Racismo
Youssef M. Ouled: “El hombre racializado es visto como el riesgo potencial de cualquier sociedad moderna”
El periodista rifeño afincado en Madrid Youssef M. Ouled (Al Hoceima, 1993) lleva muchos años investigando el perfilamiento racial, la práctica policial de retener a personas en función de su raza. Antes de volcarse en la indagación sobre estas actuaciones racistas sistemáticas, Ouled las sufrió en su propia piel, como joven racializado residente en una ciudad europea que le recuerda siempre que puede su alteridad.
Impulsor de AlgoRace junto a Paula Cáceres Guerra, organización que estudia los sesgos racistas de la IA y su rápida expansión en la industria del control migratorio, Ouled ha publicado durante este 2026 dos libros que tienen el racismo en el centro, Vivir contra el racismo. Progromos y violencia racial en España (Catarata), escrito junto a Silvia Agüero y Nicolas Jiménez al calor de la barbarie racista en Torre Pacheco, y La Frontera del Azar (Jande), una radiografía en primera persona de los mecanismos racistas que limitan y persiguen las vidas de las personas racializadas en el estado español.
En primer lugar, me interesa tu perspectiva antirracista sobre lo que está pasando en Ceuta.
No se puede entender lo que está sucediendo en Ceuta sin hablar de colonialismo y racismo. Hablamos de colonialismo porque no es un territorio cualquiera, es un enclave que históricamente ha jugado un rol geoestratégico en la expansión imperialista, capitalista y de dominación del continente africano. Y hablamos de racismo porque se están poniendo en marcha todos los dispositivos materiales y retóricos necesarios para mantener ese statu quo, y eso pasa necesariamente por presentar a quienes son víctimas de un orden racial global como “invasores”, “violadores en masa” y “armas” en una supuesta “guerra híbrida”. Y ahí, el migrante deja de ser visto como alguien con derechos y dignidad, y se convierte en algo contra lo que se puede ejercer todo tipo de violencia social e institucional.
Este año has publicado dos libros sobre racismo. Vivir contra el Racismo y La Frontera del Azar, hay libros que parecen escritos más desde la urgencia, como respuesta también a la coyuntura, y otros que tienen algo más de balance, de retrospectiva. Parece que La Frontera del Azar es una retrospectiva personal y profesional sobre el racismo, un momento de sentarse y mirar atrás.
También es mucho más pausado, porque sí que es verdad que lo escribí en muy poco tiempo, pero ya lo tenía en la cabeza. El libro aborda lo que implica ser moro, ser leído como moro en el estado español; lo que implica ser rifeño, que también tiene una implicación política fuerte; lo que es mi trayectoria como activista y por supuesto el rol que juega el racismo institucional en general, pero el racismo policial en particular, algo que desde 2018 he venido investigando: qué es el perfilamiento racial y qué implica sufrirlo personalmente.
Entonces todo eso es un relato que lleva a la Frontera del Azar, que juega un poco con esa idea: sí, hay cosas que están sujetas al azar, pero en realidad, el azar es una consecuencia de patrones programados que te condicionan.
Ya en el índice, con capítulos encabezados por palabras solas, hay un afán de concreción, de aterrizar cosas y situarlas. ¿Qué te ha permitido esa estructura?
Creo que eso lo he hecho ya por deformación profesional. Por esta esta lógica periodística de resumir un montón. También tiene que ver con las redes sociales. A veces buscaba un concepto que me permitiera desarrollar el capítulo, pero otras veces era el propio capítulo, una vez desarrollado, el que me remitía a ese concepto. Para mí también era una necesidad nombrar algunas cosas desde ahí. Además quería generar cierta curiosidad a quien lee el libro.
El sistema instrumentaliza la lucha feminista para perpetuar su carácter racial y desactivar esta lucha lanzando un falso mensaje sobre una sociedad occidental igualitaria
En términos de concreción, tú que hablas de cómo el género afecta de distintas maneras a la mirada racista sobre las personas, ¿qué opinas de lo que ha sucedido en Ceuta?
