Migración
Aita Mari: “Te someten a interrogatorios en cada puerto y te vigilan como si fueras traficante de personas”
El Aita Mari ha atracado unos días en Bilbao, dentro de su recorrido por la cornisa cantábrica antes de regresar al Mediterráneo central. A bordo del barco de Salvamento Marítimo Humanitario (SMH), Ana Pérez y Alberto Cardoso explican en primera persona cómo el rescate civil se ha convertido en una actividad vigilada, obstaculizada y criminalizada por las políticas europeas de frontera. Puertos cada vez más lejanos, zonas de actuación restringidas como si fueran cotos de pesca, interrogatorios en los desembarcos y guardacostas libios financiados por Europa dibujan el mapa de la violencia institucional que no empieza ni termina en el mar.
Una tarde en un barco de asilo
La idea surge de la técnica: menos viento, mejor sonido, más comodidad. Hasta que comprendemos que bajar a la bodega implica dejar a una parte del grupo atrás. Aquí no se abandona. La pequeña comitiva se queda en cubierta, por acuerdo tácito, sin mediar palabra. Entre la pasarela blanca que conecta el viejo atunero con el muelle del Botxo y el camarote al que llega amortiguada la conversación, el Aita Mari se impone como una infraestructura civil contra el abandono.
Desde cubierta se ve la grúa Carola, último resto monumental de un Bilbao industrial que desaparece bajo la promesa del progreso. Al fondo, Zorrotzaurre ofrece todavía la imagen de la ciudad en disputa: solares de viejas naves, patrimonio borrado y nuevas operaciones urbanísticas. La escena sirve de contrapunto al barco. En tierra como en el mar, las mismas personas quedan fuera del relato oficial del futuro.
Ana Pérez Pérez coordina Salvamento Marítimo Humanitario, la ONG vasca fundada en Zarautz en 2015 tras los primeros rescates en la isla griega de Quíos. Alberto Cardoso es voluntario desde antes de que el Aita Mari estuviera listo para navegar. En la organización figura como tesorero, aunque a bordo las categorías se relativizan. En una misión de dos meses, bajo estado de alarma casi permanente, todo el mundo hace de todo.
Comparten sonrisa, fueguito en los ojos y rostro cansado. Nos invitan a subir despacio por la pasarela blanca, de una en una, asidas a las cuerdas laterales cosidas con nudos marineros. No todos los días se sube a un barco de rescate que se dedica a salvar vidas en el Mediterráneo. Y continúa en ello, a pesar de la marejada.
En 2015 los gobiernos europeos discutían cuotas de reparto de personas refugiadas, Frontex registraba cifras inéditas de llegadas por mar y miles de personas cruzaban el Egeo en balsas hinchables. La muerte de Alan Kurdi, niño sirio de tres años cuyo cuerpo fue fotografiado de espaldas en una playa turca en septiembre, condensó la atención mediática durante unos días en una tragedia que estaba ocurriendo antes y que continúa después. En este contexto nació SMH, con el Aita Mari como corazón flotante. Vuestra estructura tiene dos patas: una en el mar y otra en tierra, en los centros educativos.
Ana Pérez: Estamos en la cubierta del Aita Mari, antiguo barco atunero de Getaria, reacondicionado para rescates humanitarios en el Mediterráneo Central. Forma parte del proyecto Salvamento Marítimo Humanitario (SMH), como podéis ver en el barco y en nuestras camisetas. El proyecto tiene dos ramas: el salvamento, que se realiza desde el barco en el que estamos ahora; y la labor de concienciación, sobre todo en centros educativos, con intención de promover un modelo social solidario y combatir el discurso de odio contra la población migrante. Se les pinta como quienes vienen a jugársela en viajes peligrosos y, además, a robarnos el móvil. La idea es sensibilizar desde la infancia y visibilizar a quienes proceden de otros países, porque hay mucha segregación y numerosos alumnos de origen extranjero. Cuando vamos a esos centros, les damos presencia y protagonismo: que sepan que su historia existe y tiene reconocimiento.
Saskia Sassen habla de las expulsiones que produce el capitalismo global y esta abstracción se hizo cuerpo en el mar Egeo. SMH nace del impulso de ayudar en los campos y costas de Quíos. Antes de tener este barco y antes de ponerle el nombre en honor a Aita Mari, aquel pescador getariarra que salvaba náufragos. ¿Qué os impulsó entonces a actuar?
