Desigualdad
La crisis de vivienda expone cada vez a más personas a situaciones de sinhogarismo
El Defensor del Pueblo Andaluz publicaba a mediados de agosto una resolución en la que analizaba el sistema de atención a las personas sin hogar en Cádiz y reclamaba al Ayuntamiento que corrija algunas deficiencias graves que dificultan aún más la vida de este colectivo. Cerrar los comedores sociales en vacaciones y festivos, obligar a las personas sin hogar a rotar por los albergues, o hacerles esperar seis meses para empadronarles, con la merma al acceso a derechos que ello supone, estaba entre las principales problemáticas que organizaciones como la Asociación Despertares y el Movimiento Nadie Sin Hogar venían denunciando.
En su resolución, el Defensor alerta contra el deterioro físico y psicológico que puede afectar a las personas que no tienen un techo bajo el que guarecerse. Poco después de hacerse pública la resolución el ayuntamiento gaditano se comprometía a seguir sus recomendaciones. Una victoria para un colectivo invisibilizado y en continúo crecimiento. En tiempos en los que el acceso a la vivienda se ha convertido en un privilegio, cada vez hay más personas que se quedan por el camino en la lucha por una vivienda digna: en lugar de un hogar les espera la calle, una habitación en un piso compartido con desconocidos, una tienda de campaña en un parque, un aeropuerto.
Hacia la sociedad de la intemperie
“El INE confirma que la economía española creció un 2,8% en 2025, el doble que la zona euro”, anunciaba un titular de El País el pasado mes de marzo. La noticia coincidía con otra información por esas mismas fechas en torno a un porcentaje menos halagüeño: en su informe anual sobre el Estado de la Pobreza de 2025, la Red Europea de Lucha Contra la Pobreza en España (EAPN-ES) alertó de que la tasa de riesgo de pobreza o exclusión social era del 25,7%. Es decir, una de cada cuatro personas en el país están al borde de caer en la exclusión. Y uno de los factores que más empujan hacia ese abismo es un precio de alquiler inasumible, según apunta el informe: “El 43,6% de las personas que viven de alquiler a precio de mercado está en riesgo de pobreza o exclusión social, frente al 19,5% de quienes viven en propiedad”.
Que el gasto en rentas o hipotecas es un factor de empobrecimiento en España no es una información sorprendente. Fue otro dato del informe el que provocó sorpresa en Ruth Caravantes, responsable de Investigación e Incidencia Política de EAPN-ES, quien además cuenta con una larga trayectoria previa en el ámbito del sinhogarismo. Según el estudio, el 7,1 % de la población de más de 16 años ha vivido alguna situación de sinhogarismo a lo largo de su vida, lo que equivale a 2,9 millones de personas. Caravantes aclara: esta cifra incluye a todas esas personas que han tenido que dormir alguna vez en la calle, en algún coche, en un albergue o en un sofá prestado “porque no tenían donde caerse”, un dato que considera “altísimo”.
Que el inmobiliario se haya convertido en un sector más orientado a generar beneficios que a ofrecer un techo tiene consecuencias cada vez más visibles: “Cuando empieza a acrecentarse la crisis de vivienda, a las personas en situación de pobreza les afecta de forma desproporcionada”. Suceden dos cosas, desarrolla Caravantes: de un lado, la crisis de vivienda pone en una situación de vulnerabilidad a gente que antes no lo estaba. Por otro lado, le complica aún más las cosas a quienes ya estaban mal.
Según EAPN-ES el 7,1 % de la población de más de 16 años ha vivido alguna situación de sinhogarismo a lo largo de su vida, lo que equivale a 2,9 millones de personas
“Cuando tú llegas a una situación de sinhogarismo es porque el mercado laboral te expulsa o no te acoge o no tienes acceso. Tampoco tienes garantías sociales que te suplan la garantía de rentas”, explica Caravantes. Divorcios conflictivos, violencia de género, rupturas con la familia o la imposibilidad de esta de apoyarte —porque no tienen los recursos o porque están lejos— generan un escenario marcado por el aislamiento. “Al sinhogarismo, en definitiva, llegas porque has pasado por varias etapas de exclusión social en las que el sistema no te ha sabido proteger”.
