Opinión
Miedo y fe en la rotonda de Cáceres
El tipo del atril tenía el pelo de un telepredicador que hubiera descubierto los esteroides. Peinado hacia atrás. Lacado. Convertido en arma. El traje costaba más que un Humvee y le sentaba como si la rectitud moral se hubiera cortado a medida sobre sus hombros. En los ojos llevaba esa vehemencia tan concreta del hombre que acaba de encontrar a Dios y que, entre lingotazos de petaca, aún no descarta del todo la posibilidad de que fuera Dios quien lo encontrara antes a él.
Estamos en el Pentágono. O en lo que antes era el Pentágono, hasta que alguien en el universo MAGA decidió que el viejo campus de la Agencia Nacional de Inteligencia Geoespacial, en Virginia, ofrecía un escenario espiritualmente más flexible. El que en otro tiempo fue el mayor edificio de oficinas del mundo —veintitantos kilómetros de pasillos, treinta mil almas procesando la maquinaria de la consecuencia estadounidense— acoge ahora una reunión de oración. Esto puede ser lo más natural del mundo o lo más demente, y cuando la fiebre termina de prender, la distinción deja de importar.
La nación estaba en guerra. Personal militar estadounidense había vuelto a sus familias en cajas de pino cubiertas por la bandera, cortesía de un conflicto que había empezado cuando el dios de otro dio luz verde al gobierno en una región donde, históricamente, las luces verdes han sido el preludio de la catástrofe. El peso de todo aquello pendía sobre la sala como cordita y profecía veterotestamentaria, que, visto que la teología en juego, quizá sean la misma cosa.
Y entonces —que Dios nos ampare, cosa que no hará— Pete Hegseth empezó a hablar.
A esas alturas ya le habían hecho rebranding. El rótulo de Fox News actualizado, las tarjetas de visita reimpresas. “Secretario de Defensa” tenía un olor rancio a Convención de Ginebra, un tufo salobre a contención institucional. “Secretario de Guerra” tenía la claridad honesta de un hombre que por fin había dejado de esconder la mercancía. Y allí plantado, ante un auditorio de personal uniformado —soldados, marineros, aviadores, marines, todos ellos juramentados a una Constitución que, si es leída con el ángulo adecuado, contiene una cláusula bastante clara sobre la religión de Estado—, el Secretario de Guerra abrió la boca. Lo que salió no fueron exactamente las palabras de un supremacista blanco tatuado, sino las del muy negro Samuel L. Jackson.
Bueno, no literalmente. Pero el pasaje —el pasaje— llegó con toda la carga de Ezequiel 25:17 reimaginado por Quentin Tarantino, pronunciado por un hombre que había confundido Pulp Fiction con el Libro del Apocalipsis. “La senda del hombre justo…”, entonó el Secretario, y algo se quebró en la sala, alguna membrana entre lo sagrado y lo cósmicamente absurdo, y por esa grieta se vertió todo lo que lleva años fermentando en el cristianismo de Estados Unidos y, por extensión, del mundo.
Porque esto —esta reunión de oración en un edificio diseñado para la proyección organizada de fuerza letal, este hombre invocando escritura cinematográfica ante una congregación militar en nombre de una guerra ajena, con el Espíritu Santo aparentemente habiendo pasado sus órdenes de despliegue por el mando combatiente correspondiente— no era el cristianismo de tu abuelo. No era el cristianismo del Papa. Ni siquiera era el cristianismo de Tomás de Aquino o de Agustín o de aquellos hombres aplicados de Ginebra discutiendo sobre la gracia en cuartos fríos. Era algo que se había desgajado del cuerpo principal de la fe como se desgajan las placas tectónicas, despacio y luego de golpe, y que ahora chocaba contra dos mil años de tradición con la alegre seguridad de un hombre al que jamás le han pedido justificarse ante nadie ni ante nada.
Enrique VIII, ese magnífico cabrón sudoroso, necesitó un divorcio y un Acta del Parlamento. Y con todo, lo único que consiguió partir fue Inglaterra de Roma. Estos iban a por la pieza entera. Pero detengámonos un momento a considerar al hombre que mandó a Hegseth. El de arriba. El casero de toda la operación.
