Racismo
Identidades: ¿En qué momento de la historia el racismo dejó de ser un elemento central?

A la hora de hablar de política e identidades, conviene señalar que no todas las identidades son socialmente políticas, pero que todas pueden llegar a serlo.
4 ago 2021 06:00

El debate sobre las identidades y la importancia o no de estas viene de lejos. El asunto no es si las identidades son importantes, habrá que ver para qué, qué identidades, en qué contexto y para quiénes. Antes de nada, es importante dejar claro dos puntos. El primero, que las identidades son construcciones sociales, que cambian, se modifican, se eliminan o se crean nuevas. El segundo punto es que no solo tenemos una identidad, sino que somos un cumulo de identidades, unas tendrán mayor peso que otras en función de diferentes variables determinadas por el contexto. Algunas serán externalizadas y otras no, ya sea por necesidad o por la propia instrumentalización de estas. No debemos olvidar que no somos sujetos pasivos.

Es en este sentido en el que no todas las identidades tienen el mismo peso o trascendencia en nuestra vida. Ahora bien, a la hora de hablar de política e identidades, conviene señalar que no todas las identidades son socialmente políticas, pero que todas pueden llegar a serlo. Nuevamente, esto vendrá determinado por los contextos históricos, culturales y políticos, así como de las demandas de las poblaciones. Así mismo, existe la falsa idea de que las identidades (las políticas) son elecciones individuales.

Dejemos claro que una persona heterosexual no elige su heterosexualidad, lo mismo que una persona homosexual o, en general, cualquier persona LGBT. Igualmente pasa con la racialización de las poblaciones, una persona blanca no lo elige, de la misma forma que una persona negra o gitana (por poner dos ejemplos) tampoco. Y sí, lo mismo pasa, con la clase —luego le daremos vueltas a esto. No obstante, tanto unos como otros podrán si lo consideran (en la medida de sus posibilidades) instrumentalizar unas identidades u otras en función de diversos intereses (como puede ser tener un mayor acceso a recursos o ser tratado decentemente en el espacio público).

El matiz está en que, como hemos dicho, no todas las identidades se exteriorizan de la misma manera. Es por ello que, el ejercicio del denominado passing no podrá llevarse a cabo de la misma manera para unas personas como para otras. Concretamente en el campo de las razas (como aspectos socialmente construidos y no biológicos) no tendrá la misma posibilidad —en términos generales— una persona negra de hacerse pasar por una blanca que una persona gitana o incluso árabe. El passing no solo vendrá de un cambio estético, de modulación de la forma de hablar (en Estados Unidos por ejemplo el caso del denominado Black English) o de las formas de expresarse culturalmente, sino de un cambio físico, que, por otro lado, tendrá efectos nocivos sobre la salud de las personas (blanqueamiento de piel, alisado del pelo, etc).

A vueltas con la clase

Como la raza, la clase, es una identidad (que permite tomar conciencia de sí mismo) y es precisamente por ello por lo que desde diferentes posturas ideológicas hablan de conciencia obrera y la necesidad de apelar a la identidad obrera en sus luchas políticas. En España hoy en día nos encontramos con que en torno al 70% de la población se identifica como clase media. Sabemos que esa identificación es cuanto menos problemática sobre todo si partimos de que las clases medias no existen. Es por ello, que apelar a la defensa de la identidad de las clases bajas (proletarias) es un elemento político como cuando se apela a la identidad racial.

Como la raza, la clase, es una identidad (que permite tomar conciencia de sí mismo) y es precisamente por ello por lo que desde diferentes posturas ideológicas hablan de conciencia obrera y la necesidad de apelar a la identidad obrera en sus luchas políticas

Al final, la raza es tan identitaria y material, tan objetiva y subjetiva, como lo pueda ser la clase. Las personas deben tomar conciencia de sí mismos como seres sociales, eso es lo que lleva a la conciencia de sujeto y objeto de la historia. Este elemento, clave dentro de las lógicas marxistas, no solamente es importante con relación a esa conciencia de clase, sino que debe abarcar mucho más. Ya que se es sujeto y objeto de una historia determinada de forma conjunta con otras categorías como son la raza y el género. Ya lo dijo Engels, “Marx y yo somos en parte culpables del hecho de que la gente más joven a veces atribuya más importancia de la que tiene al aspecto económico de las cosas. Tuvimos que enfatizar ese principio frente a nuestros adversarios, que lo negaban, y no siempre tuvimos el tiempo, el lugar o la oportunidad para permitir que entraran en juego los demás elementos [implicados en la interacción]”. Por tanto, la claridad de la conciencia como sujeto y objeto de esa historia de un hombre blanco no podrá ser la misma que la de una mujer negra. La cuestión de vida de la conciencia de clase lo es tanto como de la conciencia de raza. De ahí que esa conciencia (silenciosamente blanca) de clase suponga la amenaza, si no la muerte, de las conciencias (no blancas) de clase.

Ante todo esto, se mantiene la negación de aquellas personas que apelan a la conciencia racial en sus luchas políticas (sin que signifique dejar de recurrir a su conciencia de clase). Como si el discurso de clase no apelara precisamente a una conciencia. Las clases altas no lo hacen de forma explícita, porque no lo necesitan. No necesitan dignificar lo que son constantemente. De la misma forma que las personas blancas tampoco. La blanquitud es un corpus ideológico, que por lo tanto ni si quiera requiere de ser blanco para defenderlo. Como no se requiere ser burgués para defender la división de clases capitalista. La burguesía enfrenta la conciencia de las clases bajas tanto como la blanquitud enfrenta la conciencia del resto de las poblaciones racializadas. Al final, son quienes ostentan el monopolio de la identidad. Esto ha llevado a que históricamente parte de los movimientos obreros hayan actuado muchas veces primando su conciencia de raza (blanca-invisible) sobre su conciencia de clase. Ejemplos de ello los encontramos en sindicatos obreros en Estados Unidos o en Reino Unido cuando rechazaban a personas racializadas en negativo o cuando terminamos viendo a obreras y obreros blancos de izquierda votando por Donald Trump, Mateo Salvini o Marine Le Pen.

