Opinión
Comunizar la huelga: ampliar la base, multiplicar el desborde y escalar el conflicto

Si el poder que hemos descubierto no pertenece a nadie, la huelga tampoco. A eso llamamos comunizar la huelga.
Sindicato de Inquilinas Málaga
4 nov 2026 07:00 | Actualizado: 4 nov 2026 08:40

Conviene empezar por recordar dónde estamos y qué hemos hecho este último mes. A veces damos por sentadas cosas que son muy difíciles de lograr y olvidamos la densidad de lo que ha pasado en tan poco tiempo. El 23 de septiembre, el desahucio de Maricarmen prendió una rabia que llevaba años acumulándose. No fue un desahucio más. En él se condensó más de una década de organización de los movimientos de vivienda de todo el Estado y, muy especialmente, el virtuosismo del Sindicato de Inquilinas, que supo convertirlo en el símbolo de una crisis que venía de lejos: la de un modelo de vivienda que hunde sus raíces en el franquismo y que se ha ido agravando con las leyes de todos los gobiernos, que han puesto siempre los intereses de la especulación y el rentismo por delante del acceso de la gente a una vivienda.

Es un mes, pero han pasado años. Hemos cambiado la conversación pública: del marco racista que señalaba a las personas migrantes al marco de clase que señala al rentismo, de los “invasores” a los inversores. Hemos desbordado a los medios de comunicación, que se han visto obligados a hablar del negocio de la vivienda. Hemos ocupado con tiendas durante semanas las principales plazas de más de quince ciudades, y algunas acampadas siguen en pie después de más de un mes. Quizá no lo hayamos dimensionado todavía, pero es el movimiento de acampadas más importante desde el 15M, y la ola ya ha llegado a ciudades de Portugal e Italia. Y hemos organizado algunas de las mayores movilizaciones de la última década, con manifestaciones los días 3 y 4 de octubre en 54 ciudades, convocadas y coordinadas en menos de una semana.

Hemos arrancado la primera huelga general en catorce años, convocada conjuntamente por los sindicatos mayoritarios, los sindicatos de inquilinas y otras organizaciones y sindicatos, con la vivienda en el centro. No estaba en los planes de los sindicatos mayoritarios: ha sido el movimiento el que la ha hecho inevitable, y eso también es un logro importante. Hemos colocado en el centro de la agenda política el decreto Maricarmen, que empezaba a hablar de contratos indefinidos, de parar los desahucios y de bajar los alquileres, y la imposibilidad de aprobarlo en el Congreso ha precipitado unas elecciones generales. Y habíamos conseguido algo que nunca había pasado en este país: que una persona desahuciada por la no renovación de su contrato de alquiler pudiera volver a su casa, y en mejores condiciones que las que tenía. Maricarmen murió en el hospital antes de poder hacerlo. Lo que le pasó a ella es lo que el rentismo hace cada día, en silencio, con cientos de personas. Y lo que ella no pudo recuperar es lo que seguimos defendiendo para todas: el derecho a quedarnos en nuestras casas y en nuestros barrios.

Lo que hemos vivido este mes ha sido intenso, doloroso y alegre al mismo tiempo, y conviene no olvidar que nadie nos lo ha regalado. Es fruto de años de trabajo y organización, de una infraestructura paciente que ha sabido producir un acontecimiento, coordinarlo y dejarse desbordar por él. Quizá esta sea la lección más importante: tenemos mucho más poder y mucha más capacidad de lo que pensábamos. Y ese poder no está en las siglas sino en autoorganizar la capacidad de hacer. Es una relación que existe mientras se ejerce, se organiza y se cuida.

