Opinión
¿Es el vasco un pueblo gracioso?

El humor vasco se ha convertido en un fenómeno: series, películas, libros, polémicas... que provocan una risa corrosivamente (pre)política que cuestiona el tópico de la identidad, con conocimiento de causa y una pizca de cariño.

Humor 3
29 may 2018 17:24

Buena pregunta. Desde luego, no tiene la fama, entre los pueblos peninsulares, del andaluz, ni ha cultivado tampoco su propio estilo, tipo “humor inglés”. El vasco, según el tópico, es un pueblo trabajador y serio —algo duro de mollera— que nunca ha estado para demasiadas bromas... Pero ¿es realmente así? Hasta los tiempos de las bilbainadas de Arlote, personaje popular que representaba al casero ignorante, hemos sido objeto de bromas universales, la otra cara de nuestra singularidad. Justamente su identidad irreductible —basada en nuestro euskara— ha sido blanco de chanzas, más o menos amables, desde la remota antigüedad hasta Barry Barrez y su From Cork to Kortezubi. Así lo testimonia la figura del “vizcaíno”, el gracioso del Teatro de Oro español, como en el entremés cervantino El vizcaíno fingido, por su manía de destrozar el castellano.

Así, pues, el vasco era un gracioso involuntario, sin quererlo ni saberlo, vamos, tan gracioso como que Garzón te acusara de pertenecer al entorno y tú sin enterarte... Claro, ser gracioso así, en plan “tonto del pueblo”, como que no tiene mucha gracia, ya que no es lo mismo reírse contigo a que se rían de ti. ¿Entonces, de verdad no somos graciosos? ¿O es que solo podemos ser bufones? Bueno, nuestra tesis es que todavía no habíamos descubierto nuestro ángulo humorístico o, como suele ser nuestra costumbre: todavía no habíamos inventado la cosa. Pero más vale tarde que nunca y, al final, lo hicimos... Tantas conquistas y nos quedaba la más importante: el autodescubrimiento de nuestro humor como rito de paso a la madurez del pueblo capaz de reírse de si mismo y de compartir su risa con otros pueblos.

Tanto tiempo sin reírnos, siendo el capacico de todas las risas hirientes, no podía ser ni bueno ni sano. Tanto se nos hincharon las narices que nos violentamos y sacamos nuestro lado siniestro, ese que nos llevó a ser conquistadores locos como Aguirre, montar un par de guerras carlistas por un tonto del haba con txapela roja y ya, hartos de todo, liarla parda con la negra humorada de la ETA y sus capirotes blancos... En fin, que se nos heló la risa: si no éramos graciosos, que no se ría nadie. Pero hete aquí que esta lección excesiva, terrible, de la “la risa con sangre entra”, fue la definitiva, pues como nos enseñó Marx (Karl, pero podría ser Groucho): “La historia se repite dos veces, primero como tragedia, después como farsa”. Y el personal más flojeras empezó a reírse tímidamente de lo vasco, ese constructo étnico-político, y dieron a luz arriesgadas intentonas, entre las que destacó el programa de la ETB2 Vaya semanita, con guionistas y actores en estado de gracia —de Oscar Terol a Borja Cobeaga— con su ristra de sketches políticamente incorrectos y ya antológicos: Los Santxez, Los Batasunis, Nekane Amaya o La cuadrilla.

Pero, claro, los listillos se preguntarán: ¿qué fue primero, el huevo de la vasquidad o la gallina con label vasco? ¿El hartazgo social o la risa vasca? Modestamente, nuestra segunda tesis es que en origen fue una risa tan visceral que no sabemos si salió del crómlech o del puro miedo, pero que fue civilizatoria: nos descubrió que la singularidad vasca no era la pura resistencia sino la adaptabilidad como resistencia. Y la risa vasca se convirtió en un fenómeno: series, películas, libros, polémicas, etc. Una risa corrosivamente (pre)política que cuestiona el tópico de nuestra identidad, con conocimiento de causa y una pizca de cariño, la cual, dice la leyenda, acabó a la par que los brombazos de Al-Qaeda, con ETA y su cerril seriedad militar.

