrícola para llenar nuestros supermercados, a los que no querían regularizar y contra ello votaron.

En Establecidos y marginados, el sociólogo alemán Norbert Elias y el antropólogo inglés John L. Scotson, estudian las dinámicas por las cuales los habitantes establecidos de un suburbio inglés comparten un mismo imaginario sobre “los forasteros”, la gente que fue llegando después al territorio.  Los “establecidos” generan una identidad de grupo basada en una supuesta superioridad moral respecto a los recién llegados. Un nosotros que estigmatiza a un ellos que se presenta como peor, como menos merecedor de lo que sea. 

Los “establecidos” generan una identidad de grupo basada en una supuesta superioridad moral respecto a los recién llegados

Un mecanismo esencial para mantener el estigma, esa diferencia entre el “nosotros” y el “ellos”, es evitar el contacto social, que la desconfianza impida la cercanía, que no se formen vínculos que desmientan un imaginario que permite mantener esa ficción de superioridad moral. Ya en aquel texto de mediados del siglo XX, cuando no se hablaba aún de fake news ni de virales bulos, se mencionan los chismes y los rumores como ingredientes principales de ese caldo de cultivo que afianza una jerarquía social sustentada en la idea de que sí, los otros son una amenaza y los establecidos deben ser priorizados. 

El trabajo de campo de Elias y Scotson es antiguo, la dinámica de la que hablan parece ser atemporal, y sin embargo no es irreversible. Quizás justo en este momento, en el que cada vez menos gente experimenta qué es eso de establecerse, y en el que el capital desarraiga a tantas personas, podría repensarse ese nosotros. Podría ser que el insoslayable contacto social en escuelas, centros de trabajo, mercados impugne los imaginarios del “ellos”. Cuando gente de todos los orígenes conjuga “nosotros” desafiantes en manifestaciones por la educación, por la vivienda o contra el imperialismo, los viejos trucos del supremacismo se topan con un shock de realidad. 

Un sondeo reciente publicado por El País apunta que el 44,2% de los encuestados defiende la prioridad de los españoles en el acceso a las ayudas públicas, mientras que un 19,3% adicional apuesta por dar preferencia a las personas con mayor arraigo, independientemente de la nacionalidad. El 31% considera que las prestaciones son un derecho de todos los residentes, independientemente de su origen o tiempo en el país. No se puede negar que el chovinismo social va ganando adeptos, pero ni siquiera es del todo mayoritario. No se trata de ver el vaso medio lleno o medio vacío, si no de agitarlo todo y hacer que más gente se empape de la realidad de un mundo donde cada vez hay menos de todo para tantos, donde quieren que nos peleemos por una parte menguante del pastel, mientras unos pocos engullen hasta el vómito. Esos pocos a los que realmente priorizan las derechas, mientras siguen con su farsa. 

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