Opinión
Sol, Ceuta, Gaza, o la revolución de los zombis
El lunes bajaba por una calle comercial hacia Sol: descendiendo entre las multinacionales de ropa, las tiendas de souvenirs y los turistas despistados, vi un mar de lonas azules. Bajo esas olas de plástico, pequeñas e insignificantes una a una, se agolpaban sin embargo poderosas cientos de tienditas de campaña. No hacía falta leer nada ni preguntar a nadie para saber que ese mar aéreo que protegía a todas sus habitantes de la lluvia, era fruto de la inteligencia colectiva, estaba construido por la fuerza de muchas luchando contra la intemperie. Un océano protector parido de la unión entre la acción y la osadía.
El martes corría por mi parque: han vuelto a aparecer pequeñas tiendas de campaña como setas, entre los árboles. Son el último refugio para los expulsados de este régimen inmobiliario que secuestra el abrigo y el descanso, que difumina la posibilidad de un hogar y un espacio seguro, para entregar habitaciones y cocinas, tejados y ladrillos al capital. Pensé que las lonas plásticas que protegen la rebelión de la plaza también les cubrían de alguna forma a ellos, a la periferia de los damnificados, a quienes acampan a las orillas de la posibilidad de un hogar.
En verano, desalojaron el parque, como tantos quisieran desalojar Sol. El régimen necesita hacer desaparecer de la faz de lo visible a sus víctimas: primero les despoja de lo necesario para existir, y luego pretende borrarlos de la narrativa misma. Desea expulsar de las ciudades a quienes se movilizan y a quienes simplemente sobreviven como pueden. Y entonces te das cuenta de que movilizarse es la única forma de sobrevivir, de que las tiendas, son la fina membrana que se interpone entre nuestros cuerpos y la intemperie. El espacio donde se reconstruye lo humano, donde se resiste contra quienes intentan hacerse con todo.
Las tiendas y chabolas en la playa del Trampolín ha sido la forma que han tenido las personas migrantes de reclamar su humanidad después de convertirse en un objeto en manos de todo el mundo: de Marruecos, del gobierno de Ceuta, de las derechas. Desde allí, durante dos meses, afrontaron juntos la incertidumbre, se guarecieron ante un intemperie organizada y determinada por las políticas migratorias. El lunes desalojaron la playa, desde entonces, las personas migrantes no paran de “desaparecer”, dicen que muchas se van “voluntariamente” a Marruecos.
He pensado muchas veces que después de Gaza somos como zombis. Gente que camina por el mundo sin estar del todo viva
Tres años después de que Israel desatara todo su furor genocida sobre Gaza, miles de gazatíes permanecen en tiendas. Campamentos situados entre las ruinas de barrios que ya no existen. Será el cuarto invierno expuestos al frío, acampados en un duelo que nunca se cierra, intentando ejercer la cotidianidad como la más fiera de las resistencias, buscando las formas de seguir existiendo, incluso cuando el régimen internacional de propietarios del mundo, ya tienen otros planes para construir sobre Gaza.
He pensado muchas veces que después de Gaza somos como zombis. Gente que camina por el mundo sin estar del todo viva, atenazada por un doble trauma: el de haber vivido o presenciado toda aquella violencia, toda aquella destrucción que aún continúa, y el de no haber podido detenerlo, tener que ver la infamia de los criminales de guerra hablando ante las Naciones Unidas, continuar el desolador recuento de las personas que siguen siendo asesinadas tras el alto al fuego, ver cómo se expande sin remedio la posibilidad de asesinato y muerte, de odio y racismo.
Como zombis nos he sentido, frente a la insistencia de la Unión Europea de poner en el centro de su agenda política la empresa racista y genocida de impedir que la gente llegue a Europa, de deportarla una vez llegan al territorio, de legalizar la tortura, el control fascista y la caza. De acabar con toda garantía que alguna vez pretendió respetar la dignidad de los seres humanos.
Como zombis nos he sentido. Hipnotizadas mirando el móvil, remolcadas sobre la tierra árida por las redes sociales, acechadas por el expansionismo turístico, por el colonialismo inmobiliario, sobreviviendo de casa al trabajo y del trabajo a casa mientras los tambores de guerra de fondo marcan el ritmo del vaciamiento de los servicios públicos, y una nube de desprecio vuelve la atmósfera irrespirable.
Sin embargo, bajo la fina piel de las tiendas, de los refugios que construimos a pulso, colectivamente, surgen insurrecciones. En los cuerpos cansados que avanzan como pueden entre las últimas noticias, en estos cuerpos nuestros que se mantienen firmes, que abrazan a otros que escuchan lo que otras luchas tengan que contarles, en estos cuerpos nuestros hay más vida, mucha más vida, de la que cabe en las hojas de ruta del despojo.
No hay mayor auto rescate de la condición de zombis que atreverse a imaginar un mundo distinto
Del mismo modo que ahora nos atrevemos a soñar con recuperar las ciudades, con expulsar a los pisos turísticos y a los fondos buitre, con barrios que sean para quienes los habitan, y entonces abandonamos la depresión zombi para encontrarnos en las calles y en las conversaciones, ojalá que cada vez soñemos más con conquistar la libertad de movimiento para todas las personas y no para los recursos, las narrativas de odio o la industria de la guerra, que podamos confabular para desalojar de Europa a los fascistas que nos imponen su agenda. Ojalá que podamos imaginar un futuro para Palestina y hagamos de nuestra imaginación irrenunciable horizonte político.
Dictadura inmobiliaria, remigración, genocidio, la del poder es una utopía zombi donde a las personas se las expulsa o son aniquiladas en el altar del beneficio, donde se construye cadáveres, dejándonos la vida justa para que su máquina del expolio siga en funcionamiento. No hay mayor auto rescate de la condición de zombis que atreverse a imaginar un mundo distinto, que seguir exigiendo una Palestina libre desde el río hasta el mar, que gritarles a la cara que los zombis son ellos.
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