Feminismos
El antídoto contra el fascismo es el conflicto de clase: Communia revisa el ciclo feminista
Basoa, la Casa de las Defensoras, es un proyecto autogestionado ubicado en el valle de Arratia, Bizkaia, vinculada a la Red de Acogida Artea y sostenida como espacio de acogida de activistas y experimento de vida en común. Del 23 al 26 de julio acogió la tercera edición de Communia, el Encuentro de Autonomía y Contrapoder que impulsa la Fundación de los Comunes. Cuatro días de conferencias, talleres, cocina colectiva y música que reúnen a centros sociales, editoriales críticas, sindicatos de vivienda y colectivos políticos de diversos territorios. Es el único encuentro de esa escala en Euskal Herria que funciona a la vez como escuela de verano y como asamblea de movimientos diversos.
El sábado 25, dentro del bloque “Lucha de clases y clases de lucha”, el programa abrió un día lluvioso con la discusión “¿De qué nos sirve el feminismo hoy? Clase, cuidados y emancipación”, precedida por una mesa redonda sobre el declive de los movimientos sociales. El texto de referencia era un documento del colectivo Cantoneras que respondía a la pregunta del título planteando cuatro tareas. Intervinieron Marisa Pérez Colina y Fernanda Rodríguez, de Cantoneras; Laura Macaya, directora de la asociación Genera; y la periodista Nuria Alabao desde la fila cero. La conclusión compartida fue que el feminismo debería girar en torno a un conjunto de herramientas al servicio de la lucha de clases.
La resaca de un ciclo organizado en torno al castigo
La hipótesis de partida de Pérez Colina fue que la potencia del ciclo feminista de 2017 ha sido capitalizado por lo que denominó un “feminismo de gobierno”, el que se ocupa de la institución y la representación política, que durante la útima década tradujo la movilización en las calles en políticas ajustadas “a los intereses de las mujeres de clase media”, como se desprendre de un análisis previo de Cantoneras. Uno de los síntomas de esa captura institucional, argumentó, fue la centralidad que adquirieron las violencias sexuales sobre cualquier otra opresión o desigualdad.
Pérez Colonia afirmó que esta estrategia tuvo dos consecuencias relevantes para entender el debate político. La primera, el punitivismo: la idea de que “a más Código Penal” habría más protección, cuando reforzar el sistema penal solo garantiza que se criminalice más a “las partes de la población con posiciones más desposeídas”. La segunda, una esencialización del sistema sexo-género que produce “una esencialización de las posiciones hombre y mujer”. En el mejor de los casos, compañeros a los que educar y moralizar. En el de los hombres racializados y musulmanes, sujetos a criminalizar, perseguir o expulsar.
Desde ahí, el análisis se extendió hacia los chicos jóvenes, cuyos malestares reales “alimenta e instrumentaliza la manosfera” y que definió como “un terreno a disputar”, y hacia las mujeres y cuerpos feminizados más golpeados por la división sexual y racial del trabajo, que “no ven sus problemas reflejados en las demandas del feminismo hegemónico”. Sobre esa lectura, la militante enunció los desafíos a la hora de combatir la instrumentalización racista del feminismo, desarmar el feminismo mujerista, recuperar la crítica de los años setenta a la familia nuclear y rescatar el concepto de cuidados “de su vaciamiento liberal”.
La pregunta que dejó abierta la intervención de Marisa Pérez Cólina es cómo criticar la familia burguesa “cuando la estructura familiar sigue siendo el sostén material de las familias con peores condiciones de vida”.
Durante su intervención, Pérez Colina apeló a Melinda Cooper, autora de Los valores de la familia (Traficantes de Sueños), para describir cómo, a medida que el Estado social se estrecha, la familia vuelve a ser “ese bastión de reproducción social y de reproducción de clase absolutamente esencial para el capital”, y también el agente que asume la deuda: los estudios, el consumo, la vivienda. Mencionó asimismo a las iglesias evangélicas y pentecostales, en expansión en el Estado español, como promotoras de la familia tradicional y “casi las únicas instituciones no estatales que ofrecen cierto tejido comunitario de apoyo mutuo” y de reconocimiento cultural a quien llega migrado y es “machacado por todas las demás instituciones”.
La pregunta que dejó abierta la militante es cómo criticar la familia burguesa “cuando la estructura familiar sigue siendo el sostén material de las familias con peores condiciones de vida”.
El conflicto de clase como antídoto
El cuarto desafío que planteó la mesa –rescatar los cuidados de su vaciamiento liberal– es el que ordenó la parte material del debate. La genealogía teórica fue la del feminismo marxista y los marxismos negros, los cuales defienden que solo una coalición de clase que integre sexo, sexualidad y raza puede constituirse en bloque emancipador. Durante su intervención, Fernanda Rodríguez, del Colectivo Cantoneras, reivindicó que “tanto la raza como el género son modos de vivir la clase”, y afirmó que “no hay ejes de opresión que se sumen, se acompañen o se multipliquen, una hipótesis que ha desarrollado en varios artículos. “La clase obrera que representa la figura del varón blanco y nacional es una ficción, su composición histórica incluye a segmentos racializados y generizados”.
