El espectro de democracia directa que recorrió Gasteiz e hizo temblar la Transición

El asamblearismo fue la piedra angular del conflicto que explotó con la represión del 3 de marzo de 1976, aunando a quienes lo veían como una herramienta estratégica para objetivos concretos y quienes la consideraban como el sumun del poder obrero.
Se ha exigido justicia y reparación para las víctimas.
Eider Iturriaga Miles de personas han llenado las calles de Gasteiz para conmemorar el 3 de marzo en su 50 aniversario.
7 mar 2026 05:11

El 3 de marzo de 1976, la policía asaltó una asamblea de 5.000 trabajadores que tenía lugar en la iglesia de San Francisco de Asís del barrio de Zaramaga (Vitoria-Gasteiz). Con el objetivo de poner fin a la democracia directa que estaba poniendo en práctica la clase trabajadora vitoriana, la policía lanzó botes de humo dentro del templo para hacer salir a los asistentes. Los hechos, que cumplen ya 50 años, son de sobra conocidos. Los actos de memoria se repiten de manera anual y los puntos simbólicos (murales, placas, monumentos, etc.) se pueden encontrar por la ciudad.

Limitar la memoria de lo que aconteció aquellos días a la matanza perpetrada por la policía, y a la masiva asistencia a los actos de protesta posteriores que se replicaron en numerosos puntos de la geografía de Euskal Herria, conlleva el peligro de olvidar la importancia de lo ocurrido los meses anteriores en los que Gasteiz fue el epicentro de un terremoto que puso en riesgo el devenir pactista de la Transición. Lo ocurrido en las fábricas y barrios vitorianos aquellos meses de invierno fue la mayor expresión de autonomía obrera de la época; un confrontación real de contrapoder obrero.

Vitoria: de ciudad modélica del desarrollismo a campo de batalla

La capital alavesa tenía fama de ser “una ciudad de curas y militares”, fuertemente anclada a la tradición y a una pequeña burguesía local. Pero en apenas quince años Vitoria mutó y pasó a ser una pequeña ciudad de provincias a ser el escaparate del éxito desarrollista del franquismo. Su situación estratégica —haciendo de nexo de unión entre el norte industrial y el centro político de la península— y la privilegiada situación fiscal de la que disponía —los Fueros no se suprimieron en Araba al no tratarse de una provincia rebelde— propiciaron un desarrollo económico que atrajo capital y mano de obra. A diferencia de ciudades industriales como Bilbao o Barcelona, Vitoria no sufrió de masificación, de excesos, de ruido y contaminación, de un déficit de vivienda ni del consiguiente problema del chabolismo.

El desarrollismo en Vitoria fue ordenado y se presentaba como escaparate para los tecnócratas de Madrid: limpio, planificado y con una paz social imperante. El Plan General de 1956 había diseñado Vitoria con una segregación espacial clara: las fábricas a la periferia, la burguesía en el ensanche y la clase trabajadora en barrios satélite como Zaramaga o Errekaleor. Ahí, las colmenas de ladrillo alojaban a la masa migrante que llegaba, en menor medida que a las grandes ciudades, hasta Vitoria. Una ciudad, en definitiva, diseñada para el orden absoluto y en la que, supuestamente, nunca pasaba nada.

Durante años el pacto social funcionó, pero el escaparate franquista comenzó a agrietarse durante los años 70, ya que un tardío pero incipiente movimiento obrero iba a poner en cuestión el estado de las cosas

Un proletariado salvaje frente a la crisis del capital

El agotamiento del modelo vitoriano no fue un caso aislado. El sistema en el que se asentaron las relaciones laborales en la España franquista también se estaba resquebrajando. El surgimiento de las Comisiones Obreras en diferentes zonas industriales había dado paso a la irrupción de un proletariado organizado de manera más horizontal, menos basada en la delegación. Esas masas auto-organizadas, sin la tutela de partido o sindicato alguno, protagonizó numerosos conflictos y huelgas salvajes que se movieron en un terreno más allá de lo laboral.

No se puede entender el avance de este movimiento sin tener en cuenta la crisis que padecía el sistema de acumulación fordista en España. Este sistema económico, que había sido el motor del “milagro económico español” durante el desarrollismo, se basaba en una producción y un consumo de masas vertebrado sobre el autoritarismo del Sindicato Vertical y una mano de obra precarizada de salarios bajos. Pero este rígido sistema se tambaleó a partir de la década de los 70. La crisis del petroleo del 73, cuyos efectos llegaron con algo de retraso a España, tuvo como consecuencia un descenso de los beneficios empresariales debido al aumento de los costes de producción.