El sistema a veces no solo no te sabe proteger, sino que te lo pone más difícil, señala Caravantes. Cuanta más pobreza padece una familia, una mayor parte de sus recursos van a cubrir la renta de su casa. “Para luchar contra la pobreza hay que meterle mano a la vivienda”, consideran desde su organización, especialmente cuando se habla de pobreza infantil: las viviendas con menores a cargo y especialmente las monomarentales ven cómo gran parte de sus ingresos se va en pagar un alquiler. El diagnóstico es claro y las propuestas directas: “Tiene que haber más vivienda pública, se tiene que poner un límite a los precios de alquiler, y tiene que haber planes bien definidos para personas en situación de sinhogarismo”.
Caravantes se detiene para aclarar qué es el sinhogarismo, esa situación que habría vivido el 7% de la población en algún momento de su vida. Recurre a la tipología Ethos, que establece que las personas sin hogar son quienes “no pueden acceder o conservar un alojamiento adecuado, adaptado a su situación personal, permanente y que proporcione un marco estable de convivencia, ya sea por razones económicas u otras barreras sociales, o porque presentan dificultades personales para llevar una vida autónoma”. Personas sin techo (que duermen al aire libre), sin vivienda (que deben acudir muchas veces a albergues y otros recursos) con vivienda insegura o inadecuada. Todas ellas son o han sido personas sin hogar, aunque les cueste verlo.
“Sin vivienda no existes”
“Es una de las mayores angustias, cuando alguien te viene de emergencia y tú dices ‘por favor que tenga un alejamiento alternativo, porque yo no voy a poder ofrecerle nada’”, explica Hontanares Arranz, trabajadora social en un ayuntamiento de la Comunidad de Madrid. Ella constata cómo fallan los recursos para garantizar que nadie se quede sin techo: mientras, los desahucios se producen también desde las propias viviendas públicas de la Comunidad de Madrid, y las viviendas de emergencia, para quienes no tienen alternativa residencial, son “como un cuerno de unicornio”.
La presión para los municipios, apunta Arranz, “es muy fuerte” porque tienen competencias en emergencia social, pero muy limitadas en vivienda. En el fondo de la cuestión, una preguntaque va tocando responder: “¿Dónde acaba la emergencia social y empieza el derecho a una vivienda estable y digna?”. La trabajadora social, que forma parte también de la organización ATD Cuarto Mundo, critica que las medidas de protección social no parecen tener en cuenta la situación actual de la vivienda. Por ejemplo, la ley del Ingreso Mínimo Vital aborda medidas de vivienda, pero nunca se han reglamentado. De hecho, “todas las rentas autonómicas han sido consideradas por el Comité Europeo de Derechos Sociales como insuficientes porque no cubren el umbral de pobreza, un umbral de pobreza que marca Eurostat e incluye también el gasto de vivienda”.
Hontanares Arranz: “Antes, el hacinamiento y vivir en habitaciones compartidas era más excepcional. Ahora es un recurso habitual”
Atacar la pobreza sin tocar la cuestión de la vivienda parece una lucha un tanto estéril. Y más en una época de crisis habitacional tan profunda. “En los últimos años, las estrategias de supervivencia de las personas en exclusión se están complicando mucho”, dice. Mientras, el hacinamiento al que se ven empujadas muchas personas genera situaciones difíciles, entre ellas “problemas de convivencia, a veces muy serios, situaciones de mucho estrés, y relaciones de desigualdad”, apunta Arranz.
La falta de registro de muchos arriendos complica el empadronamiento, algo que dificulta el acceso a derechos. El precio de la vivienda está poniendo a cada vez más gente en esta situación: “Antes, el hacinamiento y vivir en habitaciones compartidas era más excepcional. Ahora es un recurso habitual”. Un recurso que no es fácil, especialmente cuando se tienen menores a cargo, o incluso mascotas.
