Gabriel Aresti
Gabriel Aresti, 51 años fuera del consenso abertzale
Hoy 5 de junio se cumplen 51 años del fallecimiento temprano del poeta Gabriel Aresti en Bilbao, su ciudad natal. Gabriel Aresti (1933-1975) fue, además de poeta, un activista que trabajó para extender y normalizar el uso del euskera en el ámbito cultural, haciendo especial incapié en su extensión a la clase proletaria que componía el pueblo sufriente para el que escribía y por el que luchaba.
A pesar de haber muerto con 41 años, sus muchas aportaciones hay que situarlas en el trabajo colectivo —y a menudo clandestino— que el movimiento euskaltzale realizó durante la dictadura franquista. Como venimos reivindicando, el recuerdo de su legado debe alejarse de la cultura del consenso abertzale, además de acompañarse de un estudio y difusión de su extensa obra, para reconstruir una memoria colectiva sobre su vida comprometida y entregada a la cultura popular de Euskal Herria y a la modernización de sus elementos vehiculares clave, el euskera y su literatura.
Aunque aprendió el euskera de forma autodidacta, fue en ese proceso donde desarrolló el euskara batua. Como señala Asier Amezaga, sociólogo de la Universidad del País Vasco (EHU) y gran experto en la obra de Gabriel Aresti, en ese registro escribió el largo poema Maldan behera (1960), antes de que el euskara batua existiera como tal. “Allí donde el euskera tenía una carencia, Aresti se ponía a trabajar: en la traducción, en la poesía, en la lexicografía. Fue un activista por la necesaria modernización de la lengua”, remarca.
Activista polémico
Consciente de la importancia de construir autonomía ante la falta de instituciones y redes culturales, Aresti vivió impulsando iniciativas que permitieran al euskera desarrollarse en consonancia con las tendencias rupturistas de la época. Para difundir sus creaciones hacía falta grupos de teatro y allí estuvo Aresti en 1960 junto a Begoña Foruria para crear Kriselu. Para publicar libros en euskera hacía falta editoriales y allí estuvo Aresti en 1969 para la creación de Lur, editorial con una extensa aportación a la literatura y el pensamiento nacional contemporaneo. Igualmente, en aquella época se abrió paso la necesidad de una lengua estandarizada y allí estuvo Aresti trabajando en Euskaltzaindia a favor de una unificación del euskera de la que fue su principal precursor literario. Aresti fue un incansable activista cultural.
El Aresti que molestaba a demasiada gente fue el primero en desaparecer de sus indispensables obras (in)completas, a pesar de que las respuestas a sus detractores y artículos censurados habían sido recogidos y analizados en la biografía realizada una década antes por su amigo Anjel Zelaieta
Como recuerda Amezaga, autor de libros y artículos sobre la obra de Aresti, “en el proceso de revitalización de la cultura y la lengua vasca tuvo diferencias, desacuerdos, conflictos y disputas con numerosos euskaltzales”: primero con la generación anterior, que no compartía la orientación laica, modernizadora y progresista que Aresti defendía; después con quienes querían poner el euskera al servicio de un proyecto nacional determinado, algo que Aresti no compartía y criticaba abiertamente. El valor literario de Aresti no se agota en el género poético, señala con acierto Amezaga, y “merece la pena releer los artículos que escribió y las conferencias que pronunció en ese camino”. Fue un activista polémico.
Como recordábamos en la cobertura realizada por Hordago el año pasado, al hilo del 50 aniversario de su muerte, en sus indispensables obras (in)completas compiladas por Karmelo Landa y publicado por Susa en 1986, el décimo tomo dedicado a esos artículos, conferencias y cartas es llamativamente breve. Quedan fuera de él muchas de las polémicas epistolares, así como los artículos censurados en revistas como Anaitasuna o Zeruko Argia. El Aresti que molestaba a demasiada gente fue el primero en desaparecer de su propio archivo, a pesar de que las respuestas a sus detractores habían sido recogidas y analizadas en la biografía realizada por su amigo Anjel Zelaieta, publicada por la editorial Kriseilu en 1976 y reeditada por Susa en el 2000.
Aportaciones clave
Entre otras razones, cabe destacar que el trabajo incansable de Aresti en favor del euskera, la poesía y la literatura se situaba en un horizonte más amplio de emancipación política. La gran obra de modernización de la poesía vasca, Harri eta Herri (1964), se convirtió en el símbolo de toda una generación, y supo encontrar palabras en euskera para la poesía social. Mismamente, el poema más conocido del libro, “Nire aitaren etxea” (“La casa de mi padre”), es precisamente una declaración al pueblo desposeido frente a los poderes que lo oprimen, con una voz poética que proclama defenderla aunque para ello haya que darlo y perderlo todo.
