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Euskal Herria
El desalojo de Txirbilenea en Sestao: una lucha por la autogestión en la Margen Izquierda

Tras meses de presión institucional, el nuevo alcalde de Sestao, Gorka Álvarez (PNV), ha consumado el desalojo del centro social de Txirbilenea. El suceso tuvo lugar a primera hora de la mañana del pasado domingo, cuando varias patrullas de la Ertzaintza interrumpieron el acceso al centro mientras operarios sellaban los accesos del edificio con bloques de hormigón. Álvarez inicia su mandato de esta manera, apenas una semana después de reemplazar a la exalcaldesa Ainhoa Basabe, señalada por el Euzkadi Buru Batzar debido a los malos resultados electorales y quien gestionó el proceso judicial que ha desembocado en este desalojo. Lo hace en un municipio que ostenta el dudoso honor de tener la tasa de paro estructural más alta de Euskadi entre aquellos de más de 10.000 habitantes, con un 14,48% según el último informe de Eustat.
Del aprendizaje obrero al centro social
El edificio de la antigua oficina de aprendices donde se ubicaba Txirbilenea sigue en pie, enclavado entre los restos oxidados de la planta de AHV (Altos Hornos de Bizkaia) —la empresa que fue columna vertebral de la industria vasca y española durante buena parte del siglo XX— y el barrio obrero de Txabarri. Desde su construcción como uno de los buques insignia de la primera industrialización vasca, con la fusión de Altos Hornos de Bilbao, La Vizcaya y La Iberia, se convirtió rápidamente en uno de los polos de actividad siderúrgica y naval más grandes de todo el estado español.
Fue el lugar donde además miles de obreros aprendieron el dominio de su oficio entre el repique de martillos. Los jóvenes aprendices eran hijos y nietos de los mineros que extrajeron el hierro no fosfórico de los montes de Triano. En Sestao, transformado en una suerte de Pittsburgh a la bilbaina, convirtieron el dominio del metal en un particular arte colectivo preservado artesanalmente en el municipio.
Txirbilenea es el heredero directo de la tercera generación de okupaciones que desde los 80 se extendió por Euskal Herria como Katakrak, La Zapa o Zirikatu
Tres décadas después de que la entrada de España en la Comunidad Económica Europea (CEE) desmantelara este paisaje fabril, entre sus escombros postindustriales se alza la planta de Arcelor Mittal, el gigante indio que hoy dicta las reglas del acero global. En el escenario capitalista de retroceso industrial que se está produciendo en Euskadi, la antigua oficina de aprendices resistía como una anomalía salvaje: durante trece años albergó el Centro Social Txirbilenea, un ejemplo de autogestión en el corazón de la Margen Izquierda, tras su okupación en el año 2012.
Instalado en la mole de más de 9.000 metros cuadrados, las paredes de este espacio autogestionado han acogido la memoria viva de las luchas urbanas vascas. Estaba formado por diversos activistas de la localidad de Ezkerraldea y se erigió como el heredero directo de la tercera generación de okupaciones que desde mediados de los 80 se extendió miméticamente por Euskal Herria: de Katakrak en Iruñea a los colectivos La Zapa en Gasteiz, pasando por Zirikatu en Bilbao. Su ADN conectaba también con la oleada de los 90: Txarraska en Basauri, La Kelo en Santurtzi o las múltiples sedes de Kukutza, en el barrio Errekalde de Bilbao. Por su parte, en lugares tan dispares como Getxo, Zarautz o, más recientemente, el barrio de Errotxapea en Iruñea, el nuevo siglo también ha dado lugar a diversas experiencias de okupación de gaztetxes.
Okupación
Desalojo Ordenan desalojar Txirbilenea, un centro social autogestionado del que dependen 16 mujeres migrantes
Hacía el giro turístico
Toda la retórica empleada para justificar el desalojo de Txirbilenea ha ido acompañada, desde el primer momento, por la concesión de 3 millones de euros en fondos Next Generation, obtenidos por el Ayuntamiento de Sestao en abril de 2023 a través del Programa Europeo de Ayudas para la Rehabilitación de Edificios de Titularidad Pública. Ello da cuenta de que existe un patrón clásico propio de la economía estatal: las infraestructuras funcionan como nicho refugio para reactivar el sector de la construcción en zonas deprimidas, al tiempo que impulsan la revalorización del suelo y los territorios.
Los mentideros ya han hablado de un futurible refugio para peregrinos del Camino de Santiago, un proyecto con el que el municipio espera captar su porción del turismo masivo que no para de crecer cada año en Euskadi. Y aunque suene a broma, el chicle de la mercantilización sigue estirándose ad infinitum. A esta iniciativa se suma la Oficina de Turismo de Sestao, que desde 2024 organiza rutas de “memoria histórica” o “memoria obrera”. Pese a su indudable labor como elementos de recuperación de la memoria y la historia de la clase trabajadora, estas iniciativas no parecen ser capaces de impulsar un nuevo ciclo de generación de riqueza.
El neoliberalismo tardío convierte en espectáculo incluso los restos del pacto fordista que transformó Sestao y la Margen Izquierda del Nervión-Ibaizabal. En su día, ese modelo industrial alteró de manera irreversible las relaciones sociales, laborales y ambientales de la zona. Ahora, en su deriva hacia el humor negro, todo vale: el golpe más reciente ha sido el cierre definitivo de los astilleros La Naval en Sestao.
