Opinión
Ormuz demostró el valor de las renovables, pero no aceleró la transición
Exsecretario de Energía de Uruguay y presidente de REN21.
Seis meses después de que el cierre del estrecho de Ormuz sacudiera los mercados energéticos mundiales, una lección resulta cada vez más clara: los países que ya habían ampliado significativamente su capacidad renovable y construido sistemas eléctricos con una alta participación de energías limpias estuvieron entre los que mostraron mayor resiliencia frente a la crisis.
Según un nuevo estudio del Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio (CREA, por sus siglas en inglés), la capacidad de generación limpia incorporada desde 2020 permitió a los países importadores ahorrar aproximadamente 36.000 millones en importaciones evitadas de carbón, gas y petróleo durante apenas los primeros cinco meses de la crisis de Ormuz. Los mayores ahorros se registraron en China y Japón, seguidos por España, Francia, Italia, Países Bajos, Brasil e India.
Cuando la electricidad proviene de fuentes nacionales como la energía eólica, solar, hidroeléctrica y otros recursos renovables, una crisis geopolítica o vinculada a los combustibles fósiles, aun cuando ocurra a miles de kilómetros, tiene mucha menos capacidad para determinar el costo de mantener las luces encendidas, las industrias en funcionamiento y las economías en marcha.
Uruguay ofrece un ejemplo claro. En 2024, las energías renovables aportaron un récord de 99,1% de su electricidad: 50,2% hidroeléctrica, 33,1% eólica, 12,8% biomasa y 3% solar. La transición hacia un sistema eléctrico renovable redujo casi a la mitad los costos promedio de generación, contribuyendo a proteger a la economía y a la población frente a los shocks de precios de los combustibles fósiles.
Ormuz no reveló una falta de razones para acelerar las renovables, sino una incapacidad de los mercados, la infraestructura, las finanzas y las políticas públicas para responder a la evidencia
Sin embargo, la crisis también dejó al descubierto una paradoja llamativa: demostrar el valor estratégico de las energías renovables no ha sido suficiente, por sí solo, para acelerar la transición energética. Aunque las tecnologías renovables son maduras, confiables y se encuentran entre las opciones energéticas de menor costo, la inversión mundial en renovables cayó en 70.000 millones de dólares en 2025. Los combustibles fósiles todavía reciben alrededor de tres veces más subsidios directos, mientras más de 2.300 GW de proyectos de energías renovables y baterías esperan ser conectados a las redes eléctricas. El desafío ya no es simplemente tecnológico ni de costos. Nuestros sistemas energéticos, económicos y financieros fueron diseñados en torno a los combustibles fósiles.
Por lo tanto, Ormuz no reveló una falta de razones para acelerar las renovables, sino una incapacidad de los mercados, la infraestructura, las finanzas y las políticas públicas para responder a la evidencia. La respuesta no consiste simplemente en desplegar más capacidad renovable, sino en rediseñar el sistema energético en torno a las energías renovables y construir una economía basada en ellas. Uruguay muestra cómo puede hacerse. Su transición no fue impulsada por un avance tecnológico disruptivo, sino por una estrategia energética de largo plazo respaldada por los distintos partidos políticos, un fuerte liderazgo del Estado combinado con participación pública y privada, y reglas de mercado diseñadas para minimizar los costos del sistema en su conjunto y los riesgos de inversión.
Los proyectos renovables fueron seleccionados mediante licitaciones competitivas y recibieron contratos a precio fijo de entre 20 y 25 años, lo que otorgó ingresos previsibles a los inversores y, al mismo tiempo, permitió al operador del sistema planificar el sector eléctrico de manera integral. Los proyectos también debían contemplar las inversiones en redes necesarias para su conexión, desplazando el foco desde el proyecto individual más barato hacia el sistema de menor costo y mayor resiliencia.
Seis meses después de Ormuz, la lección es clara: las energías renovables no son únicamente una solución climática; son la base de economías y sociedades más resilientes
Uruguay atrajo cerca de US$ 6.000 millones en inversiones en cinco años, equivalentes a alrededor del 12% del PIB de ese momento. Esto no solo transformó su sistema eléctrico, sino que también demostró que las energías renovables pueden transformar las economías al ofrecer precios estables y generar más empleo.
Seis meses después de Ormuz, la lección es clara: las energías renovables no son únicamente una solución climática; son la base de economías y sociedades más resilientes. No necesitamos esperar otra crisis de los combustibles fósiles para actuar. Podemos proteger nuestras economías frente a las guerras, los riesgos geopolíticos, la inflación y el cambio climático construyendo hoy sistemas energéticos basados en renovables.
Lo que se necesita ahora es una visión coherente de largo plazo, respaldada por planificación y políticas capaces de rediseñar el sistema energético en su totalidad —desde la generación y la infraestructura hasta el consumo— y, al mismo tiempo, reducir la exposición a los riesgos y vulnerabilidades de los combustibles fósiles. Una lección importante en este sentido proviene del enfoque de planificación quinquenal continua con el que China ha orientado su transición energética.
El próximo shock energético no debería ser el momento en que descubramos el valor de las renovables. Debería ser el momento en que comprendamos que la seguridad energética exige rediseñar nuestras economías en torno a ellas.
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