28J de 2025 en Granada (2)
Manifestación del 28J de 2025 en Granada. Raúl Alaminos
26 jun 2026 07:00 | Actualizado: 26 jun 2026 11:53

Flores, caramelos y tazas de café han sustituido a las personas de carne y hueso en los carteles del Orgullo madrileño. No es una casualidad; el Ayuntamiento de Madrid ha puesto a funcionar —una vez más— su engranaje propagandístico, una táctica política deliberada y un posicionamiento ideológico concreto: el de confinar a las luchas y los movimientos sociales a un plano que la filósofa Butler llama “lo meramente cultural” (Butler, 1997, El marxismo y lo meramente cultural). Se reduce nuestra existencia a una cuestión de reconocimiento simbólico, ocultando que nuestra exclusión es un engranaje fundamental para el sistema.

Como advierte la propia Butler, estamos ante una trampa, pues “la misma definición de ‘persona legal’ está rigurosamente constreñida por las normas culturales que son indisociables de sus efectos materiales”. Es decir, cuando se nos excluye y se nos invisibiliza, cambiándonos por atrezzo de colores, se pone de manifiesto una “operación específica de distribución sexual y generizada de los derechos legales y económicos”.

El resultado son carteles asépticos, vacíos de mensajes reivindicativos. Se exacerba el envoltorio, se vacía el contenido y se camuflan las desigualdades materiales, transformando el potencial reivindicativo del colectivo en un rentable fetiche comercial.

Esta estrategia, lejos de ser accidental, opera mediante una aséptica puesta en escena donde la mercantilización estética desplaza a la realidad material, despolitizando el Orgullo; es, precisamente, esa arquitectura de la vacuidad la que permite a los poderes públicos y al mercado secuestrar hasta nuestra iconografía, facilitando que el cinismo institucional se instale cómodamente donde antes habitaba la protesta.

El cinismo institucional

El sistema económico ha transmutado lo que nació como una impugnación antisistema en un mecanismo publicitario. Lo vemos cuando entidades como el Santander o el BBVA despliegan campañas de marketing inclusivo llenas de banderas arcoíris durante junio, al tiempo que financian fondos de inversión que especulan con el alquiler, agravando la precariedad de la clase trabajadora a la que también pertenecemos. O cuando grandes empresas tecnológicas, que presumen de políticas corporativas LGTBI-friendly, proveen simultáneamente servicios en la nube y software de reconocimiento facial a agencias de control migratorio y fuerzas de seguridad, alimentando una infraestructura de vigilancia que facilita la identificación y el acoso policial contra personas trans y disidentes sexuales —tal y como han documentado organizaciones como la ACLU respecto a la tecnología de reconocimiento facial o la participación de gigantes del software en la gestión operativa de centros de detención migratoria—.

El sistema, pues, ejerce un control absoluto y una desublimación que, lejos de liberarnos, nos somete al dictado de un mercado que ha aprendido a rentabilizar nuestra identidad, transformando nuestra capacidad de amar y ser en un mero mecanismo de domesticación (Mieli, 1977, Elementos de crítica homosexual).

En este contexto, resulta fundamental combatir tanto la deriva neoliberal y el auge de la ultraderecha, como el reduccionismo de quienes, situándose a menudo desde posiciones supuestamente emancipadoras, desprecian la lucha LGTBIQ+ como algo accesorio o una distracción de la “cuestión material”.

En este contexto, resulta fundamental combatir tanto la deriva neoliberal y el auge de la ultraderecha, como el reduccionismo de quienes, situándose a menudo desde posiciones supuestamente emancipadoras, desprecian la lucha LGTBIQ+ como algo accesorio o una distracción de la “cuestión material”

Vale la pena recordar que las identidades disidentes siempre han caminado de la mano de las reivindicaciones de los de abajo contra los de arriba. Nuestra genealogía atraviesa el legado de quienes denunciaron que la industria del Orgullo era un caballo de Troya para domesticar nuestra rebeldía. Conecta con la alianza histórica entre los movimientos obreros y las organizaciones LGTBIQ+, como los mineros británicos en los años ochenta, una lección práctica de que la clase trabajadora y la disidencia sexual son un mismo frente cuando se trata de combatir la injusticia y la miseria (Hall-Carpenter, 1989, Walking After Midnight). Este hilo conductor se nutre de la resistencia incesante de tantas lesbianas que diseccionaron la institución familiar como una herramienta de control económico, y de la trayectoria de tantas personas trans que, históricamente, han hecho de su existencia una afrenta directa contra la moral conservadora y una lucha por la supervivencia en una economía que nos quiere disciplinados, uniformes e invisibles. Todas estas voces, junto a las que nos legaron también teoría y argumentos como herramientas de combate, nos han hecho reflexionar sobre cómo el sistema moldea la figura del disidente de sexo y género empleando exactamente los mismos mecanismos con los que manufactura a la clase proletaria (Hocquenghem, 1972, El deseo homosexual).

