Opinión
Cuando afloran las criaturas del fango

Crónicas desde la sala terminal de la cámara de eco occidental. Ayuso, Nacho Cano y el espectáculo del revisionismo colonial español en México y Extremadura.
Ayuso prensa México
Isabel Díaz Ayuso en México. Fotografía: RTVE.
15 may 2026 11:41

Hay algo cósmicamente podrido en el fango primordial.

Desde hace años, décadas, quizá más, quizá desde que el primer presentador de televisión descubrió que la indignación daba más dinero que la información, cierta subespecie de criatura política lleva evolucionando en las profundidades oscuras e hiperpresurizadas del pantano ideológico. Ahí abajo, en la penumbra fétida, alimentadas por las cálidas fumarolas térmicas de sus propias imbéciles certezas, rodeadas por el resplandor luminiscente de órganos mediáticos aduladores latiendo al unísono en perfecta validación mutua, estos seres han evolucionado. O mejor dicho: han mutado. Han desarrollado pieles gruesas y gomosas impermeables a los hechos. Órganos extra capaces de convertir cualquier contradicción en confirmación. Los ojos han desviado hacia los lados, como calamares abisales, y ya solo son capaces de detectar elogios y aplausos televisados.

En su hábitat natural son, de alguna extraña manera, magníficas. Es como contemplar una floración de algas armamentísticas bajo un microscopio del Pentágono. El problema, y es un problema de grotescas dimensiones, casi bíblicas, es lo que ocurre cuando emergen a la superficie.

Porque de vez en cuando, ocurre algún fallo en el ecosistema de soporte vital de miles de millones de euros formado por productores televisivos, aparatos de partido, encuestadores y nigromantes de think tanks, y estas criaturas emergen. Arañan su camino hacia arriba atravesando capas sedimentadas de delirio, estratos compactos de encuestas favorables, tertulias amigas, audiencias escogidas a dedo y pelotas con carrera de Derecho, hasta aparecer jadeando, parpadeando, monstruosamente inexpertas, en aquello donde el resto llevamos viviendo todo este tiempo: el mundo real. Sin filtros. Indiferente. Despiadado. Ese viejo descampado mal gestionado donde las consecuencias todavía campan a sus anchas. Y Jesucristo, la luz.

Se les ve encogerse ante ella. Las pupilas se dilatan. La boca se abre. Todo el magnífico aparato fisiológico adaptado a la burbuja se encuentra de pronto, de forma catastrófica, con aquello para lo que jamás fue diseñado: el feedback. Feedback de verdad. No el cálido, sintético y nutritivo que dice sí, tienes razón, eres brillante, te odian porque te temen, sino el feedback frío, duro y ancestral de un universo que no sabe quién eres ni le importa una mierda tu marca personal.

El emperador no está simplemente desnudo. El emperador, expuesto por primera vez a la luz del día, resulta ser no solo un hombre sin ropa sino una inverosimilitud anatómica. Cubierto de sedimentos de mentiras acumuladas. Arrastrando largas frondas de algas ideológicas entre las piernas. Parpadeando con esos enormes e inútiles ojos adaptados a la oscuridad frente a un sol que no tiene el más mínimo interés por su relato.

Lo que sigue es siempre espectacular. Siempre. Una combinación perfecta entre el horror de un accidente de tráfico y el placer estético puro de ver cómo la hybris detona a cámara lenta. Tomemos las notas de campo, espécimen por espécimen.

Espécimen A: la cepa Mar-a-Lago. Criaturas tan profundamente marinadas en nacionalismo televisivo que llegaron a creer de verdad que Irán estaba esperando al hombre fuerte estadounidense adecuado para poner orden allí como quien adquiere un casino en quiebra. Que Cuba, tras sesenta años de embargo e intervencionismo, miraría al último emisario de la Doctrina Monroe y diría: sí. Por fin. Salvación con corbata roja y caravana oficial. La criatura emerge. El mundo rechaza la oferta. La criatura los llama desagradecidos.