Alberto Cardoso: Aquel año hubo una migración masiva desde Turquía hacia las islas griegas. Era un caso tan extremo que la gente se ahogaba a pocos metros de la costa. Fue como ver una tragedia que se volvía cotidiana. Al principio emigraban quienes tenían algo más de recursos y venían con maletas, con silla de ruedas o botellas de oxígeno; gente con formación huyendo de sus guerras. Buscaban evitar los controles fronterizos saliendo de noche, en salidas masivas y caóticas. Y morían cerca de la orilla: se golpeaban contra los arrecifes, no sabían nadar con la ropa puesta. Cuando salió la imagen del pequeño Kurdi tirado en la playa, muchos nos lo imaginamos como un sobrino, un nieto, un hijo. La Europa civil reaccionó y mucha gente (bomberos, policías, socorristas) se lanzó al agua con motos de agua, zodiacs, lo que fuese. De ese impulso nació el salvamento marítimo humanitario.
Aprendimos a tratar a las personas rescatadas con dignidad: no les decíamos “náufragas”, sino “invitadas”
Hay un salto cualitativo entre tirarse al agua con lo puesto y construir toda una organización con un barco, una tripulación, personas voluntarias y una estructura capaz de sostener el entramado. SMH convirtió aquella atención improvisada en logística humanitaria, ¿cómo se tejió esta red de cuidado organizado allí donde el Estado se retiraba?
Ana Pérez: En aquella operación en Quíos se valoró la necesidad de intervenir directamente en el rescate marítimo. Por eso nació la idea de comprar un barco. Queríamos construir algo que durara más que una misión improvisada. Pero esto quizá lo cuentes mejor tú, Alberto. Estabas en el terreno.
Alberto Cardoso: Hace casi diez años se formó una alianza entre varias ONG: ProemAid (bomberos de Sevilla), Lifeline (una ONG alemana que aportaba el barco) y SMH. Las primeras misiones comenzaron en 2017. La diferencia con ahora es enorme: en quince días podías hacer varios rescates, operabas desde Malta con relevos rápidos, los barcos y aviones militares colaboraban. Aprendimos a tratar a las personas rescatadas con dignidad: no les decíamos “náufragas”, sino “invitadas”, porque había que recibirlas con respeto. Todo era ágil. Un avión militar español nos indicó en alguna ocasión dónde estaban las embarcaciones en apuros. Nada que ver con lo que vino después.
“Si vemos una embarcación en apuros fuera de esa cuadrícula, no podemos intervenir. Es absurdo: ¿qué importa quién haga el rescate?”
A partir del 2018 Europa pisa el acelerador en la inversión en control de fronteras. Y el Pacto Europeo de Migración y Asilo, aprobado en 2024, institucionaliza prácticas ya habituales, entre otras, financiar a terceros países para que contengan las rutas. ¿Qué ha cambiado en las misiones del Aita Mari a partir de ese endurecimiento institucional?
Ana Pérez: Cuando haces un rescate te asignan el puerto más lejano posible y muchas veces no te dejan auxiliar a más embarcaciones: si lo haces, te arriesgas a que confisquen el barco, multen al capitán o lo manden a prisión. La ley internacional obliga a asignarle al barco humanitario el puerto más seguro y cercano, pero desde que gobierna la derecha en Italia te mandan al más remoto. Nuestra zona adjudicada va desde la costa de Túnez y Libia hasta Siracusa: solo podemos operar ahí. Es decir, si vemos una embarcación en apuros fuera de esa cuadrícula, no podemos intervenir. Es absurdo: ¿qué importa quién haga el rescate?
Alberto Cardoso: Malta casi nunca responde. Italia concede puerto, obligada, pero siempre en el confín más alejado: cinco días de navegación, dejas a las invitadas en el muelle, y otros cinco de vuelta. Diez días perdidos por rescate. Es el mecanismo: cuantos menos rescates hagas, mejor para ellos. Los guardacostas libios (sus barcos militares son donados por Europa) disparan sobre el agua y siembran el pánico. Ante la amenaza de ser devueltas a Libia, muchas personas se lanzan al mar sin saber nadar. Por eso al llegar lo primero son los chalecos, antes de cualquier transbordo. En tierra no mejora, nos inspeccionan hasta la fecha de caducidad de un ibuprofeno. En todos los puertos de desembarco te someten a interrogatorios y te vigilan como si fueras traficante de personas.