El turismo no es más que otra forma de destrucción territorial bajo la lógica capitalista: un juego amañado donde las ganancias se privatizan y los costes se socializan
En los próximos años, es previsible un aluvión de iniciativas similares que se extenderán como un reguero de pólvora más allá de Sestao. Localidades que llevan décadas arrastrando las secuelas de la desindustrialización de los 80 optarán por jugárselo todo al rojo del turismo, en un movimiento tan desesperado como suicida.
Este giro no ocurre en el vacío. Se inscribe en una paradoja histórica: la otrora pujante industria vasca, que sostuvo el milagro económico de los 90 y 2000, choca ahora contra sus propios límites estructurales, justo cuando el motor alemán que la impulsaba empieza a griparse.
El turismo no es más que otra forma de destrucción territorial bajo la lógica capitalista: un juego amañado donde las ganancias se privatizan y los costes se socializan. En la Margen Izquierda conocemos bien esta dinámica de acumulación desigual. Nos ha tocado “chupar mierda” durante décadas —con centros comerciales, polígonos logísticos y demás infraestructuras sacrificadas— mientras otros se llevaban los frutos.
Racismo
RACISMO A vueltas con el giro securitario: cómo construir un horizonte antirracista
Ejemplo de coalición de clase
Por ello, la pregunta es otra: ¿qué perdemos cuando nos arrebatan un centro social? Ante todo, una potencia destituyente: un espacio que, más allá de su valor infraestructural para los colectivos que lo habitan, funciona como crisol para la activación y multiplicación de formas comunitarias de resistencia. Su fuerza radical reside precisamente en su capacidad de emerger donde el sistema no lo prevé ni lo espera. La okupación con K no pide y espera, sino que toma y hace ex nihilo, transformando el vacío en espacio vivo. Esta práctica materializa una lógica antagónica al desarrollo capitalista: pone en funcionamiento lo desechado por el sistema, resignificándolo bajo la clave del valor de uso, esa categoría marxista que subvierte la dictadura del valor de cambio.
Desde hace un tiempo, Txirbilenea no era solo un símbolo de la memoria okupa de la Margen Izquierda, sino un laboratorio de las futuras luchas metropolitanas potencialmente desplegables a mayor escala. Su alianza con el colectivo Emakume Migratuak-Cuidadoras Sociosanitarias —mujeres migrantes precarizadas, invisibles para el sistema hasta que el capital las necesita como mano de obra barata o chivo expiatorio— lo convertía en una experiencia de politización singular que ponía una política de clase antirracista en el centro de su actividad. Y lo más virtuoso de todo: alejándose de las políticas de representación en las que la izquierda suele arrogarse el derecho a hablar en nombre de otros.

La comunidad que ha ido tomando forma en el edificio donde antaño se formaban obreros destinados a alimentar la ciudad-fábrica ha logrado subvertir—aunque sea de manera leve y temporal—su naturaleza original para dar cabida a una de las luchas más significativas del último año. Esta convergencia no es fruto del azar: señala un camino. Frente a un proletariado migrante, sistemáticamente excluido del cálculo político salvo cuando se le criminaliza para apuntalar el giro securitario europeo, Txirbilenea encarnaba una verdad incómoda.
Los centros sociales okupados ya no pueden limitarse a ser meros refugios de la autonomía juvenil o de la contracultura; deben convertirse en espacios de articulación de una nueva coalición entre quienes no se beneficiaron en exceso de las tres décadas de estabilización del llamado “oasis vasco”. La sociedad vasca está cambiando a una velocidad de crucero desde los años previos a la crisis del COVID-19, y estos espacios tienen un papel crucial en la reorganización de quienes quedan al margen.
La fuerza desplegada en Txirbilenea puede trascender contribuir a la acumulación de saberes de lucha que serán imprescindibles en los enfrentamientos venideros en la Margen Izquierda
De lo contrario, se deja la puerta abierta a un fascismo de corte posmoderno que, como nos recuerda Bifo, ya no puede sostenerse en impulsos conquistadores ni en la brújula jungeriana, despojado como está del vitalismo juvenil que caracterizó a sus manifestaciones en el siglo XX. En su lugar, la reacción se configura con un marcado carácter conservador, alimentado por los pánicos morales de una clase propietaria envejecida—protegida por pensiones, viviendas y rentas garantizadas—frente a una juventud cuya precariedad se prolonga en el tiempo y un proletariado inmigrante al que se niega la categoría de ciudadanía.
En toda iniciativa vinculada a la okupación, el desalojo es siempre un punto de inflexión traumático: interrumpe y desmantela las dinámicas comunitarias construidas con esfuerzo. En este sentido, la maniobra del Ayuntamiento de Sestao resulta reveladora desde la óptica del poder político: al sellar los muros con bloques de hormigón, ha desarticulado una alianza que nunca ha sido del interés de los poderosos. Sin embargo, la fuerza desplegada entre las paredes de Txirbilenea tiene la capacidad de trascender cualquier obstáculo, contribuyendo a la acumulación de saberes de lucha que, sin duda, serán imprescindibles en los enfrentamientos venideros en una Margen Izquierda marcada por la expanción de centros logísticos, el Puerto de Bilbao y la futura relocalización del centro de distribución de alimentos Mercabilbao.