Brexit, diez años después

Diez años después de la consulta que ha cambiado el sistema político de Reino Unido, el Brexit se revela como el motor que impulsó a la extrema derecha desde la marginalidad hasta el centro del tablero político.
Anti brexit
Marcha en el año 2016 desde Trafalgar Square hasta el Parlamento para protestar por el resultado del referéndum británico sobre la pertenencia a la Unión Europea. Foto: San Greenhalg. CC BY-NC

“¿No tiene gracia? Cuando llegué hace 17 años aquí y dije que quería liderar una campaña para sacar al Reino Unido de la Unión Europea todos se rieron de mí. Ahora ya no se rien, ¿verdad?”, ironizó un desafiante Nigel Farage en su primer discurso en el Parlamento Europeo después del Brexit. Unos días antes el país había votado a favor de la salida de la Unión Europea en un reñido referendo que se saldó con un 51% a favor de la salida y un 48% a favor de la permanencia, con una participación del 72%. La consulta fue precedida de una agria campaña que, junto con el resultado de la consulta, significó el primer aviso serio de que una derecha a la derecha de los conservadores —un espectro hasta entonces marginal y que incluía desde a la extrema derecha ‘desdiabolizada’, por usar la expresión de Marine Le Pen, hasta la llamada alt-right— se abría paso socialmente.

El próximo 23 de junio se celebra el décimo aniversario de aquel referendo. Volveremos a leer análisis y comentarios sobre sus causas y consecuencias para el Reino Unido y el resto de Europa. El resultado no es muy tranquilizador en cuanto a las lecciones aprendidas: a pesar de los encendidos debates sobre discurso e identidad, comunicación política, campañas electorales y el papel de la clase trabajadora en todo lo anterior, una parte de la izquierda parece haber hecho de la trinchera su hogar y espera a que un accidente histórico saque a la derecha radical de su camino al poder.

El Reino Unido de los ‘conservadores compasivos’ de David Cameron fue, recuérdese, el de las propuestas de externalización de los servicios públicos y el del programa de medidas de austeridad

Después de la pandemia de covid se habló del fin de su ascenso y de un retorno de lo público, y lo que hemos visto ha sido todo lo contrario. Ahora se confía en que Trump se convierta en un lastre para estas fuerzas, lo que únicamente garantizaría el retorno de los mismos partidos que, con sus políticas, crearon las condiciones para el ascenso de los primeros y, en el mejor de los casos, un respiro para que la izquierda se reorganizase, si es que es capaz de hacerlo. Puede que lo peor que pueda suceder –y la probabilidad, desde luego, no es baja– es que este aniversario pase desapercibido, engullido por el maelstrom de los acontecimientos y la mezcla de infotainment, brainrot y mensajes de menos de un minuto en redes sociales en el que se ha convertido la comunicación moderna, además de la dificultad por hacer frente a los motivos que llevaron a unos resultados que muy poca gente, al menos públicamente, esperaba.

Cuchillos fuera

Ante las dificultades del presente, la tentación es refugiarse en una imagen engañosa del pasado. Ocurre con la década de los noventa –en especial, según se dice, entre los zoomers– y ocurre hasta con el pasado más inmediato, para el que se utiliza como un antes y un después la victoria de Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre de 2016. ¿Pero qué tenía de tranquilizador y estable aquel pasado?

El Reino Unido de los ‘conservadores compasivos’ de David Cameron fue, recuérdese, el de las propuestas de externalización de los servicios públicos y el del programa de medidas de austeridad, el del crecimiento de la pobreza relativa infantil y de los usuarios de los bancos de alimentos, el de la ola de disturbios de 2011 y el del incremento de las agresiones criminales con cuchillos.

El problema con los referendos, como es sabido, es que la cuestión planteada puede verse desbordada con facilidad y convertirse en un plebiscito sobre el gobierno que lo convoca. Esto fue, por supuesto, lo que ocurrió con el referendo británico de permanencia en la Unió Europea, que era por lo demás una consulta inevitable: más de la mitad de la población en las encuestas estaba a favor de uno, los tabloides y el ala derecha del Partido Conservador llevaban años presionando para conseguirlo, y el Partido por la Independencia de Reino Unido (UKIP) había ido ganando peso a cada elección a la Eurocámara, siendo en 2014 incluso la fuerza más votada.

Aunque la mayoría de los análisis se centrarán muy seguramente en el contexto británico, cuando no en buscar un villlano conveniente –desde Nigel Farage y su talento para la demagogia hasta AggregateIQ y Cambridge Analytica como deus ex machina–, los factores que convergieron e hicieron decantar los resultados son, como es natural, múltiples.