Son muchos quienes, con empleos precarios, deben hacer frente a pagos mensuales que superan con creces los mil euros. “Con esos alquileres, o compartes el gasto o ahí no hay quien viva”, continúa. La trabajadora social también señala que cada vez hay más gente expulsada hacia pueblos limítrofes, sobre todo en Castilla-La Mancha. “Hay algunos lugares donde se edificó sin control y que, con la especulación, quedaron en tierra de nadie. Allí la vida es complicada, porque siempre van personas con menos posibilidades”, explica Arranz, alertando contra una posible guetificación.
“Con todo se especula”
Laura Barrio pertenece al movimiento de vivienda desde hace muchos años. Le resulta familiar el miedo de la gente a quedarse en la calle: “Los colectivos se nutren de personas que están sufriendo esta situación. Es un miedo paralizante de qué haces con tu vida”. Desde el movimiento de vivienda ese miedo no se aborda en soledad: “Los movimientos sociales han transformado ese miedo en rabia, en la energía de confrontar y de transformar”. Para ello, explica, ha sido central escalar lo que es un problema individual a un conflicto colectivo. Con un culpable designado y un camino por el que seguir.
Mientras tanto, la gente se va a vivir donde buenamente puede: habitaciones, locales comerciales, sofás. “Básicamente es cambiar un rentismo de primera categoría por un rentismo de segunda o un rentismo de tercera. Hay niveles. La gente especula con bloques, con viviendas, con habitaciones y con sofás”, explica Barrio. Una normalización de la pérdida de un derecho humano y una adaptación a lo que hay. Una realidad invisible en la que absolutamente todo se subarrienda.
En este marco, Barrio considera que se acaba normalizando cierta miseria habitacional: “Ahora la gente incluso se conforma o simplemente aspira a tener una habitación con un colchón y un microondas y un baño compartido con cuatro, esa es la mayor dignidad que se pueden permitir”. Pero no se trata de achicar los derechos, sino de ampliarlos, incluso más allá de tener un sitio donde caerse muerto: “El derecho a la vivienda digna, según lo define la ONU, es también el derecho a un entorno saludable, sin ruidos, sin contaminación, con conectividad, con los recursos básicos de tu ciudad”. Apuntar al derecho al territorio, con todo lo que implica: zonas verdes, de recreo, acceso al tiempo.
“El desgaste emocional” de la expulsión
Rafael Maellas, director de comunicación de la Asociación Realidades —centrada en la defensa de los derechos de las personas sin hogar y que tiene sede y centro de día en el distrito de Usera en Madrid— también está advirtiendo cómo la crisis de vivienda empuja a personas con empleos precarios a situaciones cada vez más complicadas, que acaban forzándoles a compartir vivienda o alejarse de la ciudad. Paralelamente al alza de los precios de la vivienda, a la gente le pasan cosas que le dificultan aún más bregar para conseguir un techo: “Hay muchos factores que confluyen. Un divorcio, una enfermedad, una pérdida familiar, un caso de salud mental pueden ser elementos detonantes para acabar en la calle”. Maellas señala un vector en común: “La pérdida de una red social”.
Y es difícil construir una red social cuando se vive bajo continua amenaza de expulsión: “Llevamos más de diez años oyendo hablar de la gentrificación, es un problema de la gente en toda la ciudad, incluso en los barrios periféricos”. Maellas lamenta cómo las personas con las que trabajan, muchas veces, cuando ya han conseguido echar raíces en un territorio y concluir la difícil tarea de salir poco a poco de una situación de exclusión, se ven de nuevo obligadas a marchar. “El desgaste emocional de mudarse cada dos o tres años es enorme”.
“Todo el mundo duerme mejor cuando está bien acompañado”
Los miércoles en la Asociación Realidades se graba Onda Realidades, un podcast realizado por personas sin hogar. A principios de junio, como tanta otra gente, hablan del cambio climático, pero desde su perspectiva: cuando no se tiene un hogar en el que refugiarse de las ardientes olas de calor. Hoy son cinco personas las que participan: Sandra, Sebastián, Germán, Fernando y Orlando.
