Granada
Familiares de seis víctimas del Barranco de Víznar, Granada, recuperan sus restos y su memoria
El 27 de julio de 2026, el Laboratorio de Genética del Departamento de Medicina Legal, Toxicología y Antropología de la Universidad de Granada (UGR) confirmó la identificación de seis nuevas víctimas de la represión franquista. Un nuevo hallazgo con el que el equipo “Universidad y Memoria” alcanza la cifra de 17 personas rescatadas del anonimato de un total de 194 cuerpos recuperados en 29 fosas comunes desde que las excavaciones comenzaran en 2021 en el Barranco de Víznar.
Víznar, un municipio situado en la parte centro-este de la comarca de la Vega de Granada se ha convertido durante estos últimos años en un foco de memoria, reparación y justicia. Desde hace seis que el trabajo del equipo del equipo ‘Universidad y Memoria’, del Ayuntamiento de la localidad, del equipo de investigación de la documentalista Silvia González y también de los propios familiares de las víctimas está poniendo luz a esa etapa oscura de nuestra historia. El relieve abrupto y las zanjas del barranco entre Víznar y Alfacar se usaron como un cementerio clandestino para fusilar a centenares de personas. Los crímenes comenzaron de forma sistemática a partir de julio y septiembre de 1936, prolongandose durante los años de la Guerra Civil y sin juicio previo, hasta bien entrados los años 50.
Además de Carmela Rodríguez Parra, Francisco Soriano López, José Raya Hurtado, José García Esteban, Juan de Dios Adarve López, Antonio Rosales Ruiz, Eloísa Martín Cantal, Fermín Roldán García, Francisco Ruiz Guiraum, Marcelino Gámiz Garzón y Francisco del Águila Rodríguez; este sábado, 19 de septiembre, Brígida, Arturo, Francisco, Antonio, Juan de Dios y Victoriano se han encontrado de una vez por todas con los suyos en una ceremonia de entrega de restos tan emotiva como cada una de las que se han celebrado en este municipio. Un pueblo que ya ha puesto en marcha el proceso para convertir el Barranco en un Espacio de Interpretación de la Memoria y habilitar un mausoleo para homenajear a todas las víctimas que se mantuvieron ocultas durante tantos años en las fosas. Como comentó el alcalde de Víznar David Espígares, “ya hemos cumplido un gran reto: que el Barranco de Víznar fuera un espacio liberado”, también informó del avance del mausoleo para rendir homenaje a las víctimas con ayuda de financiación estatal y del tercer reto: el Centro de Interpretación de la Memoria, cedido ya por la Junta de Andalucía, que convertirá un símbolo de represión y detenciones como la antigua Colonia de Víznar en un lugar de memoria.
El acto de entrega, celebrado en el Parque de la Libertad de Víznar, ha sido presidido por el secretario de Estado de Memoria Democrática, Fernando Martínez que ha señalado a las familias: “Estad orgullosos, porque ellos son lo mejor de España, lo mejor de Granada”. Martínez ha afirmado que actos como el de este sábado, 19 de septiembre, aportan el mejor antídoto: la memoria, para salvaguardar la democracia. La fiscal de Derechos Humanos y Memoria Democrática de Granada, Montserrat Luque, mantuvo en el acto que “esta entrega supone la restitución de una identidad que fue arrebatada, la recuperación de una historia que pretendió ser silenciada y el reconocimiento de una dignidad que jamás debió ser negada”.
El proceso para rescatar del olvido a las víctimas del franquismo en el Barranco de Víznar (Granada) no se detiene en la excavación de la tierra; es un engranaje minucioso donde se cruzan la investigación histórica, la arqueología, la genética y la antropología. Tras más de tres años de intervenciones sistemáticas, el equipo multidisciplinar de ‘Universidad y memoria’ afronta la fase final en el sector central del barranco mientras continúa la labor continua de toma de muestras de ADN y acompañamiento a los familiares, en un trabajo que Fran de Asís Carrión, sociólogo del equipo de la UGR, califica como “una carrera de fondo contra el olvido”.
