Kosovo
Shkëlzen Gashi: un enciclopedista de la violencia en Kosovo
Kosovo espera con inquietud una decisión del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia radicado en La Haya. El país más joven de Europa cumplió dieciocho años en febrero, y lo hizo atrapado en una crisis política que podría culminar este próximo abril con las terceras elecciones generales en poco más de un año. Pero más allá del bloqueo parlamentario, los kosovares aguardan una sentencia que será crucial para el futuro del país: en la última sesión antes de que el juicio quedase visto para sentencia, el fiscal solicitó 45 años de cárcel por crímenes de guerra para Hashim Thaçi, líder de la guerrilla independentista albanesa UÇK (Ejército de la Liberación de Kosovo). Thaçi es uno de los artífices de la independencia de Kosovo y fue presidente del país entre 2016 y 2020. Veteranos y simpatizantes se han manifestado en Pristina, Tirana y La Haya pidiendo la absolución para su héroe de liberación nacional.
Buena parte de la sociedad kosovar ve este juicio como un montaje contra sus líderes y un ultraje para su memoria colectiva. Una condena a Thaçi, que fue aliado de EEUU durante la guerra de 1998-1999, supondría un baldón en la imagen de Kosovo y en la autoestima de sus ciudadanos, que ven en el heroísmo y el sacrificio de la guerrilla el mito de su origen nacional. Para unos pocos en Kosovo, entre los que se cuenta el sociólogo e investigador Shkëlzen Gashi, las cosas son en realidad algo más complejas.
“Algunas personas, incluso entre los altos cargos del UCK, cometieron crímenes de guerra y deberían ser castigados por ello”, dijo Gashi en una tertulia en directo. Le costó el puesto de trabajo
Gashi perdió su empleo dos días después de que el Tribunal presentase el auto de acusación contra Thaçi y otros líderes de la guerrilla. Era abril de 2020, y Gashi trabajaba entonces como asesor del primer ministro Albin Kurti y comentarista político en la prensa y la televisión kosovar. “Algunas personas, incluso entre los altos cargos del UCK, cometieron crímenes de guerra y deberían ser castigados por ello”, dijo en una tertulia en directo. Esas palabras le costaron el despido y le convirtieron en objeto de una campaña de insultos y amenazas por “denigrar la gloriosa lucha por la libertad”, en palabras del líder de la oposición. Repudiado y apartado de todo, acusado incluso de trabajar para los servicios secretos serbios, Gashi se propuso demostrar la veracidad de su afirmación: “Si queremos lograr la reconciliación, lo primero es saber qué sucedió”.
Cinco años después, Gashi espera frente a una cafetería de Pristina con un libro de 819 páginas bajo el brazo: The massacres in Kosovo 1998-1999, una exhaustiva y meticulosa enciclopedia de la violencia más atroz. Esta cartografía del horror —escrita en albanés, serbio e inglés “para que nadie pueda alegar que no lo entiende”— recoge nombres, números y lugares hasta sumar 10.333 cadáveres en 83 masacres. Una exigente investigación desarrollada sin apenas recursos, al margen del establishment político y cultural kosovar y solo con el magro apoyo de algunas oenegés internacionales. Un hercúleo y solitario esfuerzo por establecer la verdad de los hechos que apenas ha tenido eco en los medios de comunicación del país: “Al fin y al cabo”, se resigna el autor, “el poder no quiere perder el control de la memoria”.
“En el libro recojo cronológicamente 83 masacres”, cuenta mientras pasa las páginas con fotografías de amasijos de cadáveres, funerales y fosas comunes
Gashi sabía que cuestionar el relato heroico sobre la guerra era a la postre lo mismo que cuestionar el sistema de poder clientelar que ha regido el país desde entonces. Los exlíderes de la guerrilla y organizaciones afines, explica el sociólogo, tomaron el control de todos los ámbitos de la vida pública, y no solamente los partidos políticos: “La universidad, los jueces, la televisión, la administración y los medios están bajo control de esa pretendida élite que ha mandado en Kosovo durante dos décadas”. En esas circunstancias, “el UCK ha manipulado la guerra y su memoria para mantenerse en el poder. Como, supuestamente, ellos liberaron el país, tienen el derecho a mandar en él y justifican su corrupción mediante el terror”.
