Opinión
Reaprender el arraigo, contra la gentrificación del mundo
“Quieren quitarme el río y también la playa.
Quieren el barrio mío y que abuelita se vaya”
(Bad Bunny, “Lo que le pasó a Hawaii”)
Un hombre palestino que habita Sol me cuenta que en Gaza aún se guardan las llaves de las casas. Que los barrios, las gentes y el recuerdo de las calles permanecen.
“Es como con Maricarmen, allí, es lo mismo”, me dice. “Una fuerza que llega y roba tu hogar”, añade.
La manera en que vincula nuestros mundos me pone la piel de punta. Hablamos mientras barremos unas colillas de la plaza. Escuchándole pienso que su intuición apunta hacia algo muy serio, evidente y que estos días revela la Europa que arde: la gentrificación del mundo.
Destrucción creativa
¿Es el genocidio de Gaza la mayor operación de gentrificación de la historia? La pregunta me asalta leyendo el plan “Nueva Gaza” presentado por la administración Trump en distintos foros internacionales entre diciembre de 2025 y enero de 2026.
El plan proyecta transformar la franja de Gaza en un enclave económico hiperdesarrollado, mediante la construcción de rascacielos, zonas residenciales nuevas, centros tecnológicos y resorts turísticos en la costa.
¿Y los palestinos? No aparecen en el master plan de la administración Trump. Los renders muestran rascacielos junto al mar, infraestructuras logísticas, autopistas, centros de datos y torres residenciales, pero han desaparecido los barrios con nombre propio, los mercados locales, los cementerios que cuentan historias, las escuelas y las mezquitas.
Nueva Gaza es como Dubái, como Doha, como Miami. Las torres, los bloques, las zonas numeradas, todo es equivalente e intercambiable con otras grandes ciudades de la región y del mundo, sin gente, sin entramados de vida, sin relaciones ni memorias, sin nada “entre” los elementos del conjunto, sin nada “en común”.
¿Es un proyecto realizable o una nueva fantasía trumpista? El arquitecto Eyal Weizman sitúa la destrucción del espacio habitado en la historia del colonialismo de asentamiento israelí: expulsar a una población, borrar las huellas de su mundo y reorganizar el territorio para otros habitantes. El plan de Nueva Gaza lleva esa lógica al extremo al proyectar un espacio abstracto, disponible para inversores y usuarios futuros, sobre las ruinas de la vida palestina. “Aunque contradiga el sentido común, es posible que sea la arquitectura la que consiga eliminar la vida palestina en Gaza”, concluye Weizmann.
No sólo se trata de destruir edificios, ni siquiera de matar personas, sino de romper relaciones. El tejido de relaciones que hace de cada territorio un mundo
En todo proceso de gentrificación o turistificación, los estudiosos distinguen dos fases: la destrucción creativa a través del abandono y la estigmatización, en todo caso la degradación, que hace inhabitable e indeseable un lugar; la producción de un nuevo espacio a través de procesos de mercantilización y revalorización, llenando el vacío de imágenes, de deseos, de promesas de felicidad. “Fantasmagorías” les llamaba Walter Benjamin.
Primero, despejar brutalmente el terreno de obstáculos, quebrando la relación entre una comunidad y su territorio, los mil arraigos que hacen de este lugar un lugar vivo y singular, este lugar y no un lugar cualquiera, un lugar abstracto, un lugar-mercancía. Después, reconstruir una vida sensible completamente ajustada al mercado, expulsando y sustituyendo a los habitantes de un lugar concreto por meros usuarios y consumidores de un lugar artificial, sintético, fabricado. Fantasmal.
La fiesta del consumo se edifica sobre los solares devastados por la destrucción creativa, “la imagen de unas torres de lujo construidas sobre fosas comunes, con decenas de miles de personas seguramente enterradas bajo los terraplenes, es la encarnación de la lógica del genocidio en el siglo XXI”, afirma Weizman.
Pedagogía del desarraigo
Fuerzas que destruyen los mundos habitados, para producir superficies abstractas y disponibles al mercado, atraviesan el planeta. Una misma lógica de desposesión apoyada en violencias de intensidad variable: degradación, abandono, estigmatización, expulsión, saqueo, expolio. Desde Gaza hasta Maricarmen, como me dice el amigo palestino, “una fuerza llega y roba tu hogar”.