Más importante aún es que el 11N sea un punto de partida y no un punto final, la apertura de un ciclo de movilización más largo y más amplio

El reto inmediato es construir la huelga general por la vivienda del 11N. En esta tarea nos encontramos con viejos automatismos que, con lenguajes distintos e incluso opuestos, comparten la lógica de tratar la huelga como un patrimonio propio. Hay quien prefiere romper y marchar por separado antes que compartir la calle con quienes no considera suficientemente combativos. Hay quien quiere una huelga contenida y simbólica, que se pueda gestionar sin hacer daño al gobierno. Y hay quien se refugia en una radicalidad alternativa, más pendiente de marcar su diferencia que de defender el desborde que hemos construido entre todas. Cada una a su manera, estas posiciones convierten la huelga en algo que se posee, se administra o se protege frente a otros. Si algo nos ha enseñado este mes es justo lo contrario: nuestra fuerza no ha venido de que nadie controlara el proceso, sino de cooperar desde la multiplicidad y dejarnos desbordar.

Comunizar la huelga no es buscar un punto medio entre esas posiciones ni pedir unidad a cualquier precio. Es cambiar la pregunta. Lo decisivo no es quién la convoca formal o legalmente, quién la capitaliza en los medios, quién sostiene la pancarta de cabecera ni quién construye el mejor relato. La convocatoria legal es necesaria para poder parar, pero no hace la huelga. La pancarta importa, pero sin lo que hay detrás sirve de poco quien la sostenga. Lo decisivo es la fuerza resultante: cuántas personas paran, cuántos centros de trabajo, barrios y sectores se suman, y cuánta capacidad organizativa queda en pie al día siguiente. Esa fuerza no la produce ninguna organización por sí sola, ni es la suma de siglas. Nace de que muchas se crucen y se desborden. Por eso es importante una huelga masiva y popular que condense la fuerza acumulada. Pero más importante aún es que el 11N sea un punto de partida y no un punto final, la apertura de un ciclo de movilización más largo y más amplio. Si el poder que hemos descubierto no pertenece a nadie, la huelga tampoco. A eso llamamos comunizar la huelga: ampliar la base, multiplicar el desborde y escalar el conflicto.Comunizar la huelga no es buscar un punto medio entre esas posiciones ni pedir unidad a cualquier precio. Es cambiar la pregunta. Lo decisivo no es quién la convoca formal o legalmente, quién la capitaliza en los medios, quién sostiene la pancarta de cabecera ni quién construye el mejor relato. La convocatoria legal es necesaria para poder parar, pero no hace la huelga. La pancarta importa, pero sin lo que hay detrás sirve de poco quien la sostenga. Lo decisivo es la fuerza resultante: cuántas personas paran, cuántos centros de trabajo, barrios y sectores se suman, y cuánta capacidad organizativa queda en pie al día siguiente. Esa fuerza no la produce ninguna organización por sí sola, ni es la suma de siglas. Nace de que muchas se crucen y se desborden. Por eso es importante una huelga masiva y popular que condense la fuerza acumulada. Pero más importante aún es que el 11N sea un punto de partida y no un punto final, la apertura de un ciclo de movilización más largo y más amplio. Si el poder que hemos descubierto no pertenece a nadie, la huelga tampoco. A eso llamamos comunizar la huelga: ampliar la base, multiplicar el desborde y escalar el conflicto.

Comunizar la huelga no es buscar un punto medio entre esas posiciones ni pedir unidad a cualquier precio. Es cambiar la pregunta. Lo decisivo no es quién la convoca formal o legalmente, quién la capitaliza en los medios, quién sostiene la pancarta de cabecera ni quién construye el mejor relato. La convocatoria legal es necesaria para poder parar, pero no hace la huelga. La pancarta importa, pero sin lo que hay detrás sirve de poco quien la sostenga. Lo decisivo es la fuerza resultante: cuántas personas paran, cuántos centros de trabajo, barrios y sectores se suman, y cuánta capacidad organizativa queda en pie al día siguiente. Esa fuerza no la produce ninguna organización por sí sola, ni es la suma de siglas. Nace de que muchas se crucen y se desborden. Por eso es importante una huelga masiva y popular que condense la fuerza acumulada. Pero más importante aún es que el 11N sea un punto de partida y no un punto final, la apertura de un ciclo de movilización más largo y más amplio. Si el poder que hemos descubierto no pertenece a nadie, la huelga tampoco. A eso llamamos comunizar la huelga: ampliar la base, multiplicar el desborde y escalar el conflicto.

