Opinión
Los incendios no entienden de limpieza

La falta de desbroce suele señalarse como la gran responsable de los incendios. Pero estos no entienden de parcelas limpias o sucias, sino que responden a múltiples presiones. ¿Queremos cuidar el territorio o solo mantenerlo bajo control?
Incendio Padrón 14/06/2026 - 3
Incendio en Padrón, Galicia, en junio de 2026. Agostiño Iglesias

Vivir ante la amenaza de los incendios es una realidad cada vez más acuciante para los habitantes de la península ibérica. Las olas de calor aumentan, la precariedad laboral de los bomberos persiste y las estrategias locales para hacer frente a esta situación parecen insuficientes. Hay un mantra que se repite entre el vecindario: “Hay que limpiar las parcelas”. ¿Pero es esta una solución definitiva para mantener el fuego a raya?

Aquí quiero explicar, con argumentos, la opinión impopular de que no lo es.

Recientemente, los habitantes de la comarca leonesa de La Cepeda sufrimos un incendio con índice de gravedad potencial 2, debido al alto riesgo de que alcanzara las viviendas y la infraestructura ferroviaria circundante. Tras el susto, el confinamiento y el desalojo de alguna de las pedanías, todo pareció volver a cierta normalidad, a excepción de las muchas hectáreas de monte calcinado y del impacto sobre la comunidad animal y vegetal del lugar. El lema volvió a resonar con fuerza: “La gente tiene que limpiar sus terrenos”. Como si la tormenta eléctrica que desató el fuego y las extensas plantaciones de pinos sobre las que este se propagó con facilidad no guardasen relación con la causa del problema.

Cuando suceden desastres tendemos a buscar culpables a los que señalar con el dedo y adjudicarles la causa de los males. Sin embargo, este recurso pierde capacidad explicativa cuando el detonante es el resultado de múltiples causas entrelazadas —naturales, antrópicas, individuales, sistémicas, presentes y pasadas—. La atribución judicial de la culpa puede ser evidente cuando hablamos de pirómanos con la intención —además de los medios y las pruebas— de cometer desastres, pero empieza a diluirse cuando hablamos de un cúmulo de negligencias y accidentes humanos o fenómenos naturales carentes de dicha intencionalidad. En tales eventos resulta más prudente no señalar culpables, sino apelar a una responsabilidad compartida para prevenir y hacerse cargo de los desastres.

Es importante reconocer la porción de responsabilidad que cada habitante tiene de cuidar tanto sus propiedades como el entorno público. También es crucial empoderar a la ciudadanía para que disponga de mejores capacidades y herramientas para prevenir o reaccionar ante los incendios. Parece razonable ser copartícipes del cuidado comunal del hábitat que entre todas y todos construimos y no dar la espalda a los problemas que, los hayamos causado directamente o no, igualmente nos afectan.

¿Es una buena solución recordarnos continuamente entre los vecinos, e incluso bajo aviso de sanción, que debemos limpiar las parcelas para evitar los incendios?

Es cierto que el lema épico que se repitió el verano pasado, de “Solo el pueblo salva al pueblo”, es una verdad que funciona a medias. Esta romantización vecinal sirve para reivindicar una solidaridad heroica pero también corre el riesgo de convertirse en la coartada perfecta para unas autoridades en retirada que desplazan sus competencias. Ahora bien, cuando el verano avanza, se agolpan los incendios y los efectivos especializados y técnicos —bomberos, forestales, agentes rurales, Guardia Civil y militares— no dan abasto, es primordial disponer de los recursos para organizarse colectivamente y hacer algo. Esperar la ordenación y el salvamento desde una gestión vertical es cómodo e incluso puede ser lo más prudente si afrontamos incendios de sexta generación o bajo determinadas circunstancias. Pero ello no quita que, comunitariamente, deberíamos estar coordinados y preparados para colaborar ante la amenaza de una península que arde cada verano.