Aquí es donde conviene preguntarse hasta qué punto no desempeñó también un papel en la campaña la política de Bruselas hacia los países de Europa meridional que atravesaban por aquel entonces una crisis de deuda y cómo la respuesta a otro referendo un año antes, el de Grecia, que terminó con un aplastante rechazo al rescate financiero de la Comisión Europea (un 61% se pronunció en contra con un 62% de participación), no contribuyó a desplazar el descontento hacia la derecha habiendo yugulado una salida de la crisis por la izquierda (uno de los líderes de la campaña por el Brexit, Michael Gove, publicó una reseña de un libro de Yanis Varoufakis que usó interesadamente para defender su posición).


Diez años antes de éste, otros dos referendos, en Francia y en los Países Bajos, rechazaron la propuesta de una Constitución Europea, lo que no impidió que ésta siguiese adelante y una nueva versión del texto, el Tratado de Lisboa, que no reemplazaba a los tratados anteriores, como preveía el proyecto de Constitución, sino que simplemente los enmendaba y se superponía a ellos, fue aprobado en 2007 por la Asamblea Nacional francesa, esta vez sin referendo. Cuando Irlanda rechazó en un referendo modificar la constitución para ratificar el Tratado de Lisboa,

Dublín volvió a la mesa de negociación y convocó otro que, esta vez sí, fue aprobado. Aunque el resultado de cada una de estos referendos obedecía a sus propias razones internas, la imagen de conjunto de una Unión Europea –una, por lo demás, con contornos cada vez más claramente neoliberales– contrapuesta a la expresión democrática quedó grabada en el imaginario popular.

En Unleashing Demons: The Inside Story of Brexit (2016), el periodista Craig Oliver, responsable de Comunicación de Downing Street con Cameron y director de la campaña oficial por la permanencia (‘Britain Stronger In Europe’), ofrece a partir de las anotaciones que fue realizando en su propio diario personal un relato de aquellos agitados días que resulta de especial interés para los profesionales de la comunicación política. Las 400 páginas de Unleashing Demons se leen como el visionado del desmoronamiento de un edificio a cámara lenta.

‘Breaking Point’

Oliver centró la estrategia de la campaña por la permanencia (‘Remain’) en los medios de comunicación establecidos (lo que ahora se conoce en inglés como legacy media) –las referencias a la BBC (“un Leviatán”) y a sus boletines radiofónicos y programas estrella son constantes a lo largo de su libro– y el mensaje con el que James Carvill hizo ganar a Bill Clinton sus primeras elecciones presidenciales: ‘Es la economía estúpido’. En este caso, cómo los beneficios económicos de permanecer en la Unión Europea, y por extensión los riesgos que supondría abandonarla, se impondrían a cualquier otra consideración. Con ese fin se reunieron y se hicieron desfilar por los medios a decenas de expertos durante meses. Su lema era ‘Britain Stronger In Europe’.

El director de ‘Remain’ calculó, además, que la campaña por la salida (‘Leave’) antes o después derraparía, dirigida como estaba por Dominic Cummings, un spin doctor partidario de una retórica agresiva y que flirteaba ya entonces con ideas como la eugenesia en un blog sobre política tras abandonar el gobierno. Una campaña que por lo demás tenía al excéntrico exalcalde de Londres Boris Johnson como mascarón de proa.

Leyendo Unleashing Demons, sorprende la confianza –en ocasiones rayando la arrogancia– de ‘Remain’ en la victoria hasta bien avanzada la campaña

Frente a ellos, en la campaña de ‘Remain’, observa Oliver, “todos parecían adultos”. Por si todo eso fuera poco, había una segunda campaña favorable a la salida del Reino Unido, no reconocida como oficial, Leave.EU, encabezada por Farage y financiada por el magnate Arron Banks. A diferencia de Oliver, Cummings centró su campaña en los tabloides y un uso intensivo y eficaz de las redes sociales, en las que insistió en la idea de que la Unión Europea, con su libre circulación de personas, supondría la llegada de miles de inmigrantes a Reino Unido, por una parte, y en la de que el bloque comunitario absorbía 50 millones de libras diarias que podían destinarse a financiar el sistema nacional de salud pública (NHS), por la otra. En efecto, tal y como escribe Oliver, “el cinismo de esta estrategia es sobrecogedor, presentándose como campeones de algo que no valoran.” Pero sobre todo ‘Leave’ acuñó un lema de una gran fuerza retórica: ‘Take control’.