Es el primer verano de Germán en situación de calle. Este colombiano de 64 años llegó a Madrid en febrero con una oferta de trabajo. Le habían dicho que le esperarían en el aeropuerto, pero no aparecieron y tampoco le contestaban el teléfono. Estaba solo, con 300 euros y sin un plan. Germán despliega el relato de lo que pasó después: estrategias de vivienda, nuevos amigos que le echaron una mano, malos tragos. “Se me acabó la plata, gracias a dios que conocí a Ricardo, yo le llamo el boludo, porque es argentino”, cuenta. Cuando Germán le dijo a Ricardo que iba a dormir por primera vez en la calle, este le desaconsejó que se quedara en cualquier lado, y le invitó a unirse a él en el aeropuerto. “Me quedé una semana con Ricardo, aprendiendo a buscar el desayuno, la comida, la cena”. Tras Ricardo llegó Benito, un español que se había quedado en la calle tras una separación, y con quien Germán también aprendió a vivir en la calle, luego apareció un paraguayo que le dio la idea de vivir en el parque madrileño de Pradolongo (Usera).
Así, durante unas semanas, tras comprarse una tienda, Germán fue una más de esas personas cuyas tiendas brotan en los parques: “Tras dejar mis cosas todo el día allí, las primeras noches llegaba a ver si era cierto que no pasaba nada, y todo seguía ahí”, explica, casi nostálgico de su época en el parque, compartida con otras personas vecinas, cada cual con su tienda. Una convivencia que se terminó en mayo, cuando la televisión emitió un reportaje sobre gente durmiendo en tiendas en la Casa de Campo, y el Ayuntamiento decidió que lo mejor era echar a las personas de los parques de la ciudad.
Germán ha ido rascando trabajillos donde ha podido, a través de conocidos o yendo a la Plaza Elíptica, un lugar en Madrid donde hombres migrantes echan horas esperando ganarse el interés de algún empleador: “La edad me ha cerrado muchas puertas, pero para adelante”. Por ahora, se volvió a acomodar con un grupo de conocidos, duermen todos en un parking, gracias a un puertorriqueño que les echa una mano dejándoles dormir allí los días que tiene turno. Cuando el puertorriqueño libra, se van todos a dormir a la calle. “No me gusta estar solo. Siempre estoy con una brasilera y su compañero, que es un venezolano, y un peruano. Entre los cuatro hacemos nuestro cambuche y compartimos”. El grupo ya afrontó una crisis, montaron una estructura más resguardada que hubo que abandonar ante las denuncias de los vecinos, pues uno de los compañeros no estaba bien. La experiencia no le ha disuadido de juntarse con otros: “Todo el mundo duerme mejor cuando está bien acompañado”.
“Yo antes miraba pero no veía”
Fernando ha pasado años difíciles, ha visto morir a varios familiares, ha atravesado un divorcio, ha sufrido un tumor cerebral, también una depresión profunda. “Voy evolucionando gracias a Realidades. Aunque parezca mentira, estuve un año y medio sin hablar. Y aquí no paro. Aquí me he soltado porque por fin me he encontrado querido”. Este madrileño, que otrora tenía un buen trabajo, una casa y un coche, lleva diez años en situación intermitente de sinhogarismo, a veces durmiendo en la calle, usando albergues y pensiones, o durmiendo, también él, en el aeropuerto. “Nos sacaron rápidamente de allí porque éramos un escaparate que no interesaba”, considera, pero ese escaparate sigue estando en Gran Vía, en Príncipe Pío, en Casa de Campo, en Retiro. Fernando ya empieza a ver la luz al final del túnel, ya cobra el IMV y en un par de meses entrará en una habitación. Este hombre habla sin tapujos de sus circunstancias: una familia cuyos miembros supervivientes han decidido romper los vínculos, un estado depresivo que se intensifica, y la calle.
“Es una losa. No hay salida. Yo, en un momento, dije ‘voy a morir en la calle’”. Pero entonces le llamaron para entrar en un recurso del Samur Social, después llegó a una pensión, y pronto la posibilidad de una vivienda. “A mí se me rompe la depresión en el momento que piso aquí, me emociona ver qué hay personas a las que les importas de corazón. No te prejuzgan”. Fernando admite que, antes de entrar en esta situación, veía a personas sin hogar en su cotidianeidad, pero en realidad no las miraba. “Aquí me he enamorado del ser humano. Yo no elegí mi familia, pero esta sí la he elegido”, explica emocionado.
