Opinión
La unidad necesaria de las izquierdas no debe construirse en el conflicto por siglas y liderazgos
Sociólogo
En el debate sobre la unidad de las izquierdas, casi todo se discute en el plano equivocado. Las conversaciones públicas giran en torno a listas electorales, siglas, liderazgos y vetos cruzados. Es decir, en torno a la politics: la competencia por el poder, la arquitectura de las candidaturas, el reparto de posiciones. Sin embargo, lo sustantivo, lo que debería ordenar la conversación, se encuentra en otros dos planos: la Polity y las policies.
Conviene distinguirlos. La Polity es el marco: el modelo de sociedad, el horizonte normativo, la idea de país y de democracia que se quiere construir. Las policies son las políticas públicas concretas: vivienda, fiscalidad, transición ecológica, feminismo, migraciones, servicios públicos. La politics, en cambio, es la arena donde se disputa el poder: liderazgos, cuotas, siglas, estrategia electoral.
La paradoja es evidente: las izquierdas españolas tienen menos desacuerdos profundos en la Polity y en las policies que en la politics. Y, sin embargo, solo la unidad en la politics se traduce directamente en escaños.
Un acuerdo más amplio de lo que parece
Si observamos el espacio plural y diverso de la izquierda, las coincidencias son notables. Entre Sumar, Podemos, Izquierda Unida e incluso sectores del PSOE, existe un consenso amplio en cuestiones fundamentales.
En el plano de la Polity, se comparte la defensa del Estado social, la ampliación de derechos, el feminismo como principio estructurador, la transición ecológica justa y una concepción exigente de la igualdad. Las diferencias suelen situarse en la intensidad, el énfasis o la estrategia territorial, no en el horizonte normativo básico.
Puede haber desacuerdos sobre el ritmo, el grado de ambición o las prioridades, pero el suelo común es amplio
En el plano de las policies, las coincidencias son también significativas: regulación del mercado de la vivienda, fortalecimiento de los servicios públicos, fiscalidad progresiva, políticas de cuidados, ampliación de derechos laborales. Puede haber desacuerdos sobre el ritmo, el grado de ambición o las prioridades, pero el suelo común es amplio.
Paradójicamente, es en el terreno menos sustantivo donde surgen las mayores fracturas.
El conflicto en la politics
La politics es, por definición, un espacio de competencia. El liderazgo es indivisible. Las listas son finitas. Las siglas tienen valor simbólico. Y el sistema electoral español, especialmente en provincias pequeñas y medianas, penaliza duramente la fragmentación: dos candidaturas con porcentajes similares pueden quedarse sin representación, mientras que una lista unificada obtiene escaño.
Así, la unidad en la politics no es solo una cuestión estética o estratégica: es una condición aritmética para no desperdiciar votos. Pero precisamente porque afecta a posiciones, visibilidad y poder real, es el espacio donde los incentivos a la cooperación son más frágiles y donde las desconfianzas pesan más.
Aquí opera una lógica de suma cero: si encabezas tú, no encabezo yo; si tu sigla se impone, la mía se diluye. Es el terreno donde el cálculo racional puede imponerse sobre la afinidad programática.
La inversión de prioridades
El problema no es que la politics sea irrelevante. No lo es. Sin unidad electoral puede no haber representación suficiente para transformar nada. Pero convertirla en el eje central del debate distorsiona el orden de prioridades.
La unidad en la Polity y en las policies es sustantiva: define el proyecto y su coherencia en el tiempo. La unidad en la politics es instrumental: sirve para que ese proyecto tenga traducción institucional. Confundir ambos planos conduce a dos riesgos simétricos.
El primero es la unidad meramente aritmética: una coalición electoral que suma votos pero carece de cohesión estratégica o horizonte compartido. Puede ganar escaños, pero será inestable.
El segundo es el purismo programático sin eficacia institucional: coincidencias profundas en el modelo de sociedad que, al no traducirse en acuerdos electorales, se fragmentan y pierden capacidad de incidencia.
Siendo el menos importante, el plano electoral es el más determinante y resolver esa tensión, sin que la táctica devore al proyecto, es, quizá, el desafío decisivo de las izquierdas
Una tarea pendiente
Las izquierdas españolas necesitan reordenar su conversación interna. Construir primero el acuerdo en el sentido (qué sociedad se quiere, con qué valores, hacia dónde se camina) y en el programa (qué políticas concretas lo encarnan) y dejar que la arquitectura electoral sea consecuencia de ese acuerdo y no su sustituto.
Es cierto que, electoralmente, solo la unidad en la politics cuenta en el reparto de escaños. Pero políticamente, en el sentido más profundo del término, lo que cuenta es la coherencia entre proyecto, políticas y representación. Sin la primera no hay mayoría. Sin las segundas no hay transformación. Y sin la tercera no hay futuro compartido.
La dificultad está en que el plano menos importante desde el punto de vista normativo es el más determinante desde el punto de vista aritmético. Resolver esa tensión, sin que la táctica devore al proyecto, es, quizá, el desafío decisivo de las izquierdas en España.
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