Leyendo Unleashing Demons, sorprende la confianza –en ocasiones rayando la arrogancia– de ‘Remain’ en la victoria hasta bien avanzada la campaña. El Brexit sería con posterioridad catalogado por los comentaristas como un ‘cisne negro’, el concepto popularizado por el ensayista Nassim Taleb para referirse a un fenómeno que parecía imposible anticipar –como la desintegración de la Unión Soviética o la crisis de las subprime– aunque algunos indicios existentes no impidiesen descartar del todo su posibilidad si se prestaba la suficiente atención.

En el caso británico la división de opiniones entre los conservadores era notoria –muchos de ellos se sumaron con toda seguridad a la campaña por la salida pensando que el resultado sería favorable a la permanencia, pero que posicionarse a favor del Brexit les permitiría aumentar su popularidad, sin tener en cuenta, al parecer, que con ello daban más peso a la campaña y la acercaban a su objetivo declarado–, pero esta división de opiniones también existía en el Partido Laborista, lo que explicaría la criticada tibia posición de Jeremy Corbyn –un dirigente por lo demás cuestionado, como se recordará, por el ala derecha de su partido– en el referendo.


Sucesos como los atentados terroristas en Francia y los cientos de agresiones sexuales en Alemania de noviembre y diciembre de 2015, respectivamente, que sucedían en el marco más amplio de la crisis de refugiados, alimentaron el temor de los votantes británicos a que la UE se convirtiese en una vía de entrada de una inmigración descontrolada. Ni la intervención de Barack Obama y ni siquiera el asesinato de la diputada laborista Jo Cox el 16 de junio, a escasos días de la votación, apuñalada por un supremacista blanco –el mismo día en que Farage publicaba un cartel racista que presentaba a un grupo de refugiados sirios cruzando la frontera entre Eslovenia y Croacia bajo el lema ‘punto de ruptura’ (Breaking point)–, consiguió inclinar el fiel a favor de ‘Remain’.

Mark Rutte, a la sazón primer ministro de Países Bajos, compartió con el autor su opinión de que “los británicos son demasiado conservadores como para abandonar” el bloque. Tampoco ayudó que el nombre del padre de Cameron apareciese en la filtración de documentos de la compañía Mossack Fonseca en una investigación periodística llevada a cabo por la BBC y el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación.

#TakeControl

Oliver centró el mensaje su campaña en la incertidumbre económica: el riesgo de que el Brexit se tradujese en menos trabajos, menos inversiones y menos oportunidades. “No ha habido ninguna elección en los últimos cien años en la que la gente haya votado en contra de su interés financiero directo”, afirma Oliver al comienzo del libro. Pero como observó rápidamente el exprimer ministro laborista Gordon Brown, el mensaje económico no siempre funciona entre quienes, ya de entrada, no tienen ninguna seguridad económica.

Frente al cambio, es el statuo quo lo que parece arriesgado, y ésa es precisamente la idea que reforzó ‘Leave’. Brown “afirmaba que hay demasiada gente que siente que no tiene nada que perder” y que “cuando les hablamos sobre riesgos dicen que no tienen nada que arriesgar”. Un asesor estadounidense también le hizo notar a Oliver que ‘Leave’ transmitía un mensaje positivo, mientras ‘Remain’ sólo tenía a su disposición “la ausencia de un desastre”: “No se puede ganar entre el statu quo y recuperar la libertad y el control”.

Los desfiles de expertos eran cuestionados con eficacia por ‘Leave’ porque instituciones como el FMI no gozaban precisamente de buena prensa entre la población

Y, con todo y con eso, ‘Remain’ siguió insistiendo una vez y otra en el mismo mensaje. Oliver llega a comparar en su libro la campaña de ‘Remain’ con “una apisonadora” frente a un “petardeante motor a vapor” representado por ‘Leave’, lo que no impide que en ocasiones le asalten las dudas: “Existe el riesgo de que ganemos el argumento de campaña, pero perdamos la guerra: definitivamente somos vistos como la gente sensible y con clase, mientras ellos pueden jugar a ser la plebe. ¿Qué pasa si consiguen sacar partido de la rabia generalizada?” Y más adelante: “Puede que crucemos la línea de meta primero únicamente para darnos cuenta de que estamos destrozados. Algo en mi interior me dice de que nada bueno saldrá de esto. Y luego está la posibilidad de que, a la hora de la verdad, terminemos perdiendo”.

