Opinión
Miguel de Unamuno o pensar sin obedecer

Preso en su casa, aislado y vigilado durante los últimos meses de su vida, Miguel de Unamuno terminó sus días apartado, condenado a la soledad y rodeado de indicios sólidos que apuntan a una muerte, como mínimo, extraña.
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Garazi Velasco Portal de la calle Ronda donde nació Miguel de Unamuno. La ciudad pasa; la historia observa. Entre ambas, tiembla la duda.
3 feb 2026 05:02

El enigma que envuelve la muerte de Miguel de Unamuno sigue vivo casi un siglo después. No tanto por la falta de datos —que también— como por lo que revela: la dificultad persistente de este país para convivir con las voces que no se dejan instrumentalizar.

Preso en su casa, aislado y vigilado durante los últimos meses de su vida, el creador de conceptos como intrahistoria o nivola terminó sus días como tantas otras figuras incómodas a lo largo de la historia: apartado, condenado a la soledad y rodeado de indicios sólidos que apuntan a una muerte, como mínimo, extraña.

Las cartas que Unamuno escribió durante su arresto domiciliario son una lectura profundamente conmovedora. En ellas se intuye con claridad el estado de enajenación en el que fueron redactadas: se lamenta del asesinato de Lorca, habla sin ambages de las miserias de la guerra y repite su temor a ser asesinado por quien lo vigila, un falangista al que se enfrentó en la Universidad de Salamanca.

Según la versión oficial, este hombre fue el único testigo de la muerte del intelectual bilbaíno y la fuente de las supuestas últimas palabras del autor de El sentimiento trágico de la vida: “España se salvará”. Resulta, como poco, inquietante que un pensador incómodo y apátrida terminara siendo reducido a una frase tan fácilmente apropiable. ¿Salvarse de quién? ¿De sí misma?

«Conozco espíritus singularmente constantes y consecuentes consigo mismos en medio del más vivo cambiar de opiniones y de ideas, así como conozco otros que, predicando siempre el mismo sermón, enseñando siempre las mismas enseñanzas teóricas, apenas guardan afectos permanentes» (Unamuno)

Las circunstancias de su muerte están plagadas de incógnitas. No se realizó autopsia alguna y el certificado de defunción parece más propio del realismo mágico que de un procedimiento médico riguroso. La hipótesis del asesinato se conoce desde hace años gracias a trabajos sólidos como el documental Palabras para un fin del mundo de Manuel Menchón, y recientemente ha sido recogida por instituciones académicas como la Universidad de Salamanca y la EHU, que esperan poder exhumar el cuerpo. Más allá de lo que finalmente se esclarezca, hay algo que parece claro: Unamuno sigue incomodando incluso muerto.

Aunque incomodó más en vida. Nació y creció en el Casco Viejo de Bilbao, en el número 16 de la calle Ronda, y mantuvo un conocido enfrentamiento ideológico con Sabino Arana que marcó desde entonces su recepción en Euskal Herria. Su rechazo frontal a los nacionalismos identitarios —a cualquier identidad cerrada— le granjeó incomprensión y rechazo.

Más tarde se enamoró de los cielos castellanos y Salamanca se convirtió en su lugar de arraigo, aunque tampoco allí encajó del todo. Unamuno no perteneció plenamente a ningún sitio porque no aceptó pensar por delegación. Las definiciones cerradas le parecían jaulas.

«El nacionalismo es la chifladura de exaltados echados a perder por indigestiones de mala historia» (Unamuno)

Reivindicaba el acto de pensar como una forma de temblor: sin blindarse, dejando respirar a la duda. Fue un antifascista sin ambigüedades éticas que dedicó buena parte de su obra y de su intervención pública a advertir sobre los peligros del fanatismo, viniera de donde viniera. Quizá por eso su figura ha sido simplificada, neutralizada y utilizada de forma interesada por quienes él definió como “los unos y otros”. Pensar sin obedecer no resulta útil para ningún relato cerrado, y es un virus incómodo que conviene evitar que se propague.

¿Cómo es posible que todavía hoy parte de la sociedad española lo califique de fascista, cuando su oposición explícita al nazismo —y a Hitler— contribuyó a que no recibiera el Premio Nobel de Literatura? La pregunta no interpela tanto a Unamuno como a nuestra necesidad contemporánea de simplificar, de clasificar deprisa, de convertir la complejidad humana en una amenaza.

“Fe sin dudas es fe muerta”, escribió. Pensar no es traicionar a nadie; pensar es asumir el riesgo de no encajar y admitir la posibilidad de estar equivocados. Resulta inquietante que cambiar de opinión se haya convertido en motivo de sospecha, como si existiera alguna posibilidad de mejora —personal o colectiva— sin revisar lo que había antes.

«Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad.» (Unamuno)

No deja de ser significativo que hasta la fecha solo exista una biografía de Unamuno que ha apuntado a la opción del asesinato, cuya traducción próximamente publicará la USAL y que su autora sea una mujer norteamericana y su publicación de 1963, lo que dice mucho de nuestras carencias en el recuerdo de Don Miguel.

Preferimos la cita rápida a la lectura profunda, el icono cultural consumible al desasosiego ético fértil. En este país de cunetas y consignas, donde a menudo se vota con la fidelidad de la hinchada defendiendo su escudo, acercarse a la figura de Miguel de Unamuno y Jugo es un ejercicio de higiene democrática necesario.

Camino de los noventa años de su muerte, lo citamos mucho y lo leemos poco. Pensar no es alinearse: es incomodarse. Y eso hoy parece casi una anomalía. Unamuno advertía que muchas personas no tienen ideas, sino que son tenidas por ellas. La pregunta es cómo hemos evolucionado desde entonces. Y hacia dónde.

«Hubo árboles antes de que hubiera libros, y acaso cuando acaben los libros continúen los árboles. Y acaso llegue la humanidad a un grado de cultura tal que no necesite ya de libros, pero siempre necesitará de árboles, y entonces abonará los árboles con libros» (Unamuno)
Unamuno
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