Más allá de la labor antropológica, el acompañamiento humano constituye el eje central de la intervención. En los días previos a las entregas oficiales, el equipo mantiene contacto diario con los familiares para canalizar las expectativas y la carga emocional del momento. “De manera previa nos juntamos con la familia para que vivan el proceso de manera íntima. Les mostramos los restos si así lo desean, les explicamos los estudios antropológicos y los objetos hallados. Nos parece fundamental que no tengan que enfrentarse a la urna directamente delante de todo el mundo”, nos cuenta Fran. Reconoce la cantidad de sentimientos que se desarrollan en el acompañamiento a las familias y señala que el colectivo de familiares ha estado históricamente invisibilizado, “Desde nuestra profesionalidad, pero también desde nuestra emocionalidad, les brindamos todo lo que está en nuestra mano”.
Para Francisco Carrión Méndez, arqueólogo, y director del equipo de la UGR en el Barranco de Viznar, la entrega de estos restos permite cerrar una larga espera, pero no debe cerrar la memoria colectiva de nuestro país. Para el experto, una sociedad democrática se fortalece cuando afronta su pasado con verdad, justicia, reparación y respeto: “Recordar no significa alimentar el enfrentamiento. Significa reconocer el dolor, aprender de la historia y reafirmar nuestro compromiso con la convivencia, la libertad y los derechos humanos”. Francisco ha recordado en el homenaje de este sábado que ninguna víctima debe quedar abandonada en el olvido y ninguna familia debe ser privada del derecho a conocer la verdad y despedir dignamente a sus seres queridos. “Hoy vuelven con los suyos. Hoy recuperan públicamente su nombre, su historia y el lugar que les corresponde en nuestra memoria común”.
“Hoy vuelven con los suyos. Hoy recuperan públicamente su nombre, su historia y el lugar que les corresponde en nuestra memoria común”, Francisco Carrión.
Los familiares de las víctimas coinciden en señalar que el significado de la memoria, la reparación y la justicia en el proceso de restitución de los restos de sus seres queridos abarca la superación del trauma transgeneracional, el dolor por la desaparición que durante casi nueve décadas, se mantuvo sepultado bajo un silencio impuesto por el terror y el estigma social, transmitiéndose como un estigma sutil o una sombra no resuelta a lo largo de hasta cuatro generaciones.
El equipo ‘Universidad y Memoria’ ha recogido datos biográficos de todas las víctimas que junto a los hallazgos del equipo de la investigadora Silvia González devuelven la memoria y la dignidad de contar con una historia a estas personas. Silvia, que se mostró muy feliz por las familias y por la identificación de una nueva mujer, señala que esta entrega supone un acto reparador no sólo para las familias, también para todas las personas que trabajan y tienen relación con las víctimas de Víznar, “cada paso que se da es muy positivo para la provincia, muestra que todo lo que pasó fue realidad y nos da fuerzas para seguir adelante”.
Victoriano Alcantud Cubillas: Noventa años y un día.
De Victoriano Alcantud Cubillas nos cuenta el equipo de la UGR que tenía 39 años cuando fue detenido en su casa del Realejo. Era comerciante, contable, marido y padre de seis hijos. Militaba en el Partido Republicano Radical Socialista y había ejercido como apoderado del Frente Popular en las elecciones de 1936. Esa condición sería utilizada posteriormente por las autoridades franquistas para abrirle un expediente de responsabilidades políticas. El 21 de septiembre de aquel año fue sacado de la prisión provincial de Granada junto a otras catorce personas. Horas después, en las inmediaciones del Barranco de Víznar, fue ejecutado. Durante décadas, para su familia no hubo una tumba, ni una fecha de muerte, ni siquiera una palabra capaz de nombrar lo ocurrido. El próximo 19 de septiembre, 90 años y un día después de que fueran a buscarlo a su domicilio, su nieto Victoriano Alcantud Serrano recoge sus restos.
“De eso no se hablaba”. Lo explica su nieto, Victoriano Alcantud Serrano, que reconoce que durante años supo muy poco de su abuelo. Cuando intentaba hablar con su padre de aquello, la conversación se convertía en algo demasiado doloroso. “Era un hecho traumático en mi familia, de eso no se hablaba”, cuenta.