“Si no pueden hundirte legalmente, te arruinan económicamente. Si no pueden arruinarte, te difaman. Si no te difaman, te silencian”
En los períodos de retroceso político, los movimientos sociales son de los primeros en recibir el impacto. En el caso del rescate civil, ¿cómo vive SMH esa criminalización desde dentro?
Ana Pérez: Hemos tenido problemas en Valencia y nos han supuesto un enorme desgaste, nos han consumido nuestro dinero y tiempo. La ley dice que los barcos de ayuda humanitaria están exentos de pagar tasas portuarias. Es una ley que aprobó el gobierno del Botanic y no tuvimos problemas mientras estaban en el gobierno. Pero desde que la Comunidad Valenciana está gobernada por PP y Vox, para nuestra sorpresa, empiezan a llegar cartas a SMH en las que de entrada ya debíamos 60.000 euros por tasas portuarias, y poco a poco llegamos a deber 80.000. Argumentaban que mientras estamos en un puerto no estamos haciendo rescate, somos un yate prácticamente, para ellos. Lo tuvimos que pagar por recomendación de nuestros abogados y lo llevamos a juicio; este tema de las tasas y que desde Vox nos llamaran “negreros traficantes de personas” y demás. La sentencia judicial nos dio la razón al final y después de todo este proceso nos están devolviendo el dinero poco a poco. No creemos que tuviera un fin recaudatorio, buscaba impedir que pudiéramos costear las misiones. Hubo movilizaciones de apoyo y los tribunales nos dieron la razón. Pero seguimos litigando para recuperar todo lo abonado, porque ese dinero es combustible directo para el siguiente rescate.
Alberto Cardoso: Por eso lo grabamos todo. Cada intervención documentada: cuando Vox nos llama negreros traficantes, las grabaciones demuestran que es un rescate humanitario. Y también nos protege de otra cosa. Estuvimos dos horas navegando con un barco militar libio encañonándonos por un lado y una lancha de piratas por el otro. Si algo hubiera pasado, sin las cámaras nos hubieran llamado piratas a nosotros. La criminalización y las trabas económicas son distintos instrumentos con el mismo fin. Si no pueden hundirte legalmente, te arruinan económicamente. Si no pueden arruinarte, te difaman. Y si no te difaman, te silencian. Hace unos años había músicos colaborando con el Aita Mari y salíamos en televisión. Ahora hay un silencio de radio. Si no nos buscas, no nos encuentras.
La frontera también se reproduce desde las aulas. La escuela, como derecho humano esencial, debería igualar a las personas y ser universalmente pública. Pero a veces refleja y perpetúa la segregación social que llega del mar. En este contexto aterriza el trabajo de concienciación que realizáis desde SMH, Motu proprio, sin cooperación ni pacto con el Gobierno Vasco, en centros educativos que lo solicitan. ¿Qué pasa en las aulas cuando entra SMH?
Ana Pérez: En las charlas explicamos que las personas migrantes no vienen a quitarnos becas o ayudas. Si cumplen los requisitos pueden acceder a las mismas, y suelen encontrar muchas más trabas que quienes tenemos un documento europeo. En un instituto preguntamos qué necesidades tiene una persona migrante. Algunos respondieron con clichés: “un supermercado barato”, “que no nos roben”. Entonces un alumno de origen árabe saltó y defendió a su padre: “mi padre trabaja”. Eso frenó en seco los comentarios de sus compañeros. Lo que intentamos es abrir este tipo de debates. Que la historia del otro exista y tenga reconocimiento. Que no sea un titular sino una persona.
Alberto Cardoso: La segregación escolar es otro síntoma más de racismo y clasismo. En los centros concertados e ikastolak de élite apenas hay alumnado racializado. Son casos excepcionales y en todo caso de clase socioeconómica acomodada. La gran mayoría se concentra en los centros públicos. Y hay quien teme que su presencia en la concertada baje las notas o empeore el uso del Euskara.
“Nekez uzten du bere sorterria / sustraiak han dituenak / Nekez uzten du gezalak itsasoa / ez hare harriak basamortua” (SARRIONAINDIA)
Tener derecho a marcharse (y prohibido quedarse)
“Difícilmente deja su lugar natal quien allá tiene sus raíces”, escribió Joseba Sarrionandia en un poema musicado por Mikel Laboa. La morriña galega y la herrimina euskalduna ya habían nombrado este dolor, antes de que la política se dignara a reconocerlo (en el artículo 14 de la declaración de los DDHH) como “derecho de asilo”. Desde Aita Mari pedís empatía. ¿Cómo se sostiene esta petición teniendo en cuenta la tendencia del discurso dominante?