Por todo esto, ¿no podría ser nuestra principal meta estratégica arrebatarle el foco a las “políticas de identidad” para intentar convertir la reivindicación de clase en el punto de inflexión que permita edificar un radicalismo sexual transformador (Bregolat, 2024, Líneas de fuga para cuirizar el anticapitalismo)?

Grietas en la fachada del consenso

Un Orgullo realmente transversal invitaría a plantearnos aquellos interrogantes que el marketing institucional y determinadas políticas buscan amordazar:

¿Para qué querríamos una estampa de claveles castizos en los carteles del Orgullo si la cruda materialidad condena a las personas trans a enfrentar cifras de paro alarmantes? ¿Por qué no inspirarnos en experiencias como Starbucks Workers United? Allí, la disidencia sexual dejó de ser un eslogan de marketing para convertirse en el nervio de la lucha sindical. En lugar de aceptar las dádivas corporativas, los trabajadores y las trabajadoras —organizados a través del Trans Rights Action Committee (TRAC)— comprendieron que los “beneficios inclusivos” son a menudo una herramienta de chantaje: la empresa llegó a utilizar la amenaza de retirar la cobertura sanitaria trans como castigo contra quienes se organizan sindicalmente. Ante la fragilidad de depender de políticas unilaterales, forzaron la negociación de contratos legalmente vinculantes para blindar tanto la atención de salud de género como la estabilidad de sus jornadas laborales. Al hacerlo, lograron romper la dinámica que utilizaba la supuesta “inclusión” —esas migajas corporativas diseñadas para generar gratitud y desarticular la organización— para demostrar que la precariedad se combate mejor cuando aplicamos una interseccionalidad combativa, que no es otra que aquella que entiende que la defensa de nuestra identidad es, simultáneamente, la defensa irrenunciable de nuestro salario, nuestra salud y nuestra capacidad de lucha organizada frente al capital.

¿Qué valor tendría siguiendo con los ejemplos— ensalzar campañas vacías sobre tolerancia cuando, al mismo tiempo, se desmantela el sistema público que nos mantiene con vida? ¿Acaso no cabría plantearse dinamitar el sistema de patentes médicas, tal como nos enseñó la resistencia histórica por el acceso universal a la medicación del VIH? ¿No representaría una posibilidad para el movimiento LGTBIQ+ ponerse en primera fila junto al resto de la clase trabajadora para defender una sanidad libre de estigmas?

¿Qué sentido tendría aislar nuestra disidencia de la defensa del territorio, cediendo a la vieja trampa de atomización, si la devastación de los ecosistemas y la represión de nuestras identidades son alimentadas por la misma maquinaria de acumulación (Robles, 2022, La vigencia del marxismo en el análisis de la diversidad sexual)? ¿Podríamos imaginar una emancipación real sin abrazar el ecologismo, a sabiendas de que el mercado exprime los recursos de la Tierra con idéntica ferocidad con la que comercializa nuestros cuerpos? ¿Cómo podríamos darle la espalda al medio ambiente e ignorar la emergencia climática si la propia naturaleza ha supuesto históricamente un refugio para la libre expresión de la sexualidad, un espacio erótico de agenciamiento y democratización donde hemos podido construir, tanto material como simbólicamente, otras formas posibles de habitar el mundo (Muñoz, 2009, Cruising Utopia)?

¿Podríamos imaginar una emancipación real sin abrazar el ecologismo, a sabiendas de que el mercado exprime los recursos de la Tierra con idéntica ferocidad con la que comercializa nuestros cuerpos?

¿Podríamos inflar el pecho de orgullo mientras los controles migratorios deshumanizan a las personas? ¿Hasta cuándo se consentirá que el sistema económico exprima nuestra agenda para teñir de rosa el militarismo, tal y como hace el Estado genocida de Israel esgrimiendo sus supuestas libertades como excusa para encubrir la ocupación? ¿Por qué no nos inspiramos en el internacionalismo de plataformas como Queers in Palestine, que, incluso en medio del horror del genocidio, han evidenciado que no puede haber dignidad si esta no es para todos, todas y todes, enseñándonos que la interseccionalidad es la única vía para comprender que nuestra lucha carece de sentido si se separa de la libertad del resto del mundo?

El auge reaccionario y nuestra capacidad de respuesta

Transitamos por un momento de repliegue conservador donde las disidencias están en el foco. La lógica neoliberal pretende desactivar la carga explosiva del colectivo apostando por aislar nuestras luchas y sumirnos en el relativismo. Pese a todo, no nos encontramos solas; se continúan hilvanando focos de resistencia por todo el mundo. Nuestro Orgullo no germinó como un pasacalles veraniego; brotó como una revuelta contundente contra la brutalidad del sistema. ¿Acaso reivindicar verdaderamente de dónde venimos no pasaría por asumir que el horizonte final podría ser la articulación de un “frente de les explotades y oprimides” (Bregolat, 2024) que logre desafiar al capital? Entendamos que, si conectamos cada grito de justicia, estamos ensanchando las grietas por las que inevitablemente tendrá que filtrarse un mundo mejor. El mañana sigue estando en nuestras manos.

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