Hemos escuchado por activa y por pasiva que las agresiones sexuales han crecido en Ceuta, estableciendo una asociación interesada entre migración y violencia sexual. Pero nada promueve más esta violencia que el abandono y la desprotección institucional. No existe un patriarcado racializado, lo que sí existe es un racismo estructural e institucional cuyas consecuencia generan las condiciones para que las mujeres sufran la violencia patriarcal.
Un ejemplo claro de esto es que la práctica totalidad de estas agresiones no las están sufriendo mujeres ceutíes blancas, sino las mismas mujeres migrantes abandonadas a su suerte en las calles de Ceuta durante semanas. Y además, muchas de esas agresiones están cometidas por personas que ya residían en Ceuta antes de la entrada extraordinaria, españoles y algún que otro europeo, según informaciones de Igualdad.
No obstante, si algo ha sabido construir el poder racista a través de sus instituciones (policial, judicial, mediática...) es la creencia de que nada amenaza más los derechos de las mujeres que un migrante o una persona no blanca, de esta forma el sistema instrumentaliza la lucha feminista para perpetuar su carácter racial y desactivar esta lucha lanzando un falso mensaje sobre una sociedad occidental igualitaria.
Hemos hablado mucho de género en los últimos años, pero poco de las masculinidades migrantes, de lo que implica ser un varón racializado en el espacio público.
Fíjate, por otro lado, es verdad que se dice mucho que la perfilación racial, y la policial en particular es —yo mismo lo he dicho muchas veces— una forma de actuar que está muy centrada en hombres, pero eso no quita que se produzca sobre mujeres, de hecho se produce constantemente. Pero sí que es verdad que sobre los hombres racializados, esta práctica genera muchas más consecuencias.
Desde mi punto de vista, por lo menos por lo que me he encontrado y por lo que es mi propia vivencia, se producen dos cosas: por un lado, la construcción del peligro social en cuanto al resto de la sociedad. El varón racializado es visto como el riesgo potencial de cualquier sociedad moderna y sobre el que hay una necesidad de actuar porque es un salvaje en esencia, como dice toda esta narrativa racista y colonial.
Entonces, por un lado se construye una masculinidad no deseada, tóxica a la que vamos a civilizar a través de este tipo de mecanismos de control policial. Y luego también están las consecuencias a la interna.Vivimos en sociedades o en contextos donde el racismo es estructural y tenemos unas limitaciones como hombres racializados de poder hacer muchas de las cosas que el resto de la la sociedad puede hacer con cierta normalidad, o más bien que el resto de hombres pueden hacer con cierta normalidad.
Así, con la amenaza del perfilamiento racial se produce una especie de situación—esto no es una idea mía, esto es una cosa que también han desarrollado mucho James Baldwin y Houria Bouteldja cuando habla del hombre castrado— que al final sientes que tienes una coacción o una limitación constante de tus movimientos, de tu capacidad de actuar, una humillación permanente en la vida pública, un señalamiento. Todo eso es perfilación. Esto, en cierta medida, genera un sentimiento de indefensión, como una huida hacia dentro, que creo que es lo que se busca en cierta manera.
Además, esa amenaza que encarna el hombre racializado es flexible, plástica: lo mismo puede ser un invasor, un criminal o un extremista.
El problema central es la lectura de nuestros cuerpos. En el sentido de que lo que ensucia" el espacio es la presencia de determinados cuerpos. Esto lo dicen las compañeras Ainhoa Nadia Douhaibi y Salma Amazian, cuando hablan de la eugenesia, creo que al final es un mecanismo de limpieza, de pureza. Esto nos lleva también a la historia colonial y racial del Estado español, del reino de España.
Quiero decir, la perfilación racial, si nos ponemos a pensar, es una práctica que vive precisamente de esa construcción de identidades racializadas que luego van a ser construidas como la oposición al ser español. Y entonces ahí la perfilación racial va a funcionar como un mecanismo de eugenesia total del espacio público. Y la normalización de eso es lo que permite que la sociedad asocie esa idea de suciedad con nuestros cuerpos y también que le parezca bien, que le parezca legítimo “limpiarnos”...
De hecho parece que hay una especie de sentido común abierto a la limpieza étnica.
