Opinión
Carta (de inquina) al típico infiltrado
Cuando se divulga la cara y el nombre real y la ubicación dentro de lo posible de algún policía infiltrado al que destapan metido en movimientos sociales de izquierda hay quien dice “pero ¿qué queréis, qué estáis haciendo? ¿Queréis que le metan un tiro?”. Una de esas excrecencias humanas recién salidas de la academia que, por lo que sea, nunca se infiltran en bancos, en consultoras rutilantes ni en departamentos de urbanismo que son la casa de Tócame Roque. Las células salafistas mejor me voy a callar. Y lo mismo pasa con el integrismo católico, parece que tampoco les interesa lo que hacen los que acosan las clínicas de planificación familiar, pero no interesa saber más sobre los de los cilicios y las misas en latín. Y los grupos de extrema derecha se conoce que les resultan totalmente impenetrables. Vaya usted a saber por qué.
Se infiltran en sitios dificilísimos, rocosos, tan difíciles de penetrar que resulta que son sitios donde todo el mundo es bienvenido. Y de ahí saltan al siguiente y de ahí al siguiente. Hacen red, que se dice. Y ya puestos pues se meten en la casa, en la cama y hasta en la familia de la militancia. En Inglaterra, algunos se infiltraron tanto en el movimiento ecologista y antinuclear, tan bien y durante tantos años, que hasta dejaron criaturas atrás cuando salieron por patas. Toquemos madera.
Y no.
Bueno, yo no quiero que le metan un tiro a ninguno de esos probos funcionarios infiltrados. Yo no sé los demás, pero lo que yo quiero para ese gusano infecto de forma humana es que las relaciones personales que establezca hasta el fin de sus días (que espero que llegue dentro de muchísimos años) estén basadas en mentiras. Pero no al principio. Que nadie respete la palabra que le den. Que acabe aceptando que la palabra dada no vale para nada, que todo se lo lleve el aire y que sus sueños se vayan con él. Una vez y otra y otra.
Que tenga que ir a terapia, mejor aún si no quería ir, sobre todo si no ha ido nunca, y que su terapeuta le diga al cabo de un tiempo que no le puede ayudar. Y además que no le recomiende otro sitio al que ir. Que se encoja de hombros y no diga nada. Como si no conociera a ningún terapeuta. ¡Ja! Sin decirle que a lo mejor no tiene ninguna patología, sin sugerir, siquiera de la forma más indirecta, que ser un asco de persona no se puede curar ni reconducir. Que no tenga padre, ni madre ni perro que le ladre. Que los tenga y con buena salud y que le duren muchos años, pero sea como si no.
A veces se imagina uno a la peor persona que conoce recibiendo ánimos, sigue así, si por ahí ibas bien, el instinto te guiaba, pero tú no estabas prestando atención. Yo le diría: espero que toda la gente con la que hables que tenga código deontológico haga una excepción contigo. O no. Que no sepas si sí o si no. Que no recuerdes la última vez que un extraño te ayudó cuando no tenía por qué. Que no te sonrían los bebés que no conoces. Que no te vengan a saludar los perros y que te caguen las palomas. Que te piquen los gansos y que te muerdan los caballos. Que nunca puedas quemar la leña que cortes. Que la vida te varee como si fueras un olivo.
Que tus relaciones sean de las que fueron y ya no son. Porque a lo mejor no te pueden ni ver. O a lo mejor no es eso. ¿Pero y si sí? Y que no tengas con quién hablar ni de terapeutas, ni de perros, ni de amigas ni de padres ni de madres ni de perros que no te ladren. Eso es lo que espero que te pase a partir de hoy y hasta el fin de tus días. Y que se acaben en un día muy lejano.
Que te quedes varado. Que te quedes varada. Rumiando. ¿Será por esto, o será por aquello? Para siempre. Para todos los siempres, que dicen en La Alcarria. A rumiar. A ruminar. ¿Rumiar o ruminar? Mira, las dos cosas.
¿Que te metan un tiro? No, los tiros ya te los meterás tú.
Violencia policial
Investigación
Una policía se infiltró durante más de un año para espiar las protestas por Palestina
Represión
Cómo descubrir a un infiltrado, el manual
Represión
Las infiltraciones policiales llegan al Tribunal Constitucional
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!