Opinión
El fútbol infantil y sus sombras
Tendría nueve o diez años cuando mi padre y mi tío nos llevaron por primera vez a ver al Pontevedra F.C. Mi padre era una persona pudorosa y lo más parecido a un taco que se le podía escuchar era su coletilla, puñeta, que surgía de vez en cuando. Pero nuestros vecinos de grada —empezando por mi tío— no compartían su mismo concepto de urbanidad. Y ese día iniciático, mi hermano y yo, que ni siquiera buscábamos aún las palabrotas en el diccionario, nos quedamos asombrados ante el inaudito espectáculo de una marea de adultos insultando como energúmenos. De hecho, ninguno recuerda el resultado. Solo los gritos y las barbaridades.
La afición local reservaba parte de su animadversión para sus propios jugadores. No todos al mismo, sino que los diferentes sectores del graderío exhibían sus fobias también hacia aquellos a los que se suponía que iban a animar. El odiado de mi zona era un chico joven llamado Churruca, y cada vez que el balón se acercaba a su posición en la izquierda, crecía un murmullo de alarma. Bastaba un control o un pase regular para que su grupo de detractores transformase el runrún en ira. Ya sabían que iba a fallar, ¡lo sabían, joder! ¿Por qué? Porque recordaban con precisión quirúrgica todos sus errores de la temporada. Uno de los jurisconsultos más doctos en la persistente enumeración de los fallos churruquistas estaba al lado de mi tío, quien no tardó mucho en exasperarse e iniciar una bronca. Ambos adultos se enzarzaron y, aunque el gigantón de mi tío tenía todas las de ganar, el alfeñique no se amilanó. Contra la fuerza bruta, él oponía la erudición.
—No tiene usted ni puta idea de fútbol —le espetaba.
A lo que mi tío, indignado por la afrenta contestaba:
—¡El que no tiene ni puta idea es usted!
— ¿Ah sí? ¿Ah sí? Pues, si sabe tanto de fútbol, dígame: ¿quién es el lateral derecho del Sestao?
Y mi tío, que devoraba el Marca a diario, pillado esa vez en falta, gritaba buscando la complicidad de la grada:
—¡Hay que joderse! ¡Así que para saber de fútbol hay que conocer al lateral derecho del Sestao!
Pero el otro hurgaba en la herida berreando burlonamente:
—¡Pues es Atucha! ¡No sabe quién es Atucha! ¡No sabe quién es Atucha!
Mi hermano y yo no dábamos crédito. Era inimaginable que los adultos pudiesen comportarse así; impensable que insultar no solo estuviese permitido, sino que se celebrase como muestra de ingenio. En el colegio el lunes se lo contamos a todos: miles de adultos desaforados vociferando hijodeputa, cabrón, maricón, ladrón, mongol, burro, subnormal… Nuestros compañeros no se lo creían.
A los pocos días puse en práctica mi nuevo vocabulario en un cine de entrada gratuita. La severa mirada de mi padre, unas filas más atrás, me anticipó una nueva enseñanza en forma de azotaina: las palabras soeces están bien vistas en los estadios, pero no así en el patio de butacas. De nada sirvieron mis justas protestas: “¿Y vosotros en el fútbol sí podéis?”.
Ya adulto, y esta vez en Riazor, me vi reflejado en otro niño que, con el mismo gesto de estupefacción, observaba cómo decenas de miles de deportivistas gritaban divertidos: “Hierro, cabrón, Hierro, cabrón, tu madre es una puta, tu padre un maricón”. El mismo padre abochornado, la misma incomodidad cómplice. Habían pasado décadas, pero la escena se reproducía con pasmosa exactitud.
Yo pensaba que era cosa bien sabida que en los campos de fútbol, desde los de infantiles hasta los de la primera división, está normalizado insultar, gesticular y ser un puto maleducado. Y que esto, lejos de ser excepcional, forma parte inseparable de la liturgia y la experiencia que supone ir a un estadio. Pero resulta que no. Y aunque la sociedad ni se inmuta ante los exabruptos machistas de cada domingo, se indigna hipócritamente cuando en algún estadio se cruzan las líneas rojas del racismo y manifiesta entonces una cínica sorpresa. ¡Qué escándalo! ¡Aquí se insulta!, diría el Capitán Renault.