Sí, totalmente, un sentido común sibilino y supernormalizado. Se trata de un mecanismo —esto lo digo mucho— que tiene consecuencias, no solo para los hombres racializados y las mujeres racializadas que lo sufren, sino para el resto de la sociedad, que aprende esa mirada, y cuando se olvida se le recuerda que hay un riesgo y que ese riesgo está personificado. No solo eso, sino que también las personas que sufrimos la perfilación racial lo asimilamos, lo aprendemos. Aprendemos que esto nos va a suceder y aprendemos a convivir con ello. En el mejor de los casos aprendemos herramientas para integrarlo en nuestra vida cotidiana. En otros casos creemos que el problema es nuestro.
Entonces, se produce esa destrucción de nuestra integridad y de nuestra dignidad porque claro, a lo mejor es que no me he visto lo suficientemente de aquí. Pensar que a lo mejor es que hago mi cuerpo llamativo, que el problema soy yo, en vez de tener una conciencia de que el problema es que existe un racismo institucional que provoca estas prácticas.
Este racismo institucional es estructural y es continuo, pero también tiene momentos de radicalización, como el que estamos viendo ahora. Pienso en el ICE pero también pienso en la Europa del PEMA. Hay cosas que al menos se podían disputar legalmente hace años, y van a dejar de ser disputables, se van a legalizar. Dentro de este balance, como periodista y como integrante de AlgoRace, ¿cómo describirías este momento en el que estamos?
Creo que es evidente que estamos en un momento de colapso del sistema capitalista que es un sistema en contra de la vida. La simple lógica de cargarse todos los sistemas públicos a todos los niveles nos hace ver que lo que está en el centro no es la vida, ni los derechos, ni las libertades de las personas, sino el lucro de grandes compañías y de una élite económica.
Y creo que, justamente, en esos contextos, es donde más se pone el foco en aquellos que están inferiorizados y que además han sido a lo largo de los siglos y de la historia utilizados como chivos expiatorios, o que sirven a su vez como respuesta a problemas estructurales, pero como respuestas emocionales. Quiero decir, para que lleguemos al momento en el que en Europa se haya aprobado un ICE a la europea, y se haya aprobado sin ruido, sin oposición absolutamente, tiene que haberse construido un sentido común, como mencionabas antes, que nos permita aceptar que hay que actuar así sobre las personas que migran.
Lo que está planteando Europa ahora es literalmente cazar personas en situación administrativa irregular para su expulsión
Ese sentido común lo ha impulsado de manera exponencial la ultraderecha. Directamente pone sobre la mesa la deshumanización y la existencia de una jerarquía a nivel de derechos. Pero realmente quien ha sustentado eso, es ese racismo estructural que está ahí y que estaba ahí antes de que la ultraderecha fuera lo que es hoy.
Para entender el ICE europeo, que es a través del reglamento de retorno, del reglamento de deportación, hay que entender la perfilación racial. Quiero decir, lo que está planteando ahora ese ICE es literalmente cazar personas en situación administrativa irregular para su expulsión. Y para encerrarlos en países fuera de la Unión Europea.
Pero es que la perfilación racial ya forma parte de ese engranaje de represión migratoria, ya se usa para detectar personas en situación administrativa irregular, para encerrarlas en el CIE, para deportarlas. Y llevado a lo exponencial está el ICE europeo. Quiero decir que hay un contexto de auge precisamente de la supremacía blanca que no sería posible sin ese poso estructural racista.
Parece que hemos pasado de un ciclo de luchas por los derechos sociales a la prioridad nacional.
Sí, total. Y además a todos los niveles: se empiezan a cuestionar una serie de principios —que no es que antes no se cuestionaran, pero que había ciertos consensos respecto a ellos— como los derechos del colectivo LGTBIQ, los derechos de las mujeres, el cambio climático… y ahora de repente pues todo está en suspenso, parece que no hay consenso respecto a nada. En esos contextos es donde van a perder siempre los que están más bajos en la escala.