Espécimen B: en alguna tierra baldía de añoranza brexitera de las comarcas tories inglesas —ahora Reform— desfila la colección de políticos adaptados a la burbuja que salieron de su mundo herméticamente sellado de fantasías imperiales para descubrir, entre auténticos alaridos de incredulidad, que la Unión Europea no iba a desmoronarse ante la abrumadora fuerza del excepcionalismo británico; que Irlanda no iba a borrar su frontera por petición educada; que cuarenta años de integración económica no podían desmontarse en dieciocho meses sin consecuencias; y que el resto del mundo, curiosamente, había seguido existiendo y formándose opiniones mientras estas criaturas se cocían en su propia mitología. La criatura se repliega. La criatura los llama globalistas.

Pero para alcanzar el esperpento cristalino, de calidad museística, para el espécimen que obliga al naturalista a dejar la libreta y quedarse simplemente mirando, tenemos que viajar a Ciudad de México. Primera semana de mayo de 2026. Porque lo que ocurrió allí no fue solo un error de cálculo político. Fue una obra maestra. Un evento de emergencia perfecto, terrible e inolvidable.

Imaginemos la escena tal y como debía verse desde dentro de la burbuja: Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, estrella de la derecha española, ídolo del circuito de think tanks donde aparentemente practican el revisionismo histórico como si fuese deporte de competición, se sube a un avión a costa del contribuyente madrileño (diez días, del 3 al 12 de mayo, un “viaje institucional” de esos que le hacen a uno preguntarse cuál era exactamente el negocio y quién demonios lo estaba haciendo) y aterriza en Ciudad de México con un sentido de misión que solo puede proceder de años respirando aire ideológicamente filtrado y sin cortar.

Llega acompañada de Nacho Cano, superviviente del pop ochentero que funciona a base de vapores de antiguas glorias y del aparentemente inagotable combustible de su propia autoestima; empresario, productor y autor de un espectáculo sobre la conquista española tan agresivamente tendencioso que probablemente habría hecho arquear una ceja hasta a los propios conquistadores originales, que al menos tuvieron la modestia de hacer el rebranding después de los hechos y no antes. Juntos, estos dos especímenes organizan un evento y le ponen un nombre tan descomunalmente, tan operísticamente fuera de tono que merece ser reproducido íntegro, saboreado en toda su grandiosidad inconsciente:

Celebración por la Evangelización y el Mestizaje en México: Malinche y Cortés

CELEBRACIÓN. Por la EVANGELIZACIÓN. En México. En 2026. Pagado por los contribuyentes madrileños. La diplomacia, como disciplina, sigue evolucionando. Solicitaron, y aquí es donde la magnificencia se vuelve casi insoportable, celebrar el acto en la Catedral Metropolitana de Ciudad de México. Es decir: vieron un edificio construido sobre las ruinas del Templo Mayor, sobre el suelo sagrado de la civilización que Cortés desmontó sistemáticamente, y pensaron: sí. Este es el lugar adecuado para celebrar todo aquello. Un homenaje dorado y barroco a la imposición que sustituyó lo que fue demolido para levantarlo. ¿Qué mejor escenario? En ningún momento del proceso pareció producirse lo que la ciencia médica denomina una señal de alarma.

El Arzobispado de México, demostrando bastante más instinto diplomático que la presidenta madrileña, determinó que el acto tenía “implicaciones ideológicas”, carecía de los permisos necesarios y declinó, uno imagina que tras cierto carraspeo eclesiástico, ejercer de anfitrión.

En este punto, una delegación política normal habría reconsiderado la operación de imagen. Pero las delegaciones normales suelen evitar organizar fiestas de la conquista encima de las tumbas de la civilización conquistada. Los estándares varían.