Porque mientras su Secretario de Guerra canalizaba a Tarantino ante una congregación cautiva, el actual ocupante de la Casa Blanca —dos veces sometido a impeachment, cuatro veces imputado, una vez condenado— andaba en su plataforma de redes sociales, esa que funciona como un enlace neuronal directo entre su ego y su rebaño, publicando imágenes de sí mismo como el salvador cristiano.
No al lado de Jesús. No inspirado por Jesús. Como Jesús. La luz dorada. La corona de espinas pasada por la estética MAGA. Hagiografía generada por IA para un hombre que, según documentación fiable, no ha asistido jamás a un oficio religioso en el que no hubiera cámaras, no ha sostenido jamás una Biblia que no estuviera usando como atrezo, no ha demostrado jamás familiaridad alguna con su contenido más allá de su utilidad como objeto rectangular que señala afiliación tribal a gente demasiado lejos para leer la portada.
Y su base, que Dios los quiera, que Dios llore por ellos, lo lamió con gusto. Lo compartió. Lo estampó en camisetas. Lo colgó en salones, junto a su Jesús blanco de fieltro, el de Nazaret, el que tenía cosas bastante punzantes que decir sobre los ricos, los poderosos y quienes montan una performance de piedad pública mientras en privado tratan a los pobres como si fueran mobiliario.
Hay una especie concreta de desprecio que necesita intimidad para sostenerse. No puedes despreciar a desconocidos con verdadera eficacia. Pero a la gente que has estudiado, cuya psicología has cartografiado, cuyos miedos has catalogado, cuya fe has medido y has descubierto útil —a esa gente sí puedes despreciarla con la precisión concentrada de un láser. Este es un hombre con un conocimiento de cátedra de exactamente cuánto se le puede extraer a alguien a quien han enseñado que sufrir es santo.
Sabe que los fieles mirarán esas imágenes de Jesús y sentirán no sacrilegio, sino calidez. Porque la alternativa sería concluir que les han tomado el pelo. Y la mente —ese organismo magnífico de autoprotección— construirá cualquier relato, escalará cualquier montaña teológica, ejecutará cualquier pirueta hermenéutica antes que llegar a la conclusión de que el hombre al que dieron sus votos, sus diezmos y su identidad lleva riéndose de ellos desde el primer apretón de manos, allá al fondo de su limusina.
Este es el sistema. No es estupidez, la estupidez es accidental. Este es el punto final lógico de un proyecto de décadas: la captura total de la identidad cristiana como marca política, cercenada de cualquier contenido cristiano, vigilada en sus fronteras mediante la acusación de mala fe. La cruz en la solapa. La oración antes de la rueda de prensa. Esa vaga energía espiritual que le dice a la base quienes son los suyos.
El contenido de la fe —las Bienaventuranzas, las obras de misericordia, el camello y el ojo de la aguja, la insistencia radical y económicamente inconveniente en que los últimos serán los primeros— no es el producto. Ese contenido es un lastre. Ese contenido es lo que el Papa no deja de sacar a relucir. Entonces Dios, Zeus, el universo, ese humorista chiflado e improvisador, decidió subir la apuesta.
Murió el Papa rojo argentino. Y el Colegio Cardenalicio, encerrado en la Capilla Sixtina con sus papeletas y su antiguo ritual, miró al otro lado del Atlántico, a la ruina humeante del cristianismo estadounidense —las bancarrotas por pederastia, los selfis con Jesús, las reuniones de oración en el Pentágono, el Secretario de Guerra haciendo de Tarantino para los soldados— y eligió a un Papa estadounidense.
Un chico del South Side. Un fan de los White Sox. Un crío de Dolton, Illinois, que había crecido jugando a ser cura en el sótano de su familia, repartiendo obleas de caramelo a sus hermanos como si fueran comunión cuando no estaba fingiendo ser uno de los Blues Brothers. Un hombre de fe que luego se pasó décadas como misionero en Perú, hasta que los cardenales, en su infinita y al parecer traviesa sabiduría, decidieron que el 267.º sucesor de Pedro debía ser Robert Francis Prevost. Ahora León XIV.
Parece ser que el universo tiene sentido del humor.
