Fronteras
Retornos voluntarios asistidos: cuando la elección es solo aparente
“Mi sueño era llegar a Europa, pero solo conseguí llegar hasta Libia”. Halimat es una mujer nigeriana que fue víctima de trata mientras buscaba una vida mejor. Quedó embarazada durante la travesía, la obligaron a abortar y luego la torturaron en un centro de detención. Tres años después de iniciar su viaje, dio a luz a una niña, fruto de una relación con un hombre que le había prometido refugio, pero que acabó explotándola sexualmente. Luego se enteró de los programas de retorno voluntario asistido de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM): “Al principio me negué porque pensaba que, de todos modos, podría encontrar un trabajo y un futuro en Libia, pero luego cambié de opinión. No era un país seguro: había combates, redadas policiales, no había buenos hospitales ni escuelas para mi hija. Temía por su vida”, dice.
Halimat es una de las muchas mujeres víctimas de trata que se han acogido a los programas de Voluntary Humanitarian Return (VHR) de la OIM desde países de tránsito como Libia, Níger y Túnez, financiados por Italia. Se trata de retornos denominados “voluntarios”, que muchos prefieren llamar “deportaciones suaves” o “expulsiones encubiertas”, ya que, de hecho, para las personas migrantes no existen alternativas: “El regreso no fue voluntario. Nadie me obligó, pero la situación en Libia no me dejó otra opción”, cuenta Halimat.
La OIM es el principal actor en el ámbito de los retornos voluntarios y la reintegración en los contextos de origen, como demuestra el gran aumento del presupuesto dedicado a estos programas —de 57 millones de dólares en 2004 a 206 en 2024 —, a menudo renovado anualmente por los países financiadores, lo que hace que la organización sea “extremadamente dependiente de los Estados y, por lo tanto, vulnerable al chantaje”, afirma Adelaide Massimi, abogada de la Associacione per gli studi giuridici sull’immigrazione(Asociación para los Estudios Jurídicos sobre Inmigración). La Unión Europea ha contribuido a este aumento gastando 943 millones en retornos a través del Fondo de Asilo, Migración e Integración entre 2014 y 2020, y destinando el 35% del presupuesto de casi 10 mil millones de euros asignado entre 2021 y 2027 a la partida “migración irregular y retornos”.
De hecho, la Unión considera que este instrumento es la cara humana y mediáticamente aprovechable en la lucha por disuadir la migración irregular. Sin embargo, “lo que ocurre es que, sí, las personas escapan de este modo de la violencia, pero son devueltas a las condiciones de las que probablemente huyeron, violando el principio de no devolución”, que prohíbe a los Estados expulsar o rechazar a refugiados y solicitantes de asilo hacia países en los que su vida o su libertad se verían amenazadas, recuerda Massimi.
Las retornos desde los países de tránsito permiten a los Estados eludir su responsabilidad y justificar las expulsiones como voluntarias ante la opinión pública
Italia también ha invertido en los retornos voluntarios, principalmente a través del Fondo África, el Fondo de Migraciones y el Fondo de Incentivos (Fondo Premialità). Muchos de los proyectos financiados son gestionados por la OIM: desde 2017 se han destinado unos 19,5 millones de euros solo para el retorno de once mil personas desde Libia y para programas de reintegración; nueve millones desde 2022 a Túnez para repatriar a 1400 personas, con otras dos mil previstas para 2027. Otros proyectos de la OIM relacionados con las retornos incluyen a Níger, con un gasto de casi 11,5 millones desde 2020, Sudán y Costa de Marfil, con unos cinco millones.
Las retornos desde los países de tránsito permiten a los Estados eludir su responsabilidad, justificar las expulsiones como voluntarias ante la opinión pública y pasar por alto los acuerdos bilaterales con los países de origen. Sin embargo, como subraya también el informe Nowhere but back: Assisted return, reintegration and the human rights protection of migrants in Libya (No hay otro camino que el de volver: el retorno asistido, la reintegración y la protección de los derechos humanos de los migrantes en Libia) de la Oficina del Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, “los migrantes se ven obligados a aceptar el retorno asistido” también porque “se les niega el acceso a vías de protección seguras y regulares, incluido el asilo”.
De hecho, de los informes semestrales de la OIM se desprende, cuando se especifica, que a la mayoría de las personas se les localizó directamente en los centros de detención: 6827 de las 8928 repatriadas desde Libia entre 2017 y 2021, 237 de las 239 entre 2022 y 2023. También hay quienes, como Halimat, tras intentar cruzar el Mediterráneo y haber vivido el cautiverio, acuden directamente a la OIM para escapar de la interminable espiral de explotación y violencia.
Muchos critican los proyectos de reintegración de la OIM por la falta de un análisis de mercado del contexto en el que se pondría en marcha la actividad, “se financian proyectos abocados al fracaso”
La reintegración
Cuando partió de Nigeria, Glory pensaba que llegaría a Europa en avión, pero pronto descubrió que tanto el viaje como la llegada serían muy diferentes de lo que se había imaginado: “Nos pegaban, nos violaban. El traficante intentó por todos los medios que abortara, pero fue imposible. Me dijo que me vendería a las connection houses —lugares de detención clandestinos gestionados por redes criminales en Libia, utilizados especialmente para recluir a mujeres nigerianas destinadas a la explotación sexual—, pero yo no quería prostituirme. Di a luz al regresar a Nigeria y, un año después, la OIM se puso en contacto conmigo para ofrecerme una formación”.