A pesar de la fuerte represión, las movilizaciones, paros y huelgas se multiplicaron de manera exponencial por todo el país, pasando de exigir una subida de salarios a atacar al sistema de un régimen moribundo

El otro punto de desestabilización empresarial fue el proletariado organizado fuera del Sindicato Vertical, cuya acción acabó con la “paz social” de los años anteriores. Frente a la amenaza patronal de una precarización de las condiciones de vida, la clase trabajadora rompió con la delegación sindical franquista y se auto-organizó para protagonizar su propia lucha. A pesar de la fuerte represión, las movilizaciones, paros y huelgas se multiplicaron de manera exponencial por todo el país. Los trabajadores pasaron de exigir una subida de salarios con la que hacer frente a la inflacicón, a atacar al sistema en sí y a un régimen moribundo.

El despertar del movimiento obrero vitoriano

En el tejido industrial vitoriano, los conflictos laborales solían desarrollarse de la manera establecida: una patronal que decide y ordena, un Sindicato Vertical que finge negociar y una clase trabajadora que obedece. Al tratarse de una ciudad sin apenas tradición industrial, Vitoria carecía de una vanguardia política ni de un movimiento obrero clásico. Por esta razón, la conflictividad tardó en llegar. Pero cuando lo hizo, se unió a la oleada de huelgas salvajes y autónomas que hicieron temblar los cimientos del Estado franquista.

El primer gran conflicto ocurrió en la factoría de Michelin. La multinacional francesa, a la que habían prometido una masa trabajadora fiel y obediente, tuvo que replantear su paradigma colonialista cuando los trabajadores llamaron a la huelga en 1972. Si bien la huelga fracasó —por las exigencias maximalistas de la vanguardia obrera, entre otras razones— dejó un poso del que florecería una experiencia que cuatro años después protagonizó un conflicto que cambió la ciudad para siempre.

El conflicto laboral desbordó las naves industriales y puso a prueba la capacidad de respuesta de un régimen que, tras la muerte de Franco apenas un mes antes, se encontraba en plena crisis

En 1974 se creó la Coordinadora Obrera de Vitoria (COV) —con una importante presencia de grupos autónomos provenientes de los sectores obreristas de ETA— que articuló los diferentes conflictos que irían surgiendo hasta el estallido del invierno de 1975-76. El conflicto laboral, que no tardaría en desbordar el perímetro de las naves industriales, acabaría suponiendo un desafío político que puso a prueba la capacidad de respuesta de un régimen que, tras la muerte de Franco apenas un mes antes, se encontraba en plena crisis. Los trabajadores comprendieron rápido que el vacío dejado por el dictador abría una oportunidad inédita: ya no se trataba solo de mejorar el convenio, sino de aprovechar la debilidad del sistema para forzar cambios que hasta entonces parecían impensables.

¡Todo el poder a la asamblea!

La inflación galopante de la crisis del petróleo había empezado a devorar los salarios para finales de 1975. La primera asamblea masiva ocurre el 23 de diciembre en la empresa Forjas Alavesas, siendo la primera de estas características en la ciudad. El 9 de enero de 1976 los mismos trabajadores de Forjas Alavesas llamaron a la huelga y, tras ellos, se les unieron una decena de empresas más. Pero el conflicto no se limitó a una reivindicación económica por el aumento de salarios. El cambio fundamental radicó en las formas de lucha: los trabajadores decidieron organizar la huelga a través de portavoces elegidos directamente en asambleas a mano alzada. De cada asamblea de fábrica se elegirían, a su vez, a unos delegados que, sin capacidad decisiva, representarían a la asamblea en las Comisiones Representativas (CCRR).

Estas CCRR carecían del marco legal dentro de la estructura corporativa del régimen, obviamente. Eran trabajadores de la propia plantilla que exigían ser los interlocutores válidos ante la dirección. De este modo, el primer punto de fricción no fue la cuantía de los sueldos, sino el reconocimiento de estos nuevos organismos. Mientras la patronal intentaba reconducir la negociación hacia los cauces del Sindicato Vertical, los huelguistas se mantenían firmes en su postura: solo volverían al trabajo si se negociaba con los representantes elegidos en la asamblea. Era un hordago total a la legalidad vigente y situaba el conflicto en una cuestión de poder y contrapoder.

Durante la segunda semana del conflicto, las exigencias laborales se unificaron y la respuesta de la patronal no se hizo esperar: se inició una campaña de difamación contra el movimiento y se puso en marcha la maquinaria represiva. Se sucedieron detenciones y la policía disolvió mediante el uso de la violencia numerosas movilizaciones. Esta reacción represiva trajo consigo las primeras movilizaciones conjuntas, así como la organización de redes de solidaridad y de piquetes informativos.

Fue fundamental el trabajo ideológico en las asambleas, donde se machacó la idea de entender el trinomio Patronal-Estado-Policía como un todo; como un enemigo común, para deslegitimar el régimen y reivindicar un poder popular

Esta creciente ola llevó a las CCRR ha convocar la primera huelga general, que fracasó. Según análisis posteriores publicados por miembros del movimiento obrero vitoriano, la focalización de la lucha en las demandas laborales, en esos primeros momentos, provocó una desconexión entre los núcleos más activos y la base de las fábricas. Además, algunos empresarios aprovecharon la ocasión para negociar de manera individual —a nivel de fábrica— y conseguir los primeros acuerdos, con la consiguiente vuelta al trabajo de muchos obreros. Se desactivó así, de manera momentánea, la unidad de la clase trabajadora y de los obreros en lucha.

