“Gaza ha deteriorado la credibilidad moral de Occidente, especialmente en el Sur Global”

Kepa Bilbao Ariztimuño, autor de 'Pensar la guerra, Pensar la paz. Ética, derecho y poder en un mundo en conflicto' (Catarata, 2026), combina aspectos filosóficos y políticos para pensar la guerra en la actualidad y realizar una aproximación realista a los anhelos de paz.
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Kepa Bilbao es un docente y ensayista con una larga trayectoria militante. Eider Iturriaga
20 jul 2026 05:17 | Actualizado: 20 jul 2026 13:12

Kepa Bilbao Ariztimuño (Bermeo, 1952) pertenece a una generación para la que pensamiento y compromiso fueron realidades inseparables. Profesor y ensayista, ha desarrollado una extensa obra en la que historia, filosofía y reflexión política dialogan constantemente con la experiencia vivida. Militante de Euskadiko Mugimendu Komunista (EMK) durante los años finales del franquismo y la transición, formó parte de una cultura política que hizo de la crítica, la organización y la voluntad de transformación social sus principales señas de identidad. De aquella experiencia colectiva, y de las preguntas que siguen abiertas, nacen buena parte de sus ensayos. Sus escritos constituyen una invitación a pensar el presente desde la memoria crítica, reivindicando una ética intelectual y política que él mismo ha resumido en tres palabras: verdad, complejidad y decencia.

En su último libro Pensar la guerra, Pensar la paz. Ética, derecho y poder en un mundo en conflicto (Catarata, 2026) vuelve sobre la cuestión de las condiciones en las que la guerra y la paz forman parte de la historia política de nuestro mundo, impulsado por su trabajo anterior al respecto. En él repasa críticamente las tres grandes tradiciones que han intentado pensar la guerra y la paz: la doctrina de la guerra justa, el realismo político y las diversas corrientes del pacifismo.

También ha publicado libros sobre marxismo y filosofía La modernidad en la encrucijada (Gakoa, 1997); sobre izquierda y nacionalismos Crónica de una izquierda singular. Naciones, nacionalismos y otros ensayos de 1991-2006 (online); sobre economía, Capitalismo. Crítica de la ideología capitalista del “libre” mercado (Talasa, 2013); sobre historia política, La revolución cubana. Una mirada crítica (Gakoa 2017); Años de plomo. La excepcionalidad vasco-navarra en la transición (Gakoa, 2020), sobre ética, política, guerra y paz en Ética y política en Maquiavelo, Weber y Marx (Catarata, 2022), y recientemente Repensar la guerra. Tradición moral, realismo bélico y pacifismo jurídico (Catarata, 2024).

Has publicado en muy poco tiempo dos libros sobre la guerra y la paz. ¿Por qué precisamente ahora?
Porque vivimos un cambio de época. Durante décadas se extendió la idea de que la globalización, la interdependencia económica y las instituciones internacionales conducirían gradualmente a un mundo más pacífico. Hoy asistimos a un escenario muy distinto: la guerra ha regresado al centro de la política internacional, desde Ucrania y Gaza hasta el rearme europeo o la creciente rivalidad entre grandes potencias.

Mis dos últimos libros nacen de esa preocupación. Si Repensar la guerra estaba más centrado en la guerra como fenómeno político y estratégico, Pensar la guerra, pensar la paz aborda la tensión entre ética, derecho y poder en un mundo cada vez más conflictivo.

En los discursos oficiales se insiste en que la guerra es una anomalía. Sin embargo, tu libro cuestiona esa idea.
Sí. Tendemos a pensar la guerra como una excepción o una patología de la política. Sin embargo, la historia muestra que ha acompañado a las sociedades humanas durante milenios y ha desempeñado un papel decisivo en la formación de los Estados, las fronteras y los órdenes políticos.

Comprender esto no implica justificarla. Al contrario. Significa abandonar las ilusiones y partir de la realidad. La paz solo puede construirse desde una comprensión realista de las causas de la guerra.

