Cine
25 años de ‘Sospechosos habituales’: como ratas en el laberinto de Keyser Söze (y Christopher McQuarrie)

De cómo un exponente bastante convencional de cine negro contemporáneo devino mítico, como su escurridizo antagonista, gracias a algunas astucias narrativas y un giro final: Sospechosos habituales cumple un cuarto de siglo.

Sospechosos habituales
12 jun 2020 06:00

A mediados de los años 90, el cine negro vivía una cierta restauración de su popularidad. El género se había actualizado desde una cierta autoconsciencia de sus referentes clásicos, pero su vigor renovado quedó comprometido por varios fenómenos paralelos. Quizá el vertiginoso auge y caída del thriller erotizado, a veces muy en contacto con el noir (véase Instinto básico), enrareció las perspectivas comerciales de las producciones. Y la proliferación desmesurada de los relatos de asesinatos seriados, y sus mutaciones propulsadas a golpe de éxitos como El silencio de los corderos o Seven, pudo cerrar algunas puertas a las historias de detectives o ladrones, desbancados por una turbia fascinación hacia el serial killer.

Las verborreicas cocteleras referenciales de Quentin Tarantino pudieron ser los clavos en el ataúd del noir (¿o neonoir, o postnoir?) como género relevante en las carteleras. Quizá no muchos recuerden reivindicables aproximaciones neoclásicas como La muerte golpea dos veces o Red rock west, desplazadas a la periferia de la historia popular del cine por el empuje revulsivo de Reservoir dogs y obra posteriores.

El torbellino obviamente posmoderno de Pulp fiction, o las aproximaciones camorristas de Guy Ritchie, pudieron causar una cierta erosión que no habían causado las diversas aproximaciones de los hermanos Coen. Un cine negro sin diálogos traviesos y canallas, sin referencias al pop y al cine exploitation, podía parecer orientado a los padres y abuelos del público-objetivo y ese podía ser un pecado no venial en un Hollywood juvenilizado que todavía no se había rendido a los superhéroes pero ya no era un país para viejos. Aunque Jackie Brown pudo tener algo de puente tendido entre sensibilidades, propuestas como Mulholland Falls, Poodle Springs o L.A. Confidential parecieron un epitafio nostálgico de ese otro noir.

Poco después del gran estallido tarantiniano avalado con premios Oscar, Sospechosos habituales se presentó en el Festival de Sundance de 1995. El joven realizador Bryan Singer y su amigo de la infancia, el guionista Christopher McQuarrie, volvían al certamen después de haber recibido el gran premio del jurado por su ópera prima, Public access. Esta vez ya no presentaban un fime rabiosamente independiente y filmado bajo economía de guerra, sino una producción profesionalísima, de presupuesto moderado pero engrandecida por un reparto repleto de rostros conocidos y de nombres emergentes: Gabriel Byrne, Benicio del Toro, Chazz Palminteri... y un joven Kevin Spacey, entonces un respetado actor teatral que todavía no había despuntado en la gran pantalla.

No parece que Sospechosos habituales arrasase en su presentación pública, pero sí generó unas expectativas que se vieron colmadas. No fue un taquillazo como Jungla de cristal: la venganza, Toy story o Apollo 13, pero sí una producción rentable. Tras el correspondiente fenómeno de boca-oreja, además, recibió una insospechada cantidad de galardones. Y se convirtió en una de las experiencias que el mainstream proporcionó a la cinefilia de ese momento.

Todo versaba alrededor de la construcción de un mito de fonética cambiante: Keyser Söze, una especie de hombre del saco de existencia apenas rumoreada en los ambientes criminales, una mente maestra que operaría siempre a través de personajes interpuestos. Aupados por la efectividad de ese despliegue de una leyenda, y apoyados en una relato dramáticamente limitado pero muy depurado, Singer y compañía proporcionaron un abracadabrante viaje narrativo con revelación final. En el mismo año, David Fincher consiguió un efecto parecido mediante la resolución de la mencionada Seven. Posteriormente, el mismo realizador generó muchas más dudas con The game. Algo parecido le sucedió a M. Night Shyamalan con El sexto sentido y El bosque: una sorpresa final puede solazar a la audiencia... o sublevarla.

Atracos con mente maestra criminal incorporada

El desenlace de Sospechosos habituales era el as en la manga, y también el factor de riesgo, de una obra que era bastante clásica en otros aspectos: unos delincuentes se ven empujados a intentar el consabido gran golpe. Se nos presenta de forma rápida a cinco samurais atípicos, nada heroicos: ladrones, estafadores y antiguos policías corruptos que, tras coincidir en una rueda de reconocimiento, comienzan a colaborar. En sus intercambios abundan los dardos verbales y los gestos rotundos entre machos muy machos (salvo el apocado Verbal Kint, un locuaz estafador), herederos de la prosa ruda de la novela negra hardboiled. Entre puyas homófobas, se insinuaba una relación amorosa entre los personajes interpretados por Del Toro y Stephen Baldwin.

Söze podría considerarse una fantasía encarnada del capitalismo avanzado: una empresa unipersonal, sin empleados, únicamente nutrida por colaboradores puntuales que jamás reclamarían derechos adquiridos porque ni siquiera saben para quién trabajan

A lo largo de este periplo, los protagonistas de la historia coral descubrirán que quizá han cruzado caminos con el legendario Söze. Singer y McQuarrie desvelan por etapas la existencia de esa sombra que mueve los hilos. Subrayan el gesto de emoción de un policía cuando oye el nombre, pronunciado por un hombre aterrorizado y desfigurado por graves quemaduras. Escenifican el revuelo que causa el rumor (¿ha aparecido Keyser Söze, el hombre que quizá nunca estuvo allí?) entre miembros de diversas agencias de seguridad. Los autores del filme acompañaron todas esas imágenes de palabras bien escogidas, de frases que pretendieron (y consiguieron) ser memorables. “El mejor truco realizado por el diablo fue convencer al mundo de que no existía”, decía un personaje.