El circo acabó trasladándose al Frontón México. Uno imagina acreditaciones colgando del cuello. Quizá carpetas corporativas. Margaritas tematizadas “estilo Madrid”. Desde luego, agua embotellada. Fuera, mientras tanto, los colectivos indígenas ya estaban en la calle. La presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, la primera mujer y la primera persona de herencia indígena y judía en ocupar el cargo, jugó su carta con la calma de quien sabe perfectamente lo que tiene entre manos. Publicó un documento. Un decreto real. Valladolid, 1548. Carlos V de España escribiendo a la Real Audiencia de Nueva España. En él, incluso la Corona española, que nunca fue precisamente un monasterio de ética anticolonial, terminó considerando los excesos suficientemente intolerables como para documentarlos y ordenar la liberación de los indígenas esclavizados por Hernán Cortés, marqués del Valle. El texto citaba los lugares: Tepeaca. Texcoco. Cuernavaca. Oaxtepec. Cholula. Describía el marcaje de mujeres y niños con hierro candente, el secuestro de hombres para combates forzados, la captura de personas que ya habían pactado la paz. Ordenaba liberar a los supervivientes, a sus hijos y descendientes, y que el decreto fuese leído en plazas y mercados de Nueva España.

Ese era el documento cuya historia habían ido a México a “celebrar”. “Quienes buscan reivindicar a Hernán Cortés y sus atrocidades”, dijo Sheinbaum, con una economía verbal que haría llorar de envidia a un cirujano, “están destinados al fracaso”. Frente a las protestas, las cancelaciones y el muro helado de la memoria histórica de todo un país devolviéndole el golpe, Ayuso asumió su papel habitual de víctima, activando el reflejo martirológico como una respuesta inmunitaria. Más tarde afirmó que su delegación se había visto obligada a adoptar medidas extraordinarias de seguridad que incluían tiempo de playa. Que habían estado en peligro. Que podría haber pasado cualquier cosa. Protector solar no les faltó.

La criatura, tan magnífica en las profundidades, había salido a la superficie. La luz del día cayó sobre ella como la linterna de un policía. Y quedó expuesta. Y aquí es donde la comedia entra en su segundo movimiento, más oscuro. Aquí es donde la risa se atasca en la garganta. Un politólogo examinando los restos podría sugerir discretamente que Ayuso buscaba exactamente esto. Que el enfrentamiento con Sheinbaum —imposible por la vía diplomática, porque la presidenta mexicana simplemente habría ignorado a una dirigente autonómica— era precisamente el objetivo. Que el grotesco espectáculo de rehabilitación colonial era un producto fabricado para consumirse de vuelta en España, donde cierto electorado encuentra este tipo de desafío no repulsivo sino embriagador. No una criatura emergiendo ciegamente de su burbuja, sino una criatura utilizando la apariencia de ceguera como arma.

Si el parpadeo es una performance, si la perplejidad está calculada, entonces no estamos viendo incompetencia. Estamos viendo algo más viejo y más frío. A alguien contemplando una herida de quinientos años, documentada por la propia Corona, y decidiendo que es útil. Que el dolor de Tepeaca, Cholula y los niños marcados en las campañas del marqués puede convertirse, con la escenografía adecuada y un público amistoso, en algo parecido a una marca política.

Esa es la pregunta que no deja de perseguirte. Porque la tecnología de la cámara de eco moderna ya es lo bastante sofisticada como para permitir que sus habitantes sean simultáneamente sinceros y cínicos: creer de verdad las partes reconfortantes, interpretar las útiles, incapaces incluso de distinguir entre ambas porque la diferencia se disolvió hace mucho tiempo en el baño caliente del consenso incuestionado.

¿Están ciegas estas criaturas? ¿O simplemente les resulta conveniente la ceguera?

Para la cepa Mar-a-Lago, el cálculo es obsceno en su claridad: la crisis con Irán, el pulso con Cuba, las muertes, las sanciones y el caos regional no son errores de cálculo. Son el producto. La crisis es el contenido. La base necesita un enemigo; el enemigo necesita una crisis; y el sufrimiento ajeno paga los costes de producción. En el caso de Ayuso en México, las protestas indígenas, el desplante presidencial, el naufragio diplomático de una provocación de diez días pagada por dinero público, todo eso se transforma, de vuelta en el plató de la cámara de eco madrileña, exactamente en las imágenes que alimentan la máquina. La atacaron. Fue valiente. Dijo la verdad y ellos —ese ellos vago y conspiranoico de toda mitología de burbuja— no pudieron soportarlo. Ella es la víctima eterna.