1. Ampliar la base

Una huelga general no es solo un día sin trabajar. Es una prueba de fuerza: mide cuánta gente es capaz de parar y, sobre todo, cuánta gente siente que forma parte de algo que la excede. Y aquí partimos de un problema. La huelga laboral clásica deja fuera a buena parte de quienes más sufren la crisis de la vivienda. ¿Cómo hace huelga una trabajadora con un contrato de dos semanas, un falso autónomo, una cuidadora interna, una persona en paro, un estudiante que comparte piso, una pensionista o una migrante sin papeles? Si la huelga se limita a quien puede ejercer formalmente ese derecho, se limita también a una parte cada vez más pequeña de la clase trabajadora.

Si hemos llevado la conversación de los “invasores” a los inversores, la huelga tiene que hacerse también con las personas migrantes, que sufren con más dureza la especulación

Ampliar la base significa, por un lado, abrir las formas de participar. El movimiento feminista ya lo ensayó en las huelgas del 8M: huelga laboral, pero también de cuidados, de consumo y estudiantil. Una huelga por la vivienda puede hacer lo mismo. Cada persona puede buscar la forma de parar que esté a su alcance, y quien no pueda dejar de trabajar puede sumarse de otras maneras: colgando un cartel en el balcón, cerrando el comercio del barrio, no consumiendo, aportando a una caja de resistencia o acudiendo al piquete o a la manifestación después de su turno.

Por otro lado, ampliar la base es ser coherentes con el giro que hemos provocado. Si hemos llevado la conversación de los “invasores” a los inversores, la huelga tiene que hacerse también con las personas migrantes, que sufren con más dureza la especulación, la discriminación en el alquiler y la infravivienda. Y no como sujetos a quienes se defiende, sino como parte central de quienes hacen la huelga.

Y ampliar la base significa también cuidar a quienes se acaban de acercar. Las acampadas y las manifestaciones de octubre han traído a mucha gente que nunca se había movilizado por la vivienda. Es la base potencial más importante que tenemos y también la más frágil. Quien llega por primera vez no conoce las historias ni los agravios acumulados entre organizaciones. Lo que ve es si esto es un lugar donde cabe o un campo de batalla del que conviene alejarse. Para esa gente, una calle partida en dos es la señal de que esto vuelve a ser lo de siempre, y la forma más rápida de que se vuelva a casa.

Los sindicatos mayoritarios están en esta huelga porque la calle los ha empujado, y la unidad no es un punto de llegada sino un terreno en disputa

Esto no quita razón a la desconfianza hacia los sindicatos mayoritarios. Está sobradamente justificada: hay años de concertación, de desmovilización y de conflictos desactivados desde arriba, y un riesgo real de que sus direcciones quieran convertir la huelga en un acto de precampaña de cara al 29N. Pero de ese diagnóstico no se deduce que haya que elegir entre la unidad con las direcciones y la unidad con la gente, como si fueran caminos excluyentes. Es una falsa disyuntiva. Compartir convocatoria no obliga a compartir agenda, ni a rebajar el mensaje, ni a callar la responsabilidad de ningún gobierno. Tenemos muy claro la responsabilidad de todos los gobiernos y la denunciamos. Hacer de la autonomía no coincidir con nadie es convertirla en una identidad que hay que proteger, cuando debería ser una capacidad que se ejerce. La posición contraria tampoco resuelve nada. Celebrar la unidad como un fin en sí mismo, sin preguntarse quién la dirige ni hacia dónde, es entregar la iniciativa a quien tiene más aparato. Aunque parezcan opuestas, las dos posturas comparten un mismo supuesto: que el sentido de la huelga se decide en la mesa de convocantes o en la cabecera de la manifestación. No es así. Los sindicatos mayoritarios están en esta huelga porque la calle los ha empujado, y la unidad no es un punto de llegada sino un terreno en disputa. Lo que decidirá el carácter del 11N no es quién firma la convocatoria ni quién va en la cabecera, sino dónde se toman las decisiones. Nuestra autonomía no consiste en evitar a nadie, sino en no depender de nadie: tener base propia, agenda propia, calendario propio y espacios propios donde decidir.

