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Explorando los claroscuros de la pandemia: el poder subversivo de los comunes

“Este libro está dedicado a superar una epidemia de miedo con una oleada de esperanza basada en la realidad”. Cuando escribimos por primera vez esta frase en la versión inglesa de este libro, no teníamos ni idea de que una pandemia real estaba por llegar.

Los Claroscuros de la pandemia

Autor, activista, bloguero y consultor. Cofundador del Commons Strategies Group. Biografía completa.

Activista independiente, escritora, académica y oradora. Cofundadora del Commons Strategies Group y el Commons Institute. Biografía completa.


28 oct 2020 04:06

A continuación reproducimos la introducción a la edición en español de Libres, dignos vivos: el poder subersivo de los comunes de David Bollier y Silke Helfrich. El libro ha sido traducido por Guerrilla Translation mediante un proceso artesanal en colaboración con los autores y se lanza hoy, 28 de Octubre, en varios territorios. Podéis encontrar más información sobre el evento de lanzamiento en este enlace: ¿Hay algo más necesario que el procomún? Explorando los claroscuros de la pandemia. El evento se restansmitirá en directo a través del siguiente livestream a las 18:00 hora española, 12:00 Ecuador, México, Perú, Colombia y 14:00 Chile, Argentina. ¡Nos vemos ahí!


“Este libro está dedicado a superar una epidemia de miedo con una oleada de esperanza basada en la realidad”. Cuando escribimos por primera vez esta frase en la versión inglesa de este libro, no teníamos ni idea de que una pandemia real estaba por llegar. Meses más tarde, con la propagación de la COVID-19 por todos los rincones del mundo, ha sido un alivio comprobar que nuestra afirmación se ha confirmado: la creación de procomún es realmente una fuerza creativa y enérgica para la renovación y la esperanza. Es una forma revitalizadora y alentadora de satisfacer nuestras necesidades. Y, afortunadamente, puede encontrarse en todos los rincones del mundo porque los seres humanos son en esencia “animales sociales” y no criaturas aisladas. La creación de procomún surge de nuestra capacidad de satisfacer las necesidades de los demás a la vez que las nuestras, de la sensibilidad y la empatía y de un conocimiento sofisticado sobre la autogestión.

Los miembros de una escuela de samba de Brasil organizaron con mucho ingenio una gran iniciativa para coser mascarillas para la comunidad, atendiendo de esta forma una necesidad que no estaban cubriendo ni las autoridades estatales ni las sanitarias. En Honduras, las cooperativas de viviendas han empleado una herramienta potente llamada “diagnóstico comunitario” para identificar las verdaderas necesidades de las personas en cuarentena y así evitar que el virus se propague. Han surgido proyectos de ayuda mutua en toda América Latina y España para proteger a las familias del hambre y los desahucios, y para proporcionar asistencia sanitaria y cuidar a los niños. Incluso el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), ha rendido homenaje1 al poder de la organización comunitaria y al concepto de “autonomía y autodeterminación de las primeras naciones” al enfrentarse a la COVID-19. El BID reconoció la labor de Rajaypampa en Bolivia, una de las tres Autonomías Indígenas Originarias Campesinas en las que la propia comunidad organizó y adoptó medidas que dieron lugar a cero casos de COVID-19 en la zona.

Para las personas que han apreciado el poder de la cooperación durante mucho tiempo (como los habitantes de los Andes dedicados a la idea del buen vivir), la oleada de creación de procomún motivada por la pandemia ha confirmado algo que ya sabían: que otro mundo es posible. Existen formas más humanas y ecológicas de hacer las cosas. El bienestar colectivo no suele aparecer por arte de magia gracias a la mano invisible o la benevolencia del Estado. Para lograrlo es necesaria la acción organizada de los comuneros. De hecho, es posible escapar del mundo del consumismo y el crecimiento económico y reafirmar un significado más inclusivo e incluso sagrado de la palabra valor. Los bosques y la atmósfera, los océanos y la propia tierra no son mercancías. Son la vida misma. Los comunes, por su parte, también son sistemas sociales vivientes que tienen como objetivo relacionarse con la Tierra en sus propios términos, como organismos vivos co-creadores. La gobernanza P2P y el sustento integral a través de la creación de procomún nos ofrecen un camino a seguir de lo más inspirador.