En 2017, recordó la investigadora militante, la equiparación del trabajo doméstico al régimen general, la socialización de los cuidados o las pensiones de las trabajadoras del hogar se tematizaban “más o menos al mismo nivel que la cuestión de la violencia”. El feminismo no apoyó la fascistización, afirmó, pero eligió marcos “poco reflexivos” –el “violador eres tú” trasladado desde el contexto latinoamericano– sin calcular el efecto de retorno que terminaría teniendo sobre los debates feministas.
“Tanto la raza como el género son modos de vivir la clase. No hay ejes de opresión que se sumen, se acompañen o se multipliquen”, señaló Fernanda Rodríguez
Rodríguez se apoyó en el concepto de “fascistización” de Poulantzas para el caso italoalemán, y lo extendió para explicar que el Ku Klux Klan y el cierre migratorio estadounidense se expandieron cuando remitió el ciclo de huelgas; en Alemania, los efectivos del partido nacionalsocialista aumentaron a medida que declinaron los sindicales. “Los procesos de fascistización solo funcionan en tanto y en cuanto el conflicto de clase se ha replegado. No funcionan como respuestas a una revolución”.
La experiencia de clase hoy, añadió, es menos la de la relación capital-trabajo que la de “la desposesión en todos los órdenes de la vida”, una fractura que atraviesa también a la clase media precarizada y que “siempre tiene chivos expiatorios”. También defendió “una coalición de clase que integre sexo, sexualidad y raza”, para superar tanto el obrerismo reduccionista como la política identitaria fragmentada.
Su propuesta para el feminismo fue volver a los bienes comunes, a la lucha por la redistribución y a la protección material de la infancia “no en términos sexuales”, con conflictos concretos como criterio para la lucha. Puso el ejemplo de las escuelas infantiles de cero a tres años, con plantillas feminizadas y precarizadas. “Ahí tendría que haber un gran apoyo feminista”. Señaló a su vez que la campaña por el salario del trabajo doméstico no era una demanda de subsidio, sino un instrumento para organizar a las mujeres en torno a la apropiación de su trabajo.
La conclusión que extrajo de este análisis–“si no hacemos un ejercicio de poner cuestiones materiales como la vivienda en el centro, vamos a tener proceso de fascistización”– fue discutida más tarde en la mesa y en el turno de palabra.
La categoría de la víctima
Laura Macaya, directora de Genera, militante antipunitivista y abolicionista del sistema penal, acompaña desde hace dos décadas a mujeres que han sufrido violencia sexual. Su intervención partió de la separación entre “la víctima empírica” –la persona concretamente dañada– y “la víctima como categoría paradigmática de la subjetividad neoliberal”. El problema, precisó, no se resuelve cambiándole el nombre a la víctima. La figura de la superviviente arrastra sus propias normatividades, las de “una superación heroica ante daños catastróficos”.
Esa categoría, argumentó la autora de Gatazka eta abusua ez dira gauza bera (Katakrak), produce tres efectos devastadores para los feminismos . Reifica las normas de género, porque la víctima se sexualiza en femenino y quien agrede, en masculino. Sirve de contraimagen a lo que, siguiendo a Sarah Schulman y su El conflicto no es abuso (Capitán Swing), llamó “la producción política de la amenaza”. La idea de que ninguna violencia, “ni siquiera un genocidio”, se legitima sin fabricar antes una amenaza, y ese mecanismo es el que moraliza la persecución de poblaciones racializadas y empobrecidas. Y, en último término, responde a los intereses de una clase media profesional “directiva”, con capacidad de producir relato y capital simbólico y cada vez menos capacidad material.
“Es muy fácil y gratuito decir ‘ni olvido ni perdón’ cuando no te debes a ningún marco colectivo, a ninguna organización de clase”, afirmó Laura Macaya
De ese sustrato salen, señaló Macaya, los podcasts y las figuras mediáticas que emplean “la herida, la exhibición pública del dolor ajeno” para invertir en su propia posición y producir “esa meritocracia de la mala suerte”. Lo llamó “una expropiación de la experiencia”: una homogeneización que no representa a las mujeres en situaciones de mayor precariedad y que, sin embargo, termina modelando su subjetividad. Preguntó a quién beneficia que la violencia se aborde solo como asunto interpersonal, sin un análisis de clase, y quién puede permitirse “prescindir de los hombres de su comunidad” o expulsarlos sistemáticamente ante cualquier incomodidad.
Macaya terminó su intervención enunciando tres líneas de trabajo pendientes para recuperar la capacidad de confrontación: transformar los marcos de la justicia, transformar las condiciones materiales –“no hay mayor política de seguridad que las políticas materiales”– y transformar “cómo estamos subjetivando los daños”. Y dejando a su vez una advertencia sobre la mesa: las justicias restaurativas y transformativas encuentran su genealogía en América Latina y en los movimientos negros, trasladarlas sin esa mediación “es una romantización”. “Tenemos nuestra propia genealogía”, dijo antes de enumerar los movimientos de apoyo a personas presas, las luchas anticarcelarias y libertarias, la descriminalización de las drogas o la antipsiquiatría.