En el libro analizas tradiciones muy distintas: la guerra justa, el realismo político y diversas formas de pacifismo. ¿Qué conclusión extraes?
Que ninguna ofrece una respuesta definitiva. Todas captan una parte de la realidad y todas presentan limitaciones.

La tradición de la guerra justa recuerda que incluso en la guerra existen límites morales, el realismo nos obliga a reconocer el peso del poder y de los intereses y el pacifismo nos recuerda la necesidad de limitar la violencia y construir instituciones de paz

La tradición de la guerra justa recuerda que incluso en la guerra existen límites morales. El realismo nos obliga a reconocer el peso del poder y de los intereses. El pacifismo nos recuerda la necesidad de limitar la violencia y construir instituciones de paz.

El problema aparece cuando cualquiera de estas tradiciones pretende explicar por sí sola un fenómeno tan complejo como el de la guerra y su opuesto, la paz.

Las guerras actuales suelen presentarse como enfrentamientos entre el bien y el mal. ¿Qué riesgos tiene esa visión?
El principal riesgo es que dificulta la comprensión de los conflictos y bloquea cualquier salida negociada. Toda guerra genera propaganda y relatos legitimadores. Pero cuando un conflicto se interpreta exclusivamente en términos morales absolutos, cualquier negociación parece una claudicación.

La historia demuestra que muchas guerras terminan mediante acuerdos imperfectos que ninguna de las partes considera plenamente justos.

¿La guerra aparece cuando la política fracasa o es la propia política la que a veces recurre a la guerra?
La respuesta depende del marco teórico que adoptemos. Desde la tradición liberal suele entenderse la guerra como un fracaso de la política, de la diplomacia y de las instituciones encargadas de gestionar los conflictos. Sin embargo, desde una perspectiva clausewitziana, la guerra no sería la negación de la política, sino una de sus expresiones extremas. La guerra es un instrumento de la política, no la sustituye ni supone su interrupción, la política continúa operando durante la guerra, aunque bajo formas violentas. Sin compartir todos los presupuestos de Clausewitz, creo que esa intuición sigue siendo útil. Las guerras no surgen de la nada. Surgen de conflictos de intereses y de poder previamente definidos en el ámbito político, y es la propia política la que determina sus objetivos, orienta su desarrollo y establece los fines que la acción militar debe perseguir. Comprender esto no significa legitimar la guerra, sino reconocer que ninguna paz será sólida si ignora las causas políticas que la han provocado

Durante décadas se nos dijo que el respeto de la soberanía, la prohibición de las anexiones territoriales y la protección de la población civil constituían principios universales

Gaza parece haber destruido definitivamente la credibilidad moral de Occidente en buena parte del mundo. ¿Compartes esa impresión?

Sí, creo que Gaza ha provocado un deterioro muy profundo de la credibilidad moral de Occidente en amplias regiones del mundo, especialmente en el Sur Global. Ha puesto de manifiesto de forma especialmente descarnada los límites del llamado orden internacional basado en reglas. Durante décadas se nos dijo que el respeto de la soberanía, la prohibición de las anexiones territoriales y la protección de la población civil constituían principios universales. Sin embargo, muchos Estados aplican esos principios de manera selectiva.

No estamos hablando únicamente de Gaza. Ahí están también la expansión de los asentamientos en Cisjordania, la anexión de Jerusalén Este, la ocupación de los Altos del Golán o las sucesivas intervenciones militares en el Líbano. Todo ello ha sido tolerado durante décadas con costes políticos relativamente limitados para Israel.

La cuestión de fondo no es solo jurídica, sino política. El caso palestino muestra hasta qué punto la eficacia del derecho internacional depende de las relaciones de poder. Cuando las normas se aplican de forma desigual, pierden legitimidad y se alimenta la percepción de que existen reglas distintas según quién sea el aliado y quién sea el adversario.

