Ayuntamiento de Madrid
“Vecina, sal, ¡que no tiren tu vivienda!”: una llamada a recorrer y defender la Cañada
Lo llaman asentamiento, poblado, construcciones ilegales, barrio marginal. La Cañada Real Galiana, a su paso por Madrid, se despliega como una calle interminable de quince kilómetros que se transforma a medida que se transita. Un trayecto dividido en seis sectores, conectados por el mismo camino de tierra y asfalto irregular, que puede hacerse a pie y que condensa décadas de historia de barrio, desdén institucional y resistencia vecinal.
El pasado domingo 18 de enero, con la intención de recorrerla entera, una caravana itinerante formada por una veintena de personas de varios colectivos llega en coche al primer tramo. Van cargados con un equipo de sonido portátil y carteles. Cuando las primeras voces salen por el altavoz, rompen el silencio de la mañana, hecho de ladridos y vehículos distantes, con un llamamiento: “Vecina, sal a la calle, ven que te informemos”. En los carteles que pegan en muros y vallas se leen las palabras Cañada se queda: un deseo, una reivindicación.
Quien porta el micrófono es Houda Akrikez, el rostro visible del movimiento de resistencia vecinal protagonizado por mujeres del sector 6, el más maltratado y estigmatizado. Portavoz de la Asociación Cultural Tabadol, lleva décadas luchando por mejorar la vida de su barrio y quiere mostrar que Cañada, pese a los estereotipos, es un barrio “transitable”, que es posible acceder a él y recorrerlo.
“Queremos que los vecinos vengan y lo conozcan”, dice. Su casa, construida por su padre en los años noventa, tiene hoy, como muchas otras, fecha de demolición. Por eso, Tabadol y varios colectivos de vivienda preparan, dentro de la campaña Cañada se queda, una gran marcha desde Villa de Vallecas a Cañada Real el día 31 de enero de 2026, cuyo objetivo es paralizar todos los derribos. Hoy quiere informar y movilizar a todos sus vecinos.
Sectores 1 y 2 de la Cañada
El sector 1, integrado en Coslada y cuyas casas están legalizadas, queda atrás y la comitiva entra en el sector 2, también con población mayoritariamente española. El paisaje es similar: casas grandes, mansiones, algún taller, zona industrial. Hay poca gente por la calle, niños que se desplazan en moto o patinete eléctrico; en la distancia se distingue el barrio del Cañaveral, uno de los desarrollos urbanísticos del sur que algunos vecinos consideran la razón última de su expulsión.
“Se ha empezado a mirar la Cañada Real cuando Madrid empezó a crecer hacia el sureste”, dice Akrikez. “Estamos convencidas de que este abandono institucional tiene que ver con las promociones urbanísticas de Cañaveral, Ahijones, Berrocales, etc. Vemos cómo nos está devorando la ciudad. Hace 20 o 25 años nadie miraba a la Cañada Real, pero cuando el terreno se ha hecho jugoso, nos empiezan a desalojar de manera forzosa”. El Pacto Regional por la Cañada Real, de 2017, ya incluía un plan de reordenación y desalojos para los sectores 5 y 6.
Pero el problema viene de antes: “En la Cañada Real se derriba desde 2007. Durante años hemos denunciado derribos ilegales sin orden judicial, a dedo. Las investigaciones hablan de más de 150 viviendas derribadas en la Cañada Real. Esto no es un error puntual, es una práctica sistemática. Se destruyen viviendas, se rompen vidas y se utiliza el miedo como forma de gestión del territorio”. Micrófono en mano, Houda va interpelando durante la caminata a quien escucha desde dentro de sus casas: “Vecina, estamos organizando una marcha inmensa. Al igual que se queda el sector 1, ¡los demás sectores también!”.
Al rato: “¿Nos acompañas, vecino, o dejas que tiren tu vivienda? No lo permitas, ¡acompáñanos!”
Varias personas se asoman a las puertas o las ventanas. Akrikez conoce a algunas de reuniones vecinales. En el panfleto que les reparten o introducen en los buzones se les anima a salir a la calle, no solo por el corte de luz que sufren desde 2020 especialmente los dos últimos sectores, sino para recordar a las autoridades que sus casas “no son provisionales”, animando a los seis sectores a mantenerse unidos.
