Opinión
La geopolítica de la crisis migratoria en Ceuta

Cuando ya son 88 personas las halladas muertas en Ceuta, y numerosas las desaparecidas, reducir la tragedia fronteriza a un único factor supone despojarla de aquello que la define: su complejidad geopolítica.
Especialista en políticas migratorias y política latinoamericana.
3 ago 2026 12:08 | Actualizado: 3 ago 2026 12:58

El control de los flujos migratorios como instrumento de política exterior no es un fenómeno nuevo. En el último siglo, muchos Estados han utilizado a sus poblaciones (y a las de otros) para cumplir objetivos de política exterior. Así sucedió con el éxodo del Mariel desde Cuba a Florida en 1980, la crisis de los Balseros en 1994, o la llegada de miles de marroquíes a Ceuta en 2021 tras la hospitalización del líder del frente polisario en España y el aumento de las importaciones de gas argelino.


Sin embargo, el control de la emigración constituye solo una de las múltiples formas en que los Estados han utilizado la movilidad humana con fines de presión política. Esta instrumentalización ha adoptado estrategias muy diversas: desde el asentamiento de colonos para consolidar el control sobre un territorio —como los asentamientos israelíes en los territorios palestinos ocupados o la Marcha Verde y el posterior asentamiento de civiles marroquíes en el Sáhara Occidental— hasta la expulsión o prohibición de entrada de personas consideradas espías o enemigas del régimen en contextos de conflicto, la concesión selectiva del estatuto de refugiado en función de intereses políticos o el control de los flujos migratorios de tránsito para obtener concesiones diplomáticas o económicas —por ejemplo, el acuerdo de la Unión Europea con Turquía en 2016 o la Libia de Gadafi frente a las sanciones europeas.

Pero entonces, ¿cómo explicar la entrada coordinada de alrededor de 50.000 personas marroquíes a Ceuta, una ciudad de poco más de 80.000 habitantes, en cuestión de horas?

En primer lugar, interpretar la crisis de Ceuta como el simple desplazamiento de miles de personas en busca de una vida mejor es una lectura tan paternalista como insuficiente. Del mismo modo, reducir la idea de la migración instrumentalizada a la influencia de Donald Trump en Marruecos supone ignorar la capacidad de agencia del Estado marroquí. Las personas que han cruzado la frontera sí son migrantes económicos, pero la forma y el momento de hacerlo no han sido espontáneos. Los Estados, aun en un contexto de globalización, son ante todo soberanos.

En el escenario internacional, Argelia y Marruecos constituyen dos partes de una balanza donde el equilibrio luce imposible

Como en la crisis migratoria de 2021, la reciente entrada de miles de personas desde Marruecos a territorio ceutí coincide con la visita del Presidente Pedro Sánchez a Argelia, el pasado 20 de julio, para descongelar definitivamente las relaciones diplomáticas entre ambos países, encalladas desde la declaración de apoyo del gobierno español a la ocupación marroquí del Sáhara Occidental. Esta normalización de las relaciones, junto con un nuevo acuerdo sobre el aumento de importaciones de gas argelino, son las principales variables para explicar la acción del gobierno de Marruecos. En el escenario internacional, Argelia y Marruecos constituyen dos partes de una balanza donde el equilibrio luce imposible.

Al mismo tiempo, la Comisión de Justicia del Congreso aprobó el 23 de julio la proposición de ley que otorgaría al “pueblo saharaui” la concesión de la nacionalidad española a los nacidos en la antigua colonia española antes del 29 de septiembre de 1977 y a sus descendientes, a pesar de las enmiendas del PSOE. En este contexto, la sentencia del Tribunal Supremo del 29 de junio (STS 2965/2026), que estableció que el ordenamiento jurídico español no ampara las denominadas “devoluciones en caliente” de los migrantes que acceden a nado a Ceuta y Melilla, configuró un escenario especialmente propicio para que Marruecos respondiera a la normalización de las relaciones entre España y Argelia.