Dicho esto, el problema no se resuelve abandonando el derecho internacional, sino aplicándolo con criterios verdaderamente universales. Si rechazamos una ocupación, una anexión o los ataques contra civiles en un lugar, deberíamos hacerlo en todos.

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Kepa Bilbao y Vicente Huici durante la entrevista. Eider Iturriaga

¿Qué tendría que ocurrir para que Oriente Medio saliera del ciclo permanente de guerra y escaladas militares?
Si algo demuestra la historia de Oriente Medio es que no habrá una paz estable mediante acuerdos parciales o exclusivamente bilaterales. La seguridad de la región está profundamente interconectada. Lo que ocurre en Gaza repercute en el Líbano; lo que sucede en el Líbano afecta a Israel; y cualquier conflicto entre Israel e Irán tiene consecuencias para todo el sistema regional.

Por eso, una paz duradera exigiría incorporar a todos los actores relevantes: Israel, Irán, los Estados árabes, Turquía, Egipto y también aquellos actores no estatales que poseen una representación política y una influencia efectiva sobre el terreno. Un proceso de estas características debería contar con el respaldo de Naciones Unidas y con la implicación activa de las grandes potencias.

Como ha señalado Vicenç Fisas, la región necesita algo más que altos el fuego provisionales o acuerdos puntuales. Necesita una arquitectura de seguridad regional basada en instituciones permanentes, mecanismos independientes de verificación y garantías capaces de generar confianza entre actores que llevan décadas enfrentados. Puede parecer una meta lejana, pero la experiencia demuestra que sin un marco multilateral de ese tipo los conflictos de Gaza, Líbano o Irán seguirán reapareciendo una y otra vez bajo nuevas formas.

En situaciones como la ucraniana, la paz suele parecerse más a un pacto de no agresión que a una reconciliación genuina y duradera

La guerra en Ucrania plantea una tensión entre guerra y paz también difícil de resolver. ¿Qué formas de paz pueden imaginarse en este caso?
Todo acuerdo de paz en este contexto encierra un dilema moral y político. Para algunos, una Ucrania territorialmente mutilada pero independiente sería una paz aceptable. Para otros, cualquier concesión territorial resulta inaceptable y la única paz justa sería la retirada completa de las tropas rusas del territorio ucraniano.

En situaciones como la ucraniana, donde los acuerdos deben imponerse sobre realidades profundamente conflictivas y marcadas por heridas abiertas, la paz suele parecerse más a un pacto de no agresión que a una reconciliación genuina y duradera. No hay que perder de vista que la paz no se alcanza mediante ideales abstractos, sino a través de un análisis riguroso de la correlación de fuerzas, los objetivos perseguidos y los riesgos asumibles.

Algunos dirigentes europeos sostienen que no puede aceptarse una modificación de fronteras mediante la fuerza.
Ese principio es correcto. El problema surge cuando se aplica de manera selectiva. Israel ha anexionado ilegalmente territorios ocupados sin que Europa haya adoptado medidas comparables a las exigidas en otros casos. Algo parecido ocurre con el Sáhara Occidental, con la aceptación o el consentimiento de buena parte de quienes hoy rechazan cualquier cesión territorial a Rusia. Ahora bien, una injusticia no justifica otra. Además, existe el temor de que cualquier concesión a Rusia siente un precedente peligroso para otros conflictos internacionales.

La cuestión es que el conflicto ucraniano condensa una tensión permanente entre justicia y pragmatismo, entre soberanía y seguridad. Esa tensión y las exigencias máximas de Moscú y el carácter existencial que la guerra tiene para Ucrania dificultan enormemente cualquier negociación.

¿Ves una salida a corto plazo?
Hoy ninguno de los dos bandos puede imponer su voluntad sin asumir costes difícilmente soportables. En estas circunstancias, quizá la única salida viable sea una paz negativa: un alto el fuego inmediato, aunque no necesariamente indefinido, que detenga la muerte de soldados y civiles, así como la destrucción y el sufrimiento de la población. La paz positiva -un acuerdo más amplio que acomode, al menos parcialmente, las pretensiones de ambas partes- tendría que quedar para una etapa posterior.