El Sector 3
El grupo entra en el sector 3, frontera física entre Madrid y Rivas-Vaciamadrid. Aquí el paisaje cambia: se mezclan viviendas casas de lujo con otras más humildes y alguna chabola. Los números de las viviendas están escritos a mano, hay placas solares para aliviar los primeros cortes de luz. La comitiva charla con los vecinos que se cruzan en el camino o se asoman al oír el altavoz. Algunos ya tienen la temida carta con fecha de derribo, otros no. Hay gente que se interesa, otros que no, personas que no pueden hacer el recorrido por salud, pero apoyan la iniciativa. Akrikez habla con un miembro de una familia gitana que reside en una casa muy precaria y que, asegura, aceptaría el realojo:
– “Nosotros vivimos aquí mal, sin luz, sin nada. Si me dan un piso…”
– “Pero si te pusieran luz, si te pusieran alcantarillado, ¿te quedarías?”
El vecino se encoge de hombros: “Ahí ya se vería”.
Comienzan a verse solares de casas ya derribadas. En las vallas, un cartel de prohibido el paso recuerda que esos terrenos quedaron, por una resolución de 2017, adscritos al Comisionado del Gobierno de la Comunidad de Madrid para la Cañada Real, quien los gestiona. Entre los derribos se han producido irregularidades graves, como la que llevó a la inhabilitación del funcionario Julio César Santos, que a pesar de ello sigue firmando órdenes de demolición. “Nos parece una falta tremenda de decoro”, dice Sonia García, una de las participantes en la caravana itinerante.
Ella pertenece a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) de Vallekas, uno de los colectivos, junto a La Laboratoria, que está apoyando a Tabadol en la organización de la campaña. Cuando en octubre de 2025 llegaran las primeras cartas de derribos, estos colectivos se movilizaron: comenzaron un trabajo “autogestionado”, interponiendo en primer lugar medidas cautelarísimas en el Juzgado de lo Contencioso-Administrativo de Madrid para evitar que se ejecutaran esos derribos. Hace poco, el Juzgado suspendió dos órdenes de derribo de viviendas por considerarlas domicilios habituales de las dos demandantes. “Tenemos esperanza de que el resto se resuelvan a favor”, celebra García.
Más adelante, la comitiva pasa frente a un altar a la virgen del Rocío y entran en un “Híper Cañada”, una tienda-bar donde les permiten pegar un cartel llamando a la marcha del 31 entre anuncios de peña rociera y de un grupo de flamenco. Al final del sector 3 se distinguen, a lo lejos, los edificios “cebra” de Los Ahijones y las grúas recortadas contra el skyline de Madrid.
El Sector 4
Tras cruzar la carretera hacia Rivas, el paisaje del Sector 4 vuelve a cambiar: se ven casas más humildes e infraviviendas, huele a leña, se oye el canto de un gallo. Los vecinos, españoles y marroquíes, se reparten aquí en dos municipios: los números pares pertenecen a Madrid y los impares, a Rivas. Akrikez charla en árabe con un vecino que repara su tejado; a su espalda, un edificio moderno de Rivas, de cinco plantas y ático, contrasta con su humilde casita de ladrillo y tejas.
La proximidad con Rivas y sus urbanizaciones no eliminan la sensación de aislamiento. No hay conexión entre ambos terrenos, como quedó patente en una reciente recogida de firmas de los vecinos del sector 4 para que Rivas no cerrara un camino comunitario que abrieron los propios vecinos gracias a la cesión voluntaria de parte de la parcela de uno de ellos. El Ayuntamiento de Rivas “había bloqueado el acceso tradicional que había a la zona de colegios (Mario Benedetti, Hipatia, etc.) para los vecinos del Sector 4”.
Pasando un centro de refugiados que también se enfrenta a demolición, la caravana se detiene en la Asociación vecinal Arrahma para invitar a sus miembros, de origen marroquí, a una chocolatada. Carlos, vecino y portavoz de esta asociación, toma el micrófono para animarlos (en castellano, Akrikez traduce al árabe) a participar en la marcha del día 31. Cuenta que la asociación es joven y se reúnen a pesar de las complicaciones por el idioma: “La gente ve que es inminente que le pueden tirar [la casa], entonces intenta pertenecer a una asociación”, expone. Señala la actitud “beligerante” del Ayuntamiento de Rivas y critica que una de las condiciones para los realojos sea poder demostrar una residencia en Cañada anterior a diciembre de 2011. “Dicen que las viviendas construidas a partir del año 2011 tienen que desaparecer, pero esos vecinos llevan todo ese tiempo aquí. Tirándolos a ellos nos tiran a todos, entonces defendemos sus casas”.
