Cuatro habitaciones frigoríficas conservan, en el Centro de Investigación Agroalimentaria de Aragón, unas 17.000 variedades de hortalizas autóctonas. Se trata del Banco de Germoplasma de Zaragoza, una de las colecciones de semillas de tomate más importante del mundo. Su personal está recuperando la judía caparrona de Monzón.
La responsable del banco de semillas en una de las habitaciones frigoríficas
Ignacio Pérez
A 130 metros de profundidad, en las entrañas de una montaña de arenisca de la inhóspita isla de Spitsbergen, en el Óceano Glaciar Ártico, se conservan, en cajas de aluminio, más de 100 millones de semillas procedentes de todo el mundo. Está terminantemente prohibido sacarlas de allí: solo una catástrofe que hubiera acabado con las muestras vivas de una planta en el exterior justificaría su salida. Fue Noruega, a principios del siglo XXI, la que promovió la construcción de este garante de la alimentación y la supervivencia humanas. 125 metros de túnel y tres cámaras a -18 grados que reciben el nombre de la Bóveda de Svalbard. Aunque no tan espectacular y sin protección contra volcanes, terremotos, hecatombes nucleares y subidas del nivel del mar, Aragón también cuenta con su particular bóveda de semillas.
Cuatro habitaciones frigoríficas, repartidas por las instalaciones del CITA, el Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón, contienen, también a -18 grados, miles de frascos con cierre hermético llenos de semillas. Esos cuatro habitáculos angostos, con paredes metálicas llenas de botes y estanterías correderas, conforman el Banco de Germoplasma de Especies Hortícolas de Zaragoza, uno de los almacenes de semillas de hortalizas más importante a nivel nacional y, en el caso de algunas especies, a nivel internacional.
Simientes momificadas desde el año 81
En estos momentos, el banco custodia semillas correspondientes a unas 17.000 variedades de hortalizas y especies silvestres comestibles, el 90% de ellas españolas. “Hay semillas de tomate, pimiento, cebolla, puerro, lechuga, judías, guisantes, bisaltos... En total, unas 300 especies”, enumera la investigadora hortofrutícola y responsable del banco, Cristina Mallor. Entre esas variedades, hay algunas netamente aragonesas: el tomate rosa de Barbastro, la cebolla dulce de Fuentes, la cebolla de Torres de Alcanadre, la borraja de Movera o la recuperada judía caparrona de Monzón.
No todas las 17.000 variedades de hortalizas que componen el banco se encuentran en las cámaras frigoríficas. Hay unas 4.000 que no. En palabras de Cristina, “todavía falta multiplicarlas”. Cuando los trabajadores del banco recolectan semillas de una nueva variedad o un hortelano llega y les da su simiente, el número de embriones vegetales recibidos es insuficiente para hacer frente a posibles peticiones de semillas. Hace falta multiplicarlas, es decir, cultivarlas y generar nuevas semillas. Una vez conseguido un número aceptable de simiente, se inicia el proceso de secado para, finalmente, introducirlas en las habitaciones. “En total, faltan por multiplicar y meter a las cámaras unas 4.000 variedades de hortalizas, y, cada año, multiplicamos unas 140 muestras”, explica la responsable del banco.
Interior de una de las cámaras frigoríficas
Después de la reproducción, viene la deshidratación, y, para que esta se lleva a cabo, se somete a las semillas a tres procesos diferentes: primero, secado a temperatura ambiente; segundo, exposición a una estufa con aire, y, tercero, mezcla con gel de sílice en el propio frasco hermético. “Hay semillas de tomate y melón que llevan desde el 81 deshidratadas, se les ha hecho una prueba de germinación, y han dado resultados del 90%”, asegura Cristina Mallor. En las cámaras frigoríficas se conservan a -18 grados y a una humedad entre el 4 y el 10%.
Una institución en pimientos y cebollas
Si hablamos de semillas de tomate, el banco de germoplasma de Zaragoza es una institución a nivel internacional: más de 1.000 variedades de tomates multiplicadas y almacenadas, y unas 2.000 pendientes de reproducción. La colección de pimientos tampoco se queda corta: 500 variedades congeladas y más de 2.000 entre las reproducidas y no reproducidas. La tercera colección en importancia es la de las cebollas: 600 muestras.
Hasta hace varios años, Cristina y su equipo realizaban prospecciones por los campos aragoneses para identificar variedades hortícolas susceptibles de ser incorporadas al banco. Ahora ya no. “En estos momentos, nuestra prioridad es conservar bien todo el material de años atrás. Todavía hay semillas que no se han reproducido”, explica la responsable del centro. El organismo que sí, de vez en cuando, realiza alguna que otra prospección es el Centro Nacional de Recursos Fitogenéticos de Alcalá de Henares, cabeza de los treinta bancos hortícolas y frutícolas que hay repartidos por España. “Gran parte del material que recolectan nos lo mandan a nosotros”, matiza Cristina Mallor.
La responsable del banco de germoplasma, Cristina Mallor, en el laboratorio previo a la congelación de semillas
Ya se ha perdido el 75% de las semillas autóctonas a nivel global
El banco de germoplasma de Zaragoza no busca salvar a la humanidad en caso de debacle mundial. Su objetivo es más “simple”: básicamente mantener con vida (más bien secas y congeladas) variedades españolas de hortalizas que, en muchos casos, ya han desaparecido de las huertas. La FAO estima que, en los últimos cien años, se ha perdido el 75% de las variedades vegetales autóctonas de todo el mundo. “No hay un relevo generacional en los huertos con modalidades especiales, se opta por las semillas de plantero homogéneas...”, explica Cristina.
Un 75% regresivo que, según la investigadora, también puede haberse dado en Aragón: “Es difícil de estimar, pero, hace poco, una estudiante hizo un proyecto final sobre este tema. Investigó si las semillas donadas por agricultores de la Comarca de la Hoya de Huesca, agricultores con nombre y apellido, porque los registramos, se seguían cultivando. Solo el 25% se esas muestras se mantenían en activo. La cifra que obtuvo se aproximó bastante al dato de la FAO”, indica la responsable del banco.
Antes de entrar en las habitaciones, a -18 grados, hay que reproducir las semillas para hacer frente a las peticiones
Llamadas de Brasil, India y Túnez
A diferencia de la Bóveda de Svalbard, del banco aragonés sí que se pueden sacar semillas. Las pueden solicitar investigadores, mejoradores genéticos, empresas de semillas o, simplemente, asociaciones que quieran recuperar un cultivo. Si hay existencias suficientes, se les envía una partida que va de las 50 a las 100 semillas. De media, el Banco de Germoplasma suele enviar unas quinientas muestras a lo largo y ancho del globo.
“Últimas peticiones... Déjame pensar... De Brasil, coles. De la India, pimientos. Y de un Instituto de Túnez, cebollas”, rememora Cristina. Pero no todo son peticiones de centros investigadores. “Precisamente ayer, contactó conmigo un señor de Nueno, Huesca. Su padre donó, hace muchos años, una variedad de tomate. Una plaga de arañas acabó con las semillas que tenía y me escribía para solicitarme alguna de esa simiente”, cuenta la responsable del banco aragonés.
Laboratorio en el que se tratan las semillas antes de su entrada a las cámaras
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