El número de víctimas de la pandemia ha confirmado las limitaciones estructurales del orden neoliberal regido por el Mercado/Estado. Su gran centralización del poder, su dependencia de las jerarquías rígidas y de las burocracias de control, su profunda lealtad a los ricos y su aversión a la autonomía local diversificada nos impiden alcanzar las soluciones que necesitamos. Cuando la economía extractiva intenta volver a la “normalidad” maximizando su búsqueda la rentabilidad, queda desbordada de manera sistemática y hace que todo el sistema se torne más frágil y precario. Esa es la maldición de una economía comprometida con un crecimiento implacable en un contexto en el que se necesita tener una estabilidad ecológica y un respeto por los límites.

El problema más grave ocurre cuando el Estado (presumiblemente un contrapeso a los mercados capitalistas) depende de esta economía extractiva. Cuando la riqueza monetizada que genera deja de fluir de repente, el sistema al completo se tambalea hacia el colapso, tal y como estamos viendo hoy en día. La crisis del coronavirus ha demostrado que las funciones del Estado como los impuestos, la sanidad pública, la educación, los servicios sociales, etc. dependen totalmente de las actividades extractivas y privatizadoras de la economía de mercado capitalista, cuyos frutos se comparten solo a regañadientes con el Estado y, en cantidades aún menores, con las personas de a pie. Todo el proceso requiere una victimización de los sistemas naturales, de las comunidades y la cultura, de las relaciones sociales e incluso de la propia conciencia. Todos ellos son susceptibles de monetización mediante las patentes genéticas y los algoritmos de las redes sociales, los derechos de propiedad amplios y los cercamientos de los comunes.

América Latina conoce bien esta historia. La gente creyó durante décadas que el cambio de una dictadura militar a la democracia de la mayoría abriría un camino brillante hacia el “desarrollo”. Una vez logrado, se abordarían muchos otros problemas, si es que no quedaban resueltos. Y aunque las ambiciones de los partidos políticos de izquierdas por la mejora social a través del poder estatal eran mayores que las de los partidos de derechas, el proceso siempre se vio empañado por la corrupción y la desconfianza pública a medida que las cadenas de producción a nivel mundial explotaban los bosques del Amazonas, los recursos petrolíferos, los minerales y las pesquerías. La lealtad del Estado al pueblo siempre ha estado limitada y dominada por los amos de los mercados capitalistas, de los que dependen los mandarines del poder estatal. Lo significativo de este hecho no es tanto la posición que se adopte en el espectro ideológico (de izquierdas o de derechas) como la forma en que se diseña la gobernanza para que esta esté centralizada, controlada por las élites de los partidos y sometida al gobierno de la mayoría que excluye los intereses minoritarios e incluso los “intereses sin derecho a voto” como “la naturaleza“.

La pandemia ha arrojado luz sobre las deficiencias estructurales del sistema Mercado/Estado a la hora de resolver nuestros problemas como una bengala en la oscuridad se tratase. En la era en que las sondas espaciales detectan agua en Marte, el sistema Mercado/Estado tiene problemas para encontrar agua potable para las personas de la Tierra. Aunque muy pronto la tecnología permitirá editar los genes de los niños por nacer como si fuera un texto en un ordenador, los medios para cuidar de los enfermos, de los ancianos y de los desamparados siguen siendo inalcanzables.

En la era en que las sondas espaciales detectan agua en Marte, el sistema Mercado/Estado tiene problemas para encontrar agua potable para las personas de la Tierra.

Esa sensación de impotencia aviva el miedo y la desesperación, y creemos que, como individuos, nos es imposible alterar el curso actual de la historia. Sin embargo, nuestra impotencia tiene mucho que ver con la forma en que concebimos esta difícil situación: como individuos, solos y por separado. El miedo y la comprensible búsqueda de la seguridad individual están paralizando nuestra búsqueda de soluciones sistémicas y colectivas, las únicas soluciones que verdaderamente funcionarán. Necesitamos replantearnos la situación preguntándonos: ¿qué podemos hacer de forma colectiva? ¿Cómo podemos hacer todo esto dejando a un lado las instituciones convencionales que nos están fallando?