Pensemos bien en la geometría de todo esto. El hombre que se colgaba aureolas generadas por IA tenía ahora que vérselas con un Papa sin acento. Un Papa al que no podía despacharse llamándolo un peón comunista de Buenos Aires. Un Papa americano. Su americano. Nacido a cuarenta minutos de uno de sus campos de golf, más o menos, descontando la inmensa distancia moral que separa Dolton de Mar-a-Lago.
El Rey Cheeto respondió con su habitual precisión teológica. Informó al mundo, vía Truth Social, de que no podía tolerar a un Papa que criticara al presidente de Estados Unidos. Acusó a León de ser —hay que dejar que esto respire— “DÉBIL con el Crimen, y terrible para la Política Exterior”. Sugirió que León ni siquiera sería Papa de no haber sido por su reelección. El vicario de Cristo, en otras palabras, le debía una.
Luego volvió a publicar la imagen de Jesús. Ese mismo día. Él mismo: dorado, luminoso, con la corona de espinas transmitiendo no sufrimiento sino dominación, como todo lo que toca transmite. Cuando lo confrontaron, dijo que pensaba que era una imagen de sí mismo como médico. La borró. Y luego publicó otra: Jesús abrazando su corpachón, con un pie de foto insinuando que el Altísimo había sopesado las opciones y se había hecho MAGA. Cabe suponer que el Sermón de la Montaña estaba siendo revisado. Bienaventurados los que tienen ratings.
Mientras tanto, Hegseth explicaba a la prensa que una reciente operación de rescate en Irán se había desarrollado durante Viernes Santo, Sábado Santo y Domingo de Resurrección, y que por tanto Dios había dado claramente su visto bueno previo al bombardeo aéreo. “Un piloto renacido”, dijo. “Dios es bueno.”
A diez mil millas del Pentágono, entre los más pobres de Camerún, León XIV oyó aquello y desplegó la palabra que los profetas reservaban para las ciudades a punto de pasarlo muy mal. “Ay de quienes manipulan la religión y el mismo nombre de Dios para su propio beneficio militar, económico y político, arrastrando lo sagrado a la oscuridad y la inmundicia.” Cuando le preguntaron por la respuesta beligerante de la administración, el Papa dijo simplemente: “No les tengo miedo.”
JD Vance —converso al catolicismo, autodenominado “baby Catholic”, un hombre que encontró a Jesús en algún momento posterior a encontrar el dinero de Peter Thiel— le dijo al Papa que se mantuviera al margen de la política y se concentrara en la moral. El vicepresidente de Estados Unidos. Dándole instrucciones al Papa. Sobre moral. Sobre qué moral concreta se le permitía abordar al Papa. Todo esto mientras la administración a la que sirve deporta refugiados, bombardea Irán y genera imágenes de IA de su líder como Mesías.
León, en pie en aquella catedral camerunesa, lo formuló con la paciencia de un hombre que llevaba esperando exactamente este momento: “Los señores de la guerra fingen no saber que destruir requiere solo un instante, mientras que para reconstruir a menudo no basta toda una vida.” Enrique VIII rompió con Roma porque Roma no iba a darle lo que quería. Estos hombres intentan algo más ambicioso. Están tratando de convertirse en Roma. De sustituir el contenido por la estética. De ponerse la cruz sin aceptar el peso. Roma había respondido. Desde Chicago.
El cisma, como todos los buenos apocalipsis, no es solo estadounidense. Se ha vuelto plenamente internacional: franquiciado como una teología de comida rápida, adaptado a los mercados locales mientras mantiene los mismos ingredientes esenciales: una cruz reutilizada como arma, una persona pobre reutilizada como amenaza, un multimillonario reutilizado como prueba del favor divino. Como McDonald’s, esta nueva religiosidad ha encontrado terreno fértil aquí, en la península ibérica. España.
El cisma, como todos los buenos apocalipsis, no es solo estadounidense. Se ha vuelto plenamente internacional
El país de Torquemada y Teresa de Ávila, de la Inquisición y los místicos y los sketches de Monty Python, de catedrales tan extravagantemente bellas que por sí solas constituyen un argumento a favor de la existencia de Dios, independientemente de lo que uno pensara antes de entrar. Un país que pasó cuarenta años bajo una dictadura teocrática llamada nacionalcatolicismo, que fundió la cruz y la espada con tal intensidad que han hecho falta medio siglo de democracia para intentar separarlas, y ni siquiera está claro que el trabajo haya terminado.