¿De qué cabe extrañarse? ¿No refieren los árbitros de las categorías inferiores —muchos de ellos casi niños— que reciben insultos y agresiones cada semana? ¿Y no es asombroso que este hostigamiento ni siquiera genere reproche social?
Evidentemente, si estos comportamientos están naturalizados es porque se ha aceptado que el fútbol infantil ya no es un juego, sino un simulacro profesional. Y, como tal, reproduce miméticamente sus conductas. Pero la toxicidad en las gradas no es más que la punta del iceberg de este modelo. Lo verdaderamente alarmante es todo lo demás.
A partir de los seis años, muchos niños son introducidos en una lógica deportiva que acaba colonizando por completo su tiempo libre. Primero empiezan con dos entrenamientos semanales y el partido del sábado; después tres entrenamientos, desplazamientos cada vez más lejanos y torneos diversos. Antes de cumplir los diez años, el deporte organizado ocupa una parte tan grande de su vida que resulta casi imposible compatibilizarlo con cualquier otra actividad.
Antes de cumplir los diez años, el deporte organizado ocupa una parte tan grande de su vida que resulta casi imposible compatibilizarlo con cualquier otra actividad
La consecuencia no es solo una enloquecida logística familiar. Esta dinámica también afecta a los hermanos que no compiten, cuyas necesidades quedan subordinadas a la agenda deportiva. Pero, sobre todo, implica una especialización temprana que empobrece el abanico de experiencias posibles. Mientras el calendario deportivo se expande hasta ocupar prácticamente todo el año, otras actividades —leer, viajar, jugar, hacer senderismo, aprender música o simplemente aburrirse— quedan relegadas o directamente abandonadas. Se supone que la infancia es el tiempo de la exploración y la curiosidad; sin embargo, la competición exige justo lo contrario: concentración, disciplina y exclusividad. Cabe entonces preguntarse: ¿qué formación tan trascendental justifica esos horarios infinitos y una exigencia que supera, por ejemplo, a la de un conservatorio profesional?
Podría pensarse que todo es compatible, pero no lo es. Los entrenadores penalizan las ausencias y los niños aprenden pronto que faltar a un entrenamiento tiene consecuencias. Por supuesto, nadie les obliga explícitamente a renunciar a otras aficiones; es suficiente con que comprendan que su posición dentro del equipo depende de una disponibilidad absoluta. Poco a poco, bajo esa coacción sutil, cualquier actividad que entre en conflicto con el fútbol deja de parecerles deseable.
Podría pensarse que todo es compatible, pero no lo es. Los entrenadores penalizan las ausencias y los niños aprenden pronto que faltar a un entrenamiento tiene consecuencias
El problema se agrava porque la verdadera rivalidad no se libra contra el rival, sino que tiene lugar dentro del propio equipo. Convocados frente a descartados, titulares frente a suplentes, unos niños luchando contra otros por escalar posiciones en una jerarquía constantemente revisada. Las listas de convocados, imitadas del fútbol profesional, convierten cada semana en un examen. Resulta difícil imaginar un contexto menos propicio para el compañerismo del que supuestamente se presume. No es extraño que los profesores de secundaria refieran ya casos de niños en tratamiento para la ansiedad, motivada por la presión competitiva.
En los campos de toda la península es habitual ver el espectáculo de padres y madres gritones, enfadados y en tensión durante los partidos. ¿Son todos ellos unos groseros incívicos o también son muy conscientes de lo que se juegan sus hijos en términos de competencia interna? Sospecho que ambas cosas operan a la vez.
Paradójicamente, a pesar de la presión que generan, el resultado de los partidos carece de valor real. Las categorías agrupan niños separados por hasta dos años de edad, una brecha abismal durante la infancia. Esto supone que los encuentros suelen resolverse con goleadas escandalosas: un año toca recibirlas y al siguiente administrarlas. Basta consultar cualquier clasificación para comprobar que los marcadores desproporcionados son la norma frente a los escasos encuentros equilibrados. La competencia interna favorece el ensañamiento porque meter más goles que el compañero es fundamental. Todo ello bajo el yugo de estadísticas y métricas de rendimiento que llegan a obsesionar a los niños. ¿Qué aprendizaje resulta de todo esto? ¿Que el éxito consiste en aplastar al más débil cuando llega tu turno? ¿Que la superioridad se demuestra humillando? ¿Que la fuerza debe exhibirse sin contemplaciones? Vae victis.