Alberto Cardoso: El derecho a migrar existe en el papel. En el mar, sin embargo, existen personas procedentes de toda la franja este de África, que llevan a veces dos o tres años de travesía antes de llegar a la costa libia: cárceles, torturas, intentos fallidos. Muchas mujeres han sido violadas, no solo en Libia sino durante todo el trayecto. Llegan al Mediterráneo con el primer contacto que han tenido con el mar en la vida: montarse en ese cayuco. Sin saber nadar, sin saber qué les espera, con la única certeza de que volver a Libia es imposible. Cuando los abordamos no saben si somos amigos o somos los guardacostas libios. Por eso en nuestras lanchas —la Neska y la Donosti, que nos regalaron los bomberos de Donostiarra— siempre va alguno de nuestros dos compañeros senegaleses. Uno llegó en patera, el otro en camión. Nosotros les llamamos pantera de agua y pantera de carretera. Al verles, al oír alguna lengua africana, la gente se tranquiliza. Pedimos empatía porque no es tan difícil imaginarlo. Pedimos que la gente se pregunte: ¿qué harías tú si no tuvieras otra salida?
Hay experiencias para las que no existe preparación previa. El cuerpo aprende cuando está en el terreno. Y suele procesar lo ocurrido después. Estudios sobre el trauma vicario en personal humanitario demuestran lo mismo que el movimiento transfeminista antirracista grita en las calles. Las personas encargadas de cuidar y de rescatar a otras, necesitáis ser acompañadas. ¿Cómo prepara SMH a quienes van a subirse a este barco y qué tipo de personas hacen falta?
Ana Pérez: Para las misiones pedimos perfiles concretos: rescatadores marítimos, personal sanitario, fotoperiodista, cocina. Y dos personas de origen africano que son fundamentales para la confianza en el abordaje. Se hace una selección por aptitud y actitud, y hay formación previa en Valencia antes de zarpar. La gente va preparada, de alguna manera, para el pre. Pero para el post, no. Cuando llegas a Italia y desembarcas, dejas a las personas en el muelle rodeadas de uniformes: policía, militares, Cruz Roja, seguridades privadas. Y entre ellos, criaturas. Menores no acompañados. Los dejas ahí sin saber qué va a pasar con ellos. Eso es lo que más daño hace. No el rescate. El después. Las misiones en Aita Mari exigen una aptitud técnica y una fortaleza emocional considerables. No es un viaje. Es otra cosa.
“El Mediterráneo central es la mayor fosa común del mundo: en siete años han desaparecido 25.000 personas, probablemente más.”
Necropolíticas y sistema de deshumanización
Las políticas deciden qué vidas se protegen, cuáles se dejan a la deriva y cuáles se devuelven al infierno libio. Europa envejece, su economía depende del trabajo migrante, y sin embargo el discurso dominante continúa construyendo al migrante como amenaza antes de que abra la boca. ¿Cuál es la base que sostiene esta contradicción?
Ana Pérez: Deshumanizarlos para no verlos como personas, esa es la clave. Hay una coordinación entre los barcos europeos de rescate para denunciar juntos estas políticas migratorias, que vulnera los derechos humanos sistemáticamente. El mar Mediterráneo central es la mayor fosa común del mundo: en siete años se estima que han desaparecido 25.000 personas, probablemente más. Muchas de ellas huían de países empobrecidos por políticas externas. Aun así, sufren racismo y estigmatización al llegar, cuando en realidad nuestra sociedad envejecida depende económicamente de su trabajo.
“Libia tiene una gomita que Meloni utiliza con precisión. Cuando Europa afloja el grifo del dinero, Libia suelta gente al mar. Cuando Europa paga, Libia vuelve a cerrar el paso”.
Alberto Cardoso: A nivel individual existe una convivencia cotidiana mayormente pacífica. Son ciertos discursos políticos y mediáticos los que estigmatizan, crispan y hacen apología del racismo. Y hoy, desgraciadamente, parecen de moda. Hay además una mecánica perversa que lo sostiene todo: Libia tiene una gomita que Meloni utiliza con precisión. Cuando Europa afloja el grifo del dinero, Libia suelta gente al mar. Cuando Europa paga, Libia vuelve a cerrar el paso. No es caos: es negocio. Y los barcos militares libios que nos encañonan en el agua son donados por Europa. Todo cuadra.