“Los árabes son buenos constructores, buenos albañiles, la palabra albañil viene del árabe. Somos el último barrio de Madrid de autoconstrucción, como Vallecas”, subraya Carlos, de la asociación Arrahma
Reconoce que algunas casas serían difíciles de regularizar: “Parcelas que antes pertenecían a un vecino, abres la puerta y es un pasillo y hay casas a ambos lados. Donde antes era un parcelista ahora hay 15 vecinos”, señala y afirma, “Los árabes son buenos constructores, buenos albañiles, la palabra albañil viene del árabe. Somos el último barrio de Madrid de autoconstrucción, como Vallecas”.
García también reivindica ese concepto como origen de muchos barrios madrileños: “Quieren arrasar con Cañada, pero la gente se va a buscar la vida y va a volver la autoconstrucción. Si ya está pasando en Cañada va a pasar en más sitios. La gente no puede pagar el alquiler de 1.500 euros, no puede comprar una vivienda. Hay un punto de quiebre. En un contexto de crisis ecosistémica, la gente busca otras soluciones”. Cree que en este sentido Cañada es “un ejemplo de resistencia y capacidad de levantar las casas ladrillo a ladrillo, hay un derecho al territorio”.
Lo que piden, anota, es la cesión de los terrenos: “En todo Madrid, donde hay posibilidad de desarrollo y especulación, se cede terrenos a las promotoras. ¿Por qué las personas que llevan décadas en el territorio no pueden ser dueñas? Eso sería un pacto ideal, y no estos pactos que se hacen entre élites”.
El Sector 5
El quinto sector, que va hasta Covibar (Rivas), tuvo originalmente población española hasta que experimentó un crecimiento de vecinos magrebíes. Hay tramos en los que las casas, de tejas y cal blanca, recuerdan a un pueblo, y en las paredes los grafitis se mezclan con fragmentos de poesía que en 2018 imprimió el colectivo artístico Boa Mistura. El colegio Mario Benedetti y algunos chalés de Rivas asoman, separados solo por una valla.
Desde ese centro cultural Mohammed el Hahaoui percibe las preocupaciones de sus vecinos frente a los derribos: “Lo ven muy mal, estás en tu casa y un día vienen y te mandan a nosedónde”
La comitiva llega al centro cultural que funciona como mezquita. Su responsable, Mohammed el Hahaoui, interrumpe la clase que está dando a una veintena de niños y niñas, que celebran con gritos y cánticos el chocolate que reparten los recién llegados. Desde esa mezquita ofrecen un espacio con suministro eléctrico para las familias de un sector muy afectado por el corte de luz, permitiéndoles “las cosas básicas. 24 horas en tu casa sin agua caliente, sin aseo… Imagínate un niño de tres o cuatro años sin tener luz en casa”, dice El Hahaoui. Desde ese centro cultural percibe las preocupaciones de sus vecinos frente a los derribos. “Lo ven muy mal, estás en tu casa y un día vienen y te mandan a nosedónde”, comenta.
¿Tienen los vecinos opción a realojo? “La mayoría no”, contesta. Muchos prefieren quedarse, sobre todo quienes llevan más tiempo: “Aquí hay gente que pueden tener su casa buena, bien hecha, un estatus. Algunos han nacido aquí, tienen su historia aquí, algunos están casados aquí ya y tienen niños”. Hay comunidad, dice: la mezquita está abierta a todos. En cuanto a los niños que hay en su clase, a pesar de su corta edad, asegura que “entienden el problema”.
“Nos ha matado el individualismo”, coincide Akrikez. “En Cañada Real somos comunidad, sabemos lo que significa apoyarnos mutuamente, sabemos lo que es la crianza en comunidad. Esto en Madrid ha desaparecido. Nos quieren quitar eso, y eso es lo que defendemos”. Algunos vecinos llevan décadas defendiendo esa lucha en común.