“Mi mejor compañía es la soledad”
Orlando comienza su intervención aclarando que él “no comulga con Germán. ‘Tengo otra mentalidad: con Dios me acuesto y con Dios me levanto. Mi mejor compañía es la soledad”. A sus 71 años, Orlando ha preferido dormir en el amparo de la invisibilidad, para no correr riesgos. “Escogí un sitio donde estaba completamente solo”. Entre la carretera y el río Manzanares, en un lugar donde nadie se mete, Orlando se tiraba a dormir y luego recogía todo por la mañana para trasladar su descanso a un banco cercano. “La gente del barrio ya me saludaba como a un vecino”.
A Orlando lo que le aporta Realidades es un lugar donde ducharse, lavar la ropa, comer: “Aquí tienes un aspecto de persona que no está en la calle: si yo voy bien duchadito, con mi ropa limpiecita ya estoy proyectando otra imagen”. Como Fernando, la historia del Orlando sin hogar es la de una persona que alterna entre calle y recursos. Por su edad, el Samur Social le derivó una vez a una residencia de mayores dependientes en Morata de Tajuña, y él, que se siente como un mozo, prefirió irse de nuevo a “la intemperie”, como la nombra un par de veces, antes que quedarse en un lugar donde a la gente “la duchaban y hasta le limpiaban el culo”. Ahora está en una situación mejor, en una residencia hospitalaria en San Martín de Valdeiglesias. Otra vez lejos de la ciudad. “Yo ahora estoy en un sitio de lujo, pero no me voy a quedar allí porque soy muy inquieto. Me mandaron ahí a que me acabe de marchitar. Yo no estoy para marchitar. Yo soy un capullito que apenas va a salir otra vez”, dice sardónico.
Orlando cuenta un poco de su recorrido. “A mí la experiencia en la calle no me ha dejado marcado”, apunta. Llegado a Madrid tras vivir en Estados Unidos y Canadá, cayó sin la idea de quedarse, pero justo le salió una buena oportunidad de trabajo. Vivía cerca del Retiro, tenia coche propio y de empresa, remarca. “Sí, yo he tenido buen nivel de vida, pero las cosas cambian”. Cuando las cosas cambiaron, sus estrategias para afrontarlo fueron diversas. Después de dormir, él también, en el aeropuerto, vivió en la Monster, un apartahotel que iba a ser de lujo pero que acabó a medio construir y ocupado por gente sin hogar: “Estuve dos años y medio de okupa allí, tenía una suite con ducha”. Se ganaba la vida yendo y viniendo a la tienda de alimentación o al supermercado, con encargos para la gente, hasta que las cosas se pusieron feas. Peleas a cuchilladas y alguna sobredosis provocaron que la policía fuera a todas horas. “Hasta que yo mismo me aburrí y me dije, yo me largo de aquí”.
Después vino la calle y después las residencias. “Estoy tratando de buscar un piso tutelado o un cohousing o algo así”, pero insiste en que los dos años en la calle no los sufrió: “Tenía un saco de dormir, tenía mis buenas mantitas. También tenía unas monjitas donde iba a comer todos los días”. Monjitas a las que escribía poemas, monjitas que le dieron sus buenas mantas, e incluso le compraron un abono transporte una vez que lo perdió.
“La gente es buena —concluye—, solo hay que saber qué puertas tocar y alejarse de lo malo”. Y además de esto, acabar con un mercado de vivienda que deja a la gente en la calle, puntualiza. “Yo sé que una casa no sale de la nada. Una casa necesita tener primero los conocimientos. Segundo, el terreno. Tercero, los materiales. Lo que no se puede permitir es que esa casa valga cinco veces más de lo que realmente te puede costar esa inversión —explica vehemente—, y eso es lo que está permitiendo el Gobierno”.