Otra variable a tener en cuenta, ahora sí, es la relación de Marruecos con EEUU y con Israel. A pesar de que el genocidio palestino trae consigo el exterminio de una población en su mayoría árabe, el gobierno de Marruecos ha mostrado su apoyo a los planes del gobierno israelí —a través de los Acuerdos de Abraham de 2020— y ha reforzado sus relaciones con EEUU, que lo reconoce como socio, mientras que el primero apoya el control marroquí sobre territorio saharaui y su expansión hacia Ceuta y Melilla en la construcción del Gran Marruecos.

La respuesta de los gobiernos europeos (sobre todo de Italia y Francia) hace pensar que esta migración dirigida puede ser un aviso a Europa: podemos atacar vuestras fronteras, sin ni siquiera pisarlas; podemos afectar a vuestros gobiernos, sin ni siquiera intervenirlos. Al mismo tiempo, favorece la narrativa de la extrema derecha mundial sobre la crisis de seguridad ligada a la inmigración; una extrema derecha que, salvo posiciones tenues como la de Meloni en Italia, apoya sin miramientos el proyecto sionista israelí y la deriva de EEUU hacia un tipo de autoritarismo competitivo.

Israel apoya el control marroquí sobre territorio saharaui y su expansión hacia Ceuta y Melilla en la construcción del Gran Marruecos

Tampoco debemos olvidar el contexto mundialista. El fútbol ha sido, y es, un elemento central en la geopolítica global. Sobran ejemplos: la victoria de Argentina contra Inglaterra en 1986 tras su derrota en la Guerra de las Malvinas, el mundial de fútbol de 1934 en la Italia de Mussolini y el de 1987 en la Argentina de Videla, o la guerra del fútbol en Centroamérica en 1969.

Entre el fútbol y los conflictos geopolíticos, viene al dedillo la reciente restricción de la política migratoria argentina a raíz de la final del mundial que enfrentó a España y a Argentina: el 30 de julio de este año, tras el último partido de la competición y la reacción generalizada contra los argentinos y contra lo argentino, el gobierno de Javier Milei decretó la expulsión y prohibición de entrada a territorio argentino de todo extranjero que agraviase a los argentinos por el hecho de serlo, o a sus símbolos nacionales.

Así las cosas, el 19 de julio, España, cuyo discurso oficial había sido el más vehemente contra las políticas de Trump y contra el genocidio cometido en Palestina, ganó el mundial de fútbol, y lo ganó en Estados Unidos. Quedó para el recuerdo la imagen del Presidente norteamericano premiando a los representantes españoles. Además, la población de varios países de Oriente Próximo, entre ellos, Palestina, apoyó abiertamente a la selección española por su posicionamiento contra Netanyahu y contra Trump. Esta coyuntura pudo abrir un espacio para la “revancha” americana e israelí con Marruecos como brazo ejecutor.

En resumen, existen factores nacionales, internacionales y contextuales que ayudan a entender los flujos migratorios dirigidos desde Marruecos a España este 31 de julio. El recelo de Marruecos ante la reciente cercanía de España con Argelia, y la amistad del gobierno marroquí con Israel y Estados Unidos, ayudan a explicar las acciones del país gobernado por el Rey Mohamed VI, que contó con la Sentencia del Tribunal Supremo como elemento facilitador.

Junto con lo anterior, la victoria mundialista de España, entendida como la victoria simbólica de un gobierno que se erige líder en la escena internacional contra los proyectos norteamericano e israelí (al menos a nivel retórico), termina de conformar el caldo de cultivo para el estallido de la reciente crisis en la ciudad de Ceuta. Quedarse con una única explicación sería un acto simplista, y la geopolítica y las relaciones internacionales nunca son simples. Lo que está claro, es que la situación en Ceuta no debe leerse como resultado de un flujo migratorio espontáneo, sino como un acto de política exterior, lleno de aristas y complejidades.

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