Creo que eso tiene mucho que ver también con los medios de comunicación y con las redes sociales, con esta sensación de que vivimos en un momento de riesgo constante. Vivimos asustados y no es una sensación falsa. Es verdad: no podemos pagar los alquileres, tenemos varios trabajos porque no nos da para llegar con uno solo... quiero decir que hay una sensación de incertidumbre que responde precisamente a ese sistema en el que vivimos, que va en contra de la vida, y que en esos contextos es mucho más fácil que proliferen estos discursos y que asumamos que el problema es la familia migrante que vive en el barrio y que ya ni se puede alquilar una vivienda y no el fondo de inversión que ha comprado todo el edificio.
El sistema colonial antes no tenía la IA a su servicio. Me parece muy interesante, en este sentido, que tú le dedicas un capítulo a abordar por un lado lo automático, y por otro lo aleatorio.
Hay colegas y compañeras investigadoras que hablan de cómo la lógica del algoritmo es algo que lleva mucho tiempo entre nosotros. Incluso hay estudios que hablan de cómo en las plantaciones había sistemas escritos algorítmicos de contabilización de la producción de algodón o de la mano de obra esclavizada. Lo que hacen estas nuevas tecnologías es automatizar precisamente todo esto.
Y cuando se automatiza se le da ese cariz que tú estás mencionando de: es que es una máquina, y las máquinas son objetivas, son neutrales, no se pueden equivocar porque son matemáticas. Pero la ciencia también está tomada desde un punto de vista muy eurocéntrico y muy blancocéntrico.
En este caso en concreto, nosotros lo que vemos es que al final la IA o los sistemas algoritmicos, la forma en la que se están integrando en nuestra cotidianidad es como una sustitución de las actuaciones humanas, pero permaneciendo todo lo demás.
Es decir, ya no es el agente de policía o el oficial el que dice, “vamos a patrullar en determinado barrio”, sino que es un sistema algorítmico que dice: “hay que mandar todas las patrullas a ese barrio porque hay una mayor criminalidad”. Pero a lo mejor no es que haya una mayor criminalidad, es que lo que hay es una una mayor hipervigilancia sobre determinados perfiles.
Además lo vemos muy claramente cuando entendemos que estos sistemas en su mayoría, se entrenan con datos que han sido previamente recopilados por las propias instituciones, con sus sesgos. Entonces, van a acabar reproduciendo los mismos patrones institucionales. Por no hablar de todo el tema de la IA a nivel de extracción de recursos y las consecuencias que tiene en el sur global, cómo los desechos de las tecnologías se expulsan a los países del sur global, el impacto medioambiental que tiene la IA en estos países. Entonces claro, la IA y los sistemas de algoritmos e inteligencia artificial sirven como una reproducción de patrones, pero también de lógicas de extracción y producción de capitales que benefician a unos pocos y tienen consecuencias enormes sobre los mismos de siempre.
Y lo peor de todo es que los marcos que se están construyendo normativos —el reglamento de retorno, este ICE europeo— plantean la posibilidad de utilizar todo tipo de sistemas de IA, incluso biométricos, incluso de monitorización, para mantener a la industria de control migratorio. El resultado son multinacionales que se van a llevar enormes cantidades de dinero, ámbitos policiales que van a ser dotados de mayor presupuesto para el desarrollo de estas tecnologías que están en marcha y una monitorización constante de las personas.
Monitorización que los reglamentos de IA europeos prohíben sobre la población europea en general, pero permiten sobre la población migrante en particular. Sin olvidar que una vez que algo esté instalado acaba volcándose sobre toda la sociedad.
Es su proyecto de mundo. Por lo que a ti respecta, además de todo lo que has aprendido sobre lo difícil y desafiante que parece todo, en estos tiempos, ¿qué aprendizajes rescatas del lado de la resistencia, los activismos, las alianzas?
Yo creo que hay cosas positivas, por ejemplo, en el tema del activismo, creo que se ha avanzado mucho, hay una mayor conciencia social y creo que en cierta medida —igual que ha pasado con el feminismo—, esta ola reaccionaria tiene mucho que ver con cómo han avanzado las luchas antirracistas a nivel global.
En el sentido de que se empieza a generar una mayor conciencia y se empiezan a tener debates acerca del pasado colonial, del racismo institucional que hasta hace pocos años era una palabra que molestaba o que generaba dudas, como el concepto de racialización. Creo que también esta ola reaccionaria es una respuesta precisamente a esas luchas.
