En saco roto (textos de ficción)
Terracota

A partir del 1 de septiembre de 2017 la vida de Mori Gake, en el mejor de los casos, solo estaría garantizada durante 24 horas.
Javier de Frutos
21 may 2022 06:00

Mori Gake fue condenado a muerte en Japón en julio de 2015. Tenía entonces 56 años, carecía de oficio conocido, su familia había emigrado a Corea del Sur y era, en definitiva, un hombre sin historia que había cometido un crimen atroz. Los pormenores del juicio que lo condenó poblaron las páginas de la prensa nipona durante tres semanas. Una vez se conoció la sentencia, la prensa se olvidó de él y Mori Gake se dispuso a esperar.

En esa espera se hallaba cuando a mediados de 2017 llegó a su presidio la noticia de un cambio en el procedimiento de ajusticiamiento de los condenados a muerte. Las autoridades japonesas habían decidido que la fecha del ajusticiamiento no les fuera comunicada a los reos con meses de antelación. Entendían que ese proceder añadía un estrés innecesario. A partir del 1 de septiembre de 2017, los condenados sabrían a las 10 h de cada día si serían ajusticiados en esa jornada o vivirían, al menos, un día más. La norma era clara: solo les comunicarían algo al respecto en el caso de que fueran a ser ajusticiados durante esa jornada.

Mori Gake leyó la noticia. La volvió a leer. Y, pasadas unas horas, la leyó de nuevo hasta que comprendió, sin margen de dudas, que a partir del 1 de septiembre de 2017 su vida, en el mejor de los casos, solo estaría garantizada durante 24 horas.

Llegó el 1 de septiembre y, durante el breve desayuno con el que Mori Gake comenzaba su jornada a las 9.30 h, quien le servía cada mañana la taza de té, un hombre enjuto y silencioso, pronunció dos frases que el reo escuchó sin alzar la vista: “Taza azul, vida. Taza verde, muerte”. Mori Gake se quedó mirando la taza azul que reposaba sobre la mesa. Disfrutó del té y mantuvo la calma. A las 10 h nadie le comunicó nada. Luego caminó hasta la biblioteca y se quedó pensando en su extraña suerte. Al menos, se dijo, antes de tomar el té de cada mañana sabría si seguiría con vida durante esa jornada.

Pasados unos días, Mori Gake tuvo una idea. Decidió que, si la taza seguía siendo azul, dedicaría sus dos horas de biblioteca a buscar historias en las que la suerte de los protagonistas estuviera también resumida en el contraste entre dos elementos. Le pareció una forma ligera de alimentar la espera. O al menos, una forma.

Encontró el relato bengalí de una joven que espera noticias sobre su padre, que ha partido a la guerra. Si su padre regresa montado a caballo, traerá en sus manos un acuerdo de paz. Si su padre regresa a pie, querrá decir que la guerra continúa.

Le entretuvo un cuento situado en el valle del Nilo en el que un anciano aguarda cada mañana la llegada de una embarcación. Una bandera amarilla en lo alto del mástil significará que sus hijas han sobrevivido a la catástrofe. La ausencia de bandera significará que han perecido.

Empeñó varios días en traducir una fábula en la que la suerte de una aldea queda en manos de una bandada de pájaros azules. Si vuelan en armonía, la prosperidad de la aldea estará garantizada. Si revolotean díscolos, la desgracia caerá sobre la aldea.

También le impresionó una breve narración localizada en los estertores de la Segunda Guerra Mundial. Una familia alemana espera una carta cada tarde. Si el sello es de color rojo, han de permanecer en su casa. Si es de color verde, deben huir hacia el sur.

Pero quizá la narración que más le conmovió fue la del monje mongol que descifra cada noche el futuro de sus fieles lanzando una moneda al aire.

Absorbido por sus lecturas, Mori Gake comprendió que muchas de ellas albergaban un dato oculto, un gesto inesperado o una ruptura. De pronto tenía lugar un cambio en el tiempo, el espacio, los protagonistas o el elemento central —el que encerraba el significado—. Y de ese giro nacía la duda o el estupor.

El 1 de enero de 2018, Mori Gake notó que la hora del desayuno había cambiado. Eran las 9.45 h cuando le llevaron a una sala de desayuno más espaciosa. Quien le sirvió el té era un hombre al que nunca había visto. El té humeaba en una sencilla taza de cerámica cuyo único color era el de la arcilla. A Mori Gake le habría gustado mirar por la ventana y apreciar la desnudez de los almendros. Pero la sala no tenía ventana. De modo que se limitó a sacar de su bolsillo un folio doblado en el que figuraba, en apenas treinta líneas, el relato de sus pesquisas de los últimos meses. Comenzaba así: “Mori Gake fue condenado a muerte en Japón en julio de 2015”.

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