Lo poco que conocía procedía de recuerdos fragmentarios es que Victoriano no era un activista político, sino un hombre tranquilo que simplemente había ejercido sus derechos civiles. Durante décadas, sin embargo, aquel hombre quedó reducido administrativamente a la condición de desaparecido. El único documento que conservaba la familia era un extracto del acta de desaparición de 1956. En él se afirmaba que Victoriano Alcantud Cubillas había “desaparecido de su domicilio con motivo de la lucha contra el marxismo” el 18 de septiembre de 1936. El motivo que aparece en la documentación era el de haber sido apoderado del Frente Popular en las elecciones de 1936. “Ya ves tú, el motivo: unas elecciones”, resume su nieto.
La fecha de la entrega tiene una coincidencia difícil de ignorar. A Victoriano fueron a buscarlo a su casa el 18 de septiembre de 1936 y su nieto ha recogido sus restos el 19 de septiembre de 2026. Noventa años y un día después.
Victoriano será enterrado con su hijo, uno de sus hermanos, su madre y otros familiares. Es, para su nieto, una manera de cerrar un ciclo. “No sólo recuperamos unos restos, recuperamos sobre todo una historia silenciada”, ha defendido en la ceremonia de entrega.
Para el nieto de Victoriano, la reparación pasa precisamente por llamar a las cosas por su nombre. Por reconocer que aquellas personas fueron ejecutadas y que muchas de ellas habían sido perseguidas por ejercer derechos civiles, militar en un partido, formar parte de un sindicato o participar en unas elecciones. Señala que el hecho de que las exhumaciones de las víctimas de la Guerra Civil hayan empezado relativamente hace poco revela que tenemos una democracia de calidad ínfima y que mientras conserve miles de personas enterradas de forma anónima en sus cunetas, “este país seguirá siendo un país de barbarie”.
Juan de Dios Milán Calvo, un duelo suspendido
Juan de Dios Milán Calvo tenía 45 años cuando lo detuvieron en su puesto de trabajo. Era el 5 de septiembre de 1936 y trabajaba como obrero en la fábrica de explosivos del Fargue. Alrededor de 1915 se trasladó desde Almería, junto a su esposa, Joaquina Calvo Escamilla, a Granada. El matrimonio tuvo cinco hijos y acabó estableciendo su domicilio en la calle Real del Fargue. Allí trabajó en la fábrica de explosivos y formó parte de la Sociedad de Trabajadores del Fargue, vinculada a la UGT.
Las autoridades franquistas abrieron un expediente de responsabilidades políticas en el que se le acusaba de haber pertenecido al Frente Popular. En diciembre de 1936, el comandante de la Guardia Civil del Fargue lo calificaba de “ideas comunistas”, aseguraba que había estado afiliado al partido y lo consideraba “peligroso”. Pero casi un siglo después, su nieto introduce un matiz esencial: no recuerda a un dirigente político ni a un activista, sino a un trabajador afiliado a la UGT. “Mi padre decía que no era político, era un trabajador normal”, explica.
Para su familia y durante décadas, Juan de Dios permaneció en una suerte de limbo. No había ni un documento que explicara con claridad qué había ocurrido. Después llegó otra forma de violencia: el silencio administrativo y la incautación de los bienes familiares. “Todo el mundo sabía que lo habían matado”, explica, pero durante un tiempo no existía una constancia clara de esa muerte. El hijo de Juan de Dios murió sin poder encontrar a su padre. Y uno de los hermanos de la familia, el menor, falleció también esperando conocer el lugar donde se encontraban sus restos. “Falleció con las ganas de ver si se encontraba”, recuerda su sobrino.
El destino final de Juan de Dios será el Fargue, el barrio donde vivió con su familia y donde trabajó antes de ser detenido. La familia ha acudido al acto de entrega de los restos. Las primas desde Madrid y Enrique irá acompañado de su hermana. No todos han podido llegar hasta este momento. Una de las primas que seguía con especial ilusión el proceso falleció apenas unas semanas antes de conocer el desenlace. Esperaba, como los demás, poder cerrar aquella historia.
Para Enrique, nieto de Juan de Dios, recuperar los restos es una forma de devolver a las familias de los desaparecidos la posibilidad de terminar un duelo que quedó suspendido. “Cualquier familia que tenga un desaparecido que haya sido asesinado no vive hasta que encuentran sus restos. Después, cuando finalmente aparecen, llega la satisfacción de saber dónde está y poder darle una sepultura”, afirma.