“En el libro recojo cronológicamente 83 masacres, aunque en total contabilicé 105, pero hay 22 de las que no se sabe nada”, cuenta mientras pasa las páginas con fotografías de amasijos de cadáveres, funerales y fosas comunes, “y lo más relevante es que, para la mayoría de estas matanzas, nadie fue condenado. El 90% de las masacres que cuento en el libro terminan con esta frase: hasta la fecha, nadie ha sido juzgado ni condenado por estos crímenes”. Bajo su punto de vista, Kosovo se ha instalado en una cultura de la impunidad y la polarización étnica que impide una reconciliación real entre comunidades.
“Este es el primer libro sobre este tema que se escribe sin utilizar un lenguaje de odio y que trata sobre todas las víctimas de todos los bandos”, asegura el autor, “sin distinción de su etnia, su religión o su ideología política”. De este modo, Gashi se ha atrevido a romper el tabú de los crímenes de guerra cometidos por albanokosovares contra las comunidades serbias; al tiempo que dignifica la memoria de otros grupos étnicos y religiosos-gitanos, ashkalíes o católicos-marginados de la memoria oficial y difíciles de asimilar tanto para el nacionalismo serbio como para el albanés.
Gashi cree urgentes “reformas institucionales para apartar del poder, tanto en Serbia como en Kosovo, a las personas y organizaciones militares que participaron en estas matanzas”
Pero Shkëlzen Gashi ha debido de explicar cientos de veces que su postura no es un pacifismo ingenuo o una neutralidad equidistante. Él mismo tuvo que pasar parte de su adolescencia refugiado en Macedonia tras vivir en su propio país “un sistema de apartheid y segregación, en el que se vetó el uso de nuestra lengua y los albaneses eran despedidos de su trabajo”. No tiene problemas en decirlo sin rodeos: “Fue una guerra justa, porque la represión de Milosevic entre el 89 y el 98 fue muy dura. Era muy difícil liberar Kosovo sin recurrir a la guerra”.
Los datos que ha recopilado secundan su punto de vista: “El 90% de las víctimas de estas masacres son albaneses asesinados por policías, militares o paramilitares serbios. Los crímenes cometidos por albaneses son solo un 10%, tienen lugar después de la guerra, como acto de revancha no organizada, y no los ejecutan ni militares ni policías albaneses”.
Una vez aclarados los hechos, Gashi cree urgentes “reformas institucionales para apartar del poder, tanto en Serbia como en Kosovo, a las personas y organizaciones militares que participaron en estas matanzas. A continuación, debería haber reparaciones para los familiares de las víctimas y unas disculpas oficiales por parte de los representantes de ambos países”.
Más allá de los tribunales y de las altas esferas de la política, para Gashi es necesario trabajar por una memoria crítica y una cultura de la paz. Él mismo investigó durante años para un proyecto llamado “La Otra Serbia”, en el que daba a conocer a sus compatriotas a esa parte de la sociedad serbia que se opuso a Milosevic y a la represión en Kosovo.
En ese sentido, Gashi señala la importancia de la enseñanza de historia: “Hay que cambiar los libros escolares. En Kosovo, los niños albaneses estudian con unos libros y los serbios con otros”. Eso da lugar a una distorsión de la magnitud y la naturaleza del conflicto. “A los niños albaneses les hablan solo de las víctimas albanesas, además doblando el número: fueron unas 10.000, pero los textos escolares hablan de 20.000. En cambio, en los libros escolares serbios las víctimas albanesas no existen y Kosovo es una parte de Serbia”.
Sus artículos en la prensa independiente kosovar son muy críticos con la política de memoria oficial, sus omisiones y sus rituales. “El 90% de las víctimas en Kosovo fueron civiles y solo un 10% guerrilleros”, explica, “deberíamos recordar a esas víctimas civiles y a la resistencia pacífica que hubo en Kosovo. Sin embargo, los museos, los libros y las conmemoraciones se dedican en la inmensa mayoría de los casos a las personas que murieron luchando”. La sentencia del Tribunal de La Haya contra los líderes de la guerrilla, esperada para mediados de 2026, puede sacudir esta política de memoria que cimenta la identidad kosovar.
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