No hay que olvidar que la paz, al igual que la guerra, admite grados, matices y contradicciones. Existen paces injustas, frágiles o precarias; paces que son poco más que treguas o silencios armados; incluso paces que pueden rivalizar con la guerra en crueldad e injusticia. Pero también existen paces imperfectas que abren el camino a la reconciliación.

El problema fundamental del derecho internacional es que carece de una autoridad soberana capaz de imponer de forma efectiva sus decisiones a las grandes potencias

Las instituciones internacionales parecen cada vez más impotentes. ¿Es una crisis del derecho internacional?
Es, sobre todo, una crisis de la relación entre derecho y poder.

El problema fundamental del derecho internacional es que carece de una autoridad soberana capaz de imponer de forma efectiva sus decisiones a las grandes potencias. Por eso su eficacia depende en gran medida de las correlaciones de fuerza y de la voluntad política de los Estados.

Aun así, sería un error concluir que el derecho internacional carece de valor. Sus límites son evidentes, pero la alternativa no es un orden mejor, sino un mundo todavía más dominado por la fuerza.

¿Qué significa hoy defender la paz?
No significa ignorar los conflictos ni refugiarse en consignas abstractas. Significa pensar seriamente cómo limitar la violencia en un mundo donde la guerra sigue siendo una posibilidad real.

La paz no es un estado perfecto y definitivo. Es una construcción política siempre inacabada, un equilibrio precario entre justicia, memoria y poder. Rara vez satisface plenamente a todas las partes, pero una paz imperfecta puede constituir, en determinadas circunstancias, un paso necesario hacia una mayor estabilidad y una justicia más duradera. Precisamente por eso exige más inteligencia política de la que solemos atribuirle.

Propuestas como las de Kant o Ferrajoli son difíciles de materializar, pero siguen siendo valiosas porque orientan la acción política y nos recuerdan que siempre existen alternativas institucionales y jurídicas para avanzar hacia un orden más pacífico

A pesar de todos esos límites, en tu libro dialogas con los pacifistas jurídicos seguidores de Kant, Bobbio, Kelsen o Ferrajoli. ¿Siguen teniendo algo que decirnos?
Sin duda. Todos ellos comparten la convicción de que la paz no puede depender únicamente del equilibrio de fuerzas, sino que necesita instituciones y normas capaces de limitar la violencia. Buscan la paz a través del derecho.

En ese sentido, siguen siendo pensadores imprescindibles. Otra cuestión es que sus proyectos puedan realizarse plenamente. En mi opinión, la aspiración a un mundo plenamente pacificado está fuera del mundo real. No deja de ser significativo que en la primera página de La paz perpetua Kant aluda, con cierta ironía, a una posada holandesa cuyo letrero representaba un cementerio y llevaba por nombre “La paz perpetua”. La imagen sugiere que la única paz absoluta es la de los muertos. Kant era un pesimista antropológico y, al mismo tiempo, un optimista metodológico. Como escribió en una de sus frases más célebres: “Con un leño torcido como aquel del que ha sido hecho el ser humano nada puede forjarse que sea del todo recto”. Considera que el estado natural de las relaciones entre los Estados es una situación de inseguridad próxima a la guerra. La paz, en su opinión, no es el estado natural de las relaciones humanas, sino una conquista de su voluntad consciente, un imperativo de la razón, un deber moral.

Kant hablaba de la paz perpetua como un horizonte regulativo más que como una meta alcanzable. Algo parecido sucede con las propuestas contemporáneas de constitucionalismo global defendidas por Ferrajoli. Son ideales difíciles de materializar, pero siguen siendo valiosos porque orientan la acción política y nos recuerdan que siempre existen alternativas institucionales y jurídicas para avanzar hacia un orden más pacífico.

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