Francisco José Arturo Muñoz Toral, “una vida una vida rota demasiado pronto”
Nacido el 2 de febrero de 1913 en La Peza, se trasladó con su familia al barrio del Realejo en Granada. Arturo ejercía como chófer particular, aunque los registros locales también lo sitúan como mecánico de autobuses y trabajador del campo.
Joven inquieto, lector y profundamente comprometido con sus ideales, Arturo militaba en la CNT y en las Juventudes Libertarias de Granada. Su activismo le costó la libertad por primera vez en marzo de 1935, cuando fue detenido junto a otros compañeros por ser los responsables de la elaboración y difusión de La Voz Confederal, un periódico anarquista local, además de folletos y octavillas. La policía le confiscó entonces una imprenta manual marca Minerva y el material tipográfico. Aquel episodio, recogido en la prensa de la época, marcó su perfil como militante fichado por las autoridades.
El 10 de septiembre de 1936, Arturo fue detenido en su domicilio familiar. Lo trasladaron a la prisión provincial de Granada bajo la promesa oficial de que se trataba de 'un pequeño interrogatorio'. Su madre, Antonia, acudió cada día a llevarle comida, hasta que le dieron la orden definitiva: “No venga más, que ya se lo han llevado”. El 17 de septiembre de 1936, Arturo fue sacado de la cárcel junto a otros cinco presos. Esa misma madrugada fue ejecutado en el Barranco de Víznar. Tenía 23 años.
Para la familia, sin embargo, la verdad oficial y pública fue otra muy distinta. Convencida de que había sido fusilado en la tapia del cementerio de Granada —hasta donde llegó a acudir escondida junto a un cura amigo de la familia, presenciando la llegada de camiones antes de desmayarse de angustia—, Antonia y sus hijos asumieron que el cuerpo yacía en una fosa inaccesible. A los pocos días, las autoridades devolvieron a la madre la manta y el reloj que le había llevado a prisión.
Maria José es la mujer del sobrino nieto de Arturo y la persona que está recuperando la historia familiar. Cuando contactó con el equipo Universidad y Memoria de la Universidad de Granada y los documentos recuperados por Silvia González, descubrió lo que la familia ignoraba hasta el momento: Arturo no estaba en el cementerio de Granada, sino que su nombre formaba parte de las víctimas recuperadas en Víznar.
La familia de Arturo nunca llegó a saber por qué se lo llevaron, por qué fue interrogado ni por qué terminó siendo asesinado. Durante décadas, el miedo impidió que aquella historia saliera de las paredes de la casa. “No sabían por qué lo habían detenido, por qué se lo habían llevado para interrogarlo ni por qué lo mataron. Y ya está”, relata Maria José. Una realidad que, a su juicio, se repite en muchas de las víctimas de Víznar y de la represión sufrida en Granada. En el caso de Arturo, su familia ha podido conocer que fue asesinado después de repartir propaganda sindical por la calle. Una circunstancia que, a su juicio, permite dimensionar la brutalidad de la represión sufrida. “No hubo juicio, nadie los defendió, nada. Simplemente un tiro en la cabeza y ya está”, denuncia.
“Las penas estaban en la familia, enclaustradas”, Maria José, familiar de Francisco José Arturo Muñoz Toral.
Durante décadas, nos cuenta Maria José, aquella pena tuvo que vivirse en silencio, “Las penas estaban en la familia, enclaustradas”, explica. Por este motivo, rechaza que recuperar los restos signifique reabrir heridas. No se trata, para ella, de buscar culpables. “Los que tuvieron la culpa murieron y ya no hay a quién castigar”, señala. A su juicio, lo que queda es el derecho de las víctimas y de sus familias a recuperar su identidad y su dignidad. “Poderlos enterrarles dignamente, decir: está aquí, le voy a poder llevar flores cuando yo quiera, eso no es abrir una herida; es cerrar un poquito tu propia herida que ha estado abierta todo este tiempo”.