La herida no es un obstáculo para la performance. La herida es la performance. Pero si creen que el episodio mexicano ya ofrecía suficiente ironía histórica, esperen. Nacho Cano, imperturbable, aparentemente energizado, como todos los verdaderos creyentes, por la hostilidad de los no convertidos, ha recogido su espectáculo ambulante de aceite de serpiente, su cabalgata revisionista, su celebración de los aspectos entrañables de la demolición civilizatoria, y se lo trae a la tierra de los conquistadores. A Extremadura. A Cáceres. A una sala de conferencias de un hotel de lujo donde impartirá su charla sobre las glorias de la conquista.

El hotel es el Palacio de Godoy. Curio Collection by Hilton. El Palacio de Godoy fue encargado en 1548 por Francisco de Godoy Aldana, uno de los principales lugartenientes de Francisco Pizarro, el hombre que hizo con el Imperio inca aproximadamente lo mismo que Cortés hizo con el azteca. Godoy regresó a Extremadura rebosante de los beneficios de aquella empresa concreta y se construyó un palacio. Sigue en pie, en la ciudad monumental de Cáceres, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, que es en sí misma básicamente un monumento a la riqueza que volvió a Extremadura tras el desmontaje sistemático de las civilizaciones precolombinas. Cada almena nobiliaria, cada escudo tallado, cada patio renacentista: residuos arquitectónicos de la conquista.

¿Y quién restauró el Palacio de Godoy? ¿Quién invirtió millones de euros en rehabilitarlo y convertir la casa del conquistador en un hotel de lujo?

Scipion Real Estate. Una empresa inmobiliaria peruana. Fundada por un hombre que pasó años trabajando en Lima, que presentó el proyecto explícitamente como una forma de conectar Extremadura y Perú, que decoró el restaurante y las suites con textiles procedentes de la Amazonía peruana que el antepasado de su inversor ayudó a someter. El restaurante del hotel se llama Mamay Aldana, por María de Aldana, madre de Francisco de Godoy: una mujer extremeña cuyo hijo ayudó a Pizarro a tomar Perú, y cuyo palacio acabaría siendo restaurado y transformado en hotel de lujo con dinero procedente del país conquistado.

La rueda de la historia, al parecer, tiene sentido del humor. Uno muy negro. Y es dentro de este laberinto barroco de ironía colonial —el hotel de cinco estrellas levantado sobre beneficios de la conquista y pagado con capital peruano, en la tierra ancestral de los hombres que fueron allí a expoliarlo todo— donde entran Nacho Cano y Juan Miguel Zunzunegui, recién vapuleados en Ciudad de México, para explicar que en realidad la conquista estuvo estupendamente. Más que estupendamente. Fue una celebración. Fue evangelización. Fue mestizaje —un mensaje de esperanza y alegría— y todos deberíamos mostrarnos mucho más agradecidos.

Zunzunegui, que en México afirmó que no hubo conquista, que “fue el nacimiento de México”, que puso en duda que aquello pudiera llamarse genocidio, se plantará en la casa construida por el lugarteniente de Pizarro con oro inca y repetirá exactamente la misma función. Quizá con las mismas diapositivas. Con la misma convicción absoluta, serena y climatizada de que las pruebas materiales de la sala que lo rodea —las paredes, el patio, el mismísimo dinero peruano incrustado en los muros— no constituyen una réplica válida.

La cámara de eco no solo los ha seguido hasta casa. Ha hecho check-in. Tiene habitación con rooftop bar y vistas al campo extremeño. Y esto nos lleva a la palabra que se retuerce en el centro de todo este carnaval. No conquista. No mestizaje. La palabra es evangelización, y merece la pena detenerse un momento y mirarla de frente, sin pestañear.