Porque aquí, en este reino supuestamente secular, la misma mutación teológica se está propagando. Con un sabor específicamente español —más vino que whisky, más Opus Dei que Oral Roberts—, pero llegando al mismo destino por otra ruta.
Los nostálgicos del régimen, y hay bastantes más de los que el consenso liberal se siente cómodo reconociendo, han estado observando a León XIV con el disgusto de quien consideraba que la institución era suya y descubre de pronto que vuelve a estar ocupada por la agenda equivocada. El Sermón de la Montaña, según su lectura, es marcadamente comunista, y con Bergoglio ya estaban hartos, porque para ellos no era más que un marxista con sotana. Las partes del camello y la aguja son, en el mejor de los casos, metafóricas. “Dad al César” significa, tras una cuidadosa relectura, que los multimillonarios son César y que, por tanto, sus arreglos fiscales son sagrados. Los migrantes que cruzan el Estrecho de Gibraltar desde esa África de la que España y el resto de Europa llevan siglos extrayendo riqueza son el objeto adecuado del miedo y el resentimiento que, por alguna lectura especialmente retorcida, el Evangelio al parecer autoriza.
Han hecho lo que las estructuras de poder llevan dos milenios haciéndole a la Escritura incómoda: leer por los bordes, leer a través, leerla en diagonal hasta que acaba diciendo exactamente lo que necesitan que diga. La diferencia ahora es la velocidad y la seguridad con que lo hacen. La ausencia total de vergüenza. La sensación de que ya no hace falta ocultar las contorsiones hermenéuticas porque su equipo va ganando y al Papa, incluso a este Papa, incluso al estadounidense del gorro de los White Sox y los modales suaves, se le puede despachar como si fuera un actor político más.
Han hecho lo que las estructuras de poder llevan dos milenios haciéndole a la Escritura incómoda: leer por los bordes, leer a través, leerla en diagonal hasta que acaba diciendo exactamente lo que necesitan que diga
La extrema derecha española ha llegado incluso a acusar a la Iglesia de lucrarse cuidando a migrantes. Algo que ni el polemista anticlerical más feroz de la historia de España habría dicho tan campantemente en público. Han echado su suerte no con el hombre de Roma, sino directamente con la fuente original: han plantado sus tiendas junto al dirigente genocida de Jerusalén que dice tener escritura del Gran Oriente Medio, firmada por el de arriba con la sangre de sus enemigos.
Y luego está Isabel Díaz Ayuso.
Presidenta de la Comunidad de Madrid. La mujer que convirtió la Puerta del Sol en un templo de provocación libertaria, cuya marca política consiste básicamente en la libertad —concretamente la libertad de tomarte una caña en una terraza, mandar a tus hijos a un concertado, pagar menos impuestos que tus vecinos de Catalunya y ser ruidosamente, performativamente española en maneras que hacen sentir que está defendiendo la civilización misma.
Era, según la versión que uno creyera, agnóstica. Quizá atea. Hija de la generación de la transición secular, más moldeada por las discotecas de la movida que por los confesionarios de las iglesias. Y entonces cambió el viento.
Ayuso ha encontrado la fe. Una fe muy moderna. Una fe que no vive en la magnificencia cargada de incienso de la Almudena, ni en las sinagogas convertidas en mezquitas convertidas en iglesias de Toledo, que resumen ocho siglos de espacio sagrado disputado, ni en las ermitas románicas de las sierras y las llanuras donde la tradición cristiana real de Castilla fue levantándose piedra a piedra por gente cuya teología era inseparable de su pobreza.
No. La fe de Ayuso vive en la calle Serrano. En think tanks con fachada de cristal, en podcasts y en la teología política de los nuevos libertarios teológicos: esos que han revelado que Dios es, después de todo, un partidario del libre mercado. Que la mano invisible y la mano de la Providencia son, bien mirado, la misma mano. Que los Evangelios, leídos correctamente —es decir, leídos de la única manera que no incomoda al Ibex 35—, constituyen una defensa sorprendentemente robusta de la baja tributación empresarial y de la política de deportaciones.