Al ser una emulación del profesionalismo, la maquinaria competitiva reproduce la ilusión de que cada evento está revestido de una importancia capital
Al ser una emulación del profesionalismo, la maquinaria competitiva reproduce la ilusión de que cada evento está revestido de una importancia capital. Y hasta en categorías infantiles los clubes de pueblos ignotos se roban jugadores unos a otros, y aquellos más “poderosos” tientan con prebendas o tratos de favor a los padres de los niños más habilidosos en un remedo del mercado de fichajes. Si en mis tiempos un grupo de amigos lograba mantener durante décadas la misma pachanga, hoy los niños aprenden que sus compañeros van y vienen, sometidos a las volubles leyes del rendimiento y la oferta y la demanda.
La llegada de unos supone la relegación de otros. El statu quo siempre está en cuestión. Los padres suelen describir a su entrenador como la excepción virtuosa en un mundo de obsesivos gritones. Pero, cuando su hijo cae en desgracia, el antes ejemplar educador resulta ser entonces otro intransigente resultadista. Los padres buscan otro equipo y la rueda vuelve a girar.
Cuesta trabajo comprender por qué tantos adultos encuentran provechoso que sus hijos se desarrollen en un entorno así, y a veces interrogo a algún progenitor buscando respuestas que a mí se me escapan. Me hablan entonces, sin mucho convencimiento, sobre el esfuerzo, el compañerismo y aprender a competir. Tengo mis reservas al respecto. Y sospecho que si para algunos padres es importante que sus hijos “aprendan a competir”, me temo que no será esta competición la que los prepare mejor para la vida laboral ni que los saberes futboleros de El Chiringuito sean activos muy valiosos en los currículums.
Pero, aun si estas supuestas virtudes fuesen reales, la cuestión estriba en si deben adquirirse mediante una estructura que consume decenas de horas semanales, limita o excluye otras experiencias y desertiza la infancia. Porque el mundo del fútbol, con sus clichés manidos, su apología del dinero, su culto a personajes de escaso bagaje intelectual y moral —que se convierten tanto en modelos de conducta como en los referentes del éxito— no solo refleja unos valores nefastos sino que demanda, como mi tío sufrió en carne propia, una insaciable exigencia de conocimientos, tan extensos como efímeros e inútiles, sobre partidos que hay que ver, resultados, convocatorias, fichajes y demás actualidad deportiva. Sumado a la intensa práctica, este tiempo perdido convierte al fútbol en una maquinaria que fagocita incontables horas semanales de nuestros hijos.
Evidentemente, el problema no es el deporte. El problema es una determinada forma de entenderlo. Una forma que convierte el ocio en obligación, la cooperación en rivalidad y el juego en rendimiento. Que exige una dedicación absorbente para una recompensa extraordinariamente improbable: más de un millón de niños federados compiten por apenas unos cientos de plazas en el fútbol profesional español. Que el lector haga el experimento: ¿cuántos jugadores de la cantera local juegan en el equipo de su ciudad? Probablemente ninguno.
¿A qué intereses sirve entonces todo ese grado de disparatada exigencia? Descartada la formación en valores, solo queda pensar que el fútbol infantil es una forma de decantar cruelmente a cientos de miles de niños al año como una infernal criba al servicio de los intereses económicos del fútbol profesional.
La curiosidad infantil es un tesoro tan precioso como breve, algo sagrado. Dejar que se pierda es un crimen imperdonable
Y mientras se mantiene ese ilusorio sueño por la fama y el dinero, perpetuamente alimentado por la mística con la que los medios de comunicación nos narran las emotivas historias de esos jugadores que salieron de la barriada y llegaron a la cúspide mundial, los niños penetran en un ecosistema empobrecedor. Un ecosistema que los limita e incluso incapacita para cualquier otra actividad, los somete a una enorme presión, interfiere en las relaciones personales y familiares y que, además, los introduce en un espacio tóxico que naturaliza la mala educación y la violencia verbal y física.
¿Es que no se puede entender la práctica del deporte de otra manera? ¿Una que priorizase el juego sobre la competencia, la formación sobre el resultado y la diversidad de experiencias sobre la especialización precoz? La curiosidad infantil es un tesoro tan precioso como breve, algo sagrado. Dejar que se pierda es un crimen imperdonable.
Pero no nos preocupemos demasiado. Ahora empieza el Mundial. Y solo son cuarenta diitas de nada.
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