Nos cuenta que el proceso de recuperación también ha permitido a las familias encontrarse entre sí y compartir una experiencia que durante décadas vivieron de manera aislada. En ese camino, el colectivo de familiares se ha convertido en una red de apoyo. “Nos arropamos todos”, explica. Destaca especialmente la solidaridad entre quienes esperan noticias, se alegran por cada identificación y acompañan a quienes reciben una respuesta que llevaban décadas esperando. “Es una pena compartida y una alegría compartida”, resume. También reivindica el trabajo de quienes están impulsando estas investigaciones. “Alabo la labor que está haciendo Fran y el equipo de Memoria de la Universidad que es magnífico“, afirma, destacando su valor, su solidaridad y el cuidado con el que están acompañando a las familias.
Francisco Amigo Plá, un muerto ausente
Francisco Amigo Plá, nacido en Argentina el 24 de octubre de 1914 y criado en el Albaicín junto a sus seis hermanos. Dependiente y soltero, militante de la CNT y vinculado a las Juventudes Libertarias, fue detenido tras el golpe militar de 1936 e ingresado en la Prisión Provincial de Granada. El 21 de octubre de ese año fue trasladado junto a otros 14 presos a Víznar, donde fue ejecutado esa misma noche en el Barranco. Tenía 21 años. La persecución también alcanzó a su familia: sus hermanos sufrieron detenciones, procesos y participación en el Ejército Republicano, mientras que su madre, Socorro Pla Magán, fue igualmente fusilada en circunstancias y fechas desconocidas.
Enrique, su sobrino nieto, de 86 años, reconstruye el impacto familiar, el peso del silencio bajo la dictadura y el significado de haber hallado sus restos casi nueve décadas después. Para su familia, el destino exacto de Francisco Amigo Pla permaneció envuelto en el hermetismo y la desinformación propia de la represión militar. Recuerda el peso aplastante de la posguerra en el seno del Albaicín: “El silencio era absoluto”, asegura al evocar aquellos años. Cada vez que intentaba indagar sobre lo ocurrido durante su juventud, los adultos de la casa postergaban cualquier explicación: “siempre recurrían al tópico: cuando seas mayor". Sin embargo, al alcanzar la madurez, la verdad continuaba ocultándose “Cuando fui mayor tampoco me contaron nada”.
Durante generaciones, en la familia se asumió la versión que circulaba entre los vecinos de la zona: “Que había sido fusilado en las tapias del cementerio”. Hoy comprende que aquel relato distorsionado respondía a la imposibilidad de indagar en un contexto de absoluta indefensión: “tampoco pudieron mover mucho porque estaban atados de pies y manos”.
La intervención y el riguroso trabajo documental de la investigadora Silvia González terminaron por arrojar luz sobre las circunstancias reales de la detención y ejecución de Francisco. Gracias a la localización de su certificado de defunción y a los registros judiciales, la familia pudo rehacer el mapa de lo sucedido y comprender la naturaleza de la represalia que acabó con la vida del joven militante anarquista: “Le ha dado sentido a la historia; entendí perfectamente el porqué”. A su juicio, el arresto y fusilamiento de su tío abuelo respondió a una maniobra coercitiva para dar con el paradero de su hermano Joaquín: “Pensamos que fue una manera de represión para forzar a que dijeran dónde estaba”.
El momento de la confirmación oficial a través del análisis genético supuso una sacudida emocional contenida durante casi un siglo: “Cuando me llamaron me puse a llorar amargamente”. El hallazgo trajo consigo la indignación ante la desproporción de la violencia ejercida en 1936 sobre un joven dependiente de solo 21 años: “Afloran los sentimientos, es una injusticia tan terrible”. La figura de su tío abuelo, mantenida durante décadas en una dolorosa incertidumbre, cobró finalmente un rostro y un paradero concreto: “Era un muerto ausente”.
Sin embargo, la satisfacción del hallazgo convive con la pesadumbre de que los restos de su abuela, Socorro Pla Magán, continúen aún sin identificar en el entorno de las fosas comunes: “La frustración aumenta porque el dolor es mayor al ver que la otra persona no aparece”. Con el paso del tiempo jugando en su contra, admite el desgaste que supone la larga espera: “Tengo la esperanza, lo que pasa es que con la edad que tengo la esperanza se acorta”.
Francisco descansará en Víznar. Su familia cree “que lo más importante sería que permaneciera allí como prueba de esa injusticia tremenda”, nos cuenta Enrique, para él les otorga un reconocimiento y una dignidad que perdieron cuando fueron fusilados.