Un poco más adelante, una casa sorprende por varias esculturas en su tejado. Es el taller de Miguel Martín, histórico de las asociaciones vecinales del barrio, tapicero jubilado que acoge a la comitiva y enseña las obras de arte que esconde su jardín: una reproducción de una pirámide y otra del Guernika. En las paredes de su taller, donde ejerció de tapicero, varios recortes de prensa relatan su batalla legal: en 2008, el ayuntamiento intentó demoler el taller por incumplir las normas de disciplina urbanística. Gracias al incumplimiento del plazo, el taller sigue en pie, aunque su dueño no puede “hacer obras de reforma ni de consolidación de la estructura. El inmueble estará ahí hasta que se caiga por la ruina, según el Tribunal Superior”, dice uno de los recortes de prensa.
Considerando que parte del asedio del Estado es dejar que las casas de la Cañada se deterioren, varios hombres y -en su mayoría- mujeres han creado, como parte de la campaña Cañada se queda, un reciente grupo de obras que acude al barrio a reparar las casas y los caminos, de manera voluntaria, con su propio material y fuerzas.
Sector 6: fin de trayecto, inicio de la lucha
El último sector de la Cañada, de la carretera A-3 hasta Getafe, muy cercano a la incineradora de Valdemingómez, es el más grande y mediático (especialmente por los puntos de compraventa de drogas). Tiene casi 3.000 habitantes según un censo de 2017, incluyendo a 1.211 niños y niñas, y es el más afectado por el corte de electricidad.
Aquí se mezclan las edificaciones con chabolas, el barro, el olor a hoguera. Hay una parroquia y una zona de población gitana rumana. García denuncia las terribles dificultades que ponen las administraciones a los habitantes, especialmente en esta área: “No hay alcantarillado, no hay transporte. Quitan los caminos, los embarran adrede, meten badenes para que no puedas pasar con un coche”, apunta Sonia.
Al paso se ven restos de demoliciones de casas que, asegura, utilizan para estrechar los caminos. “Hay viviendas que han quedado al fondo de Cañada, pegadas casi a la incineradora y totalmente aisladas, con dificultades incluso para que llegue una ambulancia. Es parte de esa campaña criminal de acoso y hostigamiento de la administración, las políticas institucionales, entre las que hay que señalar a Rivas”, explica.
“Cañada no es una causa aparte”, concluye Akrikez. “Todos sufrimos abusos urbanísticos y tenemos el problema de la vivienda... Por eso hacemos este llamado, no es solo por la Cañada Real sino un problema de derechos humanos fundamentales”
Mientras la comitiva avanza repitiendo sus proclamas por el altavoz, varios chavales que descansan con sus bicicletas en un solar las oyen y les siguen. Cuando escuchan el eslogan “Cañada se queda”, lo corean, ilusionados. A unos minutos visitantes -y los niños- se detiene frente a un bar en una edificación muy precaria para repartir panfletos a las vecinas que se han asomado a las puertas de sus viviendas. Una de ellas se muestra conmovida, da las gracias por organizar la marcha: “Queremos quedarnos en nuestras casas. A dónde vamos a ir. No tenemos dónde ir”, dice. Un niño pregunta a una de las mujeres que conforman la caravana:
– “La marcha, ¿desde dónde es?”
– “Desde Vallecas”.
– “Sus vais a cansar”.
Poco después, la comitiva llega a la sede de Tabadol, junto al cartel luminoso “Cañada se queda”. Dentro del local, las mujeres que forman parte de esta asociación preparan bissara -crema de habas con comino- caliente para combatir el frío.
“Cañada no es una causa aparte”, concluye Akrikez. “Todos sufrimos abusos urbanísticos y tenemos el problema de la vivienda. El mejor ejemplo de acoso es la Cañada Real, pero no se está viviendo solamente aquí. Por eso hacemos este llamado, no es solo por la Cañada Real sino un problema de derechos humanos fundamentales”. Y recuerda que su barrio tiene 60 años de vida: “Aquí se han criado generaciones, se han construido hogares y comunidad. Es un barrio de Madrid y de Vallecas. Tenemos derecho a quedarnos en nuestras casas”. El día 31, se lo van a recordar a toda la ciudad.
Comunidad de Madrid
Las mujeres de la Cañada mantienen viva la lucha por el territorio
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El funcionario inhabilitado por un derribo ilegal en Cañada Real continúa firmando órdenes de demolición
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