Las mujeres nigerianas se encuentran entre las nacionalidades con mayor riesgo de ser víctimas de trata. Fuera de las fronteras europeas, a menudo quedan excluidas de los procedimientos de asilo y son tratadas como migrantes económicas. Un destino similar corren las mujeres marfileñas que transitan por Túnez, sobre todo desde que el Gobierno puso en marcha una política de persecución contra los migrantes subsaharianos. En teoría, antes de la repatriación, la OIM debería evaluar el riesgo de volver a ser víctima de trata, un elemento central para el reconocimiento del estatuto de refugiado. A la vuelta, los programas prevén un proceso de reintegración destinado a la puesta en marcha de una actividad mediante apoyo económico y un curso de gestión empresarial.
En uno de los informes de la OIM se menciona la reintegración de 554 personas, de las cuales tres son mujeres, procedentes de Bangladesh y Chad. Aquellas personas que fueron consideradas “aptas” tras presentar un “plan de reintegración individual” recibieron apoyo “en especie” mediante “la adquisición de bienes, el pago de gastos médicos, etc.”. Entre las actividades propuestas, las más elegidas son la ganadería y la agricultura, seguidas de las tiendas de productos generales, pero en la lista también figuran tiendas de electrónica, cosmética y servicios de taxi. Muchas de estas actividades, sin embargo, acaban fracasando, como le ocurrió a Glory: “La OIM se puso en contacto conmigo para ayudarme y pagar el alquiler de mi tienda durante un año. Después ya no volvieron a ponerse en contacto conmigo, ni siquiera cuando denuncié un robo. Ahora he vuelto a mi pueblo, me ocupo de mi granja e intento cuidar de mi hijo, que no tiene padre”, cuenta.
Lo que muchos critican de los proyectos de reintegración de la OIM es, de hecho, la falta de un análisis de mercado del contexto en el que se pondría en marcha la actividad, “por lo que, en la práctica, se financian proyectos abocados al fracaso, o proyectos más o menos estandarizados para personas que no tienen ni las habilidades ni la voluntad de abrir un negocio de ese tipo”, subraya Massimi. A Halimat también le pasó lo mismo: “Al volver a Nigeria, la OIM me proporcionó apoyo financiero para poner en marcha un negocio. Me enseñaron a gestionar una empresa y me dieron un folleto con unas directrices. Pero la vida en Nigeria seguía siendo muy difícil y, al final, mi negocio fracasó y la OIM ya no volvió a ayudarme”, cuenta.
Empezar de nuevo
No todas las personas que regresan en el marco de los programas de retorno voluntario reciben apoyo para su reintegración. Si nos basamos en los datos del proyecto Comprehensive and Multi-sectoral Action Plan in Response to the Migration Crisis in Libya (Plan de acción integral y multisectorial en respuesta a la crisis migratoria en Libia), financiado por Italia con 20 millones de euros entre 2017 y 2021, se habla de 8928 personas que han regresado, de las cuales solo 1574 se han reintegrado. Pero más allá del apoyo financiero, falta una atención a las necesidades de la persona también desde un punto de vista psicológico. Quienes regresan a casa, de hecho, a menudo deben sufrir nuevos abusos y marginación causados precisamente por el fracaso de la experiencia, viviendo así una doble expulsión. “Una mujer que proviene de un contexto marginal se ve sometida a una serie de discriminaciones y procesos de marginación que no pueden resolverse con una ayuda económica o con el alquiler de un local”, recuerda Massimi.
Siempre que es posible, son las asociaciones locales las que cubren las carencias de los programas de reintegración de la OIM, como Girls Power Initiative (GPI), que en Nigeria se ocupa de las personas que regresan abordando primero el aspecto psicológico y luego analizando con ellas cuál podría ser la mejor actividad para empezar de nuevo, haciendo un seguimiento de su evolución durante al menos un año. Como sostiene Laura Uwange, de GPI: “Debemos asegurarnos de que estén preparados mental y psicológicamente antes de responsabilizarlos, porque en Libia han vivido un infierno”.
“Si encontrara a alguien que me ayudara, estaría encantada de volver a intentarlo. Aquí, en Nigeria, no me siento segura”
Según su experiencia, el apoyo que ofrece la OIM suele acabar siendo temporal, sin lograr el objetivo fundamental de estos proyectos, es decir, llevar a las personas de vuelta a casa, pero sobre todo evitar que vuelvan a partir: “Muchos de ellos intentan ahorrar y, al cabo de un año, venden el negocio para volver a intentar el viaje”, dice Uwange. También por eso, en los proyectos de la OIM siempre se prevé una serie de eventos en lugares con alto riesgo de emigración, donde se recluta a personas repatriadas para sensibilizar sobre los riesgos del viaje a través de su experiencia.
A pesar de haber vivido ya las penurias de la trata, Halimat tiene, sin embargo, las ideas muy claras: “Si encontrara a alguien que me ayudara, estaría encantada de volver a intentarlo. Aquí, en Nigeria, no me siento segura. Mi historia está llena de dolor, pero también es una historia de supervivencia. He sido víctima de la trata, me han golpeado, encarcelado, traicionado y rechazado. Y, sin embargo, sigo aquí, viva, criando a mis hijos. Mi fuerza proviene de ellos y seguiré luchando por un futuro mejor”.
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