Una inquietud, como no se le escapaba a Oliver, que se debía a que “estaba emergiendo un patrón” y que “negarlo sería estúpido”: “Esto ya no se trata de si deberíamos permanecer o abandonar la UE”, escribe el autor, “ahora estamos a otro nivel, en un lugar que nunca imaginamos; la campaña para la salida se está presentando como un gobierno alternativo, completo con sus propias políticas para implementar si Cameron y [George] Osborne pierden y son depuestos”.

Against Brexit
Cartel en Gran Bretaña contra el acuerdo del Brexit. Foto: @MrUlster CC BY-NC


Las primeras grietas llegan con algunos informes de diputados laboristas. Uno de ellos relata cómo un grupo de jóvenes trabajadores del sector digital en Manchester informó de que el único material del referendo que habían recibido había sido a través de Facebook, concretamente el de ‘Leave’, a saber: que Turquía iba a entrar en la Unión Europea y que tras el Brexit habría 350 millones de libras esterlinas semanales para invertir en el NHS.

Los desfiles de expertos eran cuestionados con eficacia por ‘Leave’ porque instituciones como el FMI no gozaban precisamente de buena prensa entre la población. Además de todo ello, Oliver no sólo sobreestimó los medios de comunicación tradicionales frente a las redes sociales, sino que los primeros se dejaron llevar, como suelen hacer, por “historias claras, simples, preferentemente de confrontación, y rechazan historias que son demasiado sutiles o matizadas”, lo que “hace que las organizaciones políticas de todo tipo sean más hiperbólicas con tal que de llegar a las noticias con la esperanza de ser escuchadas.”

La confianza de ‘Remain’ en su victoria, no obstante, no se desplomaría hasta el día mismo de la votación –por la mañana se redactaban los discursos para Cameron llamando a mantener la unidad del país tras la victoria de la permanencia en el bloque–, lo que hizo aún más impactante la llegada de los resultados, que Oliver, desde su oficina, en la que había instalado una cama para poder recuperar algo de sueño, siguió pegado a la pantalla de televisión: “Uno de los primeros resultados en llegar es el de Sunderland, y no es bueno. Esperábamos enn todo momento que votase a favor de la salida, pero un 61% frente a un 39% es mucho peor de lo previsto. La libra esterlina se desploma. […] La BBC ha designado el color azul para la salida y el amarillo para la permanencia. Un patrón comienza a emerger a medida que los resultados se proyectan en la parte inferior de la pantalla: azul, azul, azul, azul, azul”.

Los expertos contratados por ‘Remain’ consultan sus modelos. “Estamos en el curso de una victoria, aunque el margen va a ser estrecho.” Cameron envía un mensaje de texto: “¿Cuán preocupados deberíamos estar?” Mientras todo se venía abajo en la sede de ‘Remain’, en la sala se encontraba Jim Messina, el director de la campaña de reelección de Obama en 2012 y que por aquel entonces dirigía la de Hillary Clinton en las elecciones presidenciales contra un Donald Trump que todos los expertos y medios nos aseguraron que no iba a ganar de ninguna de las maneras. Cameron preguntó a Messina: “¿Qué es más fácil, que Hillary Clinton sea elegida presidenta o esto?” Messina contestó sin dudar: “Hillary”.

Un proyecto multidécada

El propio Oliver reunió a su equipo para diseccionar los resultados en los días inmediatamente posteriores a la votación con el fin de tratar de adivinar por qué había ocurrido lo que había ocurrido. “Sospecho que para muchos de ellos [los votantes] el referendo era más que la pregunta directa de si tenía sentido o no permanecer en la Unión Europea”, apunta, y la “cínica campaña de ‘Leave’ les permitió poner cualquier cosa que les preocupase o les enfadase en la papeleta de la votación: la inmigración, el sentimiento de abandono, la ignorancia o la traición, una vida que no terminó como debería de haberlo hecho… ‘Leave’ fue despiadada en la explotación de todo ello con el eslógan ‘Take back control’, que era lo suficientemente vago y poderoso como para significar lo que uno quisiera. Si preguntábamos a la gente que moderaba los grupos focales ‘Seguramente no creas lo que ‘Leave’ está afirmando… que seremos capaces de levar el ancla e irnos navegando de Europa, convirtiéndonos en el país de la miel y la leche…’, respondían, ‘Algunos lo creen, muchos no, pero están enviando un mensaje”.