Brígida Pardo López, el silencio como herencia
Brígida nació el 8 de enero de 1904 en Güevéjar, en el seno de una familia numerosa conocida como Los Virutas. Sus padres, Gabriel Pardo y Natalia López, tuvieron nueve hijos: Ángeles, Brígida, Delia, Isabel, Eduardo, Francisco, Gabriel, Joaquín y Ramiro. La mayoría fueron represaliados y sufrieron prisión. Tres de ellos —Brígida, Ramiro y Joaquín— fueron fusilados.
Brígida estaba casada con José López Robles, que fue concejal del Frente Popular. El matrimonio vivía en el número 1 de la carretera de Güevéjar y se dedicaba a las faenas del campo. Participó en la manifestación del Primero de Mayo de 1931 en Granada y en los actos del centenario de la muerte de Mariana Pineda. En 1933 estuvo en la inauguración de la Casa del Pueblo de Güevéjar y un año después participó en la huelga campesina. A finales de junio de 1936 formó parte del reparto de tierras del cortijo Tejútor.
Cuando comenzó la sublevación militar, parte de la familia huyó hacia la zona republicana, en Iznalloz. Brígida, sin embargo, fue detenida el 20 de agosto de 1936 por falangistas locales y trasladada a Granada a comienzos de septiembre.
El expediente de responsabilidades políticas que se abrió contra ella en diciembre de aquel año la acusaba de haber sido interventora del Frente Popular y de haber hecho propaganda. La documentación se refería a ella como una mujer de “ideas extremistas” vinculada a la izquierda socialista y al Frente Popular.
El 7 de octubre de 1936 fue sacada de su celda junto a otras nueve mujeres y dos hombres. El grupo fue trasladado por la Guardia de Asalto hasta Víznar y entregado a las fuerzas militares de la comandancia del Palacio de Cuzco. Después fueron conducidos al edificio de Las Colonias. Allí permanecieron unas horas antes de ser ejecutados en el Barranco de Víznar. Brígida tenía 32 años.
Brígida era la tía del abuelo de Nadegue, la mujer que ha luchado por recuperar su historia. Nos cuenta que su familia sufrió una represión especialmente intensa. La madre y el padre del abuelo de Nadegue fueron encarcelados, “A mi abuelo, que era el mayor de los hermanos, lo dejaron solo con 13 años. Le quitaron la casa, le expoliaron todo y él se quedó a cargo de su hermano y eso me lo contaba él con mucha tristeza”. Tuvieron que sobrevivir en la calle. Aquel niño se convirtió de repente en responsable de otros menores. Según los recuerdos que transmitió a su nieta, por las noches robaba frutas o verduras para poder comer. Cuando no tenían ropa, se confeccionaban pantalones con sacos de aceituna. “De ahí me vienen las ganas de investigar la historia”.
Su abuelo murió en los años noventa sin saber que su tía había terminado en Víznar. “Mi madre puntualmente alguna vez ha comentado algunas cosas, pero no se ha hablado mi familia de todo esto. Había mucho silencio. Un silencio heredado”. Nadegue comenta que es un silencio que te imponen desde la niñez y “tú lo asumes, aunque te duela, aunque te marque de alguna manera”. Ella nació en Francia y cada vez que visitaba su pueblo percibía ese silencio, esa impunidad “que creo que la sociedad española ha naturalizado”.
Entre las cosas que le contó su madre fue que Brígida fue encarcelada por personas de su pueblo que la pasearon rapada y sufrió vejaciones. Le contó que Brígida tenía una muletilla por la que siempre decía ¡Por la Virgen de las Angustias! y los falangistas del pueblo la llevaron a la iglesia y allí la empujaron, ‘arrodíllate ahora y suplícale a tu Virgen de la angustia a ver si te salva’.
Nadegue se siente muy afortunada con la identificación de su familiar “es como buscar una aguja en un pajar” y triste al mismo tiempo “porque los que más lo deseaban, ya no están”. Brígida descansará en Víznar según los deseos de su familia, “creo que tiene que permanecer con los que ha estado durante 90 años, identificados o no identificados. Quiero que vuelva y se quede allí porque forma parte de Víznar y yo misma también formo parte ya de Víznar”. Señala que encontrar a Brígida no supone abrir heridas, sino sanar un dolor heredado, “Se lo debemos a las generaciones anteriores que lucharon por todos los derechos, por esta democracia que ahora parece cogida entre pinzas”.