Creo que eso es una lanza en favor del movimiento antirracista en abstracto que ha conseguido de alguna forma poner en el centro esto. Lo hemos visto con la regularización extraordinaria, y cómo ha puesto sobre la mesa la existencia de leyes que directamente institucionalizan el racismo.
Luego, por otro lado, creo que también una de las cosas más positivas que he aprendido todos estos años es que cuando se ha conseguido hacer frente, en este caso, al racismo policial, ha sido cuando la gente de los barrios se ha unido. Estoy pensando, por ejemplo, en ese barrio donde las vecinas y los vecinos están cansados de los controles policiales y de repente empiezan a montar grupos de vigilancia de la actividad policial, porque esto rompe la lógica de la perfilación racial.
Una de las cosas más positivas que he aprendido todos estos años es que cuando se ha conseguido hacer frente, en este caso, al racismo policial, ha sido cuando la gente de los barrios se ha unido
Ya no es el agente parando, controlando, deshumanizando, humillando a una persona que no le importa a nadie, sino vecinas y vecinos poniendo los ojos en esa persona y diciéndole al agente: “estamos controlando que la tratas con dignidad y con derechos, porque es nuestra vecina, esa persona es nuestro vecino”. Entonces, claro, te das cuenta que realmente el cambio o la capacidad de transformar eso siempre surge de la organización de los barrios, que ese potencial está ahí.
Y luego respecto de la IA, pues un poco te diría lo mismo, ¿no? Una de las razones por las que pusimos en marcha AlgoRace fue porque el debate sobre IA y racismo era inexistente. Sí que es verdad que se hablaba de cómo los sistemas de IA en general estaban suponiendo un riesgo para las personas migrantes pero no había una idea, una concepción muy clara de hasta qué punto amplifica el racismo o mantiene el racismo desde la automatización.
Y creo que ahora mismo hay una mayor noción, no por el trabajo que haya hecho AlgoRace únicamente, sino porque al introducir esa perspectiva pues se permiten otro tipo de debates y otro tipo de entendimientos. Tenemos una capacidad de producir cambios en la mentalidad y también de hacer de contrapeso a quienes tienen mucho poder que son las propias instituciones del Estado.
Es interesante el viaje que haces de lo personal a lo político en el libro, ese final en el que escribes como hijo y como padre. Empecemos por lo primero: ¿por qué era importante para ti escribir como descendiente de una cultura como la del Rif.
La verdad es que cuando empecé el libro no tenía la intención de hacer esto. Sí que es verdad que el relato es bastante personal. Cuando lo he leído, ya meses después, me ha sorprendido a mi mismo, porque no suelo escribir desde lo personal yo, por lo menos no de forma tan visible.
Pero sí que es verdad que a medida que iba escribiendo sentía la necesidad de explicar, o sea, no de explicarme, sino de hablar desde lo personal, porque creo que es desde ahí desde donde muchas veces se entiende lo que queremos transmitir. El capítulo de mis padres es muy crudo porque yo le estoy hablando a mi gente.
Yo le estoy hablando a esos chavales y a esas chavalas que sienten que tienen un problema ellos y ellas porque el sistema de integración les hace creer que son un problema y que si no se adaptan es porque no quieren, cuando es el sistema racista quien impide que formemos parte. Entonces, claro, para mí darle la vuelta a eso y explicar mi proceso —que ha sido de muchos años— señalando de dónde surge, era un acto obligatorio.
Respecto a mis padres, son los que han colocado los cimientos, ellos vinieron en una época donde no tenían las herramientas que tenemos nosotros para confrontar el racismo. Hablo también a quienes vienen después, a mi hija en este caso, porque creo que no engañamos a nadie si decimos que nacer aquí no te hace de aquí. Por eso hablo en el libro de una pertenencia nominal porque, incluso al pueblo gitano, le llevan 500 años señalando que no es de aquí, que no se integra, que no son parte.
