La Colmena
La tumba de Almaraz

En Almaraz el negocio prosperó. Y salió muy barato. Para levantar la nuclear bastó la promesa del reparto de abundante pan entre los pobres, la bienvenida al Míster Marshall de la comarca de Campo Arañuelo.
2 dic 2024 07:00

La primera central nuclear de España, la de Zorita, fue inaugurada por el golpista Francisco Franco el 12 de diciembre de 1968. Se iniciaba así la apuesta por una energía ligada a la industria de la guerra cuya herencia franquista aún seguimos sufriendo, para mayor beneficio de las eléctricas y otras compañías que valoran la vida y la estabilidad del planeta según criterios de rentabilidad.

Más tarde, muerto ya el golpista pero no la rabia, a finales de marzo de 1981, el entonces presidente del Gobierno español Leopoldo Calvo Sotelo, un hombre que parecía estar siempre de luto, apretó el botón que ponía en marcha la central nuclear de Almaraz. Extremadura dejaba de ser zona segura y libre de radioactividad.

Poco antes, en Valdecaballeros, los hijos de la grandísima bomba atómica construyeron un puente y una presa sobre el río Guadalupejo, sin permiso alguno, con intención de abrir una central más. La ciudadanía organizada, anónima, dio al traste con aquel pelotazo.

Pero en Almaraz el negocio prosperó. Y salió muy barato. Para levantar la nuclear bastó la promesa del reparto de abundante pan entre los pobres, la bienvenida al Míster Marshal de la comarca de Campo Arañuelo. En la argucia intervinieron políticos, señorones, banqueros, periodistas…, todos en la nómina, antes o después, de Unión Eléctrica, Hidroeléctrica Española S.L., Sevillana de Electricidad y otras que acudieron raudas al reparto del botín. Había suficiente, y por muchos años, para llenar los bolsillos de los de siempre.

A día de hoy siguen en las mismas. Políticos, señorones, banqueros y periodistas, con otros nombres, pero renovados en el precio, a cargo de aquellas compañías, ahora Iberdrola, Endesa, Naturgy, venden la moto de la central nuclear como garante del desarrollo de la zona, mientras amenazan con el coco del desempleo, minimizando o ridiculizando el discurso ecologista, al que califican de trasnochado y caduco, por no ir con el tiempo y con las ciencias, que adelantan que es una barbaridad. Contra el sentido común, que es el más común de los sentidos, se empeñan en mantener la vida de una central muerta, cuyo cadáver, que nunca debió haber sido, amenaza con pudrir más todavía lo que de sano aún tiene esta tierra.

Sus aires apestan el planeta desde el mes de agosto de 1945, recuerdo olvidado de unos muertos que jamás contaron para la historia.

Amech Zeravla.

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