Es la nueva fe MAGA, traducida. El mismo movimiento de fondo, cristianismo como identidad, como bandera, como camiseta del equipo civilizatorio, ejecutado en castellano, con mejor sastrería y una referencia a la Reconquista allí donde la versión estadounidense metería con calzador a los Padres Fundadores. Cambian los cosméticos. El desprecio cínico es idéntico.
Desprecio por los curas de barrio que se toman en serio la doctrina social. Desprecio por quienes hacen voluntariado en Cáritas en Lavapiés, haciendo justamente lo que el Sermón de la Montaña, leído sin filigranas, manda hacer. Desprecio, sobre todo, por su propia base creyente: la gente genuinamente devota que llena los bancos de las parroquias obreras de Vallecas y Carabanchel, que enciende velas por sus muertos y cree, con la integridad sencilla de quienes no conocen otra cosa, que la Iglesia como institución quiere decir lo que dice.
Esa gente resulta útil. Sus votos valen lo mismo que los de cualquiera. Su identidad católica aporta el marco civilizatorio que vuelve inteligible todo el proyecto.
Su fe real —con algunas de sus exigencias incómodas, sus implicaciones económicas, su insistencia en que el extraño a la puerta es Cristo disfrazado— puede esperar. Esa parte siempre ha podido esperar. Ese es el truco más viejo de la historia del cristianismo institucional, y los nuevos libertarios teológicos del Pentágono y de las calles Bambú y Génova no lo inventaron. Se han limitado, y aquí es donde la magnitud de la ruptura se vuelve plenamente visible, a dejar de fingir. La máscara no se está cayendo. Han decidido que ya no les hace falta.
Lo que nos lleva, al final, a una rotonda de Cáceres.
No metafóricamente. Una rotonda de verdad, con tráfico, humos y gente intentando llegar al supermercado mientras la historia grita bajito desde la isleta central. Un cruce en Cáceres, una ciudad de sedimento histórico tan acumulado, de capas geológicas tan densas de conquista y reconquista, romanos, visigodos, moros y un sello de la UNESCO, que añadir un símbolo más al montón podría parecer redundante. No lo es. En esta ciudad nada es redundante. Todo significa algo. Ese es el problema.
El problema en cuestión mide doce metros y medio de alto, con brazos de tres metros. Se construyó en 1937, cuando la Guerra Civil aún se estaba resolviendo en sangre, aprobada por decreto municipal el 9 de septiembre de ese año como monumento para honrar a los caídos del bando sublevado —el bando insurgente, el bando de Franco, el bando que acababa de terminar de fusilar a una parte nada despreciable de su propia ciudadanía por el delito de haber votado mal. Fue una de las primeras de su clase en España. Tenían prisa.
Pero antes de la cruz hubo una fuente.
En el lugar exacto donde hoy se alza la cruz estuvo la Fuente del Lápiz, conocida cariñosamente por los cacereños como La Palmatoria, construida en 1934, durante la Segunda República. Una fuente pública. Un objeto cívico. La clase de cosa que una democracia funcional pone en sus plazas por una razón no más ideológica que esta: la gente tiene sed y las ciudades deberían ser agradables.
Los franquistas la arrancaron. No metafóricamente. Con herramientas. A conciencia. Derribaron la fuente republicana y levantaron, en su localización precisa, esta cruz de doce metros. El acto no fue accesorio. Era el punto central. La sustitución ideológica era el principio operativo de toda la relación del régimen con el espacio público, y aquí estaba la cosa misma, ejecutada en piedra y hormigón en un cruce de Extremadura mientras la guerra seguía caliente. Era un recordatorio y una amenaza.
Los franquistas la arrancaron. No metafóricamente. Con herramientas. A conciencia. Derribaron la fuente republicana y levantaron, en su localización precisa, esta cruz de doce metros
Y luego la inauguraron. Pilar Primo de Rivera, jefa de la Sección Femenina de Falange, llegó en mayo de 1938 y se quedó cuatro días. Antes de ella, según la prensa entusiasta de la época, desfilaron quince mil soldados y trescientas banderas. Se soltaron mil palomas. Asistió el obispo de la diócesis. Cantaron niños. Después hubo función de gala en el Gran Teatro. Se juraron banderas a sus pies. Se celebraron primeras comuniones delante del monumento —niños vestidos de blanco, ante una mole cuyas inscripciones decían, en una cara: “18 de julio de 1936. ¡Arriba España! Saludo a Franco”, y en otra: “A los hijos de esta ciudad que dieron su vida por España una, grande y libre.”