Quizá, concluyó Macaya, el feminismo debe ser eso: “una serie de herramientas, marcos analíticos y tácticas al servicio de un proyecto transversal más amplio en clave universalista”.
El feminismo, un terreno en disputa
Nuria Alabao, editora de Zona de Estrategia, desde la fila cero, hizo una precisión sobre las categorías que se habían tratado durante la mesa: no conviene hablar de instrumentalización como si existiera un feminismo bueno que alguien captura. El feminismo es “un campo de lucha”, en el sentido de Bourdieu, “donde colisionan diversas visiones y se generan hegemonías”.
A propósito de Feminismos enemigos (Bellaterra), el libro de Sophie Lewis que presentó hace unas semanas en La Maliciosa, recordó la frase expresada por la autora estadounidense: “algunas de mis principales enemigas son feministas”. Entenderlo así, expresó Alabao, permite pensar mejor la estrategia que apoyarse en la coartada de “eso no es feminismo”. Puso varios ejemplos al respecto. El femonacionalismo francés, “fundamental para implementar políticas islamófobas con el disfraz del republicanismo liberal”. Y el italiano, dado que el Gobierno de Giorgia Meloni aprobó en noviembre el delito específico de feminicidio castigado con cadena perpetua, “un nuevo tipo penal que es una demanda histórica de una parte del feminismo”.
Las confluencias con la agenda securitaria, señaló Alabao, son evidentes, y a la extrema derecha le convienen porque “generar más miedo es parte de su estrategia de crecimiento”. La experiencia más relevante en esta dirección, reflexionó, procede también de América Latina, donde “algunas compañeras nos dicen que está emergiendo una extrema derecha que se autodenomina feminista, y que incluso están debatiendo dejar de llamarse ellas mismas feministas porque no saben cómo ubicarse en este contexto”.
Nuria Alabao cerró la discusión enunciando que “el feminismo es interclasista, y la clase que lo hegemoniza tiene unos intereses que evidentemente no coinciden con los de la trabajadora doméstica o la migrante sin papeles”.
La antropóloga feminista insistió en las condiciones de vida de las trabajadoras sexuales, uno de los blancos del Gobierno de coalición, “incluso de Podemos, el partido supuestamente más apegado a lo que sería la línea transfeminista”. De los intentos legislativos criminalizadores, dijo, solo prosperó la prohibición de los anuncios dentro de la ley del “solo sí es sí”. Y concedió: “Es cierto que a veces no eliges los marcos”. El feminismo se ha vuelto una herramienta de sectores políticos muy diversos, “aunque intentes hacer otra cosa, no siempre se puede”. En cualquier caso, añadió, “si tu trabajo político se centra en elevar demandas al Estado, muchas veces, lo que se le ha acabado pidiendo son o más código penal o más dinero. Pero ¿qué se hace con esa financiación? ¿Está llegando a las mujeres que más lo necesitan?”
Antes de terminar, Alabao quiso mencionar que en Euskal Herria han funcionado estrategias de clase como las huelgas de cuidados de 2018 y 2019, la huelga general feminista de 2023 por un sistema público-comunitario y las luchas de las trabajadoras de residencias, del hogar y de la limpieza. “Eso está pasando en el sindicalismo que podemos llamar feminista, pero el mainstream no lo alimenta, porque no coincide con los intereses de quienes ocupan los espacios de representación”, los mismos que después traducen “las supuestas demandas de los feminismos” en políticas públicas. Y cerró su intervención con una formulación escueta del problema que había ordenado la mañana: “El feminismo es interclasista, y la clase que lo hegemoniza tiene unos intereses que evidentemente no coinciden con los de la trabajadora doméstica o la migrante sin papeles”.
El turno de intervenciones
La discusión se quedó sin los grupos de trabajo previstos por falta de tiempo –había que comer antes de que lloviera– y se resolvió en un turno abierto con una docena de intervenciones. La primera pidió que los sindicatos de vivienda salgan en bloque a reclamar vivienda para todas las mujeres que la necesiten. Otra señaló el auge, en las jornadas feministas de Cataluña y también en Euskal Herria, de un feminismo que desemboca “otra vez en la guerra contra los hombres” y en una esencialización de los géneros. Una de las participantes pidió prudencia con la velocidad de la crítica: hace poco que una agresión sexual puede ponerse sobre la mesa en una asamblea.
Hacia el final de la mesa, otro asistente reclamó espacio para los grupos de hombres –“si no debatimos esto entre nosotros, no hay posibilidad de generar otra forma de ser hombre”– y una cooperante recordó la represión que sufren hoy las feministas en El Salvador, Argentina o Colombia. Hubo quien incluso rescató una reforma que el movimiento apenas peleó en su momento, y que introdujo en España la prisión permanente revisable. La última intervención antes de que la mesa se disolviera lo resumió a modo de estrategia política: “Creo que el feminismo, donde está y donde le vamos a dar la pelea, es en la lucha de clases; es en la vivienda, en las luchas materiales de nuestras comunidades”. Y añadió: “hay muchas luchas que son feministas aunque no se autodenominen así, como la PAH”, toca aprender de ellas.
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