El racismo es un monstruo muy difícil de vencer porque es un sistema. No es una serie de ideas y ya está, es un sistema que está bien instaurado y engrasado. Así que intento explicar a esas generaciones que vienen que eso va a estar ahí, que esto nos va a pasar y que lo que tenemos que hacer es encontrar la forma de tener las herramientas para confrontarlo. Para mí ese era un cierre obligatorio después de escribir todo el libro.
A veces, también, cuando pensamos en preparar a las niñas y niños para el futuro, siento que hay una pulsión para la evitación del dolor. ¿Cómo pensar el mañana no solo desde el dolor sino también desde la alegría por quiénes son?
Claro, de hecho esos capítulos es verdad que están escritos como desde el dolor pero también desde la reivindicación de que nosotros, —y cuando digo nosotros me refiero a las personas racializadas— también somos personas que aman, que lloran, que ríen, que somos bellos. Y también hablo desde la necesidad de encontrar esos espacios en los que puedas sentirte no a gusto, porque sabemos que eso es una quimera, los espacios seguros no existen realmente. Pero sí un espacio donde se puede de alguna forma sentirse entendido y a su vez tener una red, porque creo que esa red es la que nos permite seguir adelante y desde ahí confrontar.
Al final tú puedes tener todas las personas racializadas que quieras en clase, pero si no resuelves todos los problemas raciales que existen, pues los chavales lo van a seguir pasando mal
Y también porque claro, también te digo una cosa, a mí me hubiera gustado escribir sobre cualquier otra cosa. Yo siento que el racismo nos quita la vida, no en el sentido literal sino que al final el racismo nos obliga a hacer, decir y posicionarnos sobre cosas que a lo mejor no nos apetece o no queremos. Y estoy pensando, por ejemplo, también en Lamine Yamal.
A ningún otro chaval de la selección española se le exige lo que se le exige a este chaval de 19 años, por el simple hecho de ser negro y musulmán. A lo mejor a él pues le gustaría que se le viera de otra forma y hablar de otras cosas, pero se ve obligado a no dejar de reivindicar que es musulmán y se ve obligado a hacer cosas que a otros chavales blancos no se les exige. A mí me hubiera encantado, y espero más adelante poder escribir sobre otra cosa, pero en este momento de mi vida me parecía urgente abordar la cuestión del racismo porque literalmente nos está matando.
Te hago una última pregunta en ese sentido: en nuestras escuelas, había poca gente racializada en clase, pero a nuestras hijas no les pasa esto. Podríamos acomodarnos y pensar que si hay pluralidad en las aulas va a haber un cambio. Pero luego piensas en Francia, piensas en Estados Unidos, donde hay esa diversidad racial, y eso no se ha traducido en igualdad, al contrario.
Yo creo que al final, en realidad, esa diversidad no se utiliza en el sentido de crear espacios donde haya un mayor reconocimiento de la misma, sino que en el mejor de los casos —y lo vemos en otros ámbitos— pues es simple tokenismo o la famosa multiculturalidad, pero sin reconocer la existencia del otro.
Al final tú puedes tener todas las personas racializadas que quieras en clase, pero si no resuelves todos los problemas raciales que existen, pues los chavales lo van a seguir pasando mal. España es uno de los países con más coles gheto de la OCDE. Existen coles donde los padres y las madres no llevan a sus hijos porque hay muchos negros y muchos gitanos o muchos moros.
Luego también tenemos en los coles —empezó en Cataluña y se ha extendido a otros lados— protocolos de vigilancia del alumnado musulmán. Por mucho que tú tengas diversidad en esas clases, te la estás cargando, porque hay alumnado musulmán que sabe que eso existe, y no está actuando en libertad. Se siente vigilado y coaccionado todo el rato.Lo que me he ido encontrando en todos estos años familias que sufren acoso escolar racista, lo que te encuentras es que a pesar de que son centros que tienen una alta presencia de alumnado racializado, resulta que cuando se da un caso de acoso racista se invisibiliza, se niega, se minimiza y no se toma con toda la importancia que implica el racismo a esas edades.
Entonces, pues sí, es importante sentirte reconocido y acompañado por otras personas que son diferentes, según esta lógica. Pero claro, si todo lo demás permanece, al final no hay ese crecimiento en igualdad de condiciones y derechos.
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