La receta que Orlando propone es sencilla: “acabar con la corrupción y la mamonería”, no vender la vivienda social a fondos buitre, freír a impuestos a quien tenga un piso vacío y no lo alquile, y beneficiar fiscalmente a quien ponga la vivienda en alquiler. Orlando tiene más propuestas y las dice de carrerilla, como quien lleva largo tiempo pensándolo: acabar con los pisos turísticos que vacían los vecindarios, que ya hay hoteles suficientes en la ciudad, construir vivienda social y “todo eso”, concluye su programa de vivienda. Y, en definitiva, que no sea imposible acceder a un espacio propio, por ejemplo, para poder dedicarse a escribir, algo que hace con placer: “Ya escribí una pequeña novela sobre la Monster”.
“Cualquier persona puede acabar en la calle”
Sebastián tiene 29 años y vino de Colombia a España a buscarse la vida. Estuvo trabajando donde pudo, y encontró mucha explotación, mucho abuso de poder: “Se te daña mucho la cabeza con cómo te tratan”. En algún momento se quedó sin dinero: “Entonces dije no, prefiero estar en la calle a que me traten mal”. Sebastián narra cómo después de meses buscando trabajos que hacer como una hormiga, un día decidió “comprarse una camita y una cobija”, y asumir que viviría a la intemperie. El joven considera que su elección le trajo una cierta libertad, pero no es ingenuo: “Estar en la calle te consume mucho la vida, te roba mucha energía, estás constantemente con mucho sueño y sientes que no descansas bien. Te sientes un zombi”, concluye. Al final, reflexiona, “uno se acostumbra”. Pero hay algo que sigue incomodando a Sebastián: “Es una vida que te vuelve invisible frente a la sociedad”.
El joven vive temporalmente en una pensión del centro, facilitada por el Samur Social. Cuando esa solución se acabe, no sabe dónde irá: es difícil descansar sin saber qué te depara el futuro. Lo que tiene muy presente es lo que significa no tener un techo: la imposibilidad de alimentarse bien, la sensación de que en cualquier momento te pueden robar lo poco que tienes. Y una arquitectura hostil que mina tu bienestar: “Sientes que te están complicando la vida todavía más”. No es solo la arquitectura lo que resulta hostil, sino la mirada de la sospecha: “Un día estaba en el Retiro, sentado con mis maletas y de repente la policía me pidió la documentación. Después me dijeron: ‘Trate de pasar desapercibido’”. Cuenta Sebastián que este incidente le hizo sentir mal: “Piensas que no eres de esta sociedad”.
“Si los jóvenes de hoy en día, que tienen aquí a su familia, no pueden encontrar una vivienda, imagínate nosotros, que estamos en una situación más precaria”
En lo material, Sebastián está finalmente consiguiendo arreglar sus papeles, dándose de alta en la Seguridad Social, y espera poder trabajar pronto sin estar sujeto a la explotación que tanto daño le hizo cuando llegó. Reconoce que aún está en ello: “¿Ves un huevito recién nacido que sale el pollito y todavía está débil? Pues estoy así”, comenta medio en broma, antes de explicar que aún le queda ir a la búsqueda de más puertas que se abran. En la agencia de empleo, una trabajadora le está ayudando a buscar trabajo, se siente privilegiado por haber encontrado un recurso que funcione así. No siempre es el caso: “Estuve también en un recurso muy difícil para solicitantes de asilo, había mucha tensión, terminé prefiriendo dormir en la calle”.
Si bien reconoce que muchas personas acaban en la calle por problemas de adicciones, ha visto cómo “cualquier persona puede acabar en la calle, o porque le faltan documentos, o no tiene familiares, o le han quitado la casa”, explica el joven. De todo ese universo de personas que Sebastián ha ido conociendo, destaca la ayuda mutua que acaba surgiendo también en estos contextos: “Ahí se ve lo humano y que a pesar de estar en una situación difícil, la gente se está constantemente dando la mano, se comparten ideas”.