Conviene preguntarse entonces dónde tiene sentido tensar. Si lo que está en juego es poco más que un lugar en la cabecera, romper la manifestación unitaria es pagar un precio muy alto por muy poco. Se pierde a quien acaba de llegar, se regala la imagen de la división y se le da a quien prefiere una huelga de bajo perfil la excusa perfecta para no movilizar a su aparato. Exigir a los sindicatos mayoritarios que paren de verdad los centros de trabajo solo es posible desde dentro de la convocatoria, y no se puede desbordar una manifestación en la que no se está. El conflicto hay que darlo donde se decide algo: que haya comités de huelga unitarios y abiertos, que las asambleas decidan, que el mensaje no se rebaje y que la huelga pare de verdad. Ahí sí merece la pena tensar todo lo que haga falta.

Necesitamos comités en cada barrio y en cada centro de trabajo. Comités abiertos, sin siglas patrimonialistas y que puedan decidir cómo se organiza la huelga en cada lugar

Por eso los comités de huelga son decisivos. Necesitamos comités en cada barrio y en cada centro de trabajo. Comités abiertos, sin siglas patrimonialistas y que puedan decidir cómo se organiza la huelga en cada lugar. En ellos la autonomía no es una declaración discursiva sino una práctica que se ejerce. Y no son solo una herramienta para el 11N. Son la infraestructura que puede hacer de la huelga un punto de partida y no un punto final: espacios donde quienes se han encontrado estas semanas puedan seguir encontrándose, aprender a organizarse y preparar lo que venga después. Si este mes nos ha enseñado algo, es que los acontecimientos los producen infraestructuras pacientes y generosas. Los comités de huelga pueden ser los instrumentos para lo que viene, o quizás no, y entonces habrá que inventar otras, pero necesitamos ese espíritu abierto y apropiable.

Lo que amplía la participación en la huelga la fortalece, y lo que antepone el protagonismo de una organización la debilita. La unidad no puede ser un reparto de cuotas entre siglas, ni la autonomía una excusa para no construir una huelga masiva. Frente a quienes quieren apaciguar y domesticar la huelga y frente a quienes querrían romper la convocatoria, la respuesta es la misma: el desborde. Que la huelga no sea solo la expresión de una fuerza que ya existe, sino el instrumento para organizar la que todavía está por desplegar.

2. Multiplicar el desborde

Si algo ha caracterizado este mes es que ha ido siempre por delante de lo previsto. Y sigue pasando. En muchas ciudades aparecen combinaciones inesperadas de acciones, alianzas y formas de lucha que nadie ha planificado, pero que tampoco son caóticas: se están autoorganizando. Es quizá la mayor riqueza de este momento, y también lo más fácil de perder.

El reto es autoorganizar el desborde sin domesticarlo, y para eso conviene no repetir viejos esquemas. Hay una lectura, heredera del ciclo anterior, que entiende el desborde como algo que nace cuando se desprende de las organizaciones que lo hicieron posible: estas encienden la chispa y después se apartan. La última década nos ha enseñado sus límites. El 15M cambió el lenguaje político, abrió la crisis del sistema de partidos y dejó asambleas, redes y organizaciones que todavía sostienen muchas luchas. Pero también dejó una pregunta sin responder: qué pasa cuando la plaza se vacía. Lo que se ha agotado no es la autonomía, ni la necesidad de que los movimientos decidan su propia estrategia. Es la idea de que la conexión horizontal y la inteligencia colectiva bastan por sí solas para producir una estrategia común.