Esto trajo consigo un cambio de estrategia. Había que hacer comprender que el núcleo del problema no era el aspecto salarial, ni las jornada laboral; era una cuestión de clase, de lucha de poder. Se dio así una evolución de lo puramente laboral a lo político. Para ello fue fundamental el trabajo ideológico en las asambleas, donde se machacó la idea de entender el trinomio Patronal-Estado-Policía como un todo; como un enemigo común. Se buscaba, de esta manera, la deslegitimización del régimen y la reivindicación de un poder popular. El conflcicto laboral no solo generaba consecuencias políticas, sino que terminaba por politizar a los trabajadores.

El asamblearismo se consolidó como la piedra angular del conflcito. Esta práctica de democracia directa no estuvo exenta de debates internos entre quienes veían la asamblea como una herramienta estratégica para conseguir unos objetivos concretos y quienes la consideraban como el sumun del poder obrero.

La ciudad se contagia

Tal y como se celebraban asambleas diarias cada mañana en las fábricas, así ocurría en los barrios de clase trabajadora. Estas zona que se situaban entre el casco urbano y las industrias pasaron de ser ciudades dormitorio a escenarios donde resonaron y tuvieron lugar muchos de los acontecimientos de aquellos meses: asambleas masivas en iglesias —cuando hubo que buscar nuevos lugares de reunión—, marchas llamando a la movilización, campañas de sensibilización a obreros que no estaban en huelga, etc.

Se crearon cajas de resistencia para ayudar a las familias con miembros en huelga y los obreros que no estaban en huelga también crearon sus propias plataformas de coordinación y de acción, buscando la extensión del conflicto fuera de terrenos puramente laborales y poniendo el punto de mira en el régimen mediante una crítica político-social.

La lucha pasó de ser protagonizada por obreros de mono azul a ser un movimiento popular y se crearon asambleas de mujeres, dándoles un carácter autónomo y protagonista

La lucha pasó de ser protagonizada por obreros de mono azul a ser un movimiento popular. En este aspecto jugaron un papel importantes las mujeres, algunas de ellas como trabajadoras y otras como parejas de los trabajadores. Se crearon asambleas de mujeres, primero por separado —por fábrica— y luego en conjunto, dándoles un carácter autónomo y protagonista. La lucha de estas mujeres se abrio espacio a otros lugares como centros educativos, mercados, etc.

Si bien es cierto que las asambleas de barrio fueron creadas poco antes de los hechos del 3 de marzo, es innegable el éxito que tuvieron con unas convocatorias masivas. Fue, junto a las fábricas, la línea del frente donde se combatió y, al mismo tiempo, un espacio en el que tejer redes de solidaridad. Fue, en definitiva, un centro neurálgico del poder popular que se estaba empezando a construir.

El eco de una utopía interrumpida

A medida que aumentaba el apoyo popular, se creaban asambleas y coordinadoras, y se repetían las movilizaciones, el miedo de los poderes locales fue en aumento. No se trataba para esas alturas del conflicto de un tema laboral o de aletración del orden público; era un problema político. Con la metodología de lucha implementada desde abajo, sin jerarquías y de participación directa de la clase trabajadora, no solo estaba en jaque el modelo de negociación laboral, sino todo el espiritu pactista y reformista del proceso de transición política.

La lucha implementada desde abajo, sin jerarquías y de participación directa de la clase trabajadora, no solo puso en jaque el modelo de negociación laboral, sino todo el espiritu pactista y reformista del proceso de transición política

El ataque a la iglesia de San Francisco la tarde del 3 de marzo no tenía, por lo tanto, el único objetivo de poner fin a la asamblea que ahí dentro se estaba celebrando, si no poner fin al proceso de lucha autónomo que amenazaba, cada día más, con tomar la ciudad. O al menos una parte importante de ella. Con la intervención violenta de la policía armada se buscaba, también, enviar un aviso a cualquier intento de contagio a otras ciudades y procesos de lucha autónoma que estaban ocurriendo en España. Los botes de humo y las balas, los heridos y los muertos, establecieron una frontera invisible, pero terrorífica, de hasta donde estaba dispuesto el Estado a transigir, y qué sueños de ruptura y contrapoder deberían quedarse apartados. Fue un ejercicio de pedagogía del terror.

Cincuenta años después, el eco de Zaramaga trasciende el luto. La tragedia de la iglesia de San Francisco quedó grabada como una cicatriz en la memoria colectiva, pero los meses de organización que la precedieron representan mucho más que una huelga interrumpida. Son el testimonio de una clase trabajadora que, en los primeros compases de la Transición, intentó construir la democracia desde abajo, desde la fábrica y el barrio. Vitoria demostró que, antes del asalto policial, la voluntad popular era quien podía regir la ciudad.

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