Este joven considera que la vivienda es fundamental, es el inicio de todo. Vivienda y trabajo digno, resume. Y piensa que la crisis va mucho más allá de su propia trayectoria y sus circunstancias. “Si los jóvenes de hoy en día, que tienen aquí a su familia, no pueden encontrar una vivienda, imagínate nosotros, que estamos en una situación más precaria”, explica Sebastián, a quien le preocupa especialmente ver a cada vez más mujeres en situación de calle.
“Esto va a estallar”
Sandra llegó a Realidades en 2024, en lo que define como “un momento de bajón”. En poco tiempo encontró un nuevo curro: “Salía de mi trabajo, iba al aeropuerto, dormía, iba al centro de día, allí me podía duchar. Tenía acceso a un día de lavadora a la semana, actividades, radio, salidas”. Hay una secuencia que lleva a que Sandra, una joven madrileña de 30 años, acabe en situación de sinhogarismo. Una convivencia familiar que salta por los aires tras un grave conflicto, una relación que se rompe. Durante un tiempo entró en un programa de cohousing, pero una complicación con una compañera de piso la animó a irse a vivir con su hermana y la pareja de esta, pero esa solución también duró poco tiempo y tuvo que buscarse una habitación: “El contrato ponía tres meses con opción a continuar, pero no ponía la letra pequeña, que al continuar te subían 200 euros de alquiler, yo me negué”.
Sin un lugar donde dormir, Sandra a menudo pernocta en autobuses nocturnos: “Hay uno muy bueno que es el C2: un circular que va de Atocha a Cuatro Caminos. Tomo ese o el C1. Ahí estoy hasta las 4:30h, que abre la Renfe y me meto. Entonces consigo dormir un poco más”. También duerme en parques, sobre todo a raíz de que le robaran sus cosas. Lleva una manta en su mochila, y no se queda más de dos días en el mismo sitio. Lo importante, para ella, es que nadie la vea. “Suelo dormir en parques infantiles. Algunos de ellos tienen la típica casita modo vivienda”. En este tipo de sitios se encuentra más tranquila. “Hay menos mujeres en situación de calle. Y los hombres, al final son hombres, muchos tienen consumo de alcohol, de drogas o ambas. Y aunque te vean al principio como un hermano o un amigo o lo que sea, luego en el fondo quieren meterla. Por eso quiero también mi soledad”, sentencia.
En la situación de calle de Sandra hay una parte de decisión política. “En un momento me vino la idea de que no aguanto más, no aguanto a veces la gilipollez de la gente, el maltrato de los trabajos. Aunque estemos en el siglo XXI, seguimos siendo esclavos. El señor feudal te cubría el sustento al menos, corría de su bolsillo. Entonces un genio, en su momento, diría: vamos a dejarles libres —entre comillas— para que así ellos paguen sus cosas. Seguimos siendo esclavos”, se reafirma, antes de declararse anarquista.
“Si todo el mundo acepta pagar esos alquileres, va a llegar un momento en que nadie pueda”
“La anarquía no es ‘hago lo que quiero’, la anarquía es luchar por derechos, como el derecho a una vivienda”. Afirma que prefiere estar en situación de calle que conformarse con lo que hay: “Si todo el mundo acepta pagar esos alquileres, va a llegar un momento en que nadie pueda”. Pero no es fácil, después de todo necesita trabajar, y para trabajar necesita un lugar donde dormir, un espacio donde asearse. Considera que el acceso a centros es demasiado difícil: “Hay muchos polideportivos que no tienen uso, o sitios como el WiZink Center, el Metropolitano, la Caja Mágica. Son lugares que podrían aprovecharse”.
Para Sandra, proveniente de una familia trabajadora, debería ser un derecho acceder a recursos que la gente ha contribuido a generar con su trabajo y sus impuestos. Y es que trabajo no le falta, pero está cansada, por primera vez va a pedir el IMV. “Ahora mismo no me encuentro bien, ya sea por la sociedad, por temas de familia o por mí misma. Puedo seguir trabajando, puedo pelear con mi cabeza, pero voy a acabar mal. Entonces prefiero tomarme un break y luchar por mis derechos”, explica antes de sentenciar: “Esto va a estallar. Veo un futuro distópico. Yo ya estoy preparada para lo que venga, pero sé que la sociedad lo va a sufrir”.
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