Y aquí vuelvo a la pregunta del principio: ¿es una buena solución recordarnos continuamente entre los vecinos, e incluso bajo aviso de sanción, que debemos limpiar las parcelas para evitar los incendios? Porque, por limpieza, en este contexto, no se entiende retirar toda la basura producida por los seres humanos. Más bien, se hace referencia al desbroce de todo matorral y sotobosque, así como a la poda de las ramas de los árboles que no encajan en una determinada idea de orden y control del paisaje. Ese, y no otro, es el tipo de limpieza que se invoca.

Zarzas, retamas, gramíneas y helechos son denostados más que nunca cuando llega el calor como si fueran bombas incendiarias que debemos desmantelar. Se olvida su valor como fuente de alimento para la fauna, como fijadoras de nitrógeno, como refugio para numerosas especies o como protección del suelo ante la erosión. A pesar de ser piezas clave de los ecosistemas naturales, estas plantas se tratan burdamente como maleza o malas hierbas, en lugar de contemplarlas con el asombro que merecen como tesoros de biodiversidad. Sí, su biomasa puede arder con facilidad cuando coinciden la sequía, el calor extremo y una simple chispa. Sí, pueden prender rápidamente como si fueran libros. Pero igual que las bibliotecas no prenden solas por mucho que estén llenas de libros, ninguna planta se incendia por el mero hecho de existir.

Desbrozar no es una medida banal contra los incendios. Allí donde el pastoreo y el ramoneo natural de herbívoros silvestres ha menguado o donde apenas hay ganado en extensivo ejerciendo esa función, la intervención humana para abrir con máquinas claros en el monte, hacer cortafuegos o ampliar los márgenes de los caminos, puede cobrar relevancia. Asimismo, recuperar el llamado paisaje mosaico, tal y como predominaba en buena parte de Europa durante milenios, es una estrategia que diversifica la estructura de la vegetación a la vez que puede conceder prórrogas contra los grandes incendios.

Con todo, conviene desterrar la idea de que una parcela con abundante materia orgánica, estructuralmente diversa e indómita es una parcela sucia. El manejo de los cuerpos vegetales no tiene nada que ver con la higiene. Por cortar y retirar plantas no se asea a nadie ni necesariamente se previenen enfermedades. Dejemos de usar términos metafóricos que simplifican la gestión y confunden dominios del conocimiento —como la estética, la salud y la conservación ambiental—. Equiparar desbroce, limpieza y prevención de incendios supone quedar atrapados en una tríada que invisibiliza la complejidad sistémica del asunto y convierte la sucesión ecológica de los ecosistemas en un mal que habría que erradicar. 

Muchos piensan que la raíz del problema es el abandono del monte y de las parcelas. Los vecinos que no desbrozan y no podan “como es debido” se convierten así en el chivo expiatorio de que el monte arda. Pero no, el sometimiento sistemático de la naturaleza, especialmente del matorral, no es la panacea que mitigará los incendios. Tampoco lo es atender únicamente al llamado “ornato público”. De hecho, favorecer que algunas plantas crezcan, envejezcan, se diversifiquen y evolucionen hacia bosques maduros autóctonos puede reducir notablemente la propagación del fuego. 

En la península ibérica existe mucha más densidad vegetal y más árboles que hace unas décadas, sí, pero una parte importante de esa cubierta forestal está formada por masas jóvenes, homogéneas y, en muchos casos, muy inflamables —como determinadas plantaciones de pinos o eucaliptos—, en lugar de bosques maduros de especies más pirófitas, como encinas, alcornoques, robles, fresnos o castaños. Esto es consecuencia de plantaciones masivas realizadas con fines económicos o paisajísticos, en vez de dejar que los bosques florezcan para funcionar ecológicamente. Ahora bien, este dejar hacer no hay que traducirlo como un mero abandono, sino entenderlo como una crítica al exceso de control y al interés por extraer siempre un provecho cuantificable de la naturaleza.

Cuando la mayoría de los incendios son causados por los seres humanos, el calentamiento global aumenta y la vida silvestre es doblegada sin criterio ecológico, de poco servirá presumir de tener el terreno «más limpio del mundo». El fuego no entiende de pulcritud. Puede que el primer paso para convivir con esta nueva realidad no consista en seguir hablando de montes limpios, sino en aprender, por fin, a distinguir entre limpiar la naturaleza y cuidarla.

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