La insoportable banalidad del mal
Después del holocausto nazi, la pensadora judía Hannah Arendt desarrolló el concepto de “banalidad del mal”. La verdadera maldad, según la discípula de M. Heidegger, reside en la obediencia ciega por parte del funcionario. Es una “maldad burocrática”. Desde 1963 Europa ha asimilado esta teoría y perfeccionado su técnica.
Alberto Cardoso: Recuerdo un desembarco en Civitavecchia, el centro neurálgico de todos los cruceros de Europa. Entramos de noche con el Aita Mari entre cruceros del tamaño de San Mamés. Luces azules por todas partes, patrulleras, militares de varios colores, buzos encapuchados. Te van metiendo en el muelle y recolocando, cruzándose entre sí para que no te escapes. Y al final del muelle, la imagen más dura para mí llego cuando los operarios del puerto pusieron la pasarela blanca por la que habéis subido. La policía que esperaba para recibir a las personas rescatadas separó a una madre de su hijo. Los separaron mientras nosotros no podíamos hacer nada. Era un niño de tres años, muy tierno. Durante el rescate le llamábamos Bombón. Hacía frío, pleno enero, pero le mandaron quitarse la capucha y el buff en cuanto pisó tierra. Y le colgaron un cartel numerado para sacarle la foto. Esa escena la tengo grabada en la cabeza. Si a un crío de tres años le haces eso, qué no le harán al resto cuando nadie los ve. Es la imagen de lo que está haciendo Europa.
El Aita Mari continúa su viaje por la cornisa cantábrica: Bermeo del 9 al 13 de mayo, Pasaia del 14 al 18 en el marco del Itsas Festibala, y Portugalete del 21 al 24
Entre tanta frontera, devoluciones en caliente y violencias burocráticas frías, ¿qué escenas os devuelven el sentido y os dan fuerza para seguir?
Ana Pérez: Una mujer africana que llegó con nosotros, socióloga de formación, logró establecerse en Italia. Escribió un libro. Ayuda ahora a otras mujeres migrantes. Cuando subió al Aita Mari casi lo besó, tenemos una foto de ese momento que es de las más especiales que guardamos. Y luego está el hombre que nos encontró en Donosti años después y nos dijo: “El Aita Mari me rescató. Tengo una familia, trabajo. Gracias”. Son esos momentos los que te recuerdan por qué haces esto. Y cada atraque como este, también es una oportunidad de sensibilizar. Es muy positivo porque ya solo a nivel visual genera un impacto, que la gente vea el barco en el puerto de su pueblo, que se acerque, que lo toque, que nos pregunte... Estamos construyendo una comunidad y encendiendo conciencias. Queremos que quien se acerque al Aita Mari se lleve algo más que una camiseta.
Hay que rendir tributo y, de quien algo lleva de aquí, algo queda en el Aita Mari. Tras pasar unos días atracado junto al Itsasmuseum, el barco continúa su viaje por la cornisa cantábrica: Bermeo del 9 al 13 de mayo, Pasaia del 14 al 18 en el marco del Itsas Festibala, y Portugalete del 21 al 24. Y en cada puerto, visitas guiadas y mercados para recaudar fondos antes de la próxima misión. Terminada esta visita, una pequeña comitiva va deshaciendo el camino de ida, por la misma pasarela blanca de regreso a tierra.
Despacio, las manos asidas a las cuerdas con nudos marineros, de una en una, repitiendo el ritual de ascenso al revés. Una vez abajo cambia mucho la perspectiva. El Aita Mari está quieto en el muelle de Bilbao. Sereno, como si durmiese antes de la tormenta. Descansa bajo la mirada atenta de la Carola, la grúa bermellón que continúa llenando su carga con memoria, rodeada de progreso y amnesia. El agua lame el casco sin prisa. Volverá al Mediterráneo. Ana y Alberto también.
Personas refugiadas
Los aitamaris del Aita Mari
El Aita Mari ha renacido como barco de salvamiento. decenas de voluntarios han trabajado en su reconstrucción para salir, a finales de este mes, rumbo a Libia.
València
El Aita Mari se querella contra Vox Borriana y un diputado ultra por llamarles “barco negrero”
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