La disección de Oliver es honesta, aunque parcial. Para el autor, el referendo era una cuestión compleja que no todo el mundo entendía bien, por lo que acabó convirtiéndose en un proxy para otras cuestiones y que, sobre todo, permitía darle una sonora bofetada al establishment. Agravaba la situación que nadie hubiese hecho durante años un buen trabajo de relaciones públicas sobre la Unión Europea –y que, de todos modos, lo habría tenido como hemos visto muy difícil con las heridas de la crisis de deuda aún sin cicatrizar–, que la coalición de ‘Remain’, a pesar de su pluralidad, incluyese a laboristas y nacionalistas escoceses, que no querían ser vistos por motivos obvios como demasiado cercanos a los conservadores, y, finalmente, la lectura de los directores de la campaña de que la economía acabaría pesando más que la inmigración.

“No lo hizo”, se responde a sí mismo Oliver, “al menos no en la manera en que creíamos que lo haría: muchos creyeron que los grandes cifras del gobierno eran demasiado grandes y demasiado específicas como para ser creídas. Desplegamos un desfile de expertos, que, en un mundo racional, deberían haber sido más que suficientes para defender las razones económicas para permenacer en la UE y en contra de abandonarla. Pero obviamente no fue así”.

Cameron anunció frente a Downing Street su dimisión y, tras girar sobre sus propios talones, se marchó sin darse cuenta de que un micrófono abierto lo grababa canturreando (do-doo-dooo-do-do)

Tampoco acertaron con los jóvenes, a quienes se presuponía un mayor sentimiento pro-europeo y que no acudieron a las urnas como ‘Remain’ esperaba. La participación se incrementó en todas las franjas de edad menos en la de 18-24 años, y ello a pesar de que ‘Remain’ “tenía una campaña sofisticada, extensa e ingeniosa” para dirigirse a este grupo. Al parecer, existían otros motivos. Con las cenizas aún calientes del referendo, Oliver pidió que se aplicasen otros modelos para estudiar los resultados. En torno a una factoría de Nissan, Washington & Sunderland West votó un 32% por la permanencia, y un 68% por la salida, y en Houghton & Sunderland South, un 33% por la permanencia, y un 67% por la salida.

En el distrito de Joe Cox, Batley & Spen, un 38% votó por la permanencia y un 62% por la salida. En el distrito de una importante factoría de acero de Tata, Aberavon, un 38% votó por la permanencia y un 62% por la salida. La participación, como apunta Oliver, creció con respecto a las elecciones de 2015, pero lo hizo mucho más en las regiones que votaron por la salida (una media de un 7,5%), lo que equivale a 2,8 millones de personas que no habían votado en las elecciones, pero sí que lo hicieron en el referendo. “Aquellos 2,8 millones de votos extra respaldaron ‘Leave’ de manera abrumadora”, escribe Oliver, “más que suficiente para que cruzasen la línea de meta con la victoria”. Mucha gente que hacía décadas que no votaba, lo hizo en el referendo, y lo hizo “para enviar un mensaje”.


El libro de Oliver sirvió, entre otros, de base para Brexit: The Uncivil War (Tony Haynes, 2019), una película que se centra en el papel de Cummings, interpretado por Benedict Cumberbatch, durante la campaña. La película –que originalmente iba a vehicularse a través de la figura de Cameron antes de que su guionista, James Graham, optase por la mucho más interesante de Cummings–, fue elogiada por su reconstrucción de los hechos y su pulso narrativo, pero también criticada por presentar al estratega de la campaña de ‘Leave’ como un ‘underdog’ con el que se podía terminar simpatizando. Brexit: The Uncivil War pone mucho más el acento que Unleashing Demons en los cambios sociales que facilitaron a la campaña ‘Leave’ alcanzar la victoria.

Reino Unido había votado en un referendo en 1975 la permanencia en la Comunidad Económica Europea (CEE) y en un referendo celebrado 41 años después decidió salirse de ella. Unleashing Demons termina con Oliver deseando a su antiguo jefe: “Espero que la historia sea amable contigo.” ¿Podría serlo? En su última comparecencia, Cameron anunció frente a Downing Street su dimisión y, tras girar sobre sus propios talones, se marchó sin darse cuenta de que un micrófono abierto lo grababa canturreando (do-doo-dooo-do-do). Y ésa fue la última imagen que quedó grabada de él en la retina de millones de espectadores. En cuanto a la derecha euroescéptica, hoy Reform, el partido de Farage, lidera las encuestas de intención de voto con porcentajes de en torno al 25%. Como advierte Cummings un diálogo enteramente ficticio en una escena de The Uncivil War, mientras toma una cerveza en un pub con Oliver Craig –interpretado por Rory Kinnear–:It’s going to be a multidecade project”.

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