Ir “más allá de la autonomía” no significa volver al partido ni a la burocracia sindical. Significa asumir que desborde y organización no son enemigos. Las organizaciones no deben absorber el movimiento, pero tampoco disolverse en él. Ellas aportan infraestructura, memoria, recursos y capacidad para sostener un conflicto en el tiempo. El desborde aporta expansión, invención e iniciativa. Por separado, los dos se agotan: el movimiento sin organización apenas acumula, y la organización sin movimiento se encierra. Es lo que este mes ya ha demostrado: una infraestructura paciente que produce un acontecimiento y se deja desbordar por él.

La verdadera alternativa es entre un poder oculto y otro visible, discutido, distribuido y controlable. Por eso necesitamos organizaciones porosas, para que quien llega pueda entrar sin pedir permiso

La cuestión, entonces, es qué tipo de organización. La alternativa nunca fue entre tener estructura o no tenerla. Donde no hay reglas visibles, el poder circula igualmente, pero a través de vínculos personales que nadie ha elegido y que nadie puede revocar. La verdadera alternativa es entre un poder oculto y otro visible, discutido, distribuido y controlable. Por eso necesitamos organizaciones porosas, para que quien llega pueda entrar sin pedir permiso; generosas, para que lo que se construye no tenga dueño; transparentes, para que todo el mundo sepa cómo y dónde se decide; y revocables, para que ninguna delegación se convierta en una cúpula. Y hay que evitar el error simétrico: llamar a algo organización no garantiza que organice, y un organigrama impecable no vale nada si no amplía la capacidad de quienes participan. En el centro no debe haber una dirección, sino infraestructuras abiertas pero eficientes: asambleas que deciden, grupos de trabajo que se coordinan, recursos y saberes compartidos. Abiertas no significa interminables: una asamblea que nunca decide expulsa a quien llega con la misma eficacia que una que no le deja entrar.

La organización no es un fin en sí mismo. Se mide por lo que permite hacer, y en esta huelga hay un terreno en el que es decisiva: el funcionamiento logístico de la ciudad. Una huelga que se quede en los centros de trabajo deja fuera gran parte del negocio de la vivienda, porque el alquiler se sigue cobrando aunque paremos de trabajar. Para afectar ese negocio hay que mirar la ciudad como lo que es para el capital: una máquina de circulación de rentas, mercancías, turistas y trabajadoras, que solo es rentable si todo fluye sin interrupción. La ciudad convertida en atracción permanente necesita que los visitantes lleguen, que el consumo no pare, que el transporte funcione y que los alquileres se cobren puntualmente.

Ahí es donde las huelgas pueden hacer daño de verdad: en los nodos de movilidad, de circulación y de consumo donde la ciudad se reproduce cada día como negocio. Y ahí se ve por qué desborde y organización se necesitan. Interrumpir la ciudad exige multiplicidad, muchos puntos de fricción que nadie puede prever ni controlar del todo. Pero exige también conocer sus nodos, coordinar barrios y centros de trabajo y sostener la acción más allá de un gesto aislado. No es tarea solo de quienes trabajan en esos nodos, aunque su huelga sea decisiva. También lo es de los barrios que viven a su alrededor y sufren sus efectos. En ese cruce entre huelga laboral y acción vecinal, la interrupción pasa a afectar al funcionamiento entero de la ciudad.