La buena noticia es que ya están germinando innumerables semillas de transformación colectiva. Podemos ver brotes verdes de esperanza en las granjas agroecológicas de Cuba y de los bosques comunitarios de la India, en sistemas de Wi-Fi comunitarios en Cataluña y en equipos comunitarios de enfermeras a domicilio en barrios de los Países Bajos. Están surgiendo decenas de monedas locales alternativas, nuevos tipos de plataformas web cooperativas y campañas que reclaman las ciudades para los ciudadanos. Lo bueno de todas estas iniciativas es que satisfacen las necesidades de forma directa y empoderante. La gente está dando un paso adelante para crear nuevos sistemas que operen ajenos a la lógica capitalista, para beneficio mutuo, con respeto por la Tierra y con un compromiso a largo plazo.

En el año 2009 un grupo de amigos de Helsinki veía con frustración cómo fracasaba otra cumbre internacional sobre el cambio climático. Se preguntaron qué podrían hacer ellos para cambiar la economía y, tras mucha planificación, el resultado fue la creación de un «intercambio de créditos» local en el que los participantes acordaban intercambiar servi­cios entre sí, desde traducciones y clases de natación hasta jardinería o corrección de textos. Dale una hora de tu tiempo a un vecino y obtén una hora de los talentos de otra persona. El Banco de Tiempo de Helsinki —nombre que recibió más adelante— ha crecido hasta convertirse en una economía paralela sólida con más de 3.000 miembros. Sus intercambios ya cuentan con decenas de miles de horas de servicios y se ha convertido en una alternativa socialmente convivial a la economía de mercado, for­mando parte de una gran red internacional de bancos de tiempo.

La buena noticia es que ya están germinando innumerables semillas de transformación colectiva. Podemos ver brotes verdes de esperanza en las granjas agroecológicas de Cuba y de los bosques comunitarios de la India, en sistemas de Wi-Fi comunitarios en Cataluña y en equipos comunitarios de enfermeras a domicilio en barrios de los Países Bajos.

En Bolonia (Italia) una anciana quería un simple banco en el lugar de reunión favorito de su barrio. Cuando los residentes preguntaron en el ayuntamiento si podían colocar un banco ellos mismos, la burocracia local contestó perpleja que no existían trámites para hacer tal cosa. Este incidente desencadenó un largo periplo para crear un sistema formal que coordinara la colaboración ciudadana con el ayuntamiento de Bolonia. Finalmente la ciudad creó el «Reglamento de Bolonia para el cuidado y regeneración de los comunes urbanos» para organizar cientos de «pactos de colaboración» entre ciudadanos y Gobierno con el fin de rehabilitar edificios abandonados, gestionar guarderías y cuidar los espacios verdes urbanos. Desde entonces la iniciativa ha impulsado un movimiento cociudadano (Co-City) en Italia que orquesta colaboraciones similares en decenas de ciudades.

Aun así, ¿no son todos estos esfuerzos demasiado pequeños y locales al considerar el cambio climático y la desigualdad económica a la que nos enfrentamos? Creerse esto es el error que cometen los tradicionalistas.

Están tan centrados en las instituciones de poder que nos han fallado y tan obsesionados por la coyuntura global que no son capaces de reconocer que las verdaderas fuerzas para la transformación surgen de grupos pequeños de personas en sitios pequeños, fuera del radar del poder. Los escépticos de «lo pequeño» se burlarían de los granjeros que cultivan arroz, maíz y alubias: «vais a alimentar a la humanidad con… ¿¡semillas!?“. De hecho, pequeñas apuestas con capacidades adaptativas son poderosos vehículos para el cambio sistémico.


