En busca de la ‘fantarquía’: ¿dónde están la fantasía y la ciencia ficción políticas?

Un festival valenciano nacido en 2025 encabeza en España el resurgir del alma ‘underground’ y antisistema de dos géneros a los que el ‘mainstream’ ha retirado gran parte de su potencial crítico o ha hecho que lo ignoremos aun cuando resulta evidente.
Momo
Ilustración original de la novela fantástica ‘Momo’, escrita por Michael Ende en 1973. En esta escena, la niña protagonista se encuentra dentro de la morada del Maestro Hora, acompañada por Casiopea.
24 jul 2026 06:00

Andy Weir, autor de las novelas El marciano y Proyecto Hail Mary, pedía en un pódcast una Star Trek sin tanta política y en la que la Federación de Planetas se limitase a dispararse con los Romulanos. En las estanterías de la FNAC, El Corte Inglés o la tienda de Amazon y en las listas de los más vendidos se abre paso el subgénero romantasy, donde ya la cosa no va tanto de que elfos y enanos se unan para destruir un gran mal sino de saber si harían o no buena pareja. La ciencia ficción y la fantasía cozy se abren camino en el mainstream.

¿Toda la Galia ha sido conquistada? ¿Es el precio de que lo que antes eran subgéneros se hayan convertido en parte de la corriente principal cultural? La respuesta corta obvia es que no, aunque se haga difícil separar el grano de la paja, mientras se utilizan nombres como los de N.K.Jemisin, Margaret Atwood u Octavia Butler, o la estética de Los juegos del hambre, de Suzanne Collins, para vender versiones de Los Bridgerton literarios con hadas.

Sin embargo, autoras y especialistas insisten en que una fantaciencia crítica y que analiza su realidad social no solo sigue existiendo, sino que lo complicado es abarcarla. El problema, precisamente, es que nos llega envuelta en avalanchas de cozy que la desactiva. En España, el pasado noviembre, nació un primer festival dedicado a darle difusión, ya sea en versión literaria, rol o ficción sonora: Fantarquía. “Cuando lo iniciamos buscábamos un punto diferenciador con el resto de eventos del panorama cultural, porque nuestro de punto de vista es extremadamente crítico”, explica Álvaro Aparicio, uno de los fundadores del certamen y presentador del pódcast El Vuelo del Cometa. “Queríamos hablar de fantasía que diese pie a debates, más allá del hecho de la fantasía en sí”.

Fantarquía está organizado por El Vuelo del Cometa, la editorial La Magnífica y el Espacio Cultural La Lenta. El certamen se presenta con el lema “Festival de fantasía peligrosa” y una frase del relato “Los que se marchan de Omelas”, de Ursula K. Le Guin por bandera: “¿Creen ustedes todo esto? ¿Aceptan la realidad de esta celebración, de esta ciudad, de esta alegría? ¿No? Entonces déjenme describirles algo más”.

La fallecida autora de Berkeley, que cultivó una ciencia ficción humanista en su Saga del Ekumen y otra que tal bailaba pero desde la fantasía en El ciclo de Terramar, es la santa patrona de varios de los entrevistados para este reportaje y algunos de los autores que se citarán. Aunque en parte se ha convertido en un comodín en redes sociales o listas de “ciencia ficción feminista/femenina”, su influencia más allá de las reivindicaciones superficiales se nota a todo lo largo y ancho de los géneros que cultivó. “El nuestro no deja de ser un espacio donde todo el fantástico se da la mano y al que todo el mundo está invitado, pero esa cita de Le Guin es una declaración de intenciones”, desarrolla Aparicio. “Nuestro hiperfoco está en la fantasía o ciencia ficción especulativas, que invitan a reflexionar sobre cuestiones de actualidad, no solo la escapista o de evasión”.

El precio de salir del nicho

“Los subgéneros del fantástico han salido del ostracismo al que los condenaron los estilos dominantes de los siglos XIX y XX como pudieran ser el costumbrismo o el realismo”, explica el filósofo y locutor de radio Ernesto Gimeno. “El Ulises de Joyce y el Drácula de Stoker fueron obras clave dentro de un mismo movimiento, pero han gozado de una fama distinta. La llegada de la posmodernidad quebró esa frontera artificial. Salvando las distancias, hoy mucha gente analiza su realidad con ideas del Universo Cinematográfico Marvel igual que los griegos clásicos se entendían a sí mismos desde los mitos de la Ilíada o la Odisea”.

El precio del mainstream puede ser la ‘domesticación’ antes mencionada, y Gimeno subraya que “la mano del mercado afecta a la oferta y la mayor parte de la literatura de género no sale del ‘sentido común’, incluso la que explora alternativas lo hace solo de forma estética”. No obstante, en su opinión, “las obras verdaderamente revolucionarias en sus intuiciones sociopolíticas son, como siempre han sido, escasas” y la actualidad tiene la ventaja de que “hoy en día pueden llegar a un público más nutrido”.