Antonio Calero García: El abuelo vuelve a casa
Durante años, Rosa Ruiz Jiménez esperó a Antonio. Cada noche, cuando el último tranvía llegaba cerca de su casa en Fuente Vaqueros, se acercaba a la parada con la esperanza de verlo aparecer entre las luces. A veces llevaba de la mano a su nieta Antonia, todavía una niña, y le decía que iban a esperar al abuelo. Hoy, décadas después, entiende que su abuela aguardó toda su vida el regreso de un hombre al que se llevaron una noche de septiembre de 1936 y del que nunca volvió a tener noticias.
Antonio Calero García, labrador, socialista y concejal del Frente Popular, tenía 44 años cuando fue detenido en su domicilio de Fuente Vaqueros el 18 de septiembre de 1936. Esa misma noche fue trasladado a Víznar junto a otros tres vecinos del municipio y ejecutado en el Barranco. Antonia tiene 65 años y conserva intacto el recuerdo de una abuela que nunca dejó de hablar de Antonio. Creció escuchando historias que hablaban de un hombre inteligente, generoso, comprometido con su comunidad y profundamente querido por su familia.“Mi abuela lo quería con locura porque lo esperó toda la vida”, cuenta.
Rosa le contaba que Antonio era especialmente hábil con los números y que llevaba las cuentas de la cooperativa El Porvenir, una organización de trabajadores del campo en la que, según su abuela, existía una fuerte solidaridad entre sus integrantes. “Si alguna familia se ponía mala, él decía que esa casa comía. Ya fuera un año o fueran dos años, esa casa seguía adelante”, recuerda Antonia. “Era un luchador muy fuerte”, resume su nieta. “Luchaba para que la vida le fuera mejor a su familia y a los que le acompañaban”.
Antonia recuerda que después de aquella fatídica noche en la que se llevaron a su marido, su abuela nunca volvió a comer en la mesa. “Siempre la veíamos en una silla baja, siempre alejada”, relata. La familia intentaba que se sentara con ellos, pero Rosa prefería apartarse y comer con el plato sobre las rodillas.
Rosa tenía cinco hijos y estaba embarazada cuando se llevaron a su marido. Perdió aquel embarazo. Después tuvo que sacar adelante a los niños sin Antonio y prácticamente sin recursos. “Le robaron todo, se lo quitaron todo”, explica Antonia. Rosa terminó marchándose con sus cinco hijos a casa de su madre, Cándida, que era viuda. El mayor de los niños tenía entonces 12 años.
La recuerda entre lágrimas. Cuando me enteré que habían identificado a mi abuelo, “fue llorar de alegría”, cuenta. “Fran hablándome y yo no podía contestarle. Me acordé de ella y le dije: ‘Abuela, ya lo tenemos, se ha venido y ha vuelto a nosotros’”. Antonio será enterrado junto a su mujer y a uno de sus hijos en Fuente Vaqueros.
Afirma que hay una necesidad por parte de los familiares de recuperar los restos de las víctimas de la represión. “El dolor ahí queda, claro; y la rabia, pero no la venganza”. Para ella, recuperar a Antonio es reconocer la lucha que protagonizó y la que sostuvo su abuela durante toda su vida. Comenta que la entrega de los restos no es únicamente un acto individual.“Es como una ceremonia colectiva. Los que vamos allí lo sentimos muy fuerte. Todos son nuestros”. Para Antonia “Ha sido una alegría grandísima y, a la vez, tristeza”, reconoce. “Lo hemos estado buscando toda la vida”.
Recuerda una nana que su abuela, Rosa, les cantaba a sus cinco hijos cuando Antonio ya no estaba:
“Duérmete, mi niño, duérmete ya, que anda la ronda por el portal.
Cierra los ojos y no llores más, que los fusiles no te oirán.
Duérmete, mi alma, que viene el alba, y con el sol se irá el pesar.
Duérmete, mi vida, que tu madre vela por si la muerte quiere entrar”.
Granada
Los restos de Madre Carmela, José Raya, José García y Francisco Soriano vuelven a casa, con sus familias
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