Evangelización. El regalo de la fe. La introducción del único Dios verdadero a millones de pobres desgraciados que, por algún error administrativo cósmico, habían permanecido cuarenta mil años completamente abandonados por una deidad que aparentemente solo recordó su existencia en 1519, cuando envió el mecanismo de entrega adecuado en forma de viruela, acero y un hombre de Medellín con intereses financieros en el asunto.

Deténganse un segundo en eso. El argumento —pronunciado con toda seriedad, en un hotel de lujo, en pleno siglo XXI— es que fue una buena idea llegar ante pueblos que habían construido ciudades, cartografiado estrellas, desarrollado escritura, levantado templos, cultivado maíz, cacao y filosofía política, para informarles de que todo su marco cosmológico era erróneo; que los dioses venerados durante cien generaciones eran demonios o alucinaciones; y que la deidad correcta, que curiosamente no había mostrado el más mínimo interés previo por el hemisferio occidental pese a su supuesta omnisciencia, ya estaba disponible, a punta de espada, para contratación inmediata. Y si la conversión no era del todo satisfactoria, si los recién bautizados conservaban apegos incómodos hacia sus antiguas metafísicas, bueno. Existían instrumentos para resolverlo. Siempre hay instrumentos.

Eso es lo que significa evangelización cuando se le arrancan las luces de festival y la producción de Nacho Cano. La imposición de un credo de la Edad del Bronce, ensamblado en el Levante de la Edad del Hierro, refinado en las cortes de Constantino y militarizado por la Inquisición, sobre pueblos cuyo único delito consistía en existir al otro lado de un océano. El “favor” que se conmemora es el favor de ser informado, bajo coacción, de que llevabas teológicamente equivocado desde el nacimiento y de que tu corrección ya no era negociable.

El narcisismo necesario para presentar todo eso como un acto de generosidad no es solo asombroso. Es, en términos clínicos, fascinante. La grandiosidad del ego que puede contemplar esa historia —el hierro, el fuego, los niños de Cholula— y llegar a la palabra celebración.

El narcisismo necesario para presentar todo eso como un acto de generosidad no es solo asombroso. Es, en términos clínicos, fascinante

Eso no es revisionismo histórico. Es un trastorno de personalidad con gabinete de prensa. Se puede debatir el balance del colonialismo, porque existe un balance, por horrendas que sean las matemáticas. Se puede reconocer que España construyó universidades, que el mestizaje produjo finalmente una civilización de enorme complejidad y belleza, que la historia no es un cuento simple. Nada de eso obliga a practicar amnesia respecto a los hierros candentes.

Lo que no puedes hacer, lo que ningún acercamiento honesto al registro histórico permite, es llamarlo celebración. Esa palabra no es una posición ideológica. Es un síntoma. Y así llega el espectáculo a Cáceres. Las criaturas se secan, se sacuden el limo primordial de las extremidades, se recolocan las acreditaciones y hacen check-in en el palacio financiado con dinero peruano del hombre que ayudó a conquistar Perú. El rooftop bar tiene vistas panorámicas. Los textiles amazónicos de las suites son elegantes. La ironía flota sobre todo el montaje como monóxido de carbono: incolora, inodora y discretamente letal para cualquiera que permanezca demasiado tiempo en la habitación.

Las paredes saben lo que son. Las paredes fueron construidas sobre lo que fueron construidas. El dinero que las restauró vino de donde vino. La rueda giró, como giran las ruedas, con el humor sombrío, mecánico e impersonal de las cosas que no necesitan nuestro permiso para ser lo que son.

Las criaturas no lo sentirán. Nunca notan cuando el suelo se mueve. Para eso está el limo. Volverán a hundirse, tarde o temprano. De vuelta a la oscuridad presurizada. A las cálidas fumarolas de sus propias certezas, al pulso bioluminiscente del aparato que las aplaude, a la oscuridad perfecta, sellada y nutritiva donde la luz no puede alcanzarlas, donde los documentos no pueden tocarlas y donde los niños de Cholula no son más que una molestia retórica de la que ya se ocupará otro.

Y el limo volverá a cerrarse sobre ellas, como siempre hace. Paciente. Cálido. Esperando la próxima emergencia.

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