En lo que sí acertó Aresti fue en abrir paso a sus poesías mediante la música, con hitos como ''Herriak ez du barkatuko' de Imanol, 'Egun da Santimamiña' de Laboa y, sobre todo, gracias al grupo Oskorri y su disco de homenaje 'Gabriel Arestiren oroimenez'
También recurrió Aresti al teatro como medio para llegar a las masas, aunque como señala el escritor Karlos del Olmo tras el estudio de sus obras, muchas no se llegaron a estrenar o solo se representaron una o dos veces, apuntando una tarea pendiente de la escena cultural contemporanea. “La literatura dramática de Aresti puede seguir acumulando polvo y sin subir a escena durante mucho tiempo, como consecuencia de que, ya agotado el primer cuarto del siglo XXI, todavía no existe una Compañía o Institución (Comedia, en palabras del propio Aresti) Nacional de Teatro Vasco”, concluye del Olmo.
Por último, en lo que sí acertó Aresti fue en abrir paso a sus poesías mediante la música, con hitos como el disco Herriak ez du barkatuko de Imanol, la canción Egun da Santimamiña de Mikel Laboa y, sobre todo, gracias a que el grupo Oskorri sacara un disco en su homenaje, Gabriel Arestiren oroimenez, con canciones tan populares como Gora ta gora beti o Guretzat. Amezaga señala que a lo largo de su vida Aresti entregó gratuitamente sus palabras a otros cantantes, porque él también las había recibido generosamente por parte del pueblo. “Por encima de todo, fue un activista comunista y euskaltzale heterodoxo”, concluye.
Restitución de Aresti
La memoria que hoy se construye sobre Aresti tiende a desactivar precisamente esa dimensión crítica a contracorriente. Como señala Larraitz Ariznabarreta, “la memoria no conserva una figura sino que produce un uso de ella: un instrumento para consolidar hegemonías”. La investigadora en estudios vascos de la Universidad de Deusto considera que los textos de Aresti quedan así vaciados de su sentido político más vivo y reubicados como símbolo “aséptico y desinfectado” al servicio de la identidad colectiva dominante, sin el filo que los hacía incómodos.
Algo de esa restitución crítica de Aresti impulsó la iniciativa Bigarrenez Aresti de Ekida, presentada hace un año en Bilbao. “¿Para qué mencionar a Aresti en clase sin mencionar las clases?”, preguntan Mateo Zikuta y Caliè en su canción de rap Aresti bars. A partir de esa pregunta construyeron la pieza: antología del escritor en mano, cosieron frases leídas y subrayadas en casa, actualizando algunas de ellas. En el proceso de investigación, que como señalamos se necesita hacer para reinterpretar Aresti contra el consenso vigente, afirman que les dejó asombrados la capacidad de Aresti para presentar e interpretar con sencillez situaciones complejas. Repolitizar a Aresti, no solo homenajearlo, era el propósito explícito de aquel disco.
La crítica frontal de Aresti al consenso abertzale sigue siendo de total actualidad, porque Aresti vive en la memoria de quienes no se conforman con los postulados de los poderes establecidos que, ayer como hoy, buscan silenciarles
Para concluir este retrato del Aresti en permanente conflicto con la nueva hegemonía abertzale que se estaba conformando en su época hay que recordar, como ya señalamos el año pasado y siempre a partir de la biografía de Zelaieta, un incidente especialmente revelador para ilustrar ese carácter disruptivo de Aresti.
Nos referimos al prólogo que escribió para la adaptación de la pastoral ‘Kaniko eta Beltxitina’, de Jakes Oihenart: tras imprimirse en la editorial Lur, la obra fue censurada –tijera en mano– por su amigo Ramón Saizarbitoria, porque Aresti sostenía que “la patria es un concepto burgués” y que “hay posibilidades de que el euskera se convierta en una lengua burguesa”, dado que “el obrero explotado es en su mayoría erdaldun e inmigrado del extranjero”.
Cargó también contra Monzón y tuvo una “molestísima polémica con Txillardegi”. Siguiendo la estela de sus amigos Blas de Otero y Gabriel Celaya, también comunistas, Aresti dejó una serie de muestras escritas al final de su vida que apuntan en la misma dirección que las de sus principales amigos, tales como su albacea Jon Juaristi , a quien la Guardia Civil confiscó obras inéditas de Aresti aún por recuperar, la del cantante Imanol o la del ilustrador de sus obras Agustín Ibarrola, cuya surte posterior indica un camino de enfrentamiento que nadie quiere asumir pero fue por unos recorrido y por muchos más silenciado.
Parece que, aunque se intente enterrar en el olvido, esa crítica frontal de Aresti al consenso abertzale sigue siendo de total actualidad, porque Aresti vive en la memoria de quienes no se conforman con los postulados de los poderes establecidos que, ayer como hoy, buscan silenciarles.
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