Ni la huelga es necesariamente una protesta pacificada, ni el disturbio es necesariamente un bloqueo de la circulación del capital. La huelga puede ser, y va a ser, una forma de disturbio

Hay algunos análisis que oponen la huelga considerada obsoleta, ordenada y pacificada a un disturbio que actuaría directamente sobre la circulación y la reproducción. Pero no hay por qué contraponerlas. Ni la huelga es necesariamente una protesta pacificada, ni el disturbio es necesariamente un bloqueo de la circulación del capital. La huelga puede ser, y va a ser, una forma de disturbio. Interrumpir el flujo de rentas, de mercancías y de consumo es introducir fricción en el metabolismo urbano del capital. Y una huelga general contiene, o puede contener, muchas formas de disturbio: piquetes, bloqueos, cortes, ocupaciones, impagos colectivos y diferentes interrupciones de la normalidad. Y a la inversa, el disturbio también tiene composición, saberes y objetivos, aunque no siempre los nombre, no es una mera explosión de rabia. El 11N ya apunta en esa dirección: no es la huelga de un sector, sino una huelga que se propone detener la normalidad de las ciudades. Por eso su repertorio no puede elegirse por tradición, sino por composición y estrategia: quién puede actuar, con qué continuidad y contra qué nodos de los flujos del capital.

Tenemos que movilizarnos y organizarnos. Movilizándonos conseguimos que muchas actuemos a la vez. Organizándonos conseguimos que podamos hacer lo que antes no podíamos. El 11N necesita las dos cosas, y su éxito no se medirá solo por cuánta gente pare ese día, sino por las capacidades que consiga asentar: cuántos comités se han creado, cuántas personas han aprendido a hacer cosas nuevas, a coordinar un piquete o a sostener un conflicto. Abrir una crisis y tener capacidad para intervenir en ella son cosas distintas, y esa capacidad la tenemos que construir y escalarla, poco a poco y entre muchas.

3. Escalar el conflicto

Una huelga que anuncia desde el principio que durará un día no cambia por sí sola la correlación de fuerzas. Por eso el 11N tiene que ser un punto de partida, y su valor se medirá por lo que permita hacer después. Escalar el conflicto no es subir el tono discursivo o anunciar que vamos a acabar ya con el negocio de la vivienda y el capital inmobiliario, sino aumentar nuestra capacidad de organizar e interrumpir y de sostenernos mientras nos organizamos e interrumpimos. A una fuerza que escala no le basta con ser numerosa: tiene que ser subsistente, capaz de aguantar y de proliferar a medida que el conflicto crece.

Gobierne quien gobierne, la vivienda seguirá siendo un negocio. Importa poco quien gane el 29N si no llegamos al día siguiente con más capacidad de lucha que antes para escalar el conflicto

Eso exige un calendario y una agenda de lucha propia, que no se pliegue al electoral, al de los partidos ni al de los gobiernos. El 29N habrá elecciones generales, y con ellas llegará el peligro de quien intente traducirlo todo en votos, programas y promesas, que sabemos que sirven de muy poco. Las leyes importan, y lo poco que se consiga en ellas será fruto de esta fuerza, no de los partidos o gobiernos que intenten cooptar lo que ocurre en las calles. Gobierne quien gobierne, la vivienda seguirá siendo un negocio. Importa poco quien gane el 29N si no llegamos al día siguiente con más capacidad de lucha que antes para escalar el conflicto.

Se puede tener la mejor lista de deseos revolucionarios, el programa de medidas más contundente y radical, todo consensuado en asamblea y con las ideas muy claras, que, si todo esto carece de una fuerza que convierta las palabras en hechos, no solo no tendrá ningún efecto en el mundo real. No se trata descubrir la adscripción ideológica que más nos gusta para generar una posición, sino organizar el conflicto, construir una fuerza. Hay que organizar una fuerza. Y esta fuerza puede tener muchos nombres y muchas apariencias tácticas, pero si de verdad queremos escalar el conflicto, esta fuerza tiene que funcionar de un modo distinto al que funcionan los aparatos ideológicos, inoperantes y desactualizados de «las izquierdas», y también de un modo diferente al que han operado los movimientos sociales en las últimas décadas.