Söze tenía algo de versión moderna de los villanos pulp de principios del siglo XX, como Mabuse o Fantomas. Su presentación al inicio del filme, entre sombras y con ropa exageradamente gangsteril, más propia de Dick Tracy o The shadow que de un thriller de ambientación contemporánea y que cultiva una cierta atmosfera de verosimilitud, nos hace vislumbrar el camino carnavalesco que podrían haber tomado los autores de la obra. Singer y su equipo, en cambio, optaron por la sobriedad de un cine de género muy replegado en sí mismo, pero que no ensayaba una ruptura explícita con el realismo (o una apariencia de este).

¿Incluye ‘Sospechosos habituales’ una crítica al sistema policial y penal? No del todo, porque los acontecimientos tienen lugar a causa de la voluntad de ese malvadísimo que mueve los hilos

Mientras erigian su mito, McQuarrie y compañía no estiraron los hilos que unen las figuras y las situaciones de la ficción negra con los destrozos reales derivados del deseo de dinero y de poder. Eso sí, espolvorearon el conjunto con las consabidas dosis de determinismo fatalista: “Keaton luchó todo lo que pudo, pero un hombre no puede cambiar lo que es”, se dice sobre un personaje que deseaba dejar atrás la delincuencia. El destino inevitablemente adverso no llegaba a través de una desigualdad estructural que ahoga, sino que se relacionaba con la persistente estigmatización de quien un día fue culpable. ¿Incluye Sospechosos habituales una crítica al sistema policial y penal? No del todo, porque los acontecimientos tienen lugar a causa de la voluntad de ese malvadísimo que mueve los hilos.

Por otra parte, Söze podría considerarse una fantasía encarnada del capitalismo avanzado: una empresa unipersonal, sin empleados, únicamente nutrida por colaboradores puntuales que jamás reclamarían derechos adquiridos porque ni siquiera saben para quién trabajan. El personaje opera en un mundo donde hay muchos policías y muy poca ley. No sabemos por qué motivo los protagonistas temen a los agentes, puesto que suelen ejercer el papel de tontos útiles o sobornables. En ese contexto, el villano parece capaz de forzar fácilmente el camino que deben transitar unos personajes que pasan a ser ratas de laboratorio... como el mismo espectador, sujeto pasivo del artificio preparado por los responsables del filme.

Nada es verdad, todo está permitido

¿Encaja Sospechosos habituales? A menudo se han señalado agujeros de guión que no son tales, sino simplemente situaciones y conductas que llegan a ser de difícil explicación. Singer y McQuarrie, como hicieron Alfred Hitchcock y compañía 45 años antes en Pánico en escena, explotaron la tendencia del público a creer que los flashbacks nunca mienten. Y lo hicieron desde una cierta honestidad en la manipulación: desde el principio queda claro que la historia está conducida por la voz en off de un narrador no fiable y con motivos para engañar (¿y para permanecer callado?), ese Verbal que juega al gato y al ratón con su interrogador, que se guarda información o que la inventa. Y que recibe, a cambio, el agradecimiento del policía cuando le ofrece alguna verdad o mentira que confirme sus sospechas y prejuicios.

Como otros títulos del momento, Sospechosos habituales elevaba una apuesta narrativa arriesgada. El habitualmente travieso Paul Verhoeven (Robocop) se enfrentó a las innumerables trampas y trampantojos de Instinto básico asumiendo una cierta imposibilidad de cuadrar de manera racionalmente satisfactoria el relato.

McQuarrie y Singer también buscaron el goce posible que puede proporcionar un golpe de efecto, pero escenificaron un cierre sin fisuras que no deja de generar unas cuantas preguntas. Aunque ofrecieron alguna pista que podía anticipar el desenlace, varios espectadores se tomaron la revelación como una estafa. Para el conocido crítico estadounidense Roger Ebert, los autores se abandonaron a un desenlace sorpresivo que hacía que todo lo visto careciese de sentido.

Podemos vivir el visionado de ‘Sospechosos habituales’ como una reivindicación del derecho a jugar solo por el placer de jugar, del derecho a gozar del signo sin demasiado significado. Supuso un agradable reciclaje de material narrativo sobradamente conocido

Ebert ensayaba una enmienda a la totalidad que parecía exagerada. Quizá el relato apenas tiene hilos de contacto con el mundo real, quizá la estética se puso (como sucedería en la posterior Verano de corrupción, del mismo Singer, un cuento perverso que adquiere connotaciones todavía más inquietantes una vez conocidas las denuncias sobre la conducta sexual del realizador) al servicio de un cierto vacío.

Pero podemos vivir el visionado de Sospechosos habituales como una reivindicación del derecho a jugar solo por el placer de jugar, del derecho a gozar del signo sin demasiado significado. Supuso un agradable reciclaje de material narrativo sobradamente conocido. Y, de paso, sus responsables se alejaron del hegemónico ajetreo de la era del 'actioner' y sus tiroteos constantes. Un cuarto de siglo después de su estreno, el artificio sigue desprendiendo un cierto atractivo. Quizá porque a veces nos gusta que nos engañen.

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