Gimeno no es pesimista y aprecia autores en el presente que sí escriben un género más conscientemente político, como R.F. Kuan y su trilogía de La guerra de la amapola —basada en las guerras del opio que arrasaron China— o la española Lydia Santana y su Ciclo de Heimdhurim, con una historia alrededor de la sororidad entre mujeres diversas.

Alfredo Álamo, impulsor de Fantarquía y editor en La Magnífica, matiza el pesimismo que impulsa el enfoque mismo de este reportaje: “Es cierto que el mainstream nos vuelve más normies, pero si antes había tres editoriales que publicaban fantasía, ahora hay 30. Igualmente 20 tiran de obras muy superficiales por moda, pero tienes diez que publican cosas que antes no podía publicar nadie. La base de lectores nuevos nos permite llegar más lejos”. Álamo defiende, sobre todo, que “ahora tenemos un núcleo de editoriales pequeñitas que sí que se implican y que sí que tienen una identidad propia y ganas de publicar cosas completamente nuevas o combativas. Es muy importante y hay que aprovecharlo, estirar de los márgenes, porque además cuanto más grandes son, más podemos sobrevivir las que somos pequeños e damos ese tratamiento diferente”.

Como autor, Álamo ha explorado lo que llama “terror social”, relatos ambientados en su barrio de València, El Cabanyal, que hablan de gentrificación, drogas, turistificación o la pérdida de identidad de las ciudades actuales. Algo que, en su opinión, estamos viendo y veremos cada vez: “Obras más pegadas a la realidad social, más allá de que también tengamos una ciencia ficción ecologista centrada en el futuro”.

Ocultas a plena vista

Concha Perea, novelista y profesora de escritura creativa de fantaciencia en la escuela Caja de Letras, señala que el fantástico de época victoriana “ya era político, solo que no nos ha llegado leído como tal. Lo son muchos relatos de Oscar Wilde. También todos estos relatos que tenemos en la cabeza con niños pobres como protagonistas de cuentos de hadas, que hay niños con tifus, que viven en la calle. Son denuncia de situaciones horribles que pasaban entonces”.

Ella cree que mucha de la literatura fantástica que se publica actualmente tiene ese componente, pero no se percibe por la manera en la que se edita, publicita y llega a las tiendas. “Yo escribí La Corte de los Espejos pensando en la Guerra Civil, donde unos habían ganado, otros habían perdido y hay un país dividido donde la gente todavía tiene muchos resentimientos. Esa era mi idea, pero con hadas”.

Una historia cruda y pensada para adultos que en sus primeras colas de firmas descubrió que también estaban comprando niñas de 12 años, porque se encontraba en la estantería de Juvenil o la consabida etiqueta de Young-Adult. No tiene claro si la colocan ahí “por tener hadas, en el sentido de ser género fantástico, o por ser mujer”, pero cree que la herencia de la saga de Los juegos del hambre, de Suzanne Collins, sobre todo a raíz de las adaptaciones cinematográficas, “ha sido sobre todo superficial”.

“No me puede decir alguien que se ha leído ‘La historia interminable’ y que no hay una filosofía detrás. Michael Ende escribe ‘Momo’ y es prácticamente un panfleto anticapitalista”, opina la escritora Concha Perea

En la misma medida insiste en que “el no metas política ahí no tiene sentido. No me puede decir alguien que se ha leído La historia interminable y que no hay una filosofía detrás. Michael Ende escribe Momo y es prácticamente un panfleto anticapitalista”.

Pone otro ejemplo con la saga de MataBot, de Martha Wells, ahora más reconocida tras su adaptación a serie por AppleTV+. “Pasa como con Terry Pratchett, la crítica se queda con el humor, pero la historia es de un robot al que le han quitado el chip que le permite tener libre albedrío y que se pregunta cuánto de humano hay en él porque muchas de sus partes son biológicas. Se ignora el trasfondo”, insiste.

Alfredo Álamo señala también “el enorme montón de publicaciones que nos llegan, donde al final es imposible distinguir”. Pero en esa avalancha “van apareciendo pequeñas líneas de pensamiento, joyas, que podemos ir encontrando. Nuestro trabajo en Fantarquía es debatir y traer a gente que sepa mucho del tema para conseguir mostrar esas nuevas tendencias o esas recuperaciones de libros que están un poco olvidados”.

El mainstream “ya tiene sus propios medios para hacer millones de presentaciones y llegar a miles de medios, y sin embargo otros no. Los pequeños, los márgenes, no llegan a ninguna parte. Yo creo que hace falta por sus festivales o jornadas como la nuestra para alejarse un poco de lo principal y enseñar ese lado. Lo importante es mostrar pensamientos alternativos, líneas de camino, que se alejen de la norma principal”, concluye.

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