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Opinión
La vigencia del Tierra y Libertad

Pese a ser reconocido como Padre de la Patria Andaluza por el Parlamento de Andalucía en 1983 y figurar en el Preámbulo del actual Estatuto de Andalucía, aprobado en 2007, como promotor del ideal de autogobierno y acceso a la autonomía ya a comienzos del siglo XX, Blas Infante sigue siendo un gran desconocido para gran parte de los andaluces y andaluzas.
Por una parte, pese a las iniciales veleidades andalucistas de los primeros gobiernos autonómicos de los años 80, éstos, liderados durante décadas por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), pronto se dieron cuenta de la potencialidad identitaria que mantenía la población andaluza, de su vinculación con profundas convicciones de transformación social y de la posibilidad de que las energías liberadas a través de ellas acabaran por desbordar la idea, tanto de Andalucía como de España, que mantenían como ideario. Y, por otro, porque este mismo partido pronto comenzó a ver a Andalucía, más que como una realidad propia, como a un instrumento para mantenerse o alcanzar el poder en el Gobierno central de Madrid. Es por esto por lo que el Día de Andalucía, a modo de ejemplo, pasó de ser la fecha señalada democráticamente para reclamar Tierra y Libertad a centrarse en aspectos folkloristas y folklorizantes, transmitido a través de los grandes aparatos ideológicos, que diría Althusser, con los que contaba y cuenta la Junta de Andalucía, Canal Sur y el sistema educativo, como el ya tan manido mollete con aceite que se reparte en las escuelas cada final de febrero.
Blas Infante no fue ningún radical; fue, más bien, un regeneracionista republicano como tantos otros, entre los que podríamos citar a Joaquín Costa o Pascual Carrión. Su singularidad estriba en su perspectiva, que no era tanto española como andaluza, es más, era plenamente andalucista. Para Infante, Andalucía era, sobre todo, potencia, la misma potencia que era vista por sus compañeros de generación intelectual para el conjunto del Estado tras el Desastre del 98 y que él centraba, como no podía ser de otra manera, en el territorio andaluz. El mayor éxito de Infante, de hecho, fue la organización cultural y la elaboración de los símbolos andaluces que han llegado hasta hoy día, no así tanto su propuesta económica, georgista, y su complicado proyecto de articulación político territorial con base municipal. El proyecto de Blas Infante es un proyecto cultural.
El autor recoge las ideas de Marx en torno a las dinámicas de acumulación originaria como precursoras de los inicios del capitalismo, y sitúa la desposesión de la población andaluza, su proletarización, juntamente con la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos, durante la conquista castellana de Al-Andalus y como momento fundacional de la situación actual
El libro del historiador Javier García Fernández, La hoz y el olivo. Ensayos sobre marxismo andaluz, publicado recientemente por la editorial Bellaterra, destaca precisamente este aspecto entre otras consideraciones. La obra, aparecida en un contexto donde las ciencias sociales parecen volver a tener un cierto protagonismo, tanto por la repentina aceleración que parece estar viviendo la historia, como por el debilitamiento evidente de las propuestas posmodernas de las pasadas décadas, persigue el loable objetivo de situar el actual marco del andalucismo no en sus símbolos, o no solo en ellos, sino en el más amplio conjunto de luchas materiales; aquellas que sitúan la cuestión en torno a la identidad, sí, pero sin olvidar nunca la lucha de clases. Y lo hace enhebrando las propuestas infantianas con las de Karl Marx.
Es así como García Fernández describe la situación de Andalucía desde la teoría decolonial, pero no la más culturalista, cercana a Walter Mignolo y Anibal Quijano, sino aquella otra propuesta e impulsada por gente como Enrique Dussel y Ramón Grosfogel y que, con posibles limitaciones, se apoya en la construcción e impulso de los movimientos sociales en torno a formulaciones de corte populista, con especial incidencia en América Latina, pero también en otras latitudes. El autor vincula estas perspectivas, además, con las de los movimientos de liberación anti-imperialistas de después de la II Guerra Mundial, los cuales no rompieron sus vínculos con los sectores europeos similares por dejar de ser marxistas sino, como bien señala, ‘por no dejar de ser racistas.
El autor recoge las ideas de Marx en torno a las dinámicas de acumulación originaria como precursoras de los inicios del capitalismo, y sitúa la desposesión de la población andaluza, su proletarización, juntamente con la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos, durante la conquista castellana de Al-Andalus y como momento fundacional de la situación actual. El marco de la Andalucía del siglo XXI, de esta manera, sigue las propuestas leninistas del imperialismo como aquella versión última del capitalismo en la cual la extensión de este se hace necesaria para la supervivencia del propio capital. El encaje, de esta manera, de Andalucía en la nueva globalidad se ve actualizado en cuanto oferente de mano de obra barata y espacios para el turismo o la producción energética, por lo que el viejo lema de Blas Infante, Tierra y Libertad, parece estar más vigente que nunca.
El proyecto cultural del Padre de la Patria andaluza, como se ha mencionado, mantuvo para él, conocedor de la realidad del territorio, una importancia mucho mayor que la organización política. Esto no quiere decir que no reflexionara sobre ella, sino que, más bien, ésta tendría que venir dada mediante una transformación en el pensamiento hegemónico sobre el significado Andalucía para su población. Es ahí donde García Fernández ve la conexión entre Infante y Antonio Gramsci; un Gramsci que, a través de su cuestión meridional, fue capaz de situar y analizar la situación del sur de Italia desde la perspectiva de la creación de una cultura nacional-popular de carácter emancipador.
Otro autor fundamental, y que encaja perfectamente en esta visión de la Andalucía colonial, es Frantz Fanon. Para García Fernández, Fanon es un referente perfecto de lo que ya ha venido situando como posibilidad marxista-nacional-popular desde el principio de su obra: alguien que, sin dejar de lado su profunda convicción materialista, fue capaz de hacer una crítica al papel del imperialismo, y reverso la colonialidad, desde su experiencia como parte de esa población sometida a través de las lentes de su formación psiquiátrica. En este sentido, Fannon se presenta como alguien que ve la oportunidad identitaria como un instrumento de libertad económica.
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No olvida el autor realizar un recorrido por la evolución del andalucismo durante las décadas más oscuras del Franquismo hasta llegar a la década de los 70. De cómo unos movimientos políticos netamente izquierdistas, de raigambre socialista, vieron en Blas Infante y en sus propuestas una vía abierta a la politización de la sociedad de aquel momento, tomando sus ideas, su trayectoria, su ética y sus referentes simbólicos para, filtrados estos a través del tamiz del marxismo, ser capaces de elaborar una propuesta de corte emancipador. Es la historia que acaba con la fundación del Partido Socialista de Andalucía (PSA), posteriormente, Partido Andalucista (PA).
En definitiva, un libro recomendable que, además, cuenta con un prólogo de la abogada y feminista Pastora Filigrana, que se deja leer bien y que satisfará muchas de las inquietudes de aquellos que ven que el mollete con aceite no sacia sus inquietudes andalucistas. En el lado del debe, quizás, el tratarse de una obra compuesta por capítulos que parecen provenir de diferentes orígenes y destinos, pero que, aun así, no dejan de mostrar la potencialidad política de un marxismo andaluz; de un marxismo de hoz y olivo.