Y el alcalde, Narciso Maderal Vaquero, explicó lo que todo aquello significaba, en una frase que contiene el crimen teológico entero en veinticuatro palabras: “Vamos a inaugurar esta cruz que, siendo símbolo de la redención del género humano, lo es a la vez de la redención de España.” Detengámonos aquí. No pasemos de largo.
Vamos a inaugurar esta cruz que, siendo símbolo de la redención del género humano, lo es a la vez de la redención de España.
La redención del género humano: esa es la afirmación teológica. La del Gólgota. La del sacrificio voluntario del inocente por los pecados de todos, la subversión radical del poder mundano, el preso ejecutado como rostro de Dios. Dos mil años de teología cristiana, por discutida, comprometida y abusada institucionalmente que haya estado, orientados alrededor de ese acontecimiento y de su sentido.
La redención de España: esa es la otra afirmación. La del 18 de julio de 1936. La del golpe militar contra un gobierno democráticamente elegido, la matanza de cientos de miles de civiles, las fosas comunes que salpican las cunetas de Extremadura y del resto de España hasta hoy, los cuarenta años de dictadura teocrática que vinieron después.
El alcalde puso ambas cosas en la misma frase. En la misma estructura gramatical. Como redenciones paralelas y equivalentes. Como si Cristo resucitado y Francisco Franco estuvieran desempeñando la misma función a distinta escala: uno arreglando a la humanidad y el otro arreglando la península.
Este es el secuestro. Aquí es donde ocurrió: justo aquí, en esta frase, en esta ciudad, en 1938, con mil palomas girando sobre las cabezas y niños cantando ¡Arriba España! y una fuente arrancada de raíz para hacer sitio a un trofeo.
Después de la muerte de Franco retiraron las inscripciones. Chorreo de arena sobre el Arriba España, el saludo a Franco y las águilas falangistas. La cruz se quedó. Intentaron hacerla pasar por un monumento a todos los muertos de la guerra —de ambos bandos, universal, ya no partidista, solo duelo y piedra. El gesto característico de la Transición española: no mirar demasiado, no excavar demasiado, dejar la cruz en pie y confiar en que todo el mundo olvide lo que antes decían las palabras y el aviso que aquella cruz servía.
La mayoría olvidó. O le convino olvidar. La cruz siguió en su rotonda, el tráfico girando a su alrededor cada día, y pasó a ser simplemente la cruz: parte del paisaje urbano, parte del mobiliario, eso por lo que pasas en coche camino del supermercado.
Lo cual es, por supuesto, exactamente lo que ahora argumentan quienes defienden que siga allí. Es parte de nuestro patrimonio. Es parte de nuestra identidad. Lleva ochenta años ahí. La cruz no se toca.
El maquiavélico de la Moncloa —ese superviviente político tan astuto, que ha hecho de estudiar qué piedras, al ser pateadas, desencadenan el alud más instructivo todo un arte— llevaba tiempo observando todo esto. Había visto la fiesta de disfraces teológica, el secuestro de la religión, a los libertarios de Serrano y a los ultras duros alineándose con los hombres de Washington y Jerusalén antes que con el hombre de Roma. Y eligió su momento con la precisión de alguien que se ha leído a Gramsci, a Maquiavelo y probablemente también a Tarantino.
El mismo día —la misma hora— en que María Guardiola, tras tantos meses manteniendo Extremadura en un purgatorio burocrático, anunció por fin su acuerdo de gobierno con la gente a la que había jurado por activa y por pasiva que jamás dejaría acercarse al poder, el Gobierno central anunció que el Estado, tras casi dos décadas, cumpliría al fin su propia ley. El monumento fascista —la cruz, el símbolo, la cosa misma— iba a ser retirado de la rotonda más prominente de Cáceres.
Tanto daba haberle dado a un avispero con un palo untado en agua bendita marxista.