¿Qué fue primero, el huevo de la vasquidad o la gallina con label vasco? ¿El hartazgo social o la risa vasca?

Y de ahí nacieron también el taquillazo de Ocho apellidos vascos o la serie Allí abajo, en la que el modelo se alió con la comedieta europea al estilo de la italiana Bienvenidos al sur o la francesa Bienvenidos al norte, alumbrando casi una franquicia. Un humor geográfico-costumbrista a mayor gloria de la reconciliación. ¡Eh, que los vascos no somos tan malos, si hasta nos reímos de nuestras tonterías!

Un humor —dirán críticos de colmillo retorcido— facilón y contemporizador, con la vista puesta en la Villa y Corte, como antes intentaron humoristas exportables, de Chumy Chúmez a Álex de la Iglesia, vendidos al aplauso de Madrid. Mientras, los viñetistas de la prensa local seguían currándose su fiero humor militante, del abertzalismo mordaz de Tasio a Oroz, rey desde la caverna navarra, cultivando su parroquia y dando estopa a molinos o gigantes. Nada que objetar, cuando hay calidad a raudales, todos disfrutables y con su punto de sazón. Un panorama local rico rico al que se añaden ingredientes novedosos, en el botxo jeltzale Karma Dice, los anarcoides de La gallina vasca y el LSD o la incombustible escatología postadolescente del TMEO.

Y en ese contexto venturoso de explosión del humor vasco, llegan las redes a “democratizar” también la risa, abriendo el invento a memes, monólogos, webseries y youtubers. Es el tiempo de la basauritarra Qué vida más triste, “la pringada” de Barakaldo, e incluso a través del feminismo píkaro del Conejo de Alicia. Un humor fronterizo y engañosamente amateur que pasa bastante de política partidaria, y que explora la patética condición humana que vascas y vascos compartimos con el resto de la humanidad.

Así, justo cuando este humor I+D tan fresco como las sardinas de Santurce conquista al público español convirtiéndose en mainstream, nos encontramos con una oleada inquisitorial contra la libertad de expresión, que algo tendrá que ver con la irrupción de la risa contagiosa del 15M y el nuevo ciclo. Ya sea contra la tuitera que bromea con la voladura de Carrero Blanco, o contra los titiriteros de Alka-Eta, y de paso a tope contra toda esa panda de “infames” raperos como Pablo Hasél o Valtonyc. Volvemos al “antiterrorismo” de toda la vida. Un clásico imperecedero, que siempre dio mucho rédito a la derechona y al centralismo gobernante, y del cual los vascos fuimos, una vez más, pioneros.

Pero cuando se trata de poner puertas al campo del humor, da igual el tema: toda risa es subversiva y peligrosa. Lo mismo un cartel irreverente del Papa beodo que la enésima burla al rey en El Jueves, un fotomontaje de Ortega Cano como alienígena en Mongolia que el polémico estreno de Fe de etarras en Netflix. Ojito con reírse demasiado y de según qué cosas, que vais al juzgado de cabeza: ¡aprended de los vascos! Gracias a la Ley Mordaza y al delito de enaltecimiento del terrorismo, el Estado de los 500 años practica el anti-humorismo como sistema, sancionando el relato y hasta el humor oficial: Tabarnia sí, Polonia no. Aquí no necesitamos la lección de Charlie Hebdo, con el PP y conmilitones nos basta y nos sobra... y es que, reconozcámoslo, en cuestión de humores, todos los españoles son potencialmente vascos.

Nuestro pueblo trabajador ha inventado muchas cosas útiles para la humanidad, del irrintzi a la tortilla de patata… Mas he aquí el último y más importante: la risa vasca del ombligo del mundo —Euskal Herria, of course— primero como celebración postraumática de la vida y después como prevención contra los liberticidas. ¡Ahí es nada!

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