Repartiendo culpas

¿Qué el capitalismo busca siempre apropiarse para banalizar y deslegitimar movimientos políticos que lo cuestionan? Sí, desde siempre y con todos. No creo que deba culparse a los movimientos antirracistas de los intentos de las empresas y de diferentes instituciones de tratar de apropiarse y transformar parte del discurso en algo mercantilizable (económica y políticamente). No creo que se deba responsabilizar al antirracismo político, que es intrínsecamente anticapitalista, de que los poderes políticos, económicos, culturales y simbólicos instrumentalicen de forma orgánica el tema de las identidades de la misma forma que lo hace, por ejemplo, con los feminismos. Pensar que esos poderes no van a operar es desconocerlos. Sabemos que los poderes siempre intentan apropiarse de las agendas.

Ahora bien, decir que el antirracismo divide a la clase obrera parte como mínimo de una idea falsa y es que la clase obrera haya estado siempre unida. Pero más allá de eso, supone el ejercicio de situar (nuevamente) a las poblaciones no blancas en el foco del problema del “conjunto” de la población por el “bien general”. Un relato nada nuevo y donde el “buenos” y “malos” tiene cariz pigmentocrático. Es la misma historia de siempre. De alguna manera, son estas poblaciones las que, según estos relatos, limitan las capacidades políticas y aspiracionales de los movimientos de izquierdas traduciéndose en el chivo expiatorio de siempre. Cuando lo cierto es que, la unidad o falta de ella de los movimientos obreros se debe al propio sentido y funcionamiento del capitalismo racial, y reducirlo a que los problemas están en las luchas políticas que denominan como meramente identitarias para sustraerles el componente material, supone o una falta de conocimiento, una ceguera, un error en el diagnóstico o, simplemente, la defensa de una posición en ese orden -racial. El problema es que independientemente de la motivación, la consecuencia es la reproducción y perpetuación de las situaciones de dominación que han sufrido históricamente esas poblaciones a quienes se les negó su identidad y, con ello, su materialidad de vida dignificada.

La capacidad de hablar desde la blanquitud sin necesidad de mencionarla es la misma que tienen las clases capitalistas propietarias de hablar desde sus lugares sin necesidad de tener que evidenciarlo. A fin de cuentas, la raza como la clase es un patrimonio

La capacidad de hablar desde la blanquitud sin necesidad de mencionarla es la misma que tienen las clases capitalistas propietarias de hablar desde sus lugares sin necesidad de tener que evidenciarlo. A fin de cuentas, la raza como la clase es un patrimonio. Y aun así encontramos determinadas diferencias entre ellos, ya que resulta que la clase puede ocultarse, incluso puede llegar a cambiarse (sí, en un porcentaje ínfimo), pero la raza no. No puedes arrancarte la piel a tiras.

Por lo tanto, es precisamente el racismo estructural el que propicia esas identidades, de la misma forma que lo hace el heteropatriarcado y así como es el capitalismo —racial— es el que define otras. La “suerte” que tienen unos de no tener que preocuparse de determinadas identidades porque estas no les supone una barrera al acceso a derechos políticos, sociales, culturales, económicos, etc, la carecen otros. De ahí que la lucha política por las identidades sea una lucha precisamente por las materialidades. Y la negación u oposición a ello, por el motivo que sea, solo repercute en la negación a que esas personas se vean reconocidas en sus derechos de la misma forma. Muchas veces bajo el marco de la eterna postergación y la retórica de las prioridades (sus prioridades).

Al final, son “Identidades como estrategias políticas y materiales de luchas y resistencias que no son estáticas. La identidad se vuelve importante en tanto que es un elemento que determina la materialidad de derechos. De esta forma, la lucha es para que los derechos (políticos, sociales, culturales, económicos, etc) no se constituyan como un elemento exclusivo de la construcción identitaria única hegemónica y hegemonizante, sino que buscan que desde cualquier orilla, desde cualquier punto identitario, puedas gozar de esos derechos. Es decir, que la identidad no sea un elemento que te condicione el ejercicio de tus derechos. A su vez, entendiendo que lo anterior se convierte en una trampa por la que solo se positiviza una identidad, mientras se vuelve materialmente imposible que todas las personas la asuman. (…) Por ello, se entiende que se trata de una estrategia de empoderamiento colectivo que pretende establecer una fuerza capaz de contrarrestar las agresiones racistas. Así, frente a las críticas de esencialismo, conviene apuntar que esto es la consecuencia a una amenaza y agresión real material, epistémica y psicológica del racismo y por lo tanto para repeler tal agresión se estructura el movimiento político”.*

Y término haciéndome una serie de preguntas. ¿Cómo puede dejarse fuera del análisis y por lo tanto del discurso político el elemento que define a todas las personas del mundo que peores condiciones materiales y de derechos tienen? Es decir, que no sean blancas ya sea en países donde son mayoría o no a nivel poblacional. ¿Cómo puede señalarse a quienes deciden hacerlo? ¿Cuál ha sido la agenda de las izquierdas contra el racismo? ¿Qué entienden por racismo? ¿Cómo y en qué momento de la historia el racismo dejó de ser un elemento central?

* Cita de ¿Te puedo tocar el pelo? De la negación al exotismo: experiencias en torno al pelo afro editorial Wanáfrica.

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