Ahora mismo existe un inmenso universo de iniciativas sociales de base —familiares e innovadoras, en todos los ámbitos de la vida, en en­tornos rurales e industrializados— que están satisfaciendo necesidades que ni la economía de mercado ni el poder del Estado pueden cubrir. La mayoría de estas iniciativas siguen siendo en gran medida invisibles o desconocidas, ya que el público las subestima, ignora o considera como algo marginal. Después de todo, existen fuera de los márgenes de los sistemas predominantes del poder: el Estado, el capital y el Mercado. Las mentes convencionales siempre se basan en cosas demostradas y no tienen la valentía de experimentar, a pesar de que las fórmulas supuestamente ganadoras del crecimiento económico, del fundamentalismo mercantil y de las burocracias nacionales se hayan vuelto descaradamente disfun­cionales. La pregunta no es si una idea o iniciativa es pequeña o grande sino si sus premisas contienen el germen de un cambio sistémico.

Pero no nos equivoquemos: los comunes no son únicamente proyec­tos a pequeña escala que mejoran nuestro día a día, sino que conforman un enfoque germinal para reimaginar nuestro futuro de forma conjunta y reinventar la organización social, la economía, las infraestructuras, la política y el propio poder estatal. El procomún es un marco social que permite a las personas ser libres sin reprimir a otras, promulgar la equidad sin control burocrático, promover la solidaridad sin coerción y afirmar la soberanía sin nacionalismos. El columnista George Monbiot resumió muy bien las virtudes de los comunes: «Un común … proporciona un enfoque claro a la vida comunitaria. Depende de la democracia en su sentido más genuino. Destruye la desigualdad. Brinda incentivos para proteger el mundo vivo. En resumen: crea una política de pertenencia».

Todo esto queda reflejado en el título de nuestro libro, que describe los cimientos, la estructura y la visión de futuro de los comunes: Libres, dignos, vivos. Toda emancipación del sistema existente debe respetar la libertad en el sentido humano más amplio, no solo el libertarianismo económico del individuo aislado. La imparcialidad, elegida de mutuo acuerdo, debe ser el eje central de cualquier sistema de sustento y gobernanza y debe reco­nocer nuestra existencia como seres vivos en una Tierra que también está viva. La transformación no puede tener lugar sin la realización simultánea de todos estos objetivos. Esa es la finalidad del procomún: combinar las grandes prioridades de nuestra cultura política que a menudo se encuentran enfrentadas: la libertad, la igualdad y la vida misma.

El procomún es un marco social que permite a las personas ser libres sin reprimir a otras, promulgar la equidad sin control burocrático, promover la solidaridad sin coerción y afirmar la soberanía sin nacionalismos.

El procomún es mucho más que una estrategia de comunicación: es una cosmovisión subversiva y por eso precisamente representa una nue­va forma de poder. Cuando las personas se unen en pos de un objetivo colectivo y conforman un común, se crea un nuevo impulso de poder social coherente. Cuando convergen varias de estas burbujas de energía ascendente, surge un nuevo poder político. Y dado que los comuneros están comprometidos con toda una serie de valores integrados filosófi­camente, su poder es menos vulnerable a la cooptación. El Mercado/Estado ha desarrollado un variado repertorio de estrategias basadas en el «divide y vencerás» con objeto de neutralizar los movimientos sociales que buscan generar un cambio. Aunque satisfaga parcialmente un de­terminado grupo de reivindicaciones, lo hace únicamente imponiendo nuevos costes a otra persona. Por ejemplo, el sistema aplaude una mayor igualdad de género y racial ante la ley, pero únicamente en el marco de este sistema capitalista extremadamente injusto e ineficaz. O accede a una mayor protección medioambiental, pero únicamente subiendo los precios o saqueando los recursos naturales del Sur global. O aprueba una mayor atención sanitaria y políticas laborales orientadas a la familia, pero únicamente si están regidas por modelos inflexibles que protejan los beneficios corporativos. La libertad se ensalza como rival de la igualdad y viceversa, y ambas en contra de las necesidades de la Madre Tierra. Por eso, el baluarte del capitalismo frena una y otra vez cualquier exigencia que plantee un cambio de sistema.