Opinión
Análisis de clase del Barómetro de Hábitos de Lectura en Extremadura

Hay un 59,8% de personas que lee en su tiempo libre en Extremadura. La estadística ha aumentado en los últimos años. Sin embargo, conviene analizar una tensión estructural latente: la relación umbilical entre el acceso a la cultura y las condiciones materiales de vida.
Feria del Libro en Mérida
Feria del Libro en Mérida. Fotografía: Ayuntamiento de Mérida.
@francisrc93
4 feb 2026 07:14

Existe una correlación estadística insoslayable que define el panorama cultural de Extremadura. Los datos del último Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España 2025 sitúan a la región con un índice de población que lee libros en su tiempo libre del 59,8%. Este porcentaje, aunque refleja un incremento nada desdeñable del 11% en el último lustro —de hecho, es la mayor variación positiva del Estado junto a Andalucía y Galicia—, debe contextualizarse necesariamente con otros indicadores, como los que nos informan acerca de las condiciones de vida y de la relación de estas con la clase social. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la renta media por hogar en Extremadura se situó en 29.341 euros, una cifra que, pese a su crecimiento, mantiene una brecha absoluta de 7.655 euros respecto al promedio nacional. El análisis cultural, por tanto, no puede disociarse de la base material que lo sustenta.

La teoría del 'omnívoro' y la realidad material

La sociología crítica ha desmitificado la vieja distinción entre alta y baja cultura para revelar una lógica más profunda de acumulación. La tesis de la “omnivoridad cultural”, analizada en profundidad por investigadores como Herrera-Usagre, sugiere que la hegemonía contemporánea no reside en el consumo exclusivo de lo refinado, sino más bien en la posesión del capital —económico y educativo— necesario para apropiarse de todos los registros. Las clases dominantes y medias urbanas disponen de la posibilidad y, fundamentalmente, del tiempo excedente para consumirlo todo.

En Extremadura, esta “libertad de mercado” cultural se desmorona al chocar con las condiciones materiales que tienen las mayorías sociales. Como señala Roldán Ponferrada en Consumo y desigualdad: ¿De qué manera la estratificación moldea los patrones de consumo cultural y simbólico en la sociedad contemporánea? Estudio en España, la estratificación social moldea rígidamente los patrones de consumo. La capacidad de ser “omnívoro” depende de la posición en la estructura social. La brecha educativa opera aquí como un mecanismo de reproducción de clase: mientras el 82,2% de la población universitaria accede a la lectura, la cifra cae al 41,9% entre quienes poseen estudios primarios. Con una tasa AROPE (At Risk Of Poverty or Social Exclusion/ En riesgo de pobreza o exclusión social) del 32,4%, para un tercio de los extremeños la cultura se antoja un recurso inalcanzable frente a las necesidades de subsistencia. El “univorismo” de las clases populares es la expresión cultural de la desposesión material.

La cultura: la dimensión olvidada de la desigualdad

Profundizar en la brecha extremeña exige entender la cultura como un eje central de la exclusión social. Como apunta Nicolás Barbieri en Es la desigualdad, también en cultura, la cultura es la dimensión relegada de la desigualdad. Ni los derechos culturales tienen un papel significativo en las estrategias para abordar la creciente desigualdad en las ciudades ni la equidad es la prioridad en la agenda de las políticas culturales”.

Esta ceguera institucional tiene consecuencias devastadoras. Los informes disponibles advierten que la pobreza limita el acceso al consumo y la propia capacidad de participación y creación cultural. En Extremadura, donde el 39,4% de los hogares no puede afrontar gastos imprevistos, la desigualdad cultural actúa como un multiplicador de la exclusión: quien no accede a la cultura ve mermado su capital simbólico y relacional, reduciendo a su vez sus oportunidades de movilidad social. Estamos ante una brecha de ingresos que merma el derecho al ejercicio de la ciudadanía plena. Y eso que, según el artículo 9.2 de la Constitución española: “Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social.”

La paradoja de la juventud más culta y precaria

Quizás el dato más doloroso al cruzar las estadísticas sea el referente a nuestra juventud. El Barómetro nos dice que el tramo de 14 a 24 años es el más lector de todos, con un 76,9% de avidez lectora. Tenemos, objetivamente y al tiempo que se dice lo contrario, a la generación con mayor inquietud lectora de nuestra historia.

Sin embargo, los datos de condiciones de vida son un jarro de agua fría: un 5,2% de los hogares extremeños no puede permitirse ni un ordenador personal, una herramienta básica para el consumo cultural moderno. Esta precariedad fuerza sus propias vías de acceso: en el ámbito digital, el 50,7% de los lectores admite descargar los libros sin pagar. Más que picaresca, esta podría ser la estrategia de supervivencia de quien tiene capital cultural pero carece de renta.

Leer: la “habitación propia” de las mujeres

Si la lectura sobrevive en los pueblos y ciudades de Extremadura, es porque las mujeres la sostienen. Quien haya pisado los pueblos extremeños sabrá que la cultura está dinamizada y protagonizada por las asociaciones de mujeres. En relación a la estadística, la brecha de género es un abismo de 12 puntos: un 72,3% de lectoras frente a un 59,8% de lectores. Este dato tiene un mérito político incalculable si atendemos a la principal barrera para la lectura: la falta de tiempo, citada por el 42% de la población.

En una estructura social donde los cuidados siguen recayendo mayoritariamente sobre las mujeres, y donde la falta de tiempo libre es significativamente más mencionada por ellas en las encuestas, dedicar tiempo a la lectura es un acto de resistencia. Algo así como robar horas al sueño y a la carga mental doméstica para construir una “habitación propia”.

Bibliotecas, el último servicio público

Frente a la lógica del mercado que nos quiere consumidores pasivos, la biblioteca pública resiste como el último refugio no mercantilizado. Los usuarios las valoran con un notable alto (8,1), y en una región donde el 37,5% de las familias no puede permitirse ir de vacaciones ni una semana al año, son vitales. Además, de un tiempo a esta parte, las bibliotecas han superado la posición de antaño como meras agencias de lectura; ahora son espacios de socialización, centros neurálgicos de la cultura en los pueblos y espacios de capacitación y formación permanente. Estas infraestructuras actúan como interfaz para el aprendizaje multidisciplinar, y son garantes de la participación comunitaria y el compromiso con los valores democráticos.

Como se expresó en el Manifiesto en favor de las Bibliotecas Públicas de la UNESCO (1994), “la libertad, la prosperidad y el desarrollo de la sociedad y de la persona son valores humanos fundamentales que sólo podrán alcanzarse si ciudadanos bien informados pue den ejercer sus derechos democráticos y desempeñar un papel activo dentro de la sociedad. La participación constructiva y la consolidación de la democracia dependen de una buena educación y de un acceso libre e ilimitado al conocimiento, el pensamiento, la cultura y la información. La biblioteca pública, paso obligado del conocimiento, constituye un requisito básico de la educación permanente, las decisiones autónomas y el progreso cultural de la persona y los grupos sociales.”

Democratizar la lectura pasa por políticas estructurales que asuman la cultura como un derecho y no como un privilegio de clase. Pasa por reducir esa brecha de renta de 7.655 euros con la media nacional y por blindar los servicios públicos. Leer en Extremadura hoy es un síntoma de vitalidad democrática, sí, pero también un recordatorio de todo lo que nos falta por conquistar. Porque la cultura, como la tierra, debe ser para quien la trabaja (y tiene tiempo y condiciones materiales para disfrutarla).

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