Opinión
Unidad o barbarie

“Somos faro y tenemos el derecho y la obligación de hacer una llamada a la reflexión de las izquierdas estatales para que se miren en nuestro espejo, abandonen una carrera que se está demostrando suicida y lancen una nueva estrategia basada en la unidad sincera, fraterna, construida bajo métodos democráticos”.
Sede de Unidas por Extremadura elecciones
Sede de Unidas por Extremadura tras las elecciones.
30 mar 2026 07:01

El 21 de diciembre se celebraron las elecciones autonómicas en Extremadura y una candidatura de izquierdas que pocos conocían fuera de esta región sorprendía al conseguir siete asientos en el parlamento regional, superando el máximo histórico de su espacio político y a punto de doblar el número de representantes del que partía.

Nuestra tierra estaba en el centro del debate y Unidas por Extremadura regalaba una alegría al electorado de izquierdas, que en todo el país se interesaba por esa desconocida fórmula y por la líder del espacio, Irene de Miguel, que se alzaba con un perfil propio, y cuyo desenvolvimiento antes y durante la campaña había tenido un peso específico indudable en los buenos resultados del 21D.

Poco duró la alegría en la casa del pobre. La estrategia que Feijoó impuso a sus sucursales en los territorios forzó la celebración posterior de procesos electorales en Aragón y Castilla y León y a los que pronto se sumará Andalucía, y cuyos resultados han supuesto un gran batacazo en general para las dos formaciones que han liderado en las últimas décadas la izquierda estatal y aún más para Podemos en particular, cuyas candidaturas se han quedado por debajo del 1% en ambas ocasiones.

Desgraciadamente estos resultados no son la foto fija de un momento particular, sino que vienen a consolidar una tendencia muy preocupante, en un contexto en el que la ofensiva del Capital y el fascismo es total y amenazan con llevarse todo derecho social y democrático por delante. Por eso estas derrotas han caído como un jarro de agua fría sobre el conjunto de la izquierda política y han hecho -o deberían hacer- saltar todas las alarmas, y también por ello es más necesario que nunca realizar un somero de análisis de las causas que nos han traído hasta aquí.

Lejos queda aquella otra convocatoria invernal del 20 de diciembre de 2015 en la que entre ambas fuerzas políticas -Podemos e IU- consiguieron más de 6 millones de votos y 71 diputados, materializando electoralmente todo el ciclo de movilizaciones surgidas a raíz de la crisis del 2008. Por aquel entonces nadie se atrevía a menospreciarnos llamándonos “la izquierda a la izquierda del PSOE”, éramos simplemente la izquierda digna de tal nombre.

Muchas de las personas que engrosamos aquel primer Podemos veníamos de los movimientos sociales y decidimos hacerlo por su valentía para cuestionar no solo las políticas económicas neoliberales con las que maltrataban al pueblo español, sino también la propia subalternidad de la izquierda frente al más auténtico de los partidos del régimen —el PSOE—, así como por creer que recogía de forma más fiel las ansias de renovación y democratización del 15M sobre las estructuras partidistas.

La repetición electoral en 2016 alumbró por fin la unidad por la que muchos apostábamos; nacía Unidos Podemos. La criatura era tan solo una coalición de partidos, pero muchos confiamos en que el paso del tiempo daría lugar a la creación paulatina de estructuras conjuntas que posibilitaran finalmente una sola organización que, aunque paraguas de otras varias, agrupara a los principales actores políticos estatales. Al fin y al cabo, la intervención conjunta de la militancia en los conflictos sociales bajo una organización común es la mejor receta para superar los conflictos cainitas sobre listas, recursos y visibilidad. Eso, y la existencia de estructuras y procesos que permitan que tras un debate democrático las bases ratifiquen los programas y las listas que más les han convencido sin importar a qué “tendencia” pertenecen.

Escuché recientemente a Alberto Garzón explicar en una entrevista que esa fue la apuesta de IU y que no contó con la aprobación de Podemos. Cierto o no, lo que ha venido después en diferentes fascículos ha sido la progresiva degradación de ese espacio, el fiasco Sumar y la agonía final en la que se encuentran ambas formaciones. Alguien podría reprocharme que no hablo del acoso mediático, judicial y policial; la participación en los gobiernos de Sánchez; o incluso que la unidad no lo arregla todo.

Efectivamente, la unidad no es la pieza que finaliza el puzle, pero es “conditione sine qua non”. Unidas por Extremadura es un proyecto que tiene mucho que decir al respecto pues si bien nació como una pura coalición electoral se ha ido transformando en una herramienta que aspira a superar los espacios preexistentes, con un discurso y una práctica que apuesta por la implantación en el territorio y los matices propios.

A este proyecto le queda una parte importante del camino por recorrer, pero está en movimiento y se dirige a buen puerto. Los movimientos sociales de nuestra región han popularizado un espíritu de época en la frase “Extremadura, tierra de lucha, no de sacrificio”. También en el ámbito de las organizaciones políticas tenemos que quitarnos los complejos y asumir que esta vez la iniciativa no debe depender de lo que se cocine fuera. Somos faro y tenemos el derecho y la obligación de hacer una llamada a la reflexión de las izquierdas estatales —a las cuales pertenecemos— para que se miren en nuestro espejo, abandonen una carrera que se está demostrando suicida y lancen una nueva estrategia basada en la unidad sincera, fraterna, construida bajo métodos democráticos. Apostemos por ella no con el objetivo de la supervivencia electoral, sino con la ambición por cambiar el mundo bajo los postulados de la libertad, la igualdad y la justicia social frente a la amenaza de la barbarie fascista. No hay tiempo que perder.

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