Comités de barrio, bloques en lucha y huelgas múltiples: esa es la dualidad de (contra)poderes que podemos construir hoy como fuerza revolucionaria internacional por la vivienda y más allá

Las luchas por la vivienda no son solo importantes para defender que las viviendas son para vivir y que a nadie se le puede despojar de un techo, sino también porque es una manera de intervenir directamente en el mecanismo de reproducción del del capitalismo logístico. Las viviendas son un refugio muy importante de rentabilidad de los activos financieros que están siendo disputados por los Sindicatos de Inquilinas en prácticas como la organización de la desobediencia en Bloques en Lucha. En los bloques se está dejando de pagar el alquiler —o pagando menos— de manera colectiva, pero también se están desarrollando un sinfín de estrategias menores de disputa en las propiedades verticales que intentan alargar, dificultar e impedir el flujo violento de capital que es extraído de las inquilinas para seguir alimentando el modelo rentista de la propiedad inmobiliaria. Todas estas estrategias también contribuyen a algo más importante y profundo, construir una fuerza común que de manera paciente y gradual prolifere escalando el conflicto: vecina a vecina, casa a casa, bloque a bloque, calle a calle, comité a comité, ciudad a ciudad, huelga a huelga, por todo el mundo. Comités de barrio, bloques en lucha y huelgas múltiples: esa es la dualidad de (contra)poderes que podemos construir hoy como fuerza revolucionaria internacional por la vivienda y más allá.

Esa dualidad no puede quedarse dentro de las fronteras del Estado, porque el negocio de la vivienda no las conoce. Los mismos fondos y las mismas plataformas operan en Madrid, en Lisboa, en Roma o en Berlín, y convierten barrios enteros del sur de Europa en atracciones para el turismo y la inversión. Las acampadas que han aparecido en Portugal y en Italia muestran que lo que ha empezado aquí ya se está extendiendo. Toca prepararse para ello: tejer redes con movimientos y organizaciones de otros países, compartir saberes y estrategias, coordinar encuentros y construir huelgas conjuntamente. Una huelga por la vivienda a escala europea no es una fantasía, sino un horizonte coherente con la escala del adversario que ya se está cociendo. Y más allá de Europa hay movimientos que llevan décadas enfrentándose a la mercantilización de la vivienda y de los que tenemos mucho que aprender.

No se trata de elegir entre la plaza y el sindicato, entre la huelga y el disturbio. Se trata de comunizar la huelga y la ciudad

Toda huelga general es, en algún sentido, un salto al vacío. Nadie sabe de antemano cuánta gente parará, qué harán ciertos grupos, qué pasará al día siguiente ni hasta dónde podrá llegar realmente. Ese vacío da vértigo, y la tentación es asegurarse algunas cosas. Pero el vacío que se ha abierto este mes nos enseña que hay momentos en los que hay que saltar sin tenerlo todo controlado. Comunizar la huelga es atrevernos a dar ese salto, y darlo convencidas de la incertidumbre en la que nos adentramos porque queda mucho por hacer y este es solo el primer salto.

En 2011 la consigna fue «nadie nos representa». Sigue siendo verdad. Lo que ha cambiado es que hoy sabemos que no basta: hay que organizar una fuerza que no necesite ser representada para actuar. Para eso hacen falta estrategia e inteligencia colectiva, y dejar a un lado los patrimonios identitarios para centrarnos en lo que ya hemos demostrado que sabemos hacer: ensanchar el conflicto, forzar una huelga general y organizar desde abajo a decenas de miles de personas en un mes. No se trata de elegir entre la plaza y el sindicato, entre la huelga y el disturbio. Se trata de comunizar la huelga y la ciudad: hacer que cada una de esas formas sea parte de una misma fuerza colectiva que aprende a comunizarlo todo.

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