La cruz no se toca. Y salieron todos: los nostálgicos, los nacionalcatólicos, los libertarios teológicos, la gente que llevaba años explicando que el Sermón de la Montaña era propaganda comunista y que el nuevo Papa debía meterse en sus asuntos, la gente a la que habían engañado… todos, de pronto, defensores de lo sagrado. El normalmente suave alcalde de Cáceres, un hombre con aire de Benjamin Button que al parecer había estado reservando toda su columna vertebral para exactamente esta ocasión, salió parpadeando a la luz y prometió poco menos que una revuelta popular. Y aquí, en este momento, el argumento entero se ordena con esa claridad que solo la farsa puede producir.
Estos no son creyentes devotos defendiendo el cristianismo. Si el cristianismo se presentara allí, no los reconocería —y con toda probabilidad los echaría del templo. Porque la fe que ellos defienden no les exige en realidad nada. Esa es su única característica definitoria. No demanda sacrificio, ni redistribución, ni la proximidad incómoda al sufrimiento del extraño. Solo pide el mantenimiento del símbolo y el castigo de los enemigos correctos. Esto no es caridad. Ni siquiera es el simulacro de la caridad. Es la representación de una conciencia cuidadosamente diseñada para no costar jamás nada.
Porque la fe que ellos defienden no les exige en realidad nada. Esa es su única característica definitoria. No demanda sacrificio, ni redistribución, ni la proximidad incómoda al sufrimiento del extraño
La caridad de verdad, la que aparece con cierta insistencia en el texto que dicen reconocer como autoridad, no es selectiva. No viene con control de ciudadanía. No distingue entre pobres merecedores y pobres inmerecedores, porque el texto es sorprendentemente, incómodamente claro en esto: no hay pobres inmerecedores. El extraño es el extraño. El hambriento es el hambriento. El desnudo es el desnudo. No te corresponde especificar la nacionalidad de la persona a la que estás obligado a vestir.
La caridad selectiva no es caridad. Es peluquería social con exención fiscal. Es la gestión de tu propia incomodidad disfrazada con el lenguaje de la virtud: un diezmo entregado no a Dios, sino a tu propia autoimagen, cuidadosamente calibrado para incluir solo a quienes confirman tu visión del mundo y excluir precisamente a aquellos para quienes se escribió el Evangelio. Conviene recordar que el samaritano no le pidió los papeles al hombre que se desangraba en la cuneta.
Así que no, no puedes pasarte el día despreciando al Papa, reinterpretando las Bienaventuranzas como agitación socialista, alineándote con la pesadilla teológica que contempla a la población indígena de Tierra Santa como un obstáculo para el Apocalipsis, y luego pretender, con un mínimo de credibilidad, que lo que estás defendiendo en esa rotonda de Cáceres es la fe de Cristo.
Lo que están defendiendo es el símbolo. Vaciado. Blanqueado. Listo para usar. La cruz como trofeo. Como mojón territorial. Como bandera del bando ganador en una guerra que terminó hace ochenta años y que una parte nada desdeñable del país estaría encantada de reabrir con otro espíritu muy distinto.
El símbolo secuestrado de su significado y desplegado como arma: esa es toda la historia. Eso es lo que hacía Hegseth en el Pentágono. Eso es lo que hacía el señorito de Mar-A-Lago con su aureola generada por IA. Eso es lo que hacen los think tanks de la calle Serrano con sus evangelios libertarios. Eso es lo que hacen los colonos en Cisjordania, y lo que hacen los nostálgicos en una glorieta entre las dehesas de Extremadura.
La cruz, vaciada del Sermón de la Montaña, vaciada del ay de quienes arrastran lo sagrado a la oscuridad, vaciada de toda exigencia económica y moral que impone a quien la porta; la cruz como signo puro, como identificador, como insignia de los que han decidido que su equipo ganó y que ahora el símbolo les pertenece.
León XIV, el fan de los White Sox de Dolton, Illinois, visitará España este verano y guarda las facturas.
Y en algún lugar de todo el sedimento teológico acumulado durante dos mil años de discusión, el contenido real —eso que no dejan de bordear, eso que siguen leyendo en diagonal para no tener que asumirlo, esa cosa imposible, radical, económicamente catastrófica que dio inicio a todo esto— sigue ahí. Esperando. “Bienaventurados los mansos”, dice. “Porque ellos heredarán la tierra.” No la rotonda. La tierra.
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