No sólo se trata de destruir edificios, ni siquiera de matar personas, sino de romper relaciones. El tejido de relaciones que hace de cada territorio un mundo. Todo lo que hace de nosotros algo más que partículas elementales: apegos, arraigos y continuidades entre personas, entre personas y objetos, entre personas, objetos y lugares, entre personas, objetos, lugares y memorias. Formas de vida.
Pero la gentrificación del mundo no solo nos despoja a la fuerza de los lugares que habitamos, sino que nos enseña a vivir como si pudiéramos prescindir de ellos. La sensibilidad del desarraigo es uno de los objetivos pedagógicos del capitalismo. Aprendemos a abandonar nuestras casas y barrios, nos sometemos al movimiento desde los designios del trabajo asalariado y nos arraigamos en lo virtual —nuevos e inestables espacios de pertenencia. La crudeza de la gentrificación de todo es impuesta por una mirada económica que dice: “¡que gane el mejor!”. El mejor es el más fuerte. La pedagogía del desarraigo dice: hay que endurecerse.
El ideólogo Curtis Yarvin, cuyos escritos han inspirado políticas estadounidenses, le dedica estas palabras a los gazatíes: “Es absurda la idea de que la unión de propiedad con genes hace una nación. Sí pueden separarse, esta gente puede prosperar en otros lugares. Los gazatíes podrían seguir siendo dueños de los bienes, aun siendo expulsados. Tener acciones. Gaza podría ser la primera empresa soberana en entrar en la ONU. Un gazatí sería de Gaza como un accionista de Starbucks (SBUX) en cualquier Starbucks del mundo”.
En las afueras de la acampada de Sol hay quien habla de Maricarmen como una caradura que vivió toda su vida en un barrio céntrico y encarecido sin rendir cuentas. Otros añaden la necesidad de construir vivienda como única solución viable. El argumento repetido es que las ciudades atraen y habría que ir asumiendo que no todo el mundo tiene por qué habitarlas. En sus palabras aparece el desarraigo capitalista, ya aprendido. Si no podemos permitirnos nuestras ciudades, que sigan creciendo y devorando campos y territorios. Desplazarse, urbanizar, volver a empezar.
La pedagogía del desarraigo no se produce únicamente por resignación, sino también por relatos de deseo. Empezar desde cero como aventura. Los vínculos y la estabilidad como privilegios sospechosos y reaccionarios. Los viajes intercontinentales de media hora en cohete de Elon Musk como aspiración. Son relatos que tienen efectos: producen sueños de vida donde uno puede viajar instantáneamente, trasladarse a cualquier sitio sin dificultad —sin tramas de vida que interrumpan el proceso— porque todos los lugares son, de alguna forma, iguales. Una idea de libertad y felicidad sin mundo.
Si hoy nos jugamos la vivienda es para recuperar algo de las garras de la economía y colocarlo al lado del aire, de la luz, del sol. Una vivienda no es otra cosa que calor frente al frío.
Reaprender el arraigo
Nos encontramos acampando. Dormimos, nos protegemos, hablamos: una fuerza como el fuego parisino. Acampar, crear mundo y entregarnos al encuentro es también darnos a una pedagogía del arraigo. Reaprender el arraigo pone un límite al capitalismo contemporáneo. Repetimos un gesto de negación. Se grita: “no nos vamos, nos quedamos”. En Oporto y Lisboa regresan una y otra noche a reacampar pese a la violencia policial. Han decidido que al final de cada asamblea van a tumbarse y hacer una cucharita multitudinaria.
Reaprender el arraigo tiene que ver con permanecer en un lugar y recrear la familiaridad entre desconocidos. Reconocer el deseo de estar en otros muchos rostros: el de un joven magrebí que habita la calle y quiere asentarse dignamente, el de una chica sin hogar que sufre durmiendo en la calle porque “hay mañanas que despiertas sin zapatos”, el de un niño que llora en el colegio porque no pueden seguir pagando el alquiler y debe mudarse de ciudad. Con todos hemos hablado. Los que aún permanecen están ahí, es fácil encontrarlos: sólo hay que acercarse a una acampada.
Reaprender el arraigo es también cambiar la mentalidad de todo un país. El rentismo es una idea de mundo que nos dice: una vivienda es un bien de mercado. Es una idea enemiga. En el tira y afloja de las conversaciones de Sol la combatimos comparando bienes de mercado. Por ejemplo, una vivienda y una barra de pan. ¿Qué sucedería si un día falta una de ellas? Hay un enemigo, el rentismo. También hay unas personas con las que hablar —un regaño con dulzura—, los rentistas.
Vivienda y arraigo es encuentro, trama, producción de memoria. Nada de ello es sencillo. Estos días constatan que es una experiencia que puede ser dura y árida
Luchar contra el desarraigo tiene un primer plano de reivindicación material en torno al mercado y el rentismo, pero no es suficiente. Aprender de nuevo el arraigo también necesita de un aprendizaje sensible. Las acampadas despliegan una experiencia de convivencia. La intensidad brutal que se produce dentro tiene que ver con reaprender la relación con el otro, también con ese que es radicalmente distinto.
Vivienda y arraigo es encuentro, trama, producción de memoria. Nada de ello es sencillo. Estos días constatan que es una experiencia que puede ser dura y árida. Hay que reaprender también el desencuentro: la colisión entre ideas de felicidad y de mundo, los vacíos entre los distintos modos de habla atravesados por vivencias diferentes, los abismos que produce la diferencia de clase, la dificultad de entrar en conflicto y salir siendo aún parte de lo mismo.
El sentimiento del arraigo no debe ser el de rechazo del nomadismo, del viaje, del movimiento. Es una fina línea la que hay que vadear. No caer en una proclama simplificadora que oponga supuestos movimientos invasores con la pertenencia. Debemos reclamar de hecho el derecho al movimiento y la potencia del viaje como creadores de arraigos. Barcelona y Madrid crecieron con la lucha de migrantes rurales organizados desde la lucha vecinal. Migrantes que se asentaron en barrios chabolistas y desde ahí llevaron su lucha por el arraigo: venimos de fuera, ahora estamos aquí y vamos a quedarnos. Sin conformarse y exigiendo una vida digna.
El arraigo no es simplemente una casa sino una vivencia atravesada de afectos. Los vínculos son móviles. Frente a la idea fascista de que el arraigo es suelo y sangre, somos seres exiliados, en viaje. Viaje, que no desarraigo y barrido de las tramas de vida. Sucede con el turismo. Así no lo queremos.
La Europa que arde
Jared Kushner, yerno del presidente Trump, negociador para Oriente Medio, promotor inmobiliario y artífice del proyecto “Nueva Gaza”, es también dueño de la empresa de inversión cuyo proyecto de desarrollo turístico de lujo en Albania ha provocado protestas por sus consecuencias ambientales, el uso del litoral y la relación entre políticos y grades inversores. El Flamingo movement, en homenaje a los flamencos amenazados por el proyecto de Kushner, se amplió luego en las actuales movilizaciones antigubernamentales masivas.
El desarraigo como condición común de nuestro tiempo. Expulsión territorial en Portugal, España, Grecia. Expolio en Albania. Degradación de las condiciones de vida en Francia, Alemania o Bélgica. Expulsión, expolio, degradación. Tres palabras para describir el desarraigo del que la bandera palestina da cuenta como símbolo en nuestras luchas.
¿Podemos pensar por aquí un hilo de conversación entre las distintas revueltas europeas, la sensación de ser desplazados y expulsados de todas partes, el malestar de ver nuestras ciudades y territorios de vida convertidos en espacios abstractos, la afirmación del arraigo y el habitar a través de la reivindicación de la vivienda pero también de la creación directa de nuevos lugares en el mundo como las acampadas?
Hoy decimos basta a la expulsión, al expolio y la degradación de la vida. No queremos vivir como fantasmas en los solares de la gentrificación del mundo. Aún guardamos las